La crónica contemporánea que puede rastrearse en los modelos norteamericanos del New Journalism popularizado en Granta, en The New Yorker (desde los años veinte del siglo pasado), Esquire o The Village Voice, ha encontrado en las últimas décadas canales de expresión y modalidades propias que le brinda el contexto social, económico y político de América Latina y España en revistas como Orsai, Panenka, Anfibia, Gatopardo, El Malpensante, Marcapasos, Pie izquierdo, Etiqueta Negra y FronteraD.

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Por: Fernando Aínsa*

La crónica está de moda. Sus autores contemporáneos —Juan Villoro, Leila Guerriero, Jorge Carrión, Martín Caparrós, Carlos Franz, entre otros— ocupan páginas en revistas y periódicos y han popularizado un género al que se llama, tanto “periodismo narrativo” como “periodismo literario”, es decir, trabajos periodísticos con elementos propios de la literatura, o, dicho de otra forma, escritos literarios con una función informativa, “investigaciones periodísticas con ambición literaria”. Hay una creciente presencia de esta “no ficción” en los que eran territorios exclusivos de la narrativa (cuento y novela) para incorporar experiencias directas de la realidad, donde lo testimonial, lo biográfico, memorias, ensayos y hasta blogs, hibridan un género que combina habilidades de periodista y escritor.

Coloquios, simposios, números monográficos, antologías y libros colectivos se consagran al nuevo género y una crítica especializada se va definiendo a su alrededor. Incluso algunas editoriales han propiciado colecciones donde lo acogen en sus modalidades de crónicas de viajes, reportajes novelados, entrevistas, investigaciones antropológicas o psicológicas o “travestismos” como el de Günter Wallraf en Cabeza de turco, un enmascarado” en la piel de un inmigrante turco en Alemania o el Hotel España, del chileno Juan Pablo Meneses, donde se concilia la crónica de viajes por el continente americano con el tema de hospedarse siempre en hoteles llamados “España”, lo que lo lleva a definir su original modalidad del género como “periodismo portátil”.

La crónica contemporánea que puede rastrearse en los modelos norteamericanos del New the_new_new_journalism1Journalism popularizado en Granta, en The New Yorker (desde los años veinte del siglo pasado), Esquire o The Village Voice, ha encontrado en las últimas décadas canales de expresión y modalidades propias que le brinda el contexto social, económico y político de América Latina y España en revistas como Orsai, Panenka, Anfibia, Gatopardo, El Malpensante, Marcapasos, Pie izquierdo, Etiqueta Negra, FronteraD. Si fue Tom Wolfe quien en 1972 bautizó como “nuevo periodismo” el que ejercían grandes reporteros de la época como Norman Mailer, Truman Capote, Susan Sontag o el propio Wolfe, la antorcha fue retomada en América Latina por Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Gabriel García Márquez, Edgardo Cozarinsky y Rodolfo Walsh (autor de la “novela testimonio” Operación masacre, 1957, y desaparecido en 1977 a manos de la dictadura argentina) y prosigue en la pluma de Alberto Fuguet, Pedro Lemebel, Cristian Alarcón, Edgardo Rodríguez Juliá, Rodrigo Fresán, Juan Gabriel Vásquez, entre otros periodistas y escritores que han conciliado su vocación literaria con esta nueva forma de indagar en la realidad.

Un origen común

Ahora bien, ¿es tan nuevo el género como se lo pretende o es, simplemente, una actualización de aquellas crónicas de José Enrique Rodó, Leopoldo Alas (“Clarín), Azorín, José Martí, Amado Nervo, Rubén Darío, Alfonso Reyes, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y sus Crónicas parisinas, o las Aguafuertes de Roberto Arlt que, a partir del Modernismo, habían a su vez renovado las crónicas o “artículos de costumbres” del siglo XIX donde Tomás Carrasquilla, Isidoro de María, Joaquín Edwards Bello y Ricardo Palma habían imperado con lo que era una forma amena —y siempre apoyada en la difusión en periódicos— de describir las respectivas sociedades colombiana, uruguaya, chilena y peruana a la que pertenecían, como lo hiciera Larra en la española? El prestigio de esos cronistas provenía de su mirada intuitiva sobre las costumbres y del “encanto de una escritura entre ingeniosa y poética” (Villanueva Chang, 2012: 605), capaz de encontrar “algo maravilloso en lo cotidiano” y “hacer trascendente lo efímero” (Tejada, 1922: 605), aunque —como confesara Edwards Bello— “el oficio cansa”.

