El día comienza faltando un cuarto para las 7:00 de la mañana. La Flaca se levanta cansada, como si no tuviera ganas de vivir. Pone un pie en el piso, se asegura de que no sea el izquierdo, entra al baño, se cepilla sus pequeños dientes y se ducha.

Por: Maria Laura Idárraga

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Ilustración por Chucho

En esta casa de inmigrantes no hay tiempo qué perder; la Flaca prepara al niño para ir a la escuela, lo despierta, lo besa en la frente. Las mamás son así, se desviven por sus hijos, lo entregan todo por su felicidad, incluso por encima de la propia.

Se mete a la cocina, lugar del que no sale hacia las 9:00 de la noche cuando ya terminó sus quehaceres. Sirve cereal para su hijo y cocina algo más para su esposo.

El dominicano se levanta a prender su computadora. Hay que cortar la grama, arreglar unos cuantos carros, hacer de papá y de esposo. Revisa el correo, se acumulan las facturas de servicios, las deudas, los cupones, la propaganda. No parece haber salida en este laberinto de incomodidades y tampoco parece haber alegría.

Rápidamente prende el televisor para despertar a los demás. En Caracol Internacional se pueden ver las noticias de Colombia con una hora de diferencia. Aquí son las 7:30, allá son las 6:30. El país está en paro permanentemente. Las calles están bloqueadas y los ministros pasaron su carta formal de renuncia al Presidente. Aquí solo importa que el político se vea bien para obtener su voto.

La Flaca es bellísima. Tiene un cabello largo con brillos luminosos. Sus ojos son su arma preferida: enternecedores, seductores. No es muy alta pero tiene gran fuerza. Su piel se conserva tan suave, tan tersa, tan elástica. Aprendió el arte de hacer arepas de su hermana mayor, la Golosa, que siempre la está llamando para contarle los chismes de la cuadra.

Afuera hace unos 34 grados. En el garaje de la casa hace unos 38. Allí se cocina maíz blanco y amarillo y se guardan los chécheres del dominicano. Mientras tanto despide a su hijo y le pide que se porte bien en la escuela.

Aquí es donde empiezan los problemas. No se puede ocultar la realidad cuando se es tan evidente. Los inmigrantes salen con una maleta cargada de sueños y los espera un viaje de incertidumbres. No siempre se corre con suerte y en repetidas ocasiones tienen que devolverse, pero ¿para qué volver a un país donde el nativo ya se siente extranjero?

El viaje empieza con expectativas y termina con decepciones. Buscar trabajo, perseguir el sueño americano, europeo, asiático. La soledad es un factor de riesgo cardiaco y escoger al primer postor se vuelve un mal necesario.

No es fácil convivir cuando se viene de culturas distintas. La estabilidad parece ser un arma de doble filo porque se gana compañía, pero se pierde independencia. En muchas ocasiones casarse con un extranjero para obtener los papeles legales termina siendo una decisión apresurada y perjudicial. Hay gente que mata y gente que se mata, como nos muestran las noticias internacionales respecto a estos casos.

Un par de lágrimas humedecen la masa del día anterior. No se trata de ninguna cebolla, la situación no va bien en la casa ni en el corazón. El dominicano se ha ido a arreglar el carro de otros. La Flaca cocina y muele el maíz, moldea sus deliciosas arepas con mesura. Este es su negocio, el sustento para ella y su hijo. Una a una las arepas son empacadas en paquetes de a diez. Sus clientes inmigrantes se lo agradecen, los hace sentir como en casa.

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Ilustración por Chucho

La Flaca descansa cinco minutos. Se sienta y come cualquier cosa que le embolate el hambre, tal como dice la canción: “cien libras de piel y hueso, 40 kilos de salsa y en la cara dos soles que sin palabras hablan”. No le gusta cocinar pero hace excepciones. Para hoy arroz con carne y Ketchup. Su marido llegó y comienzan las discusiones. Huele a césped recién cortado; el sudor corre por su cuerpo de cincuentón. Los carros inservibles se fritan con el sol del medio día y la vida del suburbio continúa.

Un abrazo forzado la saca de casillas. Lo rechaza y se aleja. Descarga los paquetes de arepas en el congelador gigante del garaje. Escucha música latina para sentirse en casa. Su marido deambula por todas partes, como buscando qué hacer.

La Flaca termina las arepas y se sienta a esperar a su niño. A través de la ventana se puede observar una mujer joven, frustrada. Frustrados sus sueños, frustrados los proyectos, frustrado su futuro. Estancada en una casa donde reina la apariencia. A ella le gusta bailar, conversar, salir a caminar. Es una mujer dulce, llena de ternura, ¿cómo no amarla?

En sus labios suaves se dibuja una sonrisa al ver entrar a su hijo por la puerta. Es la dosis necesaria para continuar con esta miserable vida. Porque, “¿Ya qué? Devolverme, ya no puedo, aquí es donde vivo y allá ya no pertenezco, así que, por lo pronto, aquí me quedaré mientras pueda”.

Con la llegada del niño, la casa recobra vida. Su esposo se va y se sientan a hacer tareas. Son las seis de la tarde y el cielo continúa azul, como si fueran las tres. Falta poco para que se acabe el verano y con él su relación conyugal. La Flaca carga con un poco de ayuda las dos pesadas ollas con el maíz cocinado. Lo lava y mientras tanto reflexiona. En la televisión hispana solo emiten telenovelas, basura capitalista. Sus padres la llaman con frecuencia; se preocupan por ella, por su felicidad.

Son las 10:00 de la noche y es hora de ir a dormir. Sintoniza El Desafío, único reality que logra dispersarla de su cansada rutina. Sus ojos rasgados se empiezan a cerrar, su sueño a cumplir y plácidamente se siente como en casa. La suya, su casa, donde no tiene que lavar un plato, ni atender a un marido ausente.