LA VIDA COMO ES

Sea como fuere, culpables por acción o por omisión de lo que ahora afrontamos, lo que sí debe ocupar nuestro análisis es la realidad en que se sumerge hoy nuestra cotidianidad…

 

Por / Amalí

Siete meses llevamos, y con la certeza de que por desgracia se irán sumando, “pagando condena” afianzada en cargos que ignoramos; sentencia que tampoco sabemos cuándo terminaremos de cumplir, pues por mucho que se escuchen informes de noticieros, se indague en videos de internet o se analicen los mensajes y datos que a nosotros llegan por WhatsApp, nada concreto, nada claro e irrebatible se concluye, que no sea el hecho de que “desde años atrás, muchos en verdad, comenzó a planearse algo en contra de la humanidad”. Con argumentos como “se ha superado el número de personas que puede cargar el planeta, y el sostenimiento alimentarlo debido está en serio peligro por ello”.

Muchos afirman que eso no es cierto, que el planeta cuenta aún con sinnúmero de lugares que no han sido ligeramente tocados o siguiera haber sido conocidos por el hombre. Que la sostenibilidad alimentaria tampoco es problema, si asumimos la tarea de cultivar organizada y conscientemente. Si en lugar de anhelar vivir todos en la ciudad, con posesiones, comodidad, vida holgazana y sin compromisos ni responsabilidades, habrá comida para todos, y por lo tanto, no hay necesidad de procurar o promover ni decretar muerte de ningún ser viviente en el planeta; para todos puede haber y con suficiencia.

Sea como fuere, culpables por acción o por omisión de lo que ahora afrontamos, lo que sí debe ocupar nuestro análisis es la realidad en que se sumerge hoy nuestra cotidianidad, coartada la libertad de acción y de movimiento, con argumentos de protección a la salud y a la vida, por órdenes de quienes rigen, en su mayoría, las distintas porciones del globo terráqueo.

Disposiciones que, sin embargo, están dejando por todo lado: muertes por hambre, por desnutrición, por desatención de las “enfermedades de base” –por parte de quienes son responsables de atenderlas, o por decisión personal del paciente, que teme ir a una consulta médica y más a una clínica o centro de salud–. Por suicidios motivados en descalabros económicos (pan del día), en los desequilibrios emocionales producto del deterioro de relaciones afectivas, en la pérdida del trabajo, en los impagables créditos asumidos hasta pocos días antes de conocerse y abocarse esta condena que, sin embargo, para los que tienen, produce mejores dividendos.

En este “rebaño de ovejas” en que los humanos nos hemos convertido no faltan los llamados “rebeldes”, los que prefieren enfrentar las multas económicas, las sanciones de reparación social con trabajo y, unos más, enfrentando la cárcel.

Y quedan aquellos que por su condición antecedente de insania mental continúan deambulando las calles las veinticuatro horas, o parte de ellas, cuando tienen el privilegio de estar en albergues donde les dan techo y atención por unas cuantas horas del día o de la noche; sin embargo, hay quienes prefieren pasar hambre, pasar frío y estar a merced de la lluvia o del sol, antes que perder su libre deambular.

Éstos no usan tapabocas –afortunados, así no dañarán más su deteriorado cerebro reabsorbiendo los gases mortales que exhala el cuerpo–. No se preocupan por la pistola que mide temperatura corporal, del gel o del alcohol –a no ser que lo consuman junto con alguna otra sustancia–, pues no han de ingresar a ningún establecimiento o lugar; la puerta de entrada es su mayor receptor, aunque en muchas ocasiones, hasta ese sitio les es vedado.

Tampoco les preocupa su presentación personal, la que es primordial para algunos otros de mejores condiciones mentales y socioeconómicas, tampoco inquieta como premisa anti contagio.

Terminó octubre, mes en el que el gobierno determinó que los niños usaran su disfraz “todo el mes” como compensación al hecho de que no tendrían oportunidad de lucirlo y disfrutar su “día de los niños saliendo a pedir dulces” por largas horas, como lo hicieran por años y años de alegre y sin par acontecer. Fecha del 31 de Octubre en la que, llueva, truene o relampaguee, como patos se les vio pasar casi a la media noche, unos en brazos de sus padres y otros tomados de la mano de sus mayores, camino a casa. Y parece que aún con las inclemencias del tiempo azotándoles, la felicidad que esos seres humanos sentían impidió les acechara la enfermedad o la muerte. ¿Acaso no atraerá mayor mala suerte para todos haber trastornado tan festiva celebración? Esperemos que no.

Tan “noble y comprensiva disposición” del gobierno para con los niños no fue acogida. A ninguno se vio disfrazado en todo el mes. Tampoco cuando se dijo que podían salir en la mañana del treinta y del treinta y uno de octubre, porque el virus, decimos aquí, inexplicablemente estaba afuera, espiando, a partir del medio día para los niños y para los adultos, a partir de las ocho de la noche, cuando comenzó a regir “toque de queda”.

No logré ver en la calle un solo niño disfrazado en ninguno de los dos días. Tampoco adultos.

