En el 2006, el estadounidense Bradley Waldroup, borracho y agitado cometió un asesinato sangriento donde disparó ocho veces a un amigo de su esposa y cortó su cabeza en pedazos. Luego persiguió a su esposa y le cortó el dedo esa misma noche frente a sus hijos. Waldroup acudió a los tribunales por haber cometido este crimen perturbador por el que se pensó originalmente que iba a ser condenado a la pena de muerte, pero la presentación de evidencia genética modificó ligeramente su condena.

Por Diego Londoño Correa *

¿Lo hice por mi ADN? Tomado de: phenomena.nationalgeographic.com

¿Lo hice por mi ADN? Tomado de: phenomena.nationalgeographic.com

El fundamento científico de esta responsabilidad disminuida es que se encontró en él una variante de un gen, ubicado en el cromosoma X, que codifica para la enzima Monoamino-Oxidasa A (MAO-A). Dicha variante reduce la actividad de la enzima, y se ha planteado que en combinación con una historia de maltrato infantil, aumenta enormemente la probabilidad de comportamientos agresivos y antisociales. Dicha combinación estaba presente en Waldroup.

De hecho se ha probado que una baja actividad de la misma enzima en ratones también aumenta su agresión territorial, predatoria y por aislamiento. Además los niños que poseen esta baja actividad en la enzima tienen 4 veces más probabilidades de unirse a pandillas y usar armas en una pelea.

Según Adam Raine, psicólogo especialista en los correlatos neurobiológicos del crimen violento, “un individuo cuya naturaleza biológica le predispone hacia la conducta criminal o, en todo caso a una falta de conciencia, no puede ser considerado culpable por sus acciones del mismo modo en que aquel otro que no posee esa predisposición.” Raine considera que esos individuos tienen un “libre albedrío parcial”.

Esto hace cuestionarse el concepto de la culpa. ¿Tiene el delincuente la culpa de haber nacido con una predisposición fisiológica o genética, de haber nacido en un ambiente adverso y de haber recibido numerosos maltratos y traumas psicológicos de niño? ¿Y si las condiciones psicológicas fueran sólo producto de la fisiología cerebral, de la genética y del ambiente? Esto nos haría tocar un tema muy complejo y amplio, el del libre albedrío, el cual Tamler Sommers, profesor de Filosofía de la Universidad de Houston define como “ilusión sistemática sostenible cuando no se diesen causas externas evidentes de nuestro comportamiento”.

La idea del libre albedrío, ha sido tema de debate en varias áreas del conocimiento. Dicha idea además ha sido muy popularizada por el Cristianismo, sobre todo a través de la figura de San Agustín de Hipona, quien con esta idea dio solución al problema del mal planteado por Epicuro varios siglos antes. San Agustín argumentaba que Dios nos había dotado de libre albedrío y esto era la causa de que pudiésemos obrar mal u obrar bien y de acuerdo al plan de Dios para nosotros, por lo que la conducta de matar o no a alguien era también producto de este libre albedrío. Sin embargo, tal idea es también una idea natural para cualquier persona secular. Aunque no se recurra a la idea de Dios, se recurre a la idea de sentirse un causador no causado completamente, un ser desafiante del principio de causalidad. Pero ¿de verdad somos seres que pueden romper con tal principio? ¿Eligió libremente un criminal todos los factores que hicieron que cometiera el delito?

Los nuevos hallazgos de la genética comportamental y de la neurobiología han empezado a cuestionar precisamente el que esta sensación de verdad se refiera a algo real. De hecho parece ser que es algo bastante ilusorio como lo habían planteado, hace ya muchos siglos, filosofías orientales como el Advaita Vedanta. Y es que sabemos, desde hace un buen tiempo, que el cerebro, al igual que el resto de órganos, obedece a leyes físicas y a procesos químicos, pero aun así, esto no basta para que dejemos de aceptar la idea del libre albedrío. Por esto se han hecho varios estudios, los cuales, mediante escaneos cerebrales, ponen en entre dicho que las decisiones sean realmente producto de lo que llamamos conciencia . Las decisiones que se estudian en dichas investigaciones suelen ser muy simples y tienen que ver con mover partes pequeñas del cuerpo, elegir pulsar un botón en lugar de otro o elegir pulsarlo el número de veces que se quiera. Sin embargo constituyen una base de partida para explorar aspectos comportamentales tan complejos como el comportamiento criminal.

Bien puede esperarse, que en un futuro, la idea de que los malos actos son efecto de las elecciones de un ser dotado de plena libertad sobre sus actos, sea falseada a tal punto, que cambie radicalmente nuestros sistemas penales y el modo en que concebimos la moralidad.

 

*Estudiante de biología de la Universidad de Antioquia