El estilo sencillo y natural es difícil, y contrario al establecido en cada época y formado por un conjunto de frases hechas, una manera, a la que se adapta la turbamulta de los poetas carentes de estilo propio. Los poetas imitadores, como Horacio, Virgilio, Shakespeare, Milton, Garcilaso, Ariosto, Dante y otros muchos, perduran en la memoria de los hombres, mientras que quienes jamás copiaron nada de nadie están olvidados.

Ante las acusaciones de plagio que recibió el poeta Ramón de Campoamor por haber reproducido algunas citas de Victor Hugo, el escritor Juan Valera lo defendió en un ensayo en el que aprovechó la ocasión para formular unas reflexiones atinadas acerca de la originalidad. No pretendía decir nada nuevo sino más bien recordar lo repetido de una y mil formas. Porque no se escribe siempre para decir cosas nuevas, añadía, “sino para recordar las ya sabidas a los que las tienen olvidadas, o para enseñárselas a los que, por no acudir a las fuentes, las ignoran por completo”.

Más aún, ahora hasta tenía a Campoamor en mejor concepto por no ser el autor de “aquellos pensamientos hueros e hinchados” que solo merecían una disculpa por provenir de la pluma de Hugo. Valera justifica el plagio alegando que es casi imposible extraer de ningún autor, por original que se muestre, cien pensamientos o cien frases verdaderamente originales. Y aquellos que buscan la originalidad, apartándose de los caminos trillados y huyendo del sentido común, “no pueden estar seguros de ser originales”.

Ramón de Campoamor retratado por Espalter

Hasta las obras de un autor tan innovador y “presumido” como Góngora están salpicadas de imitaciones. Valera compara unos versos del autor de Soledades con otros de Virgilio, quien a su vez se había inspirado en Homero. ¿Y qué decir de Fray Luis de León, que no tuvo reparos en copiar a Horacio, de Petrarca, Platón, Virgilio, Píndaro, Cicerón, San Agustín y San Buenaventura? Eso sí, tenía muy buen gusto y solo copiaba lo muy bueno. Los poetas latinos estaban en deuda con los griegos, Virgilio tomó versos de Homero, de Teócrito, de Apolonio y Horacio de Píndaro. Valera cita una sentencia de Boileau:

“Quien no imita a los antiguos no será imitado por nadie”.

A propósito de Homero, a Valera le habría agradado la reflexión de Nietzsche sobre el autor de La odisea, en la que afirma que tres cuartos de su obra “son convención, como en el resto de los artistas griegos”. Estos se hallaban muy lejos de “la manía moderna de la originalidad”, al no temer a la convención, a través de la cual “mantenían la cohesión del público”. Nietzsche entiende por convención aquellos “medios artísticos conquistados para la comprensión de los oyentes, un lenguaje arduamente aprendido con que el artista puede comunicarse“. Por tanto, el artista que la rehúye obstinadamente solo demuestra que no quiere ser entendido.

Nietzsche187a

Friedrich Nietzsche

Argumenta Valera que tampoco los poetas y narradores primitivos, “los grandes educadores y reveladores del linaje humano”, fueron originales, puesto que en sus obras recopilaron las leyendas, historias prodigiosas, anécdotas, fábulas, proverbios, sentencias, poesías y canciones de transmisión oral que circulaban asiduamente en su medio social.

“Sin inventar nada, escogieron lo mejor de lo ya inventado o pensado por el vulgo”.

Ante la objeción de que los autores románticos son más originales que los clásicos, Valera recuerda que Shakespeare,  “el príncipe de los románticos”, fundía las tragedias que se representaban en los teatros Londres, haciéndolas pasar por suyas.

Retrato del poeta Luis de Góngora y Argote (1561-1627), por Velázquez

Como dijo Emerson, los grandes hombres, y sobre todo los grandes poetas, no son originales, sino receptivos y comprensivos. “Un gran poeta no es una araña que fabrica su tela de su propia sustancia, ni alguien que no se parece a los demás hombres y anda siempre devanándose los sesos para sacar de allí cosas que a nadie se le hayan ocurrido”, sino que

“dice lo que todos dicen en su época y en su país, si bien con el encanto inefable y misterioso de quien pone en ello toda el alma”

No se descubren huellas de imitación en un poeta porque sus palabras son “una colección de lugares comunes, esto es, que el poeta no imita a nadie porque imita a todo el género humano, no copia a un autor determinado porque lo que dice lo dicen todos los autores y todos los que no son autores”. Esta carencia de personalidad se salva en ocasiones por la belleza de la expresión.

Si el poeta no leyese a otros autores “se expondría a coincidir con algunos de ellos y a repetir, por coincidencia y mal, lo que muchos antes que él habrían dicho ya mejor y más gallardamente”. La conclusión de Valera es que lo verdaderamente original escasea más de lo que se cree o se pierde en fuentes desconocidas.