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Es más, ¿no debe acaso remontarse el nuevo género a las Crónicas de Indias —como propuso Alejo Carpentier al afirmar que el escritor contemporáneo cumplía la función de “nuevo cronista de Indias”— para emparentarla con el ensayo como sugirió Germán Arciniegas? En estas páginas intentaremos establecer algunas analogías e interdependencias entre ambas modalidades textuales —crónica y ensayo— que encuentran en las Crónicas de Indias un pasado y raíces comunes. En efecto, la crónica contemporánea, aunque se haya popularizado como género periodístico, tiene una larga tradición que puede remontarse a las Crónicas de Indias, donde caracteres de la crónica renacentista italiana se combinaron con la necesidad de describir el Nuevo Mundo (sus gentes y paisajes, su botánica y fauna), y legitimar su incorporación a la corona española. “Así escribieron América los primeros: narraciones que partían de lo que esperaban encontrar y chocaban con lo que se encontraban” —reconoce Martín Caparrós, popular cronista contemporáneo— al injertar el origen de la crónica actual en esas Crónicas que eran al mismo tiempo una forma original del ensayo (Caparrós, 2012: 608). El cronista metaviajero de la actualidad —nos dice por su parte Eduardo Fariña—“descubre con mirada sorprendida de explorador la otredad al modo de los Cronistas de Indias describiendo la realidad inédita americana”, porque “el metaviajero de nuestra posmodernidad última no va, regresa” (Fariña Poveda, 2014: 255).

Género utilizado para que los europeos reflexionaran sobre la singularidad del Nuevo Mundo —como hizo el propio Montaigne en sus famosos ensayos «Los caníbales», «Los vehículos» y «De las costumbres»—, esta nueva forma expresiva sirvió también a los americanos para conocerse e identificarse a sí mismos.

Una modalidad textual transgenérica 

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Leopoldo García-Alas y Ureña «Clarín» Fue un escritor español

Sin embargo, es con la creación del género, tal como lo definen Montaigne —«libro único de su clase en el mundo» y de «una intención indómita y extravagante»— y Francis Bacon —«meditaciones dispersas»— que se evidencia el deseo de reaccionar contra las formas solemnes, escolásticas y canónicas de la filosofía, y se reivindica la libertad de pensar, la diversidad de opiniones y la «duda metódica» que se instala en el centro de todas las certezas. El género adquiere dimensión literaria con Leopoldo Alas, Clarín, quien justamente emplea la palabra ensayo para referirse al Ariel de José Enrique Rodó.

La polisemia del ensayo —como la de la crónica— propicia incursiones no sistemáticas en temas filosóficos, éticos e incluso metafísicos y cubre un espectro que puede ir del ensayo formal —histórico, sociológico, crítico, literario— al más informal, impresionista, periodístico según el énfasis que se le da a uno u otro. Como modalidad textual transgenérica puede “hablar de casi todo” (Aldous Huxley), lo que permite plasmar sobre el papel reflexiones siguiendo la libre asociación del pensamiento. De «libertad camaleónica» la califica Juan Marichal para señalar que en el ensayo, la forma literaria se pliega a las intenciones del ensayista, como en la crónica a las del periodista.

Los préstamos intergenéricos parecen ser la norma, como lo son en la crónica. Estos préstamos son la palmaria demostración de su naturaleza proteica, de la polifonía y temas a los que invitan las fluidas transferencias disciplinarias entre lo histórico, lo sociológico, lo filosófico, lo político y lo estético que procura el género, característica que comparte con la crónica.

Sin embargo, es con el periodismo y las variadas formas que asume —artículos de fondo y de opinión, columnas, editoriales, «cuadros» y «estampas»— donde el ensayo comparte mayores competencias genéricas con la crónica, lo que ha estimulado su producción y facilitado su amplia difusión. Una larga lista de revistas y periódicos —desde Biblioteca Americana (1823) publicada por Andrés Bello en su exilio londinense, a las argentinas Sur y Crisis, Cuadernos Americanos en México, Marcha en Montevideo, pasando por El Cosmopolita, El Regenerador y El Espectador que dirige Juan Montalvo en Ecuador, Repertorio americano que consagra en Costa Rica el polígrafo García Monje o Asomante, fundada y defendida con tenaz empeño en Puerto Rico por Nilita Vientós— acompaña la historia de la ensayística y del género periodístico latinoamericano.

Cro_latinoarGracias a la frecuencia, la asiduidad, la comunicación que propicia la «literatura de kiosco» que analiza Flora Ovares para el caso de Costa Rica, el ensayista ha sido fundamentalmente atento «cronista» de su sociedad. Al abordar los temas de «nuestro tiempo» —al decir de Octavio Paz— ha sido crítico y opinante. Periodismo militante, 1978, titula una de sus recopilaciones periodísticas Gabriel García Márquez y ha creado complicidades y lealtades con lectores que se reconocen en sus propias inquietudes y preocupaciones. Las polarizadas reacciones que suscita el ensayismo periodístico de las crónicas de Mario Vargas Llosa son la mejor prueba.

