Palabras del profesor, poeta y tallerista Rubén Darío Mejía durante la presentación de la novela “La serpiente sin ojos” en Pereira, por parte del escritor colombiano William Ospina.

Y es que William Ospina es pereirano, tanto como ustedes o como yo.

Y es que William Ospina es pereirano, tanto como ustedes o como yo.

Por: Rubén Darío Mejía Montoya

Entre las muchas e interminables violencias colombianas, la de los años cincuenta fue singularmente sanguinaria. Fuimos miles, millones,  los campesinos que huimos de nuestras tierras ancestrales, intentando darle la espalda a la barbarie.  Así salimos de Sevilla y de Belén de Umbría, de Belalcázar y  Anserma,  del Líbano y Marquetalia, de Salento y Alcalá, de Padua y de Marsella…

Atrás quedaron nuestras fincas,  y las sábanas blancas de los cafetales florecidos, y las trémulas hojas azules de los platanales bajo la luna llena, y el penacho de nieve de los nevados a lo lejos, y la mirada tierna, la más tierna, de los perros, y el olor maternal de las pesebreras,  y la paz inmutable de las vacas. Allá quedaron las risas y los cantos de los amigos,  y los huesos de nuestros mayores en el cementerio del pueblo.

Sí, huimos acoyundados por el miedo, aterrorizados o “boletiados”, para no ver más los ranchos quemados, para no ser otros de los muertos que pasaban por el camino  de herradura, amarrados como cargas de café, sobre el lomo de las mulas.

Y recalamos en un oasis  de convivencia y de tolerancia en medio de la vorágine. Llegamos al sueño dorado de Pereira, a una ciudad donde todavía se podía vivir en paz, donde aún se hablaba de sueños, y de esperanzas de progreso. Así, llegamos a Pereira, y nos hicimos pereiranos.

Este relato, estimados amigos, es una torpe ficción de una realidad todavía más cruel y fantástica, que abarca a miles de  hombres y mujeres emigrantes, y  pereiranos por adopción, entre los que nos contamos quien les habla, y el homenajeado de esta noche, William Ospina.

Y es que William es pereirano, tanto como ustedes o como yo. William vino desde su Padua natal, en su más tierna infancia, para ir de la de la mano de su madre hasta la Escuela Boyacá, aquí en la calle veintiuna con carrera  quinta,  a estudiar su primaria.

No fueron muchos los años que W vivió entre nosotros, pero sí fueron los suficientes para que quedara marcado con la identidad que caracteriza indeleblemente a los hijos de esta Villa de Cañarte, en la que, como dice Luis Carlos, no hay forasteros, porque todos somos pereiranos.

Es verdad, amigas y amigos: William Ospina, también es pereirano. Suyos son los mangos de la plaza, los tangos de Olmedo, la sensualidad de nuestras mujeres, las lecturas de poesía en el planetario, los bailadores de salsa y de milonga del Carruco, los festivales de poesía de nuestra ciudad,  y la caricia cotidiana de la amabilidad y la alegría de nuestras gentes…

Como pereirano, William Ospina ha sido fiel a nuestra ciudad. Con entrañable afecto ha apoyado nuestras empresas culturales, ha impulsado el ya institucional festival de poesía de  nuestra ciudad, ha patrocinado la publicación de la revista Luna de Locos que es un auténtico hito en nuestra cultura local,  ha ejercido una discreta y  constante docencia literaria con muchachas y muchachos, jóvenes escritores, que se han acercado a él  en búsqueda de orientación y estímulo, ha venido una y otra vez, cuantas veces lo hemos llamado, a compartirnos sus poemas, a plantearnos sus ideas brillantes sobre el estado actual y el futuro de nuestra nación. A hablarnos de sus sueños y ficciones, como hoy, cuando trae ante  nosotros su última novela, La Serpiente sin Ojos.

Imagen tomada de: http://www.schavelzon.com

Artista de la palabra

Así,  que después de este prólogo, tal vez un poco extenso y azaroso, pero sí revelador, paso a cumplir con el propósito al que fui llamado:  la presentación , que me honra, de la Novela La serpiente sin ojos, del laureado escritor pereirano,  William Ospina.

