La lírica e influencias literarias: una respuesta al homerismo (segunda parte)

No intento eludir de plano la influencia de La Ilíada y La Odisea en nosotros, pero es evidente que su eco no es tan hondo como el que marcó la lírica con su carácter individualista en lo que los escritores narran hoy.

 

Por: Kevin Marín

Cuando en el 549 a.n.e Solón fue elegido arconte, comenzó a reformar el estado, intentando crear una Constitución. De ahí el famoso sistema timocrático, es decir, el que organizaba los derechos de la población no ya en términos de familia –como se hacía con los eupátridas– sino en aquellos en que las posesiones de bienes determinaban los derechos políticos de la población. Este nuevo sistema eliminaba la esclavitud como medio para cobrar deudas por un pago en forma de bienes materiales. Su poesía, como no es de extrañar una vez más, es la viva respuesta de sus logros políticos:

(…) Y reconduje a Atenas, que por patria les dieron

Los dioses, a muchos ya vendidos, uno justo

Y otro injustamente, y a otros exiliados

Por urgente pobreza que ya no hablaban

La lengua del Ática, de tanto andar errantes.

Una vez más la literatura es el gran documento histórico de aquellos tiempos. Los dioses, aunque siempre presentes, han dejado que el hombre sea actor y director de su propia vida. Nadie más, sino él, es quien dirige la marcha del mundo.

Literatura helenística: las influencias líricas en la poesía bucólica y la comedia nueva

Menandro.
Menandro.

Normalmente, cuando comenzamos a hablar de la literatura helenística surge en todos el nombre de Menandro y sus cómicos textos nos anuncian el nacimiento de la Nueva Comedia que, como sucede en todas las épocas, en todos los lugares y en todos los contextos, fue la expresión de rebeldía que este autor expresaba contra el archiconocido Aristófanes y su Comedia Antigua que incluye relatos de corte político, de extasiada realidad y fantasía, en los que necesariamente tenía que vincularse aspectos sociales de gran índole como la lucha contra las nociones de guerra en Los Acarnienses y Paz, o –y esto es muy importante porque se acusa a Aristófanes de antidemocrático–, sus representaciones de los poderes judiciales y políticos en Las Avispas. Con este autor sucede un rasgo muy importante: la evasión de la realidad hacia el mundo de la literatura. Contrario a esto, Menandro incorpora en su “escuela” elementos muy cercanos a sí mismo; la vida cotidiana, lo que es el día a día de su época convulsionada por los esfuerzos políticos y militares de Alejandro Magno. No es por otra cosa, pues, que Menandro incluye en sus piezas a personas que hacen parte de la vida corriente: soldados, esclavos, señores, etc. Empero, si seguimos con las recomendaciones de Gual y Guzmán, Menandro debería estudiarse en la sección de género teatral, razón por la cual y atendiendo sólo a la idea de que este autor es el gran referente de la literatura de la época, continuaremos con algunos otros que simbolizan un auge en nuevas maneras de expresar esa influencia lírica marcada casi que abusivamente por la vida privada.

Teócrito.
Teócrito de Siracusa.

Teócrito de Siracusa (320-260 a.n.e) trae elementos importantísimos para nuestros propósitos, los literarios e históricos. Se menciona en todo dubitativo que el género bucólico, en el que Teócrito brilla, puede ser una reacción o nostalgia por el pasado rural ante la inmanencia de las grandes ciudades. Recordemos que Teócrito vivió en Alejandría, una ciudad que “en su periodo de mayor opulencia, era una ciudad rebosante de templos y palacios de deslumbrante mármol, donde el urbanismo, la arquitectura y las artes helenísticas rozaron el cénit de su refinamiento. La ciudad estaba dotada de termas, teatros, auditorios y demás edificios de uso civil característicos del urbanismo griego, y engalanada con jardines en parte botánicos y en parte zoológicos”. Esto puede ser fácilmente deducible pues Alejandría se convirtió en el foco cultural de todo el mundo helenístico (con su biblioteca y su museo) y no sería de extrañar que una población considerable de estudiantes se hubiese trasladado desde sus lugares de origen hacia allí.

En ese sentido es entonces posible que Siracusa, su ciudad natal, fuese recordada ante el imponente centro del mundo mediterráneo en el que se estaba convirtiendo Alejandría. La literatura ya no sólo es protesta, es también un canto íntimo al pasado, a las remembranzas de lo que fue y no será nunca más.

Por otro lado, la poesía de Teócrito, enmarcada en el idilio –como el epigrama, un texto corto– no hacía otra cosa que cantarle a las cosas idas, festivas que configuran escenas de acento muy realista. Una bruja enamorada que hace todo lo posible (y maléfico) por recuperar a su amante despreocupado; un cíclope, Polifemo, boyero, amigo del campo que llora por el amor imposible y vanidoso que Galatea no le quiere obsequiar. Definiré el amor del siracusano por el campo en estos últimos versos del idilio XI: “(…) Es claro que en la tierra demuestro yo ser alguien”.

