“Una biblioteca no es un conjunto de libros leídos, sino una compañía, un refugio y un proyecto de vida.”
Arturo Pérez-Reverte
Por/ Diego Firmiano
Recuerdo que cuando aún jugaba con mis hermanos en el patio trasero de la casa, solía sentir una sensación de soledad, aunque estuviera rodeado de mi propia familia. Eran unos momentos solitarios que guiaban mis pasos hasta la biblioteca que mi madre con mucho esfuerzo había construido para nosotros. Su idea era hacer de sus hijos una especie de hombres y mujeres de bien, según sus palabras y el entendimiento de su amor. Soñaba con una suerte de descendencia que viviera lo que la anterior no había podido vivir, es decir, tener un mejor futuro y una mejor forma de vida.
Con ella, las palabras cobraban una importante vital. Las ponía por encima de las herramientas de trabajo para labrar la tierra, o las maromas que muchos nos tocaba hacer en las plantaciones de tabaco, café y plátano. Mi madre era recatada y atenta a la hora de conseguir los mejores libros, aunque nunca supe cómo obtenía tales obras, ni cuál era su fuente directa para conocer autores que no entendía en un principio, pero que luego me deleitaban en gran manera.
Con manos expertas, el corazón dispuesto y un serrucho mediano, cortaba con paciencia unas largas tablas, que posteriormente como un juego plegable, fue empalmando y afirmando con clavos y pegante extrafuerte. Luego de hacer su obra maestra, al final decoró el estante con una capa de pintura rosada. Hasta hoy en día, desconozco por qué tal color, pero parecía que después de construir esa mini-Alejandría, ni siquiera un terremoto podría tumbar los grandes tomos enciclopédicos Larousse, ni la Summa Teológica de Tomás de Aquino, ni los pesados libros de Voltaire, ni algunos textos sobre la historia del mundo en general. No había lugar allí para libro alguno que mi madre identificara como no educativo.
Mientras todo esto ocurría, mi padre atesoraba en su armario personal todas las colecciones de Condorito, Memín, Kalimán, y algunas que otra serie negra de crímenes, pues al ser policía, decía que en estas revistas encontraría la forma de reaccionar ante tales situaciones que le tocaba enfrentar día a día. Luego sabría que de Condorito aprendía a no tomar en serio algunos problemas; de Memín, a sufrir lo indecible; de Kalimán, la fuerza superior para sobreponerse; y de los tebeos policiales, a ser mejor agente del orden.
Creo que la lucha entre mi madre y mi padre por las lecturas, era la batalla dual entre la razón y el deseo. Mi padre solo refunfuñaba cuando la veía a ella poner libros extraños en esa biblioteca, y pensaba sobre el pesado y autoritario régimen cultural al que intentaba introducirnos; su anhelo era que llegáramos a ser policías como él, y no lograba conciliar la idea de un artista, un literato o un filósofo en la familia. Consideraba que el mundo estaba cambiando, y debíamos ser prácticos, saber usar las manos. Era su forma de pensar.

Lo que movía a mi padre eran las proyecciones económicas, por lo tanto, no encontraba una razón justificada para intentar ganarnos la vida a futuro con alguna profesión de estas. En realidad, para que él representara el «deseo» pensaba y esperaba mucho de nosotros; por otro lado, mi madre, a la hora de formarnos, nos motivaba con palabras como: «si leen serán alguien en la vida» o «leer ilumina la mente y el espíritu», o «si aman lo que hacen no tendrán que trabajar un solo día de sus vidas». Todo esto lo decía bajo la premisa de querer iniciarnos dentro el sacrificado régimen de las letras y las palabras y que -afirmaba- esforzándonos, nos ganaríamos el pan con la mente, sin descartar algún trabajo manual para mantener el cuerpo activo.
Hubo un curioso tomo que ella consiguió en el mercado del pueblo. Me contó cómo lo adquirió, pero no me dijo quién fue su vendedor. El libro era «La búsqueda del comienzo», de Octavio Paz. Cuando lo abrí por primera vez, descubrí un mundo diferente y multiforme, y fue allí donde también entendí lo que era el surrealismo, qué significaba, de qué se trataba, quiénes eran esos locos embelesados de filosofía de vida. Ahí me di cuenta porque Dalí tenía esos grandes mostachos que osaba peinarse constantemente con su dedo índice, y me reí demasiado al saber que en su cumpleaños había elaborado una torta para cientos de invitados, y al final, como si fuera la cereza del pastel, les confesado sin ton, ni son, que la harina estaba mezclada con su propio excremento.
Y también las historias del cineasta español Luis Buñuel cuando se emborrachaba con Charles Chaplin y de cómo competían por cuántas mujeres seducían en una de esas noches en Los Ángeles, California, en Europa, en los antros. De igual forma me quedó grabada la imagen de André Bretón vestido de oso de felpa, Artaud hablando solo en el tranvía de Madrid, Picasso, Miró, Pierre Naville y Max Ernst (en realidad no me acuerdo cómo se juntaron todos) haciendo actos antipatrióticos como criticar la vestimenta de los soldados republicanos, y vomitando mientras mencionaban nombres de generales eméritos. Fue un libro que me abrió la mente a una manera abstracta de ver la vida. Me impresionó. Y cada vez que lo leía después de clases, no sé por qué extraña razón se me antojaba comer mango verde con sal, o piña con miel y limón. Fue un tiempo gastronómico muy extraño. Nunca supe si mi subconsciente me daba órdenes de alimentarme a lo surrealista, o es que tal surrealismo incitaba a probas cosas extrañas.