El escritor Juan Valera

Claro que sería una locura negar la originalidad, puesto que alguien inventó, pensó y dijo las cosas antes de que nadie las dijese. Para espíritus perezosos y curiosos como el suyo era un gran consuelo conocer este hecho. Si los escritores hicieran voto de no volver a tomar la pluma en la mano hasta que se les ocurriese algo verdaderamente nuevo, se pasarían toda la vida “en perpetua holganza”, con la ruina consiguiente de la industria del sector editorial.

Valera niega que la originalidad consista en algo “extravagante, raro y disparatado”, sino que “está en la persona, cuando tiene ser fecundo y valer bastante para trasladarse al papel que escribe, y quedar en lo escrito, como encantada, dándole vida inmortal y carácter propio”. Para ser original en el buen sentido basta con pensar, sentir y expresar lo que se piensa y se siente, del modo más sencillo. “Entonces sale retratada el alma del que escribe en lo que escribe: y como el alma es original, original es lo escrito”. No se trata de una tarea tan fácil como parece.

“Los autores vulgares apenas tienen alma, y su alma ni sale retratada, ni queda en el estilo. Bien podrán no imitar a nadie; pero no serán originales: serán cualquiera cosa: lo que todo el mundo es”.

El estilo sencillo y natural es difícil, y contrario al establecido en cada época y formado por un conjunto de frases hechas, una manera, a la que se adapta la turbamulta de los poetas carentes de estilo propio. Los poetas imitadores, como Horacio, Virgilio, Shakespeare, Milton, Garcilaso, Ariosto, Dante y otros muchos, perduran en la memoria de los hombres, mientras que quienes jamás copiaron nada de nadie están olvidados.

“Más vale copiar una discreción o una cosa bella, que decir una sandez, una frialdad o un desatino propio”.

El poeta T.S. Eliot sintetizó esta idea de Valera en una cita celebrada:

“Los poetas inmaduros imitan, los poetas maduros roban, los poetas malos desfiguran lo que toman y los buenos poetas lo convierten en algo mejor o al menos diferente”.

ts-eliot-9286072-1-402

Thomas Stearns Eliot

Probablemente el ladrón de citas más metódico y con un gusto exquisito haya sido Montaigne, autor de los Ensayos, un libro original que sentó las bases de un género de largo recorrido en la historia del pensamiento y de la literatura. Su modus operandi consiste en entremezclar pensamientos propios con los de autores griegos y latinos principalmente, con cuyas obras estaba familiarizado, como si quisiera ratificarlos y sin avergonzarse de inspirarse en ellos para formular los suyos.

Montaigne advierte al lector que atienda antes a la forma de exponer los temas que al contenido objetivo de estos. Era difícil que él pudiera aportar mucho más de lo que otros habían escrito sobre ellos. Al apelar la forma se refería no solo a la expresión sino a la asociación que establece entre esos temas y su experiencia personal.

Al final el lector de la Ensayos conoce los temas que trata a través de los juicios que emite sobre ellos el propio Montaigne. “Yo soy la materia de mi libro”, le confiesa al lector. Se sirve de las abundantes citas de los autores –“auctoritas”- que intercala en cada uno de los ensayos para ilustrar y corroborar sus juicios y opiniones.

“Hago, por ende, que los demás expresen, no antes, sino después que yo, las cosas que no puedo decir bien, por flaqueza de mi lenguaje o de mis sentidos. En las citas que aduzco me atengo al peso y no a la cantidad, pues si número hubiese querido, habría doblado los pasajes ajenos que introduzco.”

Retrato de Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

No dudó incluso en glosar las citas que tomaba prestadas, tomándose la libertad de modificarlas y disfrazarlas “para un nuevo fin.”  Su arraigado hábito de expoliar los libros de sus autores favoritos no obsta para que consideremos a Montaigne uno de los escritores con una personalidad más acusada, hasta el punto de que cinco siglos después lo leemos como si hubiese escrito su libro para nosotros y no para sus contemporáneos. Hoy se sigue ensayando con un método similar al que él inventó.

La apelación de Montaigne a la forma expresiva y a la experiencia personal en el tratamiento de los grandes lugares comunes abordados por los filósofos y escritores de la Antigüedad, precisamente para no incurrir en la mera imitación, coincide con la que acuñaron los humanistas más influyentes del Renacimiento, en el sentido de que la admiración por la herencia de la Antigüedad clásica era compatible con un diálogo vivo con ella. No importaba que uno no escribiera exactamente como Cicerón mientras expresara su propia manera de ser.

Esta idea de la originalidad fue recalcada por el movimiento romántico, que la percibía como un sinónimo de innovación, en lugar de asociarla a los orígenes, o sea, a la herencia y a la tradición, como hicieron los movimientos artísticos anteriores. Para diferenciarse del artista neoclasicista, que crea inspirándose en la tradición y en su vieja normativa (Voltaire sostenía que “una buena imitación es la más perfecta originalidad”), el romántico aspira a crear una obra original.

