Jean Siméon Chardin,"Le philosophe lisant"

Transformaciones cerebrales al leer (III)

Continuando con la serie sobre las transformaciones cerebrales al leer, en el presente artículo intentaré contestar la siguiente pregunta: ¿De qué manera la lectura de obras literarias contribuye a modificar o construir un mundo subjetivo, un nuevo Ser?  

 

Obra de Nicolai Chistiakov

Por: Rafael Patrocinio Alarcón Velandia

Mario Vargas Llosa, en su discurso de aceptación del Nobel de literatura del 2010, dijo:

Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola […] La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

“La lectura puede ser, a cualquier edad, un atajo privilegiado para elaborar o mantener un espacio propio, un espacio íntimo, privado”, expone Michele Petit, en su libro Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Con esta afirmación es posible suponer que el hombre se puede diferenciar de los otros, huir de las muchedumbres y construir un pensamiento independiente para afrontar la vida de manera particular que le es propia.

Los lectores activos, dice Petit, “desarrollan toda una actividad psíquica, se apropian de lo que leen, interpretan el texto, y deslizan entre líneas su deseo, sus fantasías, sus angustias”. Con este llamado, el  nuevo enfoque  de la recepción literaria convoca al estudio del mundo interno, subjetivo del lector.

Hans Georg Gadamer, en el tomo I de su obra Verdad y método, en el capítulo  “El lenguaje como medio de la experiencia hermenéutica”, nos indica la importancia del lenguaje en la conversación comprensiva no solo con el otro, sino con el texto mismo, lo que trata de decirnos y cómo lo interpretamos. Afirma: “la conversación tiene su propio espíritu y que el lenguaje que discurre en ella lleva consigo su propia verdad, esto es, desvela y deja aparecer algo que desde ese momento es”.

Gadamer le da importancia al lenguaje para el conocimiento del texto y su consiguiente interpretación. Para él, comprender un texto literario es dialogar con el texto mismo, es una conversación hermenéutica, pues expone: “El texto hace hablar a un tema, pero quien lo logra es, en el último extremo, el rendimiento del intérprete. En esto tienen parte los dos”. Además, le da importancia a la tradición lingüística en la comprensión y diálogo con el texto, no es la relación entre el autor y el lector como personas, pues lo que importa es lo que el texto comunica y da sentido.

Le philosophe lisant Panneau.

Hacia una visión interna

Se podría afirmar que una de las funciones de la lectura activa sería la de contribuir a formar un insight en el lector, para escaparse de los constructos cognitivos (por ejemplo, lo que ocurre con la pedagogía burocratizada) y psicoemocionales (pensamientos y emociones) que lo bloquean, generan angustia y una incapacidad existencial del placer. En la lectura se buscan las palabras y oraciones que permitan mitigar angustias, miedos, distorsiones del pensamiento, para construir nuevas ideas, en fin, construir un nuevo discurso del Ser.

En el ser humano existe una relación entre sus pensamientos y sus estados emocionales que le inducen a comportamientos particulares consigo mismo y con el medio social donde vive. La construcción de esas estructuras psíquicas desde su infancia, le va fundamentando una forma de ser, de mirarse a sí mismo y presentarse al mundo. Ese intercambio de su psiquismo interno con la realidad del mundo externo le permite construir su estructura psicoemocional con  contextura madura o frágil, en donde “el principio del placer” debe confrontarse con “el principio de realidad”. De allí surge la posibilidad de la experimentación del placer y del sufrimiento, así como la capacidad racional para manejar las fuerzas instintivas que la psicobiología le impone.

Vuelvo a Vargas Llosa cuando nos dice en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura (2010):

Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exultante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir.

La capacidad de establecer un equilibrio entre la razón, el instinto y las emociones conducirán al hombre a madurar su ser, manejando su erotismo como fuerza objetual constructiva hacia sí mismo y hacia el otro, para convertirse en un ser con sentido social. Su incapacidad lo conducirá a sentimientos ambivalentes, frustración, envidia, celos, ambiciones no realistas y comportamientos destructivos consigo mismo y el entorno.

Construir o modificar el  Ser puede hacerse de diferentes maneras, desde las experiencias vitales que se van acumulando en el transcurrir de la vida en relación con la realidad externa, hasta el empleo consciente o inconsciente del pensamiento lógico que le determina una racionalidad y cierta capacidad de juicio.

La evolución del lenguaje –desde la mutación del gen Fox P2– hasta la conformación del pensamiento simbólico –cuando maduró la corteza cerebral, especialmente las áreas frontales– se constituye en la esencia de la formación del Ser, de sus manifestaciones psicoemocionales y comportamentales, inmerso en una cultura determinada. Una forma de construir pensamiento simbólico y de experimentar emociones se realiza en la lectura formal de textos académicos o textos literarios. Ellos conducen al ser humano a una posición de diálogo hermenéutico en donde el texto actúa doblemente como emisor y como contexto de una posición filosófica de la vida, y el lector como un receptor deliberante sobre los juicios y las posiciones del texto. Del diálogo texto-lector surgen posturas que identifican una forma de ser del hombre. Esas posturas son las que permiten contribuir a la formación de su Ser. 

