LA FRENÉTICA DESAZÓN

Prólogo al libro de ensayos de Mateo Quintero, que lleva el mismo nombre. Publicado en 2021, es la obra inicial de este joven autor.

 

Por / Luis David Cañaveral

Cuando pienso en Mateo Quintero, recuerdo de inmediato el Libertango de Astor Piazzolla, tanto el álbum completo como la canción con este mismo nombre. Ambos autores evocan en mí un sentimiento similar, esto es, una nostalgia viva y amena. Creo que esta es la razón por la que los aprecio a los dos, o bueno, fue la razón primaria que me unió a la vida del autor de La frenética desazón. Uno de los cortos aforismos que hallarán en este libro dice lo siguiente: “No necesitan dos hombres más que un par de cosas que ambos amen para sentirse como hermanos”. La noche en que nos conocimos tuvimos más de un par de cosas como amores que compartíamos.

El primero de esos amores fue el que le teníamos ­–y que aún le tenemos­– a nuestros abuelos, que para ese entonces llevaban poco tiempo de fallecidos. Me pareció singular encontrar a alguien que compartiera conmigo ese sentimiento por esos días tan desiertos y llenos de desazón. Ahí me di cuenta de que una nueva amistad, para bien o para mal, estaba surgiendo como del pantano lo hace el loto. Lo que vino después reveló el segundo amor que compartimos, pues cuando sonó una canción del Caballero Gaucho –cantautor a quien le dedica uno de sus ensayos– en el bar donde nos encontrábamos, la cantamos a todo pulmón hasta quedar disfónicos y con aspereza en la garganta; intuí ipso facto que, como a mí, este segundo amor fue transmitido por su abuelo, así que no hubo necesidad de preguntarle cómo un muchacho tan joven ­–por cierto, él tenía unos 17 y yo unos 19– vociferaba con tanta pasión una letra de Luis Ángel Ramírez Saldarriaga.

El tercer factor que nos unió definitivamente fue la relación de amor y odio que tenemos con la literatura. Puedo afirmar que me enamoré de su amistad cuando lo escuché recitar de memoria algunas líneas de Baudelaire, poeta emblema para nosotros y para el resto del mundo literario. Lo que más rememoro de aquella noche de copas fue que logramos sentir el spleen y el ennui del siglo XIX en medio de las evocaciones a nuestros abuelos y de las canciones del Caballero Gaucho que sonaban sin tregua en nuestros tímpanos. Después de ese día nos hicimos íntimos amigos y cómplices de aventuras literarias. En el año 2015, parece que hubiese sido ayer nada más, nos dio por probar ventura en un concurso de cuento corto que hicieron en la ciudad de Pereira. El trato consistía en que si alguno de los dos ganaba lo íbamos a celebrar como una victoria compartida; el triunfo de uno iba a ser el del otro. Pero nos llevamos una grata sorpresa cuando en el veredicto de los jurados aparecimos Quintero y yo como ganadores del concurso. Esta fue nuestra primera publicación; llegaron otras gracias a varias revistas, periódicos y medios virtuales, pero nunca superaron la emoción de cuando vimos nuestros cuentos impresos en un pequeño libro de color naranja. Hoy, después de transcurridos más de  5 años desde aquella primera publicación, tengo la tarea ­–la cual realizo con mucho respeto y admiración– de hacer la presentación de Mateo y de su primer libro.

Al leer cada línea de los ensayos aquí presentes, me es imposible no sentir la angustia que sintió Chéjov. En el cuento La tristeza de este autor ruso –a  Quintero le encanta lo ruso, lo verán cuando lean sus disquisiciones al respecto de Dovstoyevski– se nota una angustia vertical y opaca en el cochero que nunca logra desahogarse por la muerte de su hijo con sus pasajeros, sino que al final no tiene más opción que confesarle su pena al caballo y descargar toda su angustia sobre él. En La frenética desazón Mateo Quintero realza la idea de la angustia causada por el sinsentido. Pero lo que me parece de suma importancia es que plantea, a su vez, cierto tipo de vitalidad. Y no hablo de la vitalidad vana de continuar viviendo porque sí y como meros entes de la nada, sino que en medio de esa nada la propuesta es la acción. Esto es a lo que Nietzsche identificó como nihilismo activo: actuar teniendo en cuenta las posibilidades que se presentan en un mundo donde han caído los valores tradicionales y donde lo que prima es la nada y un sentimiento de entenderse nadie. Claro que en esto sabrá profundizar Mateo más adelante.

Es difícil no pensar también en Rafael Pombo y en su poema llamado La hora de las tinieblas, donde el bogotano recrimina y critica a Dios en medio de su sinsentido y desasosiego. En este libro encontrarán críticas similares hacia el Dios judeocristiano. Es más, Quintero habla de su sentimiento de desamparo cuando en su vida se derrumbó todo el constructo que había creado gracias a la tradición occidental-cristiana que aún permea a nuestra sociedad. Debo mencionar también que los ensayos poseen tintes de autobiografía, pues allí se pueden encontrar vivencias e historias personales del autor como, por ejemplo, lo que cuenta acerca de su abuela –a quien pone como una mujer superior a Jesucristo– o de la música que le gusta escuchar o de cómo aplica el parqués a su vida, etc.

Mateo Quintero ahonda en la condición humana desde el Yo y la individualidad. Habla del Azar y de las decisiones que se pueden llegar a tomar dependiendo del puntaje que arrojen los dados, en otras palabras, para él el Azar es lo que rige a los humanos; no se puede controlar el resultado de los dados, pero sí se puede decidir qué hacer con esos mismos resultados; Borges hizo la analogía entre la vida y el ajedrez, Quintero la hace con el parqués. El autor de este libro menciona también la manera en la que ve a los gobernantes déspotas del país, a quienes cataloga de padecer el Síndrome de Creonte, es decir, los tilda de ser uno seres despreciables que acechan el poder, y cuando lo adquieren se arraigan a él a toda costa y sin importar las consecuencias, aunque esto repercuta de forma negativa en los que son gobernados. Finalmente, Quintero se pregunta y se cuestiona sobre el mal que está intrínseco en el hombre. No da respuestas, eso sí, ya que él entiende a la perfección que es tonto intentar hallar un absoluto que responda a la condición del ser humano, por el contrario, brinda innumerables y hermosos interrogantes.