Para aliviar tan funesta medida y el encierro, el fútbol estuvo en el orden del día, y en grupos no oficiales, organizados y listos programas dedicados a los niños y jóvenes, que seguramente disfrutaron mucho más los mayores, a quienes, extrañamente, no importa para nada el balompié. Y en la noche, los conciertos fueron el gancho para que los adultos continuaran en casa, olvidándose, ahora sí, de esos seres humanos por los que se vive la emoción del 31 de octubre cada año.

Ya es domingo de un puente festivo más, que se asume con restricciones gubernamentales específicas. Algunos preferimos quedarnos en casa, pese a que el día es soleado y agradable y no como el de ayer, donde la lluvia fue la reina. Muchas familias decidieron salir con todo y mascotas, familias numerosas, con niños muy pequeños y abuelos, todos con tapabocas. Otros, sólo conformados por la pareja y uno, dos, tres y hasta cuatro hijos, con tapabocas, hasta los pequeñitos, no así los jóvenes, los que salen separados del grupo familiar, muchos sin preocupaciones por aquello de la covid-19.

Los veo cruzar frente a mi residencia, desde donde igualmente observo el numeroso grupo de personas que hay en el parque cercano, sentados en los escaños, compartiendo despreocupadamente.

Desde que se dio a conocer la presencia del virus, pocos indigentes recorren las calles de este pueblo, donde antes era frecuente verlos; sin embargo, a partir de las ocho de la noche, diariamente, aumenta el número de ellos por el centro.

Hoy, dos de los reconocidos, pasaron con rumbo al centro de la ciudad, y ahora, un tercero llama mi atención de manera particular. Se ha detenido frente al bar de grandes pantallas donde se exhiben videos, denotando interés en lo que se proyecta. Sus zapatos, tenis evidencian el sinnúmero de kilómetros recorridos y registrados en sus suelas. Su vestimenta acredita que hace mucho reclama atención del jabón y del agua; yin y camiseta, que aunque de tonos oscuros, no logran encubrir la postergación que de su cambio ha hecho el usuario, quien quizás ni sea responsable de ello. Observo su rostro, donde el color característico que imprime el hambre parece confundirse con el tono reflejo de la gorra que le oculta el cabello.

Su historia debe contar más de cincuenta años, y su famélica figura expone a otros el trato que le ha dado la vida. Creí que estaba a la espera de que alguno desde el interior del bar le ofreciera algo para comer, beber, o acaso una moneda para saldar su angustia del día, y tentada estuve de procurarle ayuda; me equivoqué en aquella suposición. Disfrutaba el video que proyectaban las pantallas del lugar, y de un momento para el otro, le hizo coro a la canción y hasta imitó los movimientos que seguramente el intérprete hacía.

Con su casa a cuestas, tal como lo hacen el caracol y otros moluscos o animales –la tortuga o el armadillo, por ejemplo-, con su costal en el cual carga sus pertenencias y que siempre mantuvo al hombro, una vez terminado el video continuó su camino, entre distraído y mareado, embriagado, quizás, por la felicidad que le produjo aquella canción, que no alcancé a identificar desde mi lugar y ni siquiera con la voz del espontáneo admirador a quien robó minutos de su cotidiano andar.

La vida es como es, reflexioné interiormente; para unos, complicada, difícil, angustiosa; para otros, pase lo que pase, simple, desarmada de toda inquietud, de todo problema o zozobra.

Para algunos se extiende largos años mientras que para otros apenas sí resulta un sorbo del gozo de saber que está vivo.

Llega para confirmármelo la muerte de una pequeña, joven e inocente avecilla que en la alegría de su libre vuelo, se estrella de forma sorprendente y estrepitosa en la vidriera de uno de los ventanales de mi apartamento. Tal fue el impacto que dejó huella en el vidrio, y en el rebote dado, quedó tendida a más de un metro de distancia del punto del impacto, en diagonal.

Al sentir el golpe no supe definir de certeramente lo que había ocurrido, pero al instante siguiente supuse lo que podía haber acontecido y fui a mirar, encontrando aquella hermosa y tierna avecilla de color esmeralda y pecho claro, que no conocía ni había visto antes en la región, desvanecida en el piso. La tomo con cuidado y trato de ver su estado ofreciéndole agua, que no puede tomar porque está prácticamente inconsciente y con su cuello partido. No hay nada que pueda hacerse, su cabeza cae desmadejada. Poco a poco se le va la vida, ésa, que alegremente quiso gozar a plenitud  en este adverso día para ella.

Percibí en mi pecho el dolor de aquella pérdida, como si se tratase de un ser ligado a mi propio hogar. Reflexioné en que en verdad lo era, el mundo es el hogar de todos y cada uno de los seres que en él habitamos provenimos del mismo Creador y por tanto algo que no siempre apreciamos, nos liga.

Mañana le daré sepultura a esta avecilla, a la sombra de uno de los árboles cercanos.

La vida es como es, a veces corta, a veces larga, a veces feliz, a veces triste. Y sólo nos queda agradecer por cada día en que amanecemos vivos.

Nov. 1/2020