Desde la irrupción de William Ospima en el panorama de la literatura colombiana como poeta y ensayista, por los años ochenta, se le reconoció por su voz particular,  caracterizada por una expresión lírica de rica musicalidad, honda y densa, barroca y contemporánea, que pronto alcanzó el reconocimiento con el premio nacional de poesía en 1992, otorgado por el Instituto Colombiano de Cultura. Igual suerte tuvo su labor de ensayista que se abrió con un luminoso producto, el galardonado ensayo sobre Aurelio Arturo,  consolidándose ante la nación,  en pocos años, como una luz del pensamiento independiente.

Por allá unos jóvenes actores universitarios representan una versión libre de un conmovedor poema suyo sobre Manuelita Sáenz, la insepulta de Paita.

Por todo el país miles de acuciosos maestros y alumnos leen y debaten el infortunio de despojo y olvido de nuestra historia política y económica, expuesta con rica inteligencia en el ensayo ”¿ Dónde está la franja amarilla?”

Ya William Ospina es identificado como un bardo superior de nuestro universo poético, y también como un notable  ensayista,  crítico de la injusta realidad nacional, pero tales reconocimientos trascienden los espacios  meramente académicos, porque William Ospina  se ha instalado en el alma popular,  que lo ha hecho suyo, lo que es sin duda, el mayor logro al  que puede aspirar un  artista y pensador.

Sin embargo,  entre los llamados de su numen creador estaba perfilándose el narrador, ese que se advierte con singular intensidad en sus últimos poemas, pero que se hace manifiesto con  clara expresión en el hermoso ensayo Las suroras de sangre, que aborda la vida y la obra de Juan de Castellanos, autor que fuera de Elegías de varones ilustres de Indias, el poema más extenso de la lengua castellana, quien cabalgó en versos endecasílabos por la historia épica, sangrienta y delirante de la conquista del nuevo mundo. Este texto fue también una aurora para William Ospina, porque aquí rompe incluso con los límites del ensayo, y se precipita hacia la novela, ese proceloso mar del relato en extenso, la odisea del escritor por la selva de los espejos.

WO ya está listo para  emprender su viaje al interior del arte mayor de la narrativa. Ha probado su paciencia en los extenuantes y  cuidados vericuetos de las crónicas de indias que llegaron de la mano de Castellanos: Pedro Cieza de León, fray Gaspar de Carvajal ,Gonzalo Fernández de Oviedo, Gonzalo Jiménez,  Inca Garcilaso de la Vega…, Su agudo ojo crítico ha perfeccionado sus habilidades de observación y análisis de las claves cifradas de la historia que se encierran bajo las espumas de los acontecimientos; y  el poeta que es,  le revela las honduras del alma de los personajes y el poder de ese brillo  esclarecedor que despliegan las palabras al resolver el oscuro dominio de los sueños y las ficciones.

Ahora, en las búsquedas del pasado,  el poeta y el crítico de nuestra tragedia nacional vuelve a ver  lo que siempre ha estado allí,  el origen de nuestras desgracias, las tormentosas miserias de los despojos y los asesinatos que como pesadillas rondan nuestra historia personal, la vesánica ruindad de los seres humanos enloquecidos por los anhelos de riquezas, que  alucinados por el falso dominio de la fuerza, hacen de la muerte , la traición, el saqueo y las violaciones, el denominador común y aceptado de una mala vida bendecida por frailes y señores.

El escritor descubre entre las ruinas del pasado, el material que habría de nutrir sus novelas sobre  las miserias de nuestro presente:  llegan a él Pedro de Ursúa e Inés de  Atienza,  la barbarie de Lope de Aguirre , los delirantes periplos de   Juan de Orellana, y el río eterno, la Serpiente sin Ojos, el Amazonas, el más grande del mundo. Y la selva insondable de mil ojos y mil voces, la misma que llevamos en el corazón. Y los indios, y los negros y los conquistadores, muertos.