De esa edad, otra obra que me causó curiosidad fue «Sexo y Saxofón» escrita por el antioqueño Gonzalo Arango. Sus ideas nadaístas me incitaban a comer arepa con mantequilla y queso, y ahora que lo pienso, no creí encontrar ningún elemento nihilista en esto. Subconsciente o no, a mí sí me llamaba la atención sus cuentos y sus poemas. Consideraba que el tipo era una especie de filósofo criollo que hablaba las cosas como son, sin pelos en la lengua. Me dio tristeza, de un momento a otro, no saber nada más de él. Pensé que había muerto, pero después me enteré realmente que andaba por Cali intentando reclutar adeptos para su movimiento, y lo último que me enteré fue de un accidente automovilístico en el cual él estaba involucrado.
Me concentraba tomando un libro y luego otro. Si no me gustaba una obra no la desechaba, sino que la dejaba reposar un tiempo en el estante, pues atendía las políticas de mi madre de que sí tomaba un ejemplar debía terminarlo, nada de hacer un salpicón con los pensamientos de otras personas. Ella recalcaba de que si no entendía a uno solo de ellos no podría comprender a los demás. Discutía que la locura empezaba cuando hablábamos cosas sin conocimiento de causa. Y así, en sus labios, la palabra locura me atraía irresistiblemente, ya que no sabía qué significaba, pero todo terminaría aclarándomelo «El elogio de la locura», de Erasmo de Róterdam. Algo me indicaba un largo camino y un gran esfuerzo extra por descubrir palabras semejantes a garabatos, y que parecían ser amigas de la locura: Philautia (el narcisismo), Kolakia (la adulación), Leteo (el olvido), Misoponia (la pereza), Hedoné (el placer), Anoia (la locura), Tryphe (la irreflexión), Komos (la intemperancia) y Eegretos Hypnos (el sueño profundo).

Terminar este libro, con todas esas etimologías, me indujo a un sueño profundo. Recuerdo que esa noche imaginé ser una de esas figuras dibujadas en el libro, pues de manera paradójica e extraña me visualicé como un triste arlequín. Desperté en un mar de lágrimas porque me habían enseñado que la risa sin control, o la risa sin sentido era un arma del demonio. Así que cuando me levanté, la cama estaba mojada por mi miedo y mi curiosidad necesitaba ser saciada con preguntas sobre preguntas. Sentía que no había otra forma de entender el mundo onírico, sino buscar interpretaciones.
Mi madre jamás leyó un solo libro de esos en su vida. Su pasión era tejer escarpines, sacos, piyamas y gorros. Encontraba un sentido en esas pequeñas cosas. Mi padre solo veía televisión luego de su jornada laboral, y cuando terminaba de atiborrarse de imágenes, le rendía culto al diablo, o sea, se reía a carcajadas leyendo las historias de Memín o las ocurrencias de Condorito, y hasta se deleitaba con ese fastidioso guion de Archie.
Yo le agradezco a mi madre el habernos construido una pequeña biblioteca, una mini-Alejandría rosada, que hasta el día de hoy recuerdo con cariño. No teníamos todos los libros que queríamos, pero al menos no faltaba un diccionario, una biblia y un libro de primeros auxilios. Estos ejemplares estaban allí con el propósito de curar el alma, el espíritu y el cuerpo. Mis hermanos leían otro tipo de textos. Sus intereses iban en otra dirección. Por ejemplo, a mi hermana menor, le encantaban las obras de Sigmund Freud (No creo que las entendiera para su edad, sin embargo, de grande se hizo psicóloga), y a mi hermano mayor las historias de Robinson Crusoe y releía apasionadamente la biografía de Albert Schweitzer, Hugh Clapperton, y se fascinaba por las aventuras del profesor Yarumo (siempre soñó con ser astronauta o superhéroe). Esos libros configurarían después las carreras profesionales de ellos, sin que ninguno llegara a sospecharlo, o quién sabe.
Yo, por mi parte, idolatraba los libros, soñaba con ser un Borges, un amante del conocimiento, pero todo lo que tiene un comienzo debe tener un final. Un día como familia salimos a pasear todos juntos: la razón (mi madre), el deseo (mi padre), la psicóloga (mi hermana), el aventurero (mi hermano) y yo (ya sabe). Fue una jornada maravillosa, uno de esos tiempos inmortales llenos de amor, y donde hablamos en un solo lenguaje: el de las miradas, abrazos, risas, silencios, las palabras por el momento debían tomar un descanso. Todo era perfecto en su tiempo.
Llegamos a casa después de dos noches, y encontramos una pila de papeles licuados en la sala de la casa. Estuardo y Mimí pelearon a sus anchas sin posibilidad de reconciliación. El perro y el gato de la casa habían armado una gresca por un pedazo de carne con aderezo que había quedado encima del comedor. Al ingresar a la sala principal, las réplicas de El Bosco, el Payaso, los libros de Sartre, de García Márquez, de Cortázar, de Buttita, de De Rhoka, Huidobro, y alguno que otra película de Almodóvar, Buñuel, Beristaín, habían desparecido gracias a los mordiscos y al desbarajuste propiciado por este binomio peludo de odio irreconciliable. Al presenciar tal acto, nos reímos hasta que nos dolió el estómago y nos rascamos la cabeza al pensar por dónde empezaríamos a limpiar todo, mientras yo meditaba cómo empezar de nuevo a reconciliar tantos pensamientos, añorando llenar de nuevos los estantes de la tan famosa «Biblioteca rosada».


