LA POESÍA DE LO INVISIBLE

El polvo, que no es otra cosa que nosotros mismos y nuestras cosas, que nos vamos y se van deshaciendo en partículas minúsculas y casi imperceptibles.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Siéntese en la penumbra de una habitación, corra un poco la cortina de tal forma que puedan entrar rayos oblicuos de luz, debe ser en la mañana antes de las diez, o en la tarde después de las cuatro. Acomódese y mire desde un lado aquellos rayos de luz que apenas se filtran pero que no alcanzan a iluminar el sitio, verá entonces algo formidable, algo que, aunque sucede siempre, no lo evidenciamos de otra forma. Yo lo descubrí siendo muy niño, sentado en silencio a los pies de mi abuelo que tomaba una de sus siestas, mientras que yo absorto miraba esa rendija de luz que, por momentos, se convertía en un espacio sideral que en un instante era caos, para luego ser placidez absoluta.

Es el polvo, que en momentos como el descrito se deja ver de aquella forma, pero que siempre está ahí como en un eterno ciclón cubriéndolo todo, con esa paciencia que tienen las cosas inertes. El polvo, que no es otra cosa que nosotros mismos y nuestras cosas, que nos vamos y se van deshaciendo en partículas minúsculas y casi imperceptibles. El poeta Philippe Jaccottet dijo en un verso que “poco importa que se deshagan en polvo si brillan”, qué va, el hecho de que todo se deshaga de esta forma tan sutil, es una clara advertencia de que ni el más poderoso de los brillos importa, de que es más fuerte esta condena de irse deshaciendo, que aquella de la conversión de la materia, que supone la idea, un tanto ingenua, de la perpetua transformación.

Vila-Matas, en cambio, dijo que aquellas partículas de polvo, esas que usted lector podrá ver, o habrá visto, por la rendija que le invito a dejar entre las cortinas a cierta hora, son la poesía de lo invisible. Y cómo no, si lo que hacen aquellas partículas es, justamente, ir reduciendo con el dulce mate que entrañan el agobio de lo que brilla; o son, mejor, los restos en los cuales se va deshaciendo el pretencioso brillo.

Hace unos meses la prensa anunció que una inmensa nube de polvo que se había levantado en el Sahara estaba atravesando el Atlántico hacia América. Algunas fotos satelitales mostraban una mancha marrón sobre el océano desplazándose hacia el occidente. Pocos días después dieron la noticia de que el polvo ya estaba posándose sobre la Amazonía, y por supuesto sobre nuestras ciudades, montañas y ríos. Las autoridades ambientales recomendaron vigilar la calidad del aire y, de ser posible, no exponerse a tal contaminación.

Exagerada la recomendación considerando que llevamos meses saliendo a las calles con tapabocas por el temor que tenemos de que los aerosoles, es decir, las partículas que expelen los demás, entren, como lo han hecho siempre, dentro de nosotros, o se posen, como lo han venido haciendo, sobre nuestra piel o nuestro pelo.

Debo reconocer que mi ignorancia acerca de los fenómenos físicos es casi abrumadora, y gracias a ella supongo, asustado, que dado que los vientos son capaces de arrastrar toneladas de polvo, serán capaces también de arrastrar aerosoles a donde el azar quiera.

Al fin y al cabo, es bastante probable que el polvo que acabo de retirar con mi dedo del teclado del computador haya sido pisado hace apenas unos días por el camello de algún bereber, o humedecido por el fluido de algún animal: una gota de orina o de semen o el veneno de un alacrán o alguna víbora.

En 2001, dos símbolos fueron convertidos en polvo. Los talibanes afganos bombardearon los inmensos Budas de Bamiyán, levantados en el siglo V, pues los consideraban contrarios a su fe. Los cargaron de dinamita y lanzaron rockets contra las estatuas, que saltaron por los aires. Los talibanes tuvieron la gentiliza de grabar el gesto iconoclasta en el que primero enfocan las inmensas figuras y luego las volutas de polvo que se elevan para perderse en el cielo.

Unos meses después, en el mismo 2001, dos aviones fueron estrellados contra las Torres Gemelas en Nueva York que, horas después, se desplomaron cubriendo de un polvo cancerígeno la ciudad entera, y levantando una polvareda que podía verse desde kilómetros de distancia. Un hombre, no obstante, mientras aquel polvo se elevaba y se esparcía, se daba a la tarea de seguir ojeando libros en una librería de Manhattan. El polvo, aún a pesar del encierro de la librería, se habrá colado por alguna rendija, que para eso se parece al agua —o a los aerosoles—, y habrá ido a parar entre las hojas de aquel libro que se ojeaba con relativa indiferencia, el libro luego habrá sido comprado, habrá cambiado de dueño y tal vez habrá viajado por el mundo, y podría ser alguno de aquellos que he comprado en alguna librería de segunda, y ser entonces de los que yo ahora ojeo; así que es también probable que aquel polvo haya volado entre mis dedos para ir a reposar en algún rincón de la biblioteca. Tal como el que en febrero llegó del Sahara.

O como el que llega de alguna galaxia lejana, a manera de un débil soplo, y que es tan inasible, que apenas inferimos. “…una mota. Un pequeño mundo. Polvoriento/ Polvoriento/ El universo es polvo”, escribió la poeta Jane Kenyon.  Vuelvo a pasar el dedo por una de las baldas de la biblioteca, y descubriéndolo untado de polvo, lo llevo a la boca.

Twitter: @PabloFArango