“El escritor descubre entre las ruinas del pasado, el material que habría de nutrir sus novelas sobre las miserias de nuestro presente”
Imagen tomada de: http://las.arts.ubc.ca

Así que no fue una sorpresa para el auditorio  cultural de nuestra patria,  el anuncio de William Ospina de la publicación de Ursúa, la primera novela de una trilogía, que continuaría con El país de la canela, el alucinante viaje de Orellana en búsqueda del oro de las especies, quien encontró, por  fuerza de la tragedia, los diamantes  inasibles e inmortales de las aguas del  Amazonas, obra que merecería el reconocimiento internacional al ser ganadora  del  XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, en el año 2009; para arribar a la Serpiente sin ojos, esta,  su tercera novela,  el episodio final del drama, el cierre perfecto de esta tragedia singular.

La serpiente sin ojos

“Nacieron para alimentar los pájaros de otro mundo. Nadie viajó tan lejos para encontrar su propia tumba.” Estas las dos primeras oraciones de la novela, trazan la ruta de una tragedia individual y colectiva, la de Pedro de Ursúa y la de cientos de conquistadores, que iniciaría en las ariscas tierras del país ibérico y que  habría de culminar ensangrentando las tierras americanas, en la búsqueda errátil de ElDorado  soñado, para encontrar una muerte miserable a manos de sus propios compañeros,  tal como ocurre en la tragedia de amor y vesania, relatada con maestría por William Ospina en La Serpiente sin ojos. 

Escrita en una prosa poderosa y ágil, caracterizada por una  fidelidad inconmovible a la crónica como dominio de  narración, se destaca el estilo característico del autor que enfatiza con una rica adjetivación los dobleces emocionales que dan curso  a la dinámica  argumental y  a la caracterización  de los personajes.

Hay, como telón de fondo,  una cuidadosa y rica documentación histórica que da soporte  a la ficción,  como un flujo natural que se cruza sin  sobresaltos con la veracidad de hechos históricos conocidos, pero sin someter a la narración a una mera enunciación taxativa, más o menos personal, de  hechos de dominio común entre los historiadores, sino dotando  a los personajes y a los acontecimientos de un alma personal, de un espíritu particular, que hacen la diferencia entre una caricatura y una obra de arte, como ocurre con fortuna en la Serpiente sin ojos.

Entre los gestos estilísticos que mejor definen la singularidad de esta novela, está el recurso narrativo de matizar  con poesía el ritmo oculto de la historia, de buscar en los versos la justa expresión de unas realidades que rompen con la lógica cotidiana, para converger en  los delirios del amor, la insania, y los  oscuros designios del destino en las rutas de las existencias malditas. Los poemas que abren los capítulos actúan como un nuevo código que descifra las otras realidades que navegan en la historia, las  que  tienen un poder de resultado, más poderoso aún que los hechos cotidianos. En este sentido la novela La Serpiente sin Ojos converge con éxito a una expresión narrativa explorada por muchos, desde Longo en Dafnis y Cloe, pasando por Rabelais en Gargantúa y Pantagruel, hasta recalar en el Ulises de Joice, o la Rayuela de  Cortázar, para citar solo algunos autores y novelas que han usado con acierto este difícil y peligroso recurso.

El narrador espectador, testigo presencial o de oídas de los hechos,  es el escribano, el cronista anónimo, Castellanos, Cristóbal de Aguilar, William Ospina mismo, que a la luz de las fuentes  documentales y literarias   puede pasearse desde adentro de la historia conduciendo al lector, sin consternaciones, en forma natural,  por los tremedales de este drama terrible en búsqueda del Dorado soñado, navegando las oscuras aguas del interminable río Amazonas, la serpiente sin  ojos,  donde el amor de Pedro de Ursúa y la bella e imperial Inés, la mestiza hija de Blas de Atienza, concluye con su trágica muerte a manos del anárquico e infernal Lope de Aguirre, consumándose y consumiéndose como una brillante llama en medio de la noche de los tiempos.

Hasta aquí, amigas y amigos, las deshilvanadas consideraciones que me ha suscitado la emocionante lectura de la novela La serpiente sin ojos, del galardonado escritor pereirano William Ospina, que me honro en presentarles y recomendarles esta noche.

Muchas gracias.