El lector de blanco, de Ernest Meissonier.

En busca del significado

Los temas centrales de obras literarias del género novela permiten ese diálogo hermenéutico en espacios íntimos de reflexión. El tema novelesco puede causar diversos estados psíquicos y emocionales con variados pensamientos en el lector, el cual a su vez está predeterminado por su estructura psíquica con pre-juicios que le son confrontados en el texto para reafirmarlos o deconstruirlos.

La ficción de la novela envía “un mensaje” de posibles realidades vividas o por vivir del lector, retándolo  a asumir nuevas posturas en su interior psíquico o en su mundo relacional externo. Los estudios de neurociencias con Spect y PET cerebral nos están demostrando cómo ocurren las transformaciones cerebrales y de qué tipo cuando una situación novelesca invade a las estructuras psíquicas del lector, generando neurogénesis y neuroplasticidad cerebral.

Diana Paris en su libro Norman Holland y la articulación literatura/psicoanálisisnos dice:

…la literatura transforma esas fantasías nucleares significativas de tal modo que permite eludir la censura y nos ofrece una satisfacción oblicua en la que por alguna razón -inconsciente- nos reconocemos en lo leído. En efecto, un texto literario tiene implícitas dos dimensiones: por un lado, comunica un mundo de cuestiones sociales,  intelectuales, morales y religiosas; por otro lado, enlaza al sujeto que lee con cierta zona primitiva, corporal inconsciente de nuestra vida mental.

El tema novelesco puede inducir al lector a abstraer su pensamiento simbólico y sus instintos psico-biológicos de una manera tal que proyecta en la lectura su personalidad cargada de deseos y temores. Se espera que de la lectura se produzcan respuestas que modifiquen tanto su racionalidad como sus emociones, para capacitarse y asumir la realidad de forma constructiva.

Al leer se libera de diversas censuras y pre-juicios desarrollando una capacidad de fantasía y de simbolismo que permiten el alivio de las tensiones que invaden su ser por deseos y frustraciones. De ahí que la lectura de novelas, por el contexto pluridimensional de ellas,  debe contribuir a modificar las interpretaciones sobre la existencia, en donde el diálogo hermenéutico asume el papel vital de transformación del Ser. Para Diana Paris:

En el proceso transformacional que genera toda lectura, las fantasías personales contribuyen a articular un posible significado del texto como objeto externo del sujeto y-al mismo tiempo- un significado subjetivo, intrínseco al sujeto que lo lee: lo que verdaderamente significa para ese Yo.

Ahora bien, en cuanto al significado de los contenidos de los textos se puede inducir que depende de las interpretaciones que haga el lector, el cual, a su vez, está sujeto a una historia personal de normas y preceptos. Sin embargo, hay otra instancia que contribuye a la transformación del ser al leer un texto literario, y es la emoción –que depende, a su vez,  de la integridad del sistema límbico, de las áreas corticales frontales y temporales  con que lo asume. Esa emoción puede estar condicionada por diversos factores, pero es indudable que la empatía entre el contenido de la novela y la actitud abierta del lector permite un mayor diálogo hermenéutico. Saramago decía “una gran novela es la representación simbólica de la condición humana”.

En este punto, podemos apoyarnos de un pensamiento de Wolfgang Iser escrito en su capítulo “El proceso de la lectura” del libro Estética de la recepción de Warnig Rainer,  quien aduce:

Cuánto más presente tengamos el texto -al menos durante el tiempo de lectura- más ocurrirá que lo que somos parezca pertenecer al pasado. En la medida en que el texto literario desplaza al pasado los puntos de vista  a los que estábamos sometidos, se presenta él mismo como una experiencia vivida, pues lo que nos ocurre eventualmente no puede tener lugar en tanto las intuiciones que nos guiaban formaban parte de nuestro presente: experiencia que no ocurre simplemente como reconocimiento de elementos conocidos.

Es imperativo, precisa,  que en el diálogo hermenéutico entre el contenido de una novela con el lector-receptor, se materializa y se cuestiona la complejidad de la existencia del ser humano cargado de experiencias, cogniciones, sentimientos y comportamientos relacionales.

Fragmento de “Le philosophe lisant”, de Jean Simeon Chardin, obra a la que George Steiner dedica el famoso ensayo El lector infrecuente.

La novela como modelo de lectura

La propuesta es escoger el género de la novela como modelo de lectura que contribuya a la formación de un lector que se transforme en sí mismo y con ello su mirada del Otro y del Mundo, se basa fundamentalmente en que la novela es, posiblemente, el texto más integral de todos los géneros literarios, ya que, en ella confluye el lenguaje, la semántica, la imaginación, el simbolismo, el pensamiento, las emociones y las actuaciones, con sus respectivas respuestas corporales.

