Al final, es posible pensar que las familias, a pesar de una religiosidad desgastada, logran encontrarse y unirse más por la alegría y las sonrisas de los niños que por el mensaje de los sacerdotes.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Hace tiempo dejé de creer en un Dios vigilante y protector o en la idea de que el universo por una extraña fuerza iba a cambiar su rumbo a mi favor. Sin embargo, vivo en una cultura creyente y eso no me molesta, respeto la fe de las personas y como diría Jorge Gaitán Durán: “tengo una admiración fugaz y furtiva por los creyentes”.

Valoro que asuman el mensaje del carpintero de Belén, que profesen un amor por el otro, que sientan compasión ante el sufrimiento humano… ¿quién en sus cinco sentidos estaría en contra de esa forma de ver el mundo?

Por eso no fue extraño que una amiga me pidiera el favor de que asistiera a la iglesia y remplazara al padrino de su hijo que haría la primera comunión; hacerme pasar por otro y fingir ser un creyente. La idea no me disgustó, porque siempre estamos buscando dejar de ser lo que somos.

Un día antes de la ceremonia debía estar con la madrina del niño (ella si era ella y no otro como yo) escuchando las instrucciones de uno de los sacerdotes del templo. El hombre hablaba y hablaba de todo, de la solidaridad con Venezuela, con el pueblo judío, de la necesidad de poner el otro cachete en caso de cualquier ofensa. Pese a su mensaje, los padrinos y madrinas que estábamos allí en realidad no estábamos, oíamos, pero no escuchábamos y menos entendíamos.

Toda la velada fue un ejercicio de resistencia para no dejarse vencer por el sueño y el aburrimiento. Estar en esas bancas fue una metáfora del padecimiento que sufrió Cristo en la cruz.

Al día siguiente, los padres, padrinos y familiares estaban en el templo, con la ropa más elegante que tenía (menos yo que estaba vestido como yo siendo otro) haciendo honor a la primera comunión que iban a tener sus hijos.

Esta vez, había un padre más alegre, por lo menos se reía más y procuraba que la emoción se transmitiera a los asistentes. Todos, padrinos, ahijados, padres y familiares repetíamos las instrucciones y oraciones que profesaba el sacerdote.

Los niños gozaban y con cierta confusión hacían lo que los padres les pedían, agachaban la cabeza, se dejaban untar lo que el sacerdote en símbolo de comunión les pasaba por el rostro.

A pesar de la solemnidad, los niños reían y tomaban fotografías con los celulares, como si la primera comunión fuera un juego; los pequeños lo disfrutaban más que sus padres que estaban estresados pensando en qué iba pasar con el almuerzo apenas terminara todo.

Para los niños no fue claro lo que es exactamente la primera comunión, para mí (que era otro) tampoco quedó claro nada; por el contrario, se abrieron varias preguntas: ¿cómo los creyentes asumen el mensaje de los sacerdotes?, ¿acaso los niños se acercan más a la idea de Dios por medio del juego y la alegría?, ¿cómo logra integrarse las familias en un rito que parece de poca trascendencia?…

Tantas preguntas y tan pocas respuestas. Lo único cierto es que al concluir la ceremonia de la primera comunión las familias salieron riéndose del vestido inapropiado, de las palabras confusas del sacerdote, del bostezo y la pena del padrino no creyente (ese era yo).

Al final, es posible pensar que las familias, a pesar de una religiosidad desgastada, logran encontrarse y unirse más por la alegría y las sonrisas de los niños que por el mensaje de los sacerdotes. Quizá allí se encuentra la imagen perdida de Dios, en la sonrisa de un niño sin dientes que espera la primera comunión con su familia.

ccgaleano@utp.edu.co