Por: Diego Firmiano

 

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Foto fuente: http://www.zaresdeluniverso.com/wp-content/uploads/2013/04/Text-Them-Home.-Street-Art-Project-for-the-homeless.jpeg

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“¿Cómo eludir, pues la occidentalización?”

Vicente Verdú

 

«Por fortuna para

mi, no soy propietario de ninguna casa»,

escribía ya Nietzsche en la Gaya ciencia,

A lo que habría que añadir hoy: es un principio moral

no hacer de uno mismo su propia casa.

Theodor Adorno

 

No hay duda de que vivimos en la época de los espacios. Las ciudades están llenas de gente y lo que antes no era un problema ahora comienza a serlo: encontrar sitio y lugar. Los shopping Mall, los hoteles, las playas, el transporte masivo, los aeropuertos, los cines, los bares, están llenos. Pero esas multitudes no surgieron de la nada. La ausencia de guerras mundiales, de virus y el auge del capitalismo parece ser razones para este crecimiento de 7.000 millones y algo más de personas en el mundo. Cada grupo humano se ha instalado en los lugares preferentes, y los que no, se han acomodado en donde los pusieron. Así entonces la casa es uno de esos espacios personales que fueron configurados para ser habitados permanentemente por personas. Estuches diseñados por peritos para diferentes capas sociales, mayormente construcciones para familias obreras.

 

Empero, la historia de cómo se formaron las casas habitables y distribuidas es antiquísima y su desarrollo se fue refinando como todo, con el pasar del tiempo. Primero casas de piedra con cámaras subterráneas; luego casas adosadas con patio, sin puertas y solo con ventanas en el techo como las de Çatal Hüyük; luego “casas largas” para clanes, familias, imperios; posteriormente, el modelo de casa (como se conoce hasta hoy), que proviene desde la revolución industrial y que viene estilizándose, sin perder el diseño funcional y original. Hasta hace solo dos siglos atrás, las casas eran un espacio indiferenciado, es después que poco a poco el espacio se especifica  y se hace funcional. Las ciudades obreras de 1830-1870 dejarán modelos establecidos de hábitat, pues se fijará de igual manera la familia obrera. Se le va a prescribir un tipo de moralidad asignándole un espacio de vida con una habitación que es el lugar de la cocina y del comedor, otra habitación para los padres, que es el lugar de la procreación, y la habitación de los hijos.[1]

 

Sobre esto dijo el sociólogo Oswald Spencer: “en realidad no son ya casas… Sino meras habitaciones creadas por la utilidad, y no por la sangre, por el espíritu de empresa económico, y no por el sentimiento. La gran ciudad es un mundo, es el mundo. Sólo como totalidad tiene el sentido de casa humana. Sus casas son meros átomos que la componen[2].

 

Fue un privilegio que hasta hace 200 años atrás, las casas tuvieran establos, jardines y estacionamientos adelante, y patio extenso atrás. Además de lugares específicos donde se alojaba la clase servidora y la clase visitante. Eso desapareció para dar paso a la casa funcional, específica y recreada para la familia obrera, producto de la modernidad.

 

***

 

El hábitat físico como la conocemos hoy en occidente, es un hecho enteradamente moderno. Y entiéndase moderno, como “modo”, “modificación”, o “moda” como lo de define magistralmente Ortega y Gasset. Y por eso es que erróneamente hay quienes piensan que las casas siempre fueron como son. Que había una especie de distribución equitativa y justificada para cada miembro familiar. Pero la realidad es que la casa distribuida como se percibe hoy es una invención que responde más a  una necesidad de organización y de reducción del clan o familia, a círculo o núcleo familiar. No sería de más, ir más allá al decir que ésta reducción del espacio familiar, fue una forma de controlar  la población o al menos de disociar el “gran grupo” y de fragmentar el poder social de las grandes “casas europeas”, las familias, las dinastías, y las tradiciones. No podía ser de otra forma. En el continente americano, por ejemplo, la época colonizadora cambió radicalmente los modos de vida, de pensamiento y organización social. La influencia española y portuguesa son claves en la urbanística moderna, tanto en casas, como en grandes  edificaciones que originalmente fueron asociadas a símbolos de poder.