En la novela se conjugan el tiempo y el espacio emocional, las vicisitudes de la vida encarnada en los personajes, con sus respectivos movimientos en el amor, los celos, el odio, la envidia, la humillación, la esperanza, los deseos y pasiones, la muerte en todas sus manifestaciones. Además, de las circunstancias socio-históricas de los acontecimientos de la trama novelesca y de sus protagonistas. La novela es y será siempre una fuente de emociones y conceptualizaciones que impactan al lector de primer nivel o con mayor profundidad al lector de segundo nivel, acogiéndonos a las enseñanzas de Umberto Eco. 

El universo de la novela es ilimitado, ad infinitum, como es la vida de los seres humanos que refleja. Cuando se crea una novela se crea un universo que permanecerá en el papel, o ahora, en el chip de silicio, pero de igual manera, se extiende a diversos mundos emocionales y conceptuales, a diversas lenguas, transcendiendo espacios y tiempos, como si con ello nos enviara el mensaje de los mundos ascensionales y descensionales del pensamiento simbólico al estilo del Gilbert Durand.

 ‘Jeune fille lisant’, de Fragonard.

La novela siempre tendrá un carácter de verosimilitud, en cualquiera de sus estilos y propuestas, no importa que parta de hechos reales que se llevan a la ficción, o sean puramente ficcionales con intromisión en la realidad, siempre, para el lector-docente  serán ciertas, tan ciertas que lo conmueven, le sacuden sus estructuras pensantes, lo comprometen y lo convierten en uno de esos personajes que ya no es ajeno y externo a la obra, sino que a través de ella conoce lo desconocido hasta el momento para él, como nos plantea Marcel Proust en sus disquisiciones sobre el lector.

Ahora bien, en la novela se conjuga múltiples elementos constitutivos semejantes a los que un ser humano posee en sí mismo. La novela parte del sonido cuando la leemos aunque sea en susurro, estimula el tacto cuando nuestras manos acogen el texto, penetra en el olfato ante el olor característico del papel, profundiza la visión y salivamos ante las emociones que nos depara.

Podríamos decir, entonces, que con la novela, al leerla, nos remonta a las estructuras límbicas primarias de la emoción. De allí partimos a la construcción de un lenguaje que, aunque le es propio, es universal, en donde progresivamente se va construyendo oraciones que llevan implícitas conceptualizaciones sobre la existencia del individuo  y las relaciones con sus congéneres y la naturaleza. Culmina en un proceso simbólico que le es veraz,  dándole sentido a su vida o negándoselo.

Desde esta perspectiva que hemos venido exponiendo, qué mejor escenario que la novela para la formación de un individuo, dado que en ese mundo ad infinitum de la novela le permite vivir, conocer, explorar e innovar sentimientos y emociones, pensamientos y racionalizaciones.

La novela crea ese mundo de realidad vivida, actuada, experimentada por el lector, como dice Raúl Botero Torres en Los trabajos de Penélope “el texto literario se constituye como paradigma de la realidad […] el texto se constituye y configura como una realidad que disuelve la vivida por todos, para fundar otra realidad”.

El que se forme en las ciencias humanas, especialmente con el espíritu que inspira la literatura, deben disponerse a gozar de una libertad de pensamiento y de interpretación de los hechos reales que le brinda un personaje novelesco en estado de sufrimiento que le amplía su visión de mundo.

La lectura de novelas debe conducir al cambio de ser un  lector de primer nivel a un lector de segundo, tercer o cuarto nivel, con lo cual su estructura psíquica y emocional será menos “parroquializada” y posiblemente tendrá una apertura conceptual desmembrada de prejuicios, paradigmas religiosos, sociales e históricos, como de posturas dogmáticas y cerradas que lo alejan de la episteme y de la lógica, de la dialéctica y de la pragmática constructiva para sí mismo y para los individuos con los que se relaciona. Habrá llegado a la maduración cerebral y mental tan estudiada por las diferentes áreas de las neurociencias.

Viene a la memoria las palabras de Umberto Eco: “Las obras literarias nos invitan a la libertad de la interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje de la vida.”

En el próximo capítulo expondré sobre los diferentes niveles de lectura y los cambios cerebrales consecuentes.

 

*Médico Psiquiatra, Magister Salud Pública, Máster en Psicogeriatría, Magister en Literatura, Candidato a doctor en Literatura, Codirector del Grupo de Literatura y Psique, profesor Facultad de Ciencias de la Salud Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia

E-mail: alarcon@utp.edu.co  

 

Bibliografía

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  • PARIS Diana, 2004, Norman Holland y la articulación literatura/psicoanálisis, Editorial Campo de Ideas, Madrid, pág. 12-14, 17, 22-23, 33, 93, 97
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