La sombra del hortelano

El génesis de la música se encuentra en el sello roto de la perfección: Mérimee

 

Por: Diego Firmiano 

Tu eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y

acabado de hermosura…

hasta que se halló en ti maldad”

Ezequiel XXVII: XII

 

Mérimee lo tenía todo, tenía la música. Desde que rayaba el alba, hasta que moría el día, ensayaba las lecciones aprendidas de su maestro. Aunque realmente este no le había enseñado nada. Solo despertó en él la pasión y luego le señaló los instrumentos. Quería hacer de su discípulo, no su sombra, sino la continuidad de su luz.

Y Mérimee creció rápido.

Tan rápido que el maestro quedó en la sombra, olvidado, relegado a ver crecer la hierba y a filosofar sobre la música.

Un lucero había nacido en un cielo propio. Los escenarios rara vez podían contener su arte. Todos esperaban el ritmo de su corazón: él regulaba sus latidos y a su gesto ordenaba los organismos. Creaba la angustia y el encanto; decretaba el amor y la pena. Su música era un oráculo transmitido a los fieles.

Era el intercesor augusto y fatigado que canta, se calla, y se va como un rey de Thule que arroja al mar su copa de oro. Se consumía por entero en su pasión. Nadie comprendía cómo podía pasearse entre las piedras de fuego sin sentir el calor hiriente. Si era amado, era odiado con la misma intensidad. Al terminar su exposición, era ovacionado. Los árboles del Edén sentían envidia de él.

Mérimee solo tenía delante de él una multitud cuyos rostros no distinguía: seducía los árboles, pero no podía encantar al bosque entero. Aun así, provocaba sus lágrimas, calmaba sus penas, acariciaba sus ilusiones, alentaba sus quimeras, intervenía en sus vidas. Entre Mérimee y ese jardín de gente existía un secreto, un convenio del que nadie hablaba, algo así como una impunidad augusta y misteriosa.

Mustio y olvidado, el maestro quedó envuelto en sombras y desdenes. Mérimee, sin duda, siempre fue y será la sombra del hortelano.