 

Así entonces, la casa en Latinoamérica es uno de esos ambientes que tienen una distribución acorde al modelo occidental. Es decir, nuevo, y por lo tanto diferente en oposición a otras culturas, y simbólico, porque cada espacio significa algo concretamente, como ya lo describió Michel Foucault.

 

En la estructura de una casa regular, la puerta de entrada nunca da a la pieza principal donde vive la familia y toda persona que pasa, todo visitante puede perfectamente cruzar el umbral, entrar en la casa y pernoctar. Tales dependencias están dispuestas de tal modo que el huésped que pasa no puede acceder nunca al seno de la familia, no es más que un visitante, en ningún momento es un verdadero huésped.

 

El salón que se usa para el café, o el té fue ideado para socializar con los otros y buscar un momento de ocio y de paz, pero por ejemplo para los orientales lo que está verdaderamente concebido para la paz del espíritu son los retretes. Para un occidental un baño, es solo un elemento accesorio, útil para necesidades esenciales. Al modo de que el “Eau de Toilette” (cambiado por eau de parfum) que ha sido elaborado originalmente para los ambientar los retretes, no se usa para tal función, sino para perfumar el cuerpo.

 

Los baños occidentales empotrados dentro de las casas y edificaciones modernas, expresan esa actitud psicosexual expresada por Freud de amar el vivir con las heces guardadas. Una actitud que se asemeja al amor al dinero que teorizó el mismo Freud y por la cual es conocida la cultura judía, pilar del occidentalismo. Heces y basura como sinónimos.

 

El acostarse en la cama es para reponer fuerzas para continuar la faena laboral cada día,  pero no así para los orientales que irse a la cama significa retirarse consigo mismo, cerrarse al mundo exterior, y asumir una postura de contemplación.

 

***

 

La casa es una centralidad en occidente en contraposición de oriente donde se entiende que la casa y el jardín está determinado por la idea de que la casa misma es solamente un detalle que forma parte de la campiña, o espacio que le rodea, como una joya que engarza y que armoniza con ella. De ahí que las casas citadinas, plantadas en pleno casco urbano sean tan poco armoniosas como naturales: todas conservan un espacio configurado y geométricamente delimitado. Si hay ventanas, las hay para recibir aire, más no para apreciar un bello paisaje. Si hay una ducha es para lavar el cuerpo, no para filosofar.

 

Las casas modernas en realidad son una ambientación en la ciudad, ya que ésta se reconstruye como un espacio teatral que funciona de acuerdo a un modelo tinglado. Los apartamentos, departamentos, edificios y urbanizaciones son un intento por modelar un post-habitat que supere las deficiencias del diseño de casa heredado de la familia nuclear obrera.  Los nuevos modelos de casas ecológicas, o casas “inteligentes” son una propuesta más que posmoderna, sobre-moderna, es decir, modificadas y adecuadas a las necesidades no solo personales sino ambientales. Entendiendo que el termino griego para casa, oikos, significa “Hogar, Tierra”.

 

¿Qué paso hay de las características espaciales de la casa, a la experiencia familiar del hogar?  Porque estar en casa –a decir de  Agnes Heller- puede equivaler a estar en casa en el espacio, y estar en casa en el tiempo[3].  ¿Podemos afirmar que nuestros contemporáneos, a los que para simplificar denominaré postmodernos, están en casa en un tiempo y no en un lugar?

 

 


 

[1] Entrevista hecha por Jean Pierre-Barou a Michael Foucault en el Ojo del Poder. A propósito del panóptico de Jeremy Bentham. 1978.

[2] Theodor Adorno. Prismas. Spengler tras el ocaso. Colección Zetein-Estudios y Ensayos. Barcelona.1982. Pág 49

[3] Heller, Agnes. Una revisión de las teorías de las necesidades. Editorial Paidos. Barcelona.1996. Pág.128