La labor del editor va mucho más allá de su talento y conocimientos, de sus criterios estéticos, de su consejo y propuesta editorial, del tire y afloje con autores e instituciones, de gestionar contratos y derechos de autor, de trajinar con leyes y decretos.

 

Por: John James Galvis Patiño

El éxtasis constante y undívago en que se adentra el lector cuando decide sumergirse por completo en una obra imbuida en miles de signos tatuados en piel electrónica o de papel y allá va su alma concatenada recorriendo mundos paralelos, fantásticos y reales; enajenada de la otredad y la resiliencia altruista que hay a cada paso de la edición tras bambalinas.

Aquel mago artista desconocido ha materializado nuestros sueños impregnándolos de diseño y color, al tiempo que extrae de su fragua alquimista la combinación mística de puntuales vocablos, hilvanados en selectos párrafos y estibados en capítulos que aluzan finalmente textos y obras. Entonces, el mago editor ha ejecutado tan magistralmente su labor que acto seguido desaparece de la vista del lector.

El editor, como coordinador, director de orquesta o mago, conoce a fondo las etapas de la pre-edición/ edición/ publicación, cuidando fielmente en cada una de ellas, la forma y contenido del texto a elaborar; además de los procesos técnicos implicados, desde su protagónico papel interactúa todo el tiempo con los demás actores que intervienen en la marcha; cuidando celosamente de no usurpar ningún libreto: autores/ lectores/ comité editorial/ agentes literarios/ traductores/ correctores/ Dpto. gráfico/ diseñadores/ ilustradores/ fotógrafos/ artistas/ empresas de servicios editoriales/ promotores de eventos culturales…

Su olfato artístico, artesanal y comercial aguzado le da la certeza de ser un puente, un acotador de lejanías entre autor y lector, un catalizador de talentos, un trampolín para aquellos escritores que luchan por salir del anonimato. Un gestor de cultura con su aguja imanada siempre hacia el lector y al mercado de arenas movedizas de los libros y su propensión hacia los formatos digitales. Su rol avizor lo mantiene en estrecho contacto con agencias literarias, con autores y tendencias que van marcando así su horizonte.

Ilustración / El Español

La labor del editor va mucho más allá de su talento y conocimientos, de sus criterios estéticos, de su consejo y propuesta editorial, del tire y afloje con autores e instituciones, de gestionar contratos y derechos de autor, de trajinar con leyes y decretos.

El mago editor también porta el overol que lo identifica como un humilde obrero más en la ardua construcción del texto. Escudriña y propone fuentes tipográficas, formatos, papel, maquetación, permanece alerta a las correcciones orto-tipográficas y de estilo; diseño y composición del libro.

En general, supervisa todo aquello que le aporta brillo, honradez y lucidez a su trabajo, evitando a todas luces tergiversar la obra con escurridizas erratas. Tal y como lo cree conveniente Felipe Vázquez en su artículo: Juan Rulfo y la falacia del editor: “El texto absoluto”

Uno confía en que el editor de un texto ha establecido la obra y que ésta puede consultarse como si fuera la Torá: no puede haber una sola errata, de otro modo estaríamos falseando el mensaje y la cifra del universo, nos sería imposible acertar con el Nombre de Dios y, en el caso extremo, nos despeñaríamos en ese caos que otros llaman infierno… Además de la errata debida a la incuria, está la debida a la ignorancia del corrector. una edición crítica es el equivalente profano de un texto absoluto. El editor tiene la misión de establecer el texto de manera impecable. A partir de la publicación de un texto definitivo, el crítico confía en que puede realizar exégesis, especular sobre los límites de su interpretación y contextualizarlo en las redes horizónticas de producción escritural. Pero ¿qué sucede cuando el crítico interpreta un texto cuyas erratas lo vuelven ajeno a la voluntad de su autor? Hace una lectura errónea y, por ende, una crítica falsa. Se vuelve entonces un candidato involuntario del ridículo.

Ilustración / Lamadeau

Sin embargo, más allá de las buenas intenciones de los editores de archivos, varias de esas ediciones críticas requieren a su vez, una edición crítica que muestre cómo hay ediciones críticas que colaboran de manera decisiva en la falsificación de los textos.

Además, como tarea final del texto impreso, comprueba los créditos del libro, está atento a las dedicatorias y detalles del colofón, de índices y pies de página, fotografías e ilustraciones, de notas y biografías, de los textos de solapilla y contraportada. Toda esta labor lo diferencia claramente del trabajo de creación del autor, al igual que “editar no significa publicar un libro, así mismo escribir no es el fin del editor”.

Aunque claramente se evidencian uncidos al mismo yugo autor y editor arando juntos los surcos de campos literarios; su labor concisa consiste entonces, en otear desde su aventajada posición las diversas posibilidades: culturales, educativas, políticas, sociales, técnicas, experienciales y económicas, que surgen a su alrededor con el fin de materializar textos para terceros, dándoles nombre y apellido legalmente constituidos y registrados; abriéndoles a pulso un espacio visible y viable en la sociedad y el mundo editorial.

Podría concluirse que, como resultado final y apenas lógico de tan ardua labor, el mago editor hace un alto en el camino para percibir los frutos de su agendosa labor, al tiempo que recibe los merecidos aplausos y reconocimiento del público expectante, mientras recupera fuerzas para la siguiente empresa; no obstante, aquí es donde comienza el meollo del asunto para que el pan no se queme en la puerta del horno.

Su rol de editor conlleva implícito también la labor social y comercial de la planeación de eventos, conferencias, exposiciones de libros en diversas ferias… Con tentáculos octópodos, el mago editor pretende ahora abarcar la mayor red de distribución del producto, garantizando así, que la obra llegue a un gran número de satisfechos lectores-consumidores.

Además, como bonus track de la ingratitud del oficio debe permanecer atento y arrostrar decididamente leyes y decretos endebles que ineficazmente combaten en el país las mafias crecientes de la piratería de libros impresos y digitales que gangrenan el oficio, malogrando su arte y labor.

Hoy, la mayoría de nosotros disfrutamos del arte de la edición, no desde una perspectiva directa o empírica emprendida tiempo atrás; sino, por medio de lecturas arrobadoras que paulatinamente van poblando el alma de conquistas evocadoras. Otros, contemplándola a través de los cristales de la academia, que nos imbuye a familiarizarnos con ella, como parte del proceso formativo y básico del profesional en literatura.

Finalmente, aludimos, que tras bambalinas existe todo un montaje milimétricamente puesto en escena, aunado a un sin número de protagonistas actores que imperceptiblemente entran y salen de principio a fin por todo el andamiaje de la obra con particular pericia.

Encandilados por la belleza visual y la sobriedad textual que nos transmite la obra ya finalizada, pasamos apresuradamente a saborear pequeños tentempiés mordisqueados a filo de pupila, ignorando todo lo demás; es entonces ahí cuando se sucede la ingrata invisibilidad del propio mago editor y de todo su equipo tras bastidores que han traído la obra a colación; se difuminan cual traviesos cronopios artesanos, que desde el anonimato siguen pariendo textos de tinta indeleble para la historia de la humanidad.

Jgalvis569@unab.edu.co