Cómo nuestros cerebros nos engañan en temas como el cambio climático, creacionismo y el vínculo vacunas-autismo. Traducción para TRAS LA COLA DE LA RATA.

Imagen de: Jonathon Rosen

Imagen de: Jonathon Rosen

Por: Chris Mooney

“Un hombre con convicción es un hombre difícil de cambiar. Dile que estás en desacuerdo y se irá corriendo. Muéstrale los hechos y cuestionará tus fuentes. Apela a la lógica y fallará identificando cuál es tu punto”. Así escribió el célebre psicólogo Leon Festinger de la Universidad de Stanford en un pasaje que puede estar haciendo referencia a la negación del cambio climático -el persistente rechazo de parte de muchos norteamericanos; acerca de lo que sabemos del calentamiento global y las causas humanas allí implicadas. Pero fue muy temprano para eso -1950- y Festinger estaba describiendo un famoso caso en el estudio de la psicología.

Festinger y muchos de sus colegas se infiltraron en los Seekers, un pequeño culto de Chicago cuyos miembros creían que se comunicaban con los aliens -incluyendo especialmente alguien llamando “Sananda”, que ellos creían era la encarnación astral de Jesucristo-. El grupo era guiado por Dorothy Martin, una devota dianética que transcribía los mensajes interestelares a través de una escritura automática.

A través de ella los aliens le mostraron la fecha de un cataclismo terrestre: diciembre 21 de 1954. Algunos de los seguidores de Martin renunciaron a sus empleos y vendieron su propiedad esperando ser salvados por una fuente voladora cuando el continente se dividiera en mil pedazos y un nuevo mar se tragara buena parte de los Estados Unidos. Los discípulos incluso llegaron al extremo de remover brasieres y cremalleras de sus pantalones (el metal, creían, podría ser un peligro en el espacio interestelar).

Festinger y su equipo estaban con el grupo cuando la profecía falló. Primero, los “niños de arriba” (como comúnmente eran llamados los aliens) no se mostraron para rescatar a los Seekers. El 21 de diciembre llegó sin ningún incidente. Este era el momento que Festinger estaba esperando: ¿cómo puede una persona emocionalmente revestida por un sistema de creencias creer en él luego que ha sido refutado?

Primero, el grupo luchó por conseguir una explicación. Pero luego racionalizaron un nuevo concepto. Un nuevo mensaje llegó anunciando que todos ellos habían sido salvados en los últimos minutos. Festinger resumió el pronunciamiento de los extraterrestres así: “el pequeño grupo, sentados juntos en una larga noche, habían enviado tanta energía que Dios los salvó de una destrucción terrestre”. ¡Su favorabilidad para creer en la profecía había salvado la Tierra de una profecía!

Desde ese día hacía adelante, los Seekers, previamente tímidos de la prensa e indiferentes hacía la evangelización, comenzaron con proselitismo. “Su sentido de urgencia era enorme” escribió Festinger. La devastación de todo lo que ellos creían los hicieron, incluso, más seguros de sus creencias.

En los años de negación, nada fue tan extremo como los Seekers. Perdieron sus trabajos, la prensa los burló y se realizaron todos los esfuerzos posibles para alejarlos de las mentes jóvenes. Pero mientras el culto espacial de Martin pudo mentir hasta el más lejano espectro de la propia falsedad humana, había felicidad por haber vuelto. Y desde los días de Festinger, un grupo de nuevos descubrimientos en psicología y neurociencia fuertemente han demostrado cómo nuestras creencias preexistentes, más que el embate de nuevos hechos, pueden tomar nuestros pensamientos e incluso mostrar lo que consideramos como nuestras más desapasionadas y lógicas conclusiones. Esta tendencia es llamada “razonamiento motivado” y ayuda a explicar por qué encontramos grupos tan polarizados en materias donde la evidencia es inequívoca: cambio climático, vacunas, “paneles de la muerte”, los días de nacimiento y la religión del presidente y mucho más. Parece ser que esperar que las personas sean convencidas por los hechos está en contra, bueno, de los propios hechos.

La teoría del razonamiento motivado se construye en base de la neurociencia moderna. Razonar está, ciertamente, fusionada con la emoción (o lo que investigadores llaman “afecto”). No solamente son inseparables, pero nuestros sentimientos positivos o negativos sobre las personas, cosas e ideas se construyen mucho más rápido que nuestros pensamientos conscientes; en cuestión de milisegundos (mucho más rápido que las máquinas de encefalografías). Pero hace mucho somos conscientes de ello. No puede sorprender: la evolución requería de nosotros actuaciones rápidas para estimular nuestro ambiente. Es una “capacidad  básica de supervivencia humana”, como explica el científico político Arthur Lupia de la Universidad de Michigan. Ponemos informaciones “malvadas” fuera de nosotros; ponemos información que vaya con nuestras ideas cerca de nosotros. Aplicamos una respuesta de estrés agudo no solamente para depredadores, sino también para la información misma.

No sólo estamos dirigidos por las emociones, sino que también razonamos y deliberamos. Pero esto viene después, trabaja más lentamente e incluso esto no toma un lugar en el espacio de las emociones. Incluso, nuestras emociones pueden llevarnos a un curso del pensamiento que es altamente discriminatorio, especialmente en aquellos temas en los que tenemos gran cuidado.

Consideremos una persona que escuchó algo acerca de un descubrimiento científico que cambió profundamente sus creencias de una creación divina -un nuevo homínido que confirma nuestros orígenes evolutivos-. Lo que pasa después, explica el científico político Charles Taber de la Universidad de Stony Brook, es una respuesta negativa subconsciente hacia la nueva información; luego esa respuesta  nos lleva hacia el tipo de memoria y asociaciones que forman nuestra mente consciente. “Ellos traen pensamientos que son consistentes con sus creencias anteriores”, dice Taber “y eso les permite construir un argumento y cambiar lo que estaban escuchando”.

En otras palabras, cuando pensamos que estamos razonando, estamos, en realidad, siento racionalizadores. O para usar una analogía ofrecida por el psicólogo Jonathan Haidt de la Universidad de Virginia “creemos que somos científicos, pero en realidad estamos siendo abogados”. Nuestros “racionamientos” son una manera de predeterminar el final -ganando nuestro “caso”- y, sobre todo, con prejuicios. Ellos incluyen “prejuicio confirmativo” cuando se da importancia a sus creencias, es decir, una reafirmación. Lo contrario pasa con “prejuicios no-confirmativos”  en los que se gastan enormes fuentes de energía tratando de desbaratar todo argumento que no esté de acuerdo con nuestras creencias.

Sí, es cierto: demasiada palabrería. Pero todos entendemos este mecanismo cuando se trata de relaciones interpersonales. Si yo no quiero creer que mi marido está siendo infiel, o que mi hijo le hace matoneo a sus compañeros, podría ir muy lejos explicando el comportamiento que parece obvio para los demás (todos aquellos que no son muy emocionales para aceptarlo). Esto no significa que no percibamos el mundo sin errores; lo hacemos. O que nunca cambiemos nuestras creencias; lo hacemos. Es solo que tenemos otros importantes objetivos en comparación con no cometer errores (incluyendo afirmaciones de identidad y protección de nuestro propio sentido) y esto, claro, seguramente nos hace altamente resistentes para cambiar nuestras creencias cuando los hechos dicen que así debemos.

*La próxima semana continuaremos con la segunda parte del artículo: El efecto boomerang: por qué la persuasión directa falla.