Por su parte, la crónica en tanto escrito de “no ficción” que se emplea en forma creciente en la prensa periódica impresa o electrónica, se diferencia de la noticia en que su carácter es menos puntual y atenido a lo inmediato, a aquello que acaba de acontecer. La crónica intenta dar visiones completas y ordenadas de sucesos que tienen un desarrollo, por lo que es de carácter más narrativo que descriptivo y se pretende equidistante entre la información y la interpretación, pero donde información y opinión se concilian, donde se narra y se juzga. En resumen: la crónica es una información interpretativa y valorativa de los hechos noticiosos, actuales o actualizados, donde se narra y se juzga con una libertad de estilo, espontaneidad y hasta ironía, de la que carece el periodismo informativo, aunque Juan Villoro pretenda que escribir crónicas es un modo de “improvisar la eternidad”.

Saber “estar allí”

La crónica es el más interpretativo de los géneros periodísticos: contiene una inequívoca faceta informativa, tiene algo más que pura información —“Literatura a ras del suelo”, la llamaba Antonio Cándido—, pero su identidad está determinada por la interpretación y valoración de lo narrado. Se puede definir como una noticia interpretada, valorada, comentada y enjuiciada, es decir, un género híbrido entre los interpretativos y los informativos o que se encuentra en el límite entre los informativos y los de opinión. “Cuando se propone ir más allá de la narración y adquiere un vuelo ensayístico, una crónica es también una forma de conocimiento”, nos dice Villanueva Chang (Villanueva Chang 2012: 590).

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La crónica tiene, además, el propósito de orientar, por lo que esta libertad de estilo también deberá combinarse con el conocimiento previo del acontecimiento del que se habla, de forma que el lector adquiera un conocimiento global desde un determinado punto de vista, pero siempre con el estilo propio del periodismo literario. Teniendo en cuenta todo ello, podría definirse la crónica como un texto de periodismo literario redactado desde el lugar en el que han ocurrido unos hechos noticiables, y donde es imprescindible la interpretación de su autor, dirigido a un público amplio y escrito en un lenguaje sencillo, accesible para toda clase de lectores y capaz de abordar una gran diversidad de temas, “reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas” (Monsivais, 2012: 16).

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Conferencia Magistral El triunfo de Casandra, narrativas en la era de la perplejidad, con Carlos Franz como ponente en el Paraninfo Enrique Díaz de Leónide la UDEG. Foto: Héctor Jesús Hernández/La Jornada Jalisco

Carlos Franz —novelista y autor de crónicas que publica semanalmente en La Segunda de Santiago y El País de Madrid— ha respondido recientemente a la interrogante de “¿Qué es una crónica?”: “Pensando en voz alta (un recurso muy propio de la crónica) contesto que las crónicas son un “cajón de sastre”. A ellos van a parar los retazos de observación, reflexión, memoria y fantasía, que no se ocupan en otros géneros más estrictos y vigilados. Aquí caben un relato imaginario, tanto como una reflexión ensayística; una observación cotidiana, tanto como una meditación trascendente; un recuerdo personal, tanto como un reportaje social” (Franz, 12 julio, 2014).

Más sencillamente se define la crónica como artículo periodístico sobre un tema específico elaborado a partir de lo observado en el lugar de un suceso: es información y opinión, al mismo tiempo. “Los cronistas utilizan la mirada con más intensidad que la pluma o las teclas del ordenador”—afirma María Angulo Egea— Deben “saber qué mirar. Saber cómo se mira” —(María Angulo Egea, p.7). Un mirar que observa, que incita a pensar y que sabe escuchar a los verdaderos protagonistas del relato; un mirar en definitiva capaz de denunciar lo que ve, de emocionarse ante lo real, un mirar que sepa luego contar sin juzgar ni adoctrinar. Por lo tanto, hay una inevitable subjetividad que subyace en la crónica, un halo de verdad en el voyerismo que practica el cronista. “Una crónica es en primer término una forma de mirar que encuentra un estilo de narrar” (María Angulo Egea, p.14). Una forma de mirar que es, al mismo tiempo, tener el “ojo clínico” para ejercer el “poder literario de selección”.

Se trata de “estar allí” —al decir de Tom Wolfe— de entrar en las historias, documentar hechos, registrar detalles cotidianos significativos, reflejar el estupor ante lo desconocido. La crónica pretende darle voz a los demás. El cronista se involucra en lo que narra, recorta y selecciona impresiones, interroga a protagonistas y testigos, comparte con el lector su visión de lo narrado, buscando una cierta complicidad.

*Fernando Aínsa es escritor hispano-uruguayo, además de ensayista, narrador, poeta y crítico literario. Entrada publicada originalmente en Revistaiman.es Publicada con autorización del autor.