La extraña oración de Karl Rahner

 

 

Cuando huyo de la oración, del silencio, no quiero huir de ti, Señor,
sino de mí: de mi superficialidad

Karl Rahner

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Por: Diego Firmiano

 

Quiero recordar delante de ti a mis difuntos. Señor, a todos aquellos que alguna vez me pertenecieron y se han apartado de mi. Son muchos; tantos que de una mirada no puedo abarcarlos todos, sino que otra vez debo recorrer el camino de mi vida con el recuerdo, si mi dolor quiere volver a saludarlos a todos.

Cuando así lo hago es como si en la calle de mi vida pasara un desfile de hombres y en cada momento, alguno de ellos, calladamente y sin decir adiós, se desviara de este desfile, y apartándose del camino se perdiera en la negrura de la noche. Mi comitiva se vuelve más y más pequeña porque sólo aparentemente hombres nuevos aparecen en el camino de mi vida para viajar conmigo. Ciertamente muchos van por la misma calle, pero propiamente junto a mi peregrinan tan sólo los que en otro tiempo comenzaron juntamente conmigo, los que ya estaban allí cuando yo comenzaba mi ruta hacia ti, Dios mío, los que estaban muy cerca de mi corazón y aún lo están.

Los otros son camaradas de viaje en el mismo camino, y de éstos hay muchos: nos saludamos y ayudamos mutuamente y siempre vienen nuevos y se retiran. Pero propiamente el desfile de mi vida, formado por aquellos que se aman, se hace cada vez más pequeño y callado, hasta que por fin también yo, silenciosamente, me desvíe del camino y me aparte sin despedida ni regreso.

Por eso mi corazón está con ellos, con aquellos que ya se alejaron de mí. No hay otro sustituto para ellos: no existe ningún otro hombre que pudiera rehacer un grupo de hombres que verdaderamente se aman, cuando repentinamente, y sin esperarlo, alguno de ellos ya no existe. Porque tratándose de amor verdadero, ninguno puede sustituir al otro. Porque el verdadero amor ama al otro con aquella profundidad que es característica de cada uno. Por eso, cada uno de los que se fueron se llevó un trozo de mi corazón -sí, cuántas veces el corazón entero-, cuando la muerte pasó a través de mi vida. Para quien verdaderamente amó y ama, la vida se torna, ya antes de la muerte, en un vivir con los muertos.

Porque el que ama, ¿podría olvidar a sus muertos? Y si alguno verdaderamente amó su «haber olvidado» y su «haber llorado», no es un signo de estar ya consolado, sino del carácter definitivo de su luto, un signo de que una parte del propio corazón realmente murió con ellos y ahora está muerto en vida, y por eso ya no puede seguir lamentándose.

Así vivo con los muertos, con aquellos que me precedieron hacia la oscura noche de los muertos donde ninguno puede ya hacer cosa alguna.

Pero, ¿cómo puedo vivir con los muertos en la idéntica realidad de un mismo autor, mío y de ellos? Respóndeme Tú, Dios mío, que te has llamado Dios de los vivos y no de los muertos. ¿Cómo puedo vivir con ellos? ¿De qué me sirve cuando digo -e inclusive los filósofos me demuestran- que todavía existen y siguen viviendo? ¿Están conmigo? Porque amaba a los muertos y todavía los amo, debo estar con ellos. Pero ¿están ellos también conmigo? Ellos ya se fueron, están en silencio. Ni una palabra suya llega a mi oído. Ni una suave muestra de su cariño vuelve a llenar mi corazón. ¡Cuán callados están los muertos! ¡Cuán muertos están los muertos!

Entonces, ¿quieren ellos que los olvide, como se olvida uno de cualquiera con quien accidentalmente se encontró en un viaje y cambió un par de palabras indiferentes? Si aquellos que en tu amor partieron de este mundo no perdieron la vida, sino que se transformó en vida eterna, ilimitada y sobreabundante, entonces ¿por qué para mí son como si ya no existieran? ¿Acaso la luz -tu luz, Dios mío- en la cual penetraron es tan débil que no puede bajar hasta donde estoy? ¿Sólo pueden estar contigo a condición de que también su amor, no sólo su cuerpo, me abandone? Mi pregunta se vuelve de ellos a ti, Dios mío, que quieres ser llamado el Dios de los vivos y no de los muertos.

Pero ¿cómo he de preguntarte? Tú estás tan mudo como los muertos, aunque también te amo a ti como amo a mis muertos, aquellos lejanos y silenciosos desaparecidos que entraron en la noche. ¿Qué respuesta perceptible das a mi amor cuando te llama y pide una señal de que tu amor hacia mí vive y está conmigo? ¿Puedo quejarme de mis muertos cuando su silencio no es más que el eco de tu silencio? ¿O es tu silencio una respuesta a mi queja de su silencio?

