Un chimpancé, por ejemplo, termina el desarrollo de su cerebro seis o siete años antes que sea capaz de reproducirse, en cambio, nosotros continuamos el desarrollo de nuestro cerebro diez años después de ser capaces de reproducirnos.

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Por: Yotas

En la actualidad vemos varias revoluciones sexuales. No solo aquellas con un carácter alternativo –como el homosexualismo– sino muchas heterosexuales. Con esto me refiero a una pérdida de prejuicios y una mayor tolerancia hacia los comportamientos sexuales. Puede ser causa de esto la necesidad de responsabilizarse con las enfermedades de transmisión sexual y la pérdida lenta pero continua de creencias religiosas que limitaban los impulsos sexuales del ser humano. Cuando comenzó a existir la campaña al público para conocer y promocionar el uso de anticonceptivos entre los jóvenes, pasamos de una tendencia abstencionista: “no mantengan relaciones sexuales” a una tendencia más real: “mantengan relaciones sexuales con responsabilidad”. La primera tendencia debía fracasar en parte por no responder a las necesidades como humanos; la segunda, por su parte, responde a las necesidades sexuales sin inconveniente de traer un niño no deseado, o por lo menos disminuir bastante esta posibilidad.

Se le llama neotenia a la conservación de características infantiles o del proceso embrionario de una especie en su desarrollo o en su adultez. En particular el desarrollo de nuestro cerebro es un caso de neotenia, tanto así que somos capaces de reproducirnos antes de que el cerebro termine de desarrollarse. Un chimpancé, por ejemplo, termina el desarrollo de su cerebro seis o siete años antes que sea capaz de reproducirse, en cambio, nosotros continuamos el desarrollo de nuestro cerebro diez años después de ser capaces de reproducirnos. ¿Por qué entonces optamos por no reproducirnos en los primeros años en los que obtenemos esta capacidad, sino mucho después? Una respuesta la encontramos en nuestro estilo de vida moderno. Como pueden atestiguarlo muchos padres, su labor con sus hijos consume una gran cantidad de tiempo, el estilo de vida moderno exige que dediquemos muchas horas aprendiendo su mecánica para podernos desenvolver en él debidamente. Somos tan conscientes de esto que consideramos mala decisión tener un hijo a temprana edad.

Cuando podemos reproducirnos, potencialmente conservamos la especie. Aquí podemos observar una utilidad del proceso de neotenia, al obtener características reproductivas con prontitud y el cerebro aún en desarrollo, pueden ampliarse las capacidades de este último sin el peligro de una mayor tardanza para procrearse. Sin embargo, nuestro crecimiento es bastante lento, esto alarga y dificulta la crianza de los hijos por sus padres. Como humanos tendemos a mantener parejas estables aunque sea por períodos cortos; esta tendencia común en nosotros, es inusual entre otros primates. Estos últimos usan relaciones sexuales como un modo de afirmar la jerarquía, además de un método de procreación. Una parte de la explicación a esta diferencia está en ese largo período de desarrollo que no está presente entre otros primates. Estos se desarrollan más rápidamente y dependerán también durante menos tiempo de los padres. Los humanos nos emparejamos porque nos enamoramos y con esto “aseguramos” que la cría será cuidada durante el tiempo necesario por sus padres.

La otra parte de la explicación se encuentra en nuestros antepasados y los orígenes de la caza, esta costumbre común entre carnívoros, rara entre primates, forzó a muchos cambios y es en parte quien impulsó el desarrollo de nuestro cerebro a su tamaño y capacidad actual. Sobre este no iremos más a fondo, en cambio reflexionaremos en asuntos de la sexualidad y de pareja desde un punto de vista biológico. Somos una especie que se recrea con sexo, esto es tan poco común que requiere una explicación. Como dijimos en el párrafo anterior la razón del enamoramiento proviene de la larga crianza de un niño. Sin embargo, el proceso para obtener ese sentimiento tuvo que desarrollarse también y la “ruta escogida” fue hacer el sexo más divertido y que causara fijación en la pareja con la que se sostienen dichas relaciones. Entonces aparecen más características extrañas respecto a los primates. A modo de ejemplo, tenemos un tiempo de galanteo, de cortejo, este está presente por ejemplo en los monos pero se reduce a unos pocos gestos. Los humanos por nuestro parte tenemos un largo período de flirteo, de conquista, tiempo en el que conocemos a la pareja. Las mujeres son sexualmente activas durante casi todo el tiempo de su vida fértil, una capacidad que muestra qué tanta importancia le damos a la actividad copulativa, más al compararla con la época de celo en hembras de otros primates que duran sólo unos pocos días.

A diferencia de lo que puede opinar un purista, el sexo no tiene la única función de reproducirnos o de procrear entre humanos. Hay características en los humanos que han evolucionado de tiempo atrás con la principal intención de impresionar sexualmente. Esto ocurre en muchas especies que tienen habilidades especiales o una apariencia especial con el fin principal de ser llamativas para la procreación. En el caso de los humanos podemos notar atractivos de este tipo en el abultamiento de los senos en las mujeres y el enrojecimiento de los labios en ambos sexos. Además los humamos estamos dotados con un gran número de terminales nerviosas en zonas sensibles, “erógenas”.

Con estas palabras uno puede preguntarse ¿por qué si el sexo ‘mejorado’ tiene la función de unir parejas y ayudar al desarrollo de la cría entonces se tienen casos de infidelidad? En esta pregunta hay un descuido: suponer que los mecanismos que tienen como tienen un cierto fin lo realizan a la perfección. Una de las explicaciones a estos comportamientos, sin inmiscuir aún aspectos de nuestra sociedad moderna, es pensar que estos comportamientos son residuos de otros que tenían nuestros antepasados cuando vivían en los árboles y comíamos frutas o insectos. Como mencioné antes, entre los primates es común tener una jerarquía en la que el sexo juega un gran papel, no es extraño suponer que nuestros antepasados más cercanos tenían maneras parecidas de distinguir sus roles dentro de su grupo. Esto además implica cierta promiscuidad en sus relaciones sexuales. De una desaparición solo parcial de estos comportamientos podemos sospechar varios de esos mismos comportamientos actuales nuestros.

Cuando oímos que ciertos comportamientos son naturales o no para un humano, debemos preguntarnos sobre dicha naturaleza primero. Cuáles son sus instintos y cómo es como animal. Con esto en mente podemos evitar abstenciones innecesarias y sentir culpa por impulsos que todos tenemos. También con estos conocimientos podemos idearnos una sociedad que explote las alegrías del ser humanos y no intente suprimir lo insuprimible.