Sacar un momento de la rutina para evaporarnos en el tiempo es el clamor de nuestra alma, porque sentir la música es liberar el ser a nuestra manera. Es un escalofrío y hormigueo en respuesta a la música, pero la clave es lo que a cada persona le parece placentero.

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Por: Daniela Franco

¿Han sentido que la vida algunas veces se torna monótona?

Irónicamente, para solucionar esto queremos escuchar el silencio del mundo y concentrarnos en aquello que nuestras palabras aún no conciben por la falta de experiencia. Y por esto me refiero a la música.

La Biblioteca Comfamiliar Risaralda es de esos lugares preferidos, en especial Siente la música, un programa que promueve la cultura apoyando el talento de nuestra gente, los pereiranos.

Y es que no solo es valorar la destreza del que se sube en el escenario, sino también de descubrir el sentimiento que se despierta en nuestro interior al alejarnos por un tiempo de la realidad a la que nos hemos acostumbrado sobrellevar.

Es evocar el recuerdo de sentir las tibias aguas de la música que nos lleva voluntariamente a perdernos en una especie de refugio y que luego se convierte en un plácido sendero.

La armoniosa conjugación de sonidos hace que se derrame una lluvia de sentimientos en donde el arte es un concepto muy global. Y arte como algo donde no solo el intérprete siente la emoción a través de algún instrumento con el que aprende a vivir el instante, sino, como mi caso, específicamente desde que concebí la idea de mi fortalecimiento artístico y entretenimiento de lo que ya casi no se ve.

Así que no dudé en asistir al programa, hasta el punto de contar los días para asistir sin falta el tercer viernes de cada mes, aunque creo que no soy la única cuya embriaguez de sensaciones me apresa en el aliento de la despedida.

He visto adultos con sus hijos en brazos, abuelos con bastones, familias con pequeños. Aun así, me gustaría hacer un llamado a un gran porcentaje de jóvenes que están impedidos por sus barreras mentales a que rompan las paredes que los aprisionan en la realidad monótona de la vida, esa que está viciada a los enchufes y redes wifi disponibles.

Una sociedad donde se silencie el alrededor, enfoque lo intangible, disfrute del sosiego del alma, en donde no existan preocupaciones y no exista aflicción, las comparaciones serán meros sepulcros. Soy realista, tan solo se vive, olvidando cumplir con las expectativas rutinarias, para lograr imaginar lugares que promuevan impulsos consentidos.

Decisiones que nos hacen sentir más vivos, y que, al recordar, los testigos la afirman al ver nuestra sonrisa. Por momentos, hay que dejar de pensar y solo sentir, o mejor, quizá conocer o saborear las galaxias de la felicidad.

Conspiran los suspiros con cada latido cuando nos encontramos con el yo, nuestro yo. El encanto de la música trasforma todo y es una realidad, pero más cuando nos desprendemos de lo que nos define para encontrarnos con quienes somos.

Sacar un momento de la rutina para evaporarnos en el tiempo es el clamor de nuestra alma, porque sentir la música es liberar el ser a nuestra manera. Es un escalofrío y hormigueo en respuesta a la música, pero la clave es lo que a cada persona le parece placentero.

¿Qué nos hace pensar que tenemos tiempo para saborear el efímero momento?

Sentir la música da identidad, pero vivirla te vuelve poeta.

Por mí, me pierdo.