SI UNA NOCHE DE INVIERNO UN VIAJERO

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

 

“Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”

Ireneo Funes

 

Desde hace unos meses hago ejercicio varios días a la semana. Primero caminaba, ahora también corro, e intento hacerlo cada vez con mayor energía y de manera más prolongada. He descubierto que una forma de no cansarme rápido es pensar en cosas diferentes al ejercicio. Nada nuevo, por supuesto, supongo que muchos hacen lo mismo, es decir, piensan, crean, oran o recuerdan, mientras hacen ejercicio, o mientras dejan que su cuerpo actúe de manera mecánica. Un riesgo, dirán algunos, y podrán tener razón. Pero no siempre tener la razón es suficiente para que otra persona deje de hacer algo o se comporte de otra forma.

 

Aunque a decir verdad no he considerado el riesgo de ir corriendo mientras pienso en cosas distintas a las innumerables grietas que tienen nuestros andenes, o en esas losetas que dos días después de haberse instalado pierden sustento y lo cambian por depósitos de agua que sale disparada -negra y hedionda- justo contra la pierna contraria a aquella que se apoya. Así que, como es obvio, vez tras vez doy justo con esas bolsas ocultas de aguas fétidas que acechan a los desprevenidos transeúntes, o tropiezo con la raíz de un árbol, o con la alcantarilla descubierta, o con las baldosas de baño que algún ciudadano le puso al andén del frente de su casa. Todo por ir pensando en otras cosas.

 

Y lo que pienso son nimiedades, asuntos menores, meros ejercicios mnemotécnicos que pretenden hacer un test personal del estado de mi memoria. Procuro por ejemplo recordar el mayor número posible de títulos de libros escritos por Italo Calvino o por Chesterton o por Cortázar, a ver si todavía retengo aquello que leí y me emocionó hace muchos años. A veces recuerdo, y muchas veces no, a pesar de que doy vueltas intentando atrapar algún hilo de esa memoria escapada, tal como me sucedió hace poco con un libro de Calvino. Recordaba que era una especie de juego de palabras, sonoro e insinuante, pero no lograba atrapar ni una de ellas, y en cambio sentía que uno de mis tenis ya estaba empapado por culpa de la maldita agua nauseabunda que hacía segundos había salido disparada de la última loseta de cemento que había pisado el otro pie, y que además me había hecho trastabillar. Pero nada, ni rastros del recuerdo. Al regresar al apartamento me resistí a buscar el libro, no podía ser que no recordara una novela tan querida, me resistí a lo que en ese momento consideré una afrenta contra ella y contra mí mismo; el recuerdo debía llegar por sí solo. Y lo hizo a una hora insospechada, cuando comenzaba a dormir en la noche de aquel mismo día: Si una noche de invierno un viajero, surgió sin más, sin que estuviera haciendo el esfuerzo por recordar, fue apareciendo como entre niebla, tal como aparece un amigo antiguo en una esquina y va caminando hacía uno, y uno sonríe de alegría, o se cambia de acera. Esto último casi siempre.

 

Muchas veces, sin embargo, es otro el juego de memoria que me planteo. Intento recordar el nombre de todas y cada una de las personas que estudiaron conmigo en el colegio o en la universidad. Y claro, no doy con ellos; de muchos a penas logro tener un recuerdo brumoso, insípido.  Y del nombre nada, ni de su apellido. Es como si no hubieran existido, o como si se tratara de personajes de una novela olvidable y prescindible. Seguro lo son, pienso, mientras esquivo el roto de una alcantarilla que ayer en la mañana todavía tenía su tapa y que ahora algún ladrón debe estar intentando vender en una chatarrería.

 

Supongo que son normales estos olvidos. Que a todos nos sucede a medida que va transcurriendo la vida y entonces es más pesado y tedioso el fardo de recuerdos. Sospecho que nuestro cerebro tiene la forma de librarnos de la tragedia de ser Ireneo Funes.  Y creo también que al irse borrando tanta inutilidad nos va quedando espacio para nosotros mismos, para ser humanos y pacientes con nosotros mismos. Y un poco también con los demás a quienes comenzamos a perdonar, cada vez más, sus olvidos, que ya no nos parecen tan terribles u ofensivos. Por eso no me resisto a transcribir íntegro el bello poema de  Charles Reznikoff: “Mientras esperaba a cruzar la avenida/ vi a un hombre que había ido a la escuela conmigo:/ habíamos sido compañeros/ y nos reconocimos al instante./ «Qué calor, ¿no?», le dije,/ como si nos hubiéramos visto ayer, «lo menos estamos a 95 grados»./ «Oh, no», / respondió, «todavía no he llegado a los noventa y cinco»./ Luego sonrió con tristeza y dijo,/ «Sabes, estoy tan cansado/ que por un momento pensé que te referías/  a mi edad»./ Caminamos juntos un rato y me preguntó qué estaba haciendo./ Aunque, por supuesto, no le importaba./ Luego, educadamente, le pregunté por su vida/ y él también respondió con brevedad./ En la escalera de entrada al metro me dijo,/ «Me da vergüenza confesarlo,/ pero he olvidado tu nombre»./ «Descuida», respondí,/ «yo también he olvidado el tuyo»./ Al decir esto nos sonreímos con/ amargura,/ dimos nuestros nombres, y nos despedimos.

 

Es probable que tarde o temprano nos hundamos en la bondad del olvido tal como dijo D.H. Lawrence, y que seamos incapaces de recordar el nombre de aquel amigo que no provocó el deseo de cambiar de acera.