El epigrama

meleagroEl epigrama, reconocido como tal, sin dejar dudas respecto a ambigüedades y procedencia, lo encontramos en autores como Asclepíades, Meleagro de Gádara, Páladas de Alejandría, Cenotafio de Evipo y Calímaro, entre otros. Elijo el epigrama como final de este artículo no  porque pertenezca a la poesía lírica –recordemos que duró hasta el siglo V–, pero sí debido a que aquí se pueden apreciar en todo su esplendor esas nuevas luces que nos trae la innovación literaria frente a la épica[1], es decir, toda la influencia posterior que desplegó ese descubrimiento de la individualidad en una literatura que aún hoy, cuando se nos habla de griega, seguimos asociando con solo dioses y guerreros colmados de áureas divinidades.

diana y acteonCuenta el filólogo Luis Alberto de Cuenca, en el prólogo del libro Himnos y epigramas de Calímaco, en su nueva versión española, que éste escribió unos Orígenes o Aitia que se perdieron, “la obra más importante”, pero que gracias a los hallazgos en papiro se pudo establecer que en ellos el autor escribe una introducción titulada Respuesta a los Telquines, en los que polemizaba fervientemente contra el desgastado poema extenso de corte homérico que seguía deslumbrando a sus contemporáneos, entre ellos Apolonio de Rodas.[2]En uno de sus epigramas vemos esto:

Odio el poema cíclico, aborrezco el camino que arrastra aquí y allá a la muchedumbre; abomino del joven que se entra sin discriminación, y de la fuente pública no bebo: me repugna todo lo popular. Lisanias, tú eres bello, sí, muy bello. Pero antes de que pueda terminar de decirlo, repite el eco: “Es ya otroooo…

Por otra parte y pasando a los “menos conocidos” epigramistas, es notorio que el desarrollo de la individualidad acarrea de igual forma los problemas existenciales del hombre. Páladas es ilustrativo: Escena y farsa es la vida entera. O aprende a actuar sin tomártela en serio, o soporta los dolores. Asclepíades no se queda atrás: Veintidós todavía mis años no son nada y ya hay tedio en mi vida. ¿Qué es esto? ¿Por qué me dais, Amores, tormento? ¿Qué haréis si yo muero? Sin duda a la taba, ligeros como siempre, seguiréis jugando.[3]

 

A modo de conclusión

Para terminar, debemos reconsiderar seriamente el influjo que toda la literatura no épica acarreó en nuestras literaturas, si se quiere, modernas. La lírica fue, sino la más grande quizá la que más elementos aportó a ellas. Toda nuestra literatura es un canto a la intimidad del hombre –piénsese en las populares novelas El olvido que seremos y Lo que no tiene nombre–, a su condición en el mundo, al papel que juega en él, al sentido de la vida, a las alegrías de los acontecimientos más simples; es una literatura que resalta por no estar supeditada a poderes externos más que al puño y letra del escritor; es palabra del hombre para el hombre. No intento eludir de plano la influencia de La Ilíada y La Odisea en nosotros, pero es evidente que su eco no es tan hondo como el que marcó la lírica con su carácter individualista en lo que los escritores narran hoy. Los jefes de Estado raramente son mencionados y cuando se los incluye, no es en la literatura: seguirán siendo parte de una historia tradicional de los mártires o de ensayos periodísticos de temporada.

Después de la exposición anterior, se hace menester intentar otorgarle un orden a las consideraciones finales: la respuesta parricida hacia Homero y Hesíodo se hizo muy visible con el surgimiento de los escritores líricos y en el posterior desarrollo que acarreará toda su influencia sobre los epigramistas. Los historiadores vieron simplificado su trabajo cuando no tenían que rastrear los hechos basándose en odas que enaltecían los dioses y los héroes patrios, pues una literatura de la vida cotidiana, aparejada con los estudios arqueológicos, demostraba el accionar de los hombres sobre su entorno público (Solón de Atenas) o privado (Páladas de Alejandría) incluso si llegamos a afirmar que posiblemente ellos no denotaban en la literatura la ficción que nosotros le atribuimos hoy. Estos hombres desaparecidos hace tantos siglos, nos han dejado, pues, de forma explícita, los testimonios que nosotros no podemos dejar de estudiar.

[1] Sería injusto en tal sentido olvidar a otros autores (incluso, podríamos decir que se trata de “casi” todos los autores). Básteme un ejemplo: la poetisa Erina de Telos que según se cuenta (Revista Iris de la Sociedad Española de Estudios Clásicos) escribió un poema a los quince años en hexámetros para una amiga suya que muere. “La rueca”, debería pasar por uno de los más sentidos de la época (S. IV).

[2] Quinto de Esmirna, escribió en el siglo III-IV una obra épica que según sus intenciones abarcó contar más extensamente los acontecimientos de la Guerra de Troya. Algunos hijos reviven al padre.

[3] Antología Palatina, Biblioteca Clásica Gredos.

 

Referencias bibliográficas

Antología Palatina, Editorial Clásica Gredos

Aróstegui, Julio, Metodología de la Investigación Histórica. Cátedra, 1985

Bucólicos griegos, Biblioteca Clásica Gredos.

Elegías. Texto y traducción por Francisco Rodríguez Adrados. Barcelona: Alma Mater, 1959

García Gual, Carlos y Guzmán Guerra, Antología de la literatura griega, Editorial Alianza 2001

García Gual, Carlos Antología de la lírica griega, Alianza Editorial 1996

Grimberg Carl, Historia Universal: Grecia. Círculo de Lectores, 1967

Hidalgo de la Vega, María José; Sayas Abengochea, Juan José; Roldan Hervás, José Manuel (1998). “Solón y sus reformas”. Historia de la Grecia antigua. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca

Cuenca, Luis Alberto de, Calímaco, Himnos y epigramas (1974-1976).