Así ha de ser, porque eres la última, aunque incomprensible, respuesta a todas las preguntas de mi corazón. Yo sé por qué guardas silencio: tu silencio es la estancia sin límites en la cual mi amor sólo puede existir en tu amor por la acción de la fe. Si tu amor hacia mí se me hubiera revelado en esta vida terrena, manifestándome claramente que soy amado por ti, ¿entonces cómo podría demostrarte un ánimo osado y la fidelidad de mi amor? ¿Cómo podría salirme por la fe -mediante el éxtasis de la fe y del amor- de este mundo, y amando salirme hacia tu mundo y entrar dentro de tu corazón?

Para que mi amor se descubra en la fe, tu amor se ha ocultado en el silencio de tu quietud. Me has abandonado para que yo te encuentre. Porque si estuvieras conmigo siempre me encontraría sólo a mí al buscarte a ti. Debo salir de mí si he de encontrarte allí donde Tú puedes ser Tú mismo. Porque tu amor es infinito, únicamente puede vivir en tu infinitud, y porque me quieres mostrar tu amor infinito, me lo has escondido en mi finitud y me llamas para que salga de ella. Y mi fe en ti no es otra cosa que el oscuro camino en la noche, entre la casa desamparada de mi vida, con sus reducidas y pobremente iluminadas estancias, y la luz de tu vida eterna. Tu silencio en este tiempo de mi vida terrena no es otra cosa que la manifestación terrena del Verbo eterno de tu amor.

Así mis muertos imitan tu silencio: porque entraron en tu Vida, están ocultos para mí. Porque las palabras de su amor se confundieron con el júbilo de tu amor infinito, ya no penetran en mi oído. Viven la infinitud de tu vida y de tu amor, por eso su amor y vida ya no entran en el estrecho recinto de aquello que yo llamo mi vida y mi amor. Vivo una vida que no es más que una larga agonía -«prolixitas mortis», llama tu Iglesia a esta vida-, por eso nada experimento de su vida eterna que no recuerde la muerte.

Pero así es precisamente como viven también para mí. Porque su silencio es su clamor más agudo. Porque es el son de tu silencio. Porque es el son que vibra al unísono con tu palabra que nos habla mientras nos envuelve a nosotros y nuestras palabras en su silencio frente al fuerte ruido de nuestra actividad y de las angustiosas y precipitadas protestas mediante las cuales los hombres aseguramos nuestros recíprocos amores. Así tu palabra, llamándonos, nos introduce en tu vida.

Así nos ordenas, por medio de la obra del amor, que es la fe osada, dejarnos a nosotros mismos para encontrar una base eterna en tu vida. Y exactamente así también llama y ordena el silencio de mis muertos que viven en tu vida y por ello me dirigen juntamente conmigo tu palabra, Dios de mi vida, la cual está lejos de mi muerte. Porque están vivos callan, así como nuestras ruidosas conversaciones nos deben hacer olvidar que somos moribundos. Y su silencio es la palabra de su amor a mí, la palabra de amor que me dirigen.

Dios silencioso, Dios de los muertos silenciosos. Dios vivo de los vivos, que hablas mediante el silencio. Dios de aquellos que mediante su silencio quieren llamarme hacia tu vida, haz que no olvide a mis muertos y a mis vivos. Que mi amor hacia ellos, mi fidelidad a ellos sea testimonio de mi fe en ti, Dios de vida eterna. Haz que no oiga en vano su silencio, el silencio que es la palabra más última de su amor. Que ésta su más íntima palabra me acompañe cuando partan de mí, para que su amor, penetrando en ti, esté más cerca de mí. Alma, no olvides a los muertos.

Viven. Viven tu propia vida, que aún está encubierta por ti, ya sin velo en la luz eterna. Que tus vivos, Dios de los vivos, no me olviden a mí que soy un muerto. Concédeles, Dios, que ya les has concedido todo y a ti mismo, también esto: que su silencio se convierta en la expresión más explícita de su amor hacia mí, que se transforme en una palabra que conduzca mi amor hacia ellos, hasta su vida y su luz.

Si mi vida es y se vuelve cada vez más una vida con los muertos que me han precedido en la oscura noche de la muerte, en la cual nadie puede ya obrar, entonces tórnese mi vida, por obra de tu gracia, cada vez más una vida de fe guiada por tu luz en la noche de mi vida. Entonces yo vivo con los vivos que se me han adelantado con el signo de la fe hacia el día luminoso de tu vida, en el cual ya ninguno debe obrar, porque Tú mismo eres este día, Tú, plenitud de toda realidad, Dios de los vivos.
Cuando digo: Señor, dales el descanso eterno y alúmbreles la luz eterna, que mi oración sea solamente el eco de la palabra de amor, que ellos mismos hablan por mí en la quietud de su eternidad: Señor, dale al que amamos en tu amor, como nunca antes, dale, después de la lucha de su vida, el descanso eterno y también alúmbrele tu luz eterna como a nosotros. Alma, no olvides a los muertos. Dios de todos los vivos, no te olvides de mí, muerto, para que algún día también tú seas vida.

Amén.