¿Somos libres? No del todo: somos presos de nosotros mismos. No es que sea una necesidad cambiar algo de como somos, pero es a lo que normalmente tendemos porque vemos continuamente nuestra imperfección con la pretensión de ser mejores, aunque no tengamos mucha idea de qué es eso.


Por: Sebastián Castañeda Palacios*

Estar frente al álbum fotográfico. Tocarlo, sentirlo, hojearlo, compartirlo. Estar en el álbum fotográfico. Un hecho que, desde luego, es cada vez menos frecuente, al menos en lo que respecta al álbum físico de fotografías. El auge de los smartphones le ha quitado al álbum cierto grado de la importancia y la perduración en el tiempo que poseía hace unas décadas.

Lejos de consideraciones apocalípticas del tipo “todo pasado fue mejor”, me interesa esto que enunciaba: estar-en la foto. ¿Cómo lograr aceptar que aquel que está-en la foto con siete años, mueco y escuálido soy yo? Yendo más allá, no quedándome solo con la imagen del cuerpo congelada en la foto, sino pensando en la vivencia personal que está atada a ella, ¿cómo es que logro anexar esas vivencias tan lejanas a esta unidad que llamo “yo”?

Es un hecho innegable que durante el transcurso de nuestra vida hemos sido de distintas formas, pero aun así logramos identificarnos, reconocernos como uno solo y el mismo: logramos ser, en todo caso, yo. ¿Cuántas veces hemos querido ser otra persona? ¿En cuántas ocasiones hemos odiado o amado algo de lo que somos hasta el punto de sentirnos encarcelados en nuestra propia forma de ser? O quizá muchas veces nos hayamos preguntado ¿por qué soy así?

El que está en la foto soy yo, lo reconozco, pero ¿por qué me reconozco como UNO si he sido tan diferente a lo largo de mi vida? Piensa, lector, en la persona tan distinta que eres cuando estás teniendo sexo comparada cuando estás almorzando con tus padres; lo diferente que eres cuando te embriagas, te enojas, te ríes, amas, odias, juegas, coqueteas, rechazas, estudias. ¿Cómo es que logras reconocerte como tú mismo en todos los casos?

Somos una multiplicidad unida como una colcha de retazos en torno a 1) una apariencia física que nos distingue de los demás exteriormente; 2) una memoria con un cúmulo de hechos que nos han marcado y significado, hasta el punto de llevarnos a decir “esto es lo que soy”; y 3) una forma de enfrentarnos a ese cúmulo de hechos pasados y por venir, que determinamos como forma de ser.

Dicha unidad de reconocimiento es lo que llamamos identidad. Aunque tengamos convenciones para determinar la identidad de una persona (documentos, nombres, características físicas, etc.) esta escapa a cualquier medida externa con la que se le quiera reconocer. Pensemos por ejemplo en lo corto que se queda nuestro nombre para decir quiénes somos, y ni hablar del número arbitrario puesto por el Estado para “identificarnos”. Todos estos elementos son demasiado útiles para la vida práctica en sociedad, sin duda, pero ¿son suficientes para volver explícita aquella unidad que nosotros sentimos que somos? Evidentemente, no.

Tradicionalmente, la cuestión de la identidad se ha abordado con la pregunta ¿quién soy? Pero considero que esta pregunta tiene dos partes: una que pregunta por el cúmulo de hechos, ocupaciones y actividades a las que dedico mi tiempo (cuestión que abordé en el texto inmediatamente anterior de esta serie) y otra pregunta que tiene una relación mucho más íntima con la identidad en el sentido originario de la palabra: ¿cómo soy?

Identidad es lo que se repite siempre igual, lo cual es imposible en los hechos concretos que nos suceden en la vida, pero sí tiene sentido hablar de repetición cuando nos referimos a mi modo de reaccionar y enfrentarme a esos hechos pasados, actuales y por venir: lo que llamamos una forma de ser. Cabe advertir de inmediato que, aunque sea la cosa más permanente que tengamos para definirnos, la forma de ser tampoco permanece estática durante toda nuestra existencia.

Claro, todos tenemos nuestra forma de ser y todos somos distintos, decimos frecuentemente. Vivimos con nuestra forma de enfrentar la vida que nos identifica, algunas veces nos molesta y en otras nos gratifica. Pero ¿cuándo y por qué nos cuestionamos sobre todo eso? ¿De qué nos sirve poner en duda cómo somos? Es más, ¿es posible cambiar nuestra forma de ser?

Creo que todos nos hemos levantado un día queriendo cambiar algo de lo que somos, o puede que esta meta haya sido un propósito de primero de enero. No obstante, basta con echar un ojo a nuestra historia y darnos cuenta de que no es así de sencillo. Nuestra forma de ser no depende totalmente de nuestra voluntad, incluso muchas veces parece que el cómo soy domina nuestra voluntad de cambio y terminamos renunciando a cambiar.

¿Somos libres? No del todo: somos presos de nosotros mismos. No es que sea una necesidad cambiar algo de como somos, pero es a lo que normalmente tendemos porque vemos continuamente nuestra imperfección con la pretensión de ser mejores, aunque no tengamos mucha idea de qué es eso.

Cuando sobreviene una situación que nos golpea y nos sumerge en el peso de existir, es precisamente cuando ponemos toda nuestra voluntad al servicio de un cambio en nuestra forma de ser. Precisamente en este punto se nos muestra que, aunque nuestra forma de ser supere nuestra voluntad, todavía podemos tomar el timón de nuestra vida y mutar algo. ¿Para qué cambiar componentes de nuestra forma de ser? Bueno, cada quien tiene su historia, sus metas y sus prioridades.

Me reconozco en la foto donde aparezco mueco y escuálido, eso es un hecho que le agradezco a mi memoria. Pero justo después de cerrar el álbum y haber pensado esto que he escrito, me asalta una duda mucho más importante que todo lo divagado durante estas 916 palabras anteriores. Hemos sido de distintas maneras durante toda nuestra vida, pero parece que existe un núcleo de nuestra forma de ser que se mantiene y se mantendrá por siempre, escapando a cualquier voluntad de cambio que tengamos o que nos imponga el mundo, y a eso le podemos llamar el núcleo de nuestra identidad.

Por tanto, es hora de que te preguntes, lector, al igual que yo, ¿eres y has sido como has querido ser o como otros han querido que seas?

@opinasebas