LA ELOCUENCIA DE LA ESPUMA  

 La espuma es cura y herida.  La interrupción, como aquí le llamo, no es más que la herida. Breves laceraciones, cicatrices propensas a supurar ríos de sangre. 

 

Escribe / Daniela Atehortúa – Ilustración / Stella Maris

 

Antes que el sueño (o el terror) tejiera

mitologías y cosmogonías,

antes que el tiempo se acuñara en días,

el mar, el siempre mar, ya estaba y era.

-Jorge Luis Borges

Digamos que no tiene comienzo el mar

Empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes

-José Emilio Pacheco, Mar eterno

 

 

 

Todo está interrumpido, incluso el mar. La escarcha marítima es maleable, agreste. Se hincha y recoge con la mutabilidad de las olas dejando que su tránsito esté siempre supeditado a algo distante, ajeno. No es dueña de sí misma, pero el mar no es más que danza azul y tranquila sin su presencia. Entonces, es necesaria y elocuente.

La espuma es melancolía de niños. Es, a veces, la alegría de un pequeño suspendido de una cuerda en el océano Pacífico. Un pequeño que desconoce otras formas de alegría y que se tambalea por el puro placer del movimiento, por sentir la suavidad del agua que remoja su cuerpo lacerado por el sol. La espuma es el momento mismo de la caída del cuerpo, del sonido del agua en convergencia con la materia que resbala, del impacto único del pez negro en su blanco burbujeo.

El océano, contenedor de mares, divide geográficamente las vidas de miles de personas que confluyen bajo circunstancias similares, pero que jamás se enteraran de ello.  Ambos personajes de las fotos, tan ajenos en cuanto a la emoción, pero tan similares en edad, inocencia y antepasados.  Uno disfruta del bote como un ancla, se aferra a la cuerda como si fuese su única cosa en la vida. Ríe frente a la cámara sin pudor, con aire genuino. Sólo la mitad de su cuerpo se confunde con el agua. La niña, criatura de vestido, silencio y quietud, sólo se deja tocar por la ola que se mece con lentitud hacia su cuerpo petrificado, como Sara la mujer de Lot.

La espuma es cura y herida.  La interrupción, como aquí le llamo, no es más que la herida. Breves laceraciones, cicatrices propensas a supurar ríos de sangre. El mar es el universo conteniendo la vida misma, procurando paliar —con su naturaleza salitre— el rincón de la fisura y suspender el momento mismo de su surgimiento.

Afrodita, diosa de la belleza y el amor, nace de la espuma. Algo bello se cuece entre la profundidad y la historia nostálgica del dolor. Es Hesíodo quien cuenta que tras ser arrojados al mar los genitales de Urano, de la convergencia de la sangre, semen y espuma, sale Afrodita siendo adulta.  Pareciese entonces, que así mismo de la espuma y el dolor, los niños brotan del mar. Uno es recibido por el mundo con juegos, formas risueñas. Se entrega a la vida con precipitada fascinación sin concebir los detalles póstumos de su nacimiento. Sin meditar en posibles penas, sacrificios o dolores del cuerpo. No asume su llegada como un salto inexplicable e injusto. No asume su geografía desde la desgracia. Así nos lo revela la fotografía.

La niña, contrariamente, aparece siendo ente reflexivo: mirada que cavila y cuestiona su llegada. Parece por momentos, que identifica la inmensidad del mar y comprende la dificultad de su minúscula presencia. Entiende su llegada como un tránsito y las ilusiones del niño, del pez, le son totalmente extranjeras.

En el Pacífico colombiano, las mujeres que habitan en caseríos y municipios, dan a luz en medio del mar. Mientras los de la Armada las transportan al hospital más cercano, el bebé se precipita y determina su aterrizaje en medio del agua.  Este evento se repite varias veces al año. Es un síntoma de algo que está irremediablemente desajustado en la configuración de la ciudad, pero también una forma de reafirmar la singularidad del tránsito y llegada de cada ser humano.

A los quince años veía el mar de San Andrés. Recorría con mis pies adolescentes las calles pobladas de almacenes y viajeros. Era la primera vez que materializaba el intersticio entre el agua y la arena. Que descubría que sólo una línea diferenciaba el azul celeste del azul cobalto marítimo. El momento mismo en que el horizonte me desplegó esa postal azulada lo recuerdo lucidamente: (caminaba con la curiosidad de quien recién aterriza en un puerto ajeno, extraña en mi propia geografía. Forastera. No somos tan distintos, pienso, pero actuamos sorprendidos ante el otro, que habla con menos eses y alarga las vocales) mi mirada, siempre con tendencia a la ingravidez, se perpetuó en el agua mansa de las 12. La grandeza nunca se me había representado tan irrepetible. El mar fue la cosa más sorprendente que vi en mi década y media de vida. Inmensísimo, ese fue el vórtice de mi asombro. Se instaló como uno de los momentos más solemnes. Y es esa reminiscencia constante la que quizá me permite volver a la foto, al mar, con ánimo de exploración.

De nuevo, el mar y la espuma: melancolía de niños. El mar abre paso a la mitología, pero también a las historias del hoy. A la nostalgia de una revelación. Al retorno del cuerpo adolescente.  Es la herida que permite el nacimiento de Afrodita, de los niños del Pacífico. La herida que descubre el recuerdo legítimo de la primera vez. Su sentido atraviesa las instancias simbólicas para remitirnos a realidades tan poéticas como inmanentes.  Así, en las fotografías hay tanta vida como reflexión. El tacto con el agua salada, con la espuma, permite el paralelo. La inmensidad, la extensión y dimensión hace que las orillas del mundo se toquen hasta lograr que alguien las interprete. Entonces, aunque los protagonistas de la foto pertenezcan a lugares diferentes hay alguien que, gracias a la captura, los conecta.

El mar nos hace soñar con las vidas pasadas y presentes. ¿Cuántas veces más nacerá Afrodita bajo la forma de un niño? La belleza y el amor burbujean en el mar y así el agua, como sustancia salada y mística, nos ha permitido vivirla desde siempre. Hoy, desde una imagen convoca a pensarla en sus infinitas posibilidades. Como sustancia creadora, mítica, viviente, metafórica.

Ahora me llevo la idea del agua y en especial la espuma como entidades elocuentes que desarrollan la imagen del nacimiento y la búsqueda. Tanto en Miguel Varón como en Cristina Rodero habita un halo de inquietud. Esa inquietud que Roland Barthes denomina aventura, pero también, un aire de precipitación. Las fotos se vuelcan sobre mí con violencia como si, de repente, el mar interrumpiera la ficción que supone la imagen —al ser pretérita—para lanzarse sobre la realidad. Quedo, de esta manera, empapada por la intensidad del agua que, también, hace difícil reflexionar. ¿Qué hay entre tanto mar y un niño? La imagen aparece sólida, aparentemente terminada. Sin embargo, la espuma anuncia la calma que viene después de la ola, del gran aluvión, y es la que aquí se confiesa.

 

Referencias

Varona, M.  [@miguelvaronafoto]. (9 de agosto de 2018). La barra es un pequeño caserío ubicado cerca a las playas de Juanchaco, en el Pacífico colombiano, habitado en gran. Fotografía]. Instagram. https://www.instagram.com/p/BmR2qOKh1wL/

García, C. (2001). Rituales de Haití. Fotografía Recuperado de:  https://www.paulamastra.com/blog/2015/06/30/cristina-garcia-rodero-fotografia-el-alma-de-la-realidad/