Voltaire, por el pintor Nicolás de Largilli (1656-1746)

Lo cierto es que ninguno de los artistas y autores románticos y sus muchos descendientes en el siglo XX, cuyas obras son consideradas originales, la buscaron deliberadamente ni quizá fueron conscientes de sus hallazgos. Son sus imitadores -los que aspiran al sueño de la originalidad- quienes se obsesionan con ella, sin que acierten a encontrarla, como es natural.  Cuando el medio de expresión se convierte en el fin de la expresión es que algo no marcha bien.

La creencia en la supuesta originalidad del propio pensamiento nace de una autoconfianza pueril en nuestras posibilidades de sujetos creadores. No sabemos hasta qué punto nuestros pensamientos están influidos por los de otros, pues, involuntariamente, asumimos como propios aquellos que creemos entender con tal claridad que damos por hecho que los hemos pensado antes de conocerlos.

Se cree haber llegado lejos en una idea cuando lo único que se ha hecho es abrir un poco los ojos y mirar alrededor. En todo caso varía la forma de exponerla, el ropaje verbal. Somos artistas del pensamiento más que pensadores genuinos. Jugamos a vestirlo con trajes y adornos distintos con el fin de hacerlo aparecer como nuevo y satisfacer nuestra vanidad sin la cual sucumbiríamos a la apatía y a la indiferencia.

De todos modos, el artista y el pensador moderno tienen la sensación de haber llegado tarde al banquete de las ideas, cuando los comensales se han zampado los platos más exquisitos y sobre la mesa solo quedan algunas sobras, migajas sobre las que, sin embargo, se arroja hambriento el invitado postrero. Él no puede hacer otra cosa que envidiar a los comensales satisfechos que tuvieron la suerte y la oportunidad de adelantarlo. A no ser que nos resignemos al oscuro destino de glosadores infatigables. A esto se refería el filósofo Whitehead cuando sentenció que toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de páginas de la filosofía platónica.

La idea de que cualquier pensamiento que tengamos sobre cualquier asunto humano de interés general ya ha sido pensado por otros hace mucho tiempo con la profundidad debida, y que, por tanto, carece de sentido seguir pensando, no solo es propia de una época tan utilitarista y alicorta como la nuestra, obsesionada por la cuenta de resultados, sino que además esconde una turbia justificación de lo que Valera tilda “perpetua holganza”.

“¿Para qué decir con palabras diferentes lo que ya han dicho otros?”, pregunta el pragmático. La respuesta inmediata es que no se trata de repetir las ideas comúnmente aceptadas sino de comprenderlas averiguando cómo se gestaron, crecieron y maduraron hasta llegar adonde han llegado.

Alfred North Whitehead

En la actividad del pensar lo importante es hacer el camino por el propio pie, aunque sea recorriendo el que otros hollaron anteriormente con acierto. Y no porque espere llegar a una meta distinta, aunque tampoco habría que descartar esa posibilidad, ni porque desconfíe de la herencia recibida, lo que significaría una vana demostración de vanidad, sino por una convicción íntima.

Aunque sea difícil decir algo nuevo, como al menos se puede decir con palabras diferentes, siempre quedará la esperanza, o quizá la ilusión, de que entre estas se cuele algún matiz que aporte una pequeña novedad. A fin de cuentas en el lenguaje hay más pensamiento oculto de lo que parece.

Si el pensamiento lleva al lenguaje, este puede a su vez vivificar el pensamiento. Hablamos porque pensamos y pensamos porque hablamos. No hablamos como los loros ni pensamos como máquinas reproductoras de ideas ajenas. Mientras no esté todo dicho, y seguro que no lo está, tampoco estará todo pensado. Si somos creadores cuando hablamos, ¿por qué no vamos a serlo también cuando pensamos?

“Goethe en la campiña” (1787), de Johann Tischbein

Desde el momento en que nadie dice lo mismo que cualquier otro con palabras idénticas, cabe esperar que tampoco se piense de forma idéntica. No habría posibilidad alguna de pensar algo nuevo si todos nos expresáramos con las mismas palabras y en un lenguaje uniforme. Aquí viene a cuento la reflexión de Goethe:

“La originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro”.

La idea de que todo ha sido pensado y que no merece la pena molestarse en volver a pensarlo prescinde no solo de la creatividad innata en el propio lenguaje, que por su propio impulso puede conducirnos a terrenos inexplorados, sino del hecho de que ningún pensamiento, por original que parezca, está completo y que el mero ejercicio de pensar está abocado a la fragmentación y al fragmento.

No hay pensamiento que coincida plenamente con otro pensado con anterioridad. Siempre habrá algún matiz que los separe. Esto no es más que una prueba de que en todas las actividades humanas, sean de la naturaleza que sean, la coincidencia absoluta es imposible. Para ello tendríamos que ser clones o robots.

Aunque coincidamos en aspectos básicos, las diferencias se dan el desarrollo de estos, en los matices. Además, al tener experiencias distintas, es inevitable que también lo sean los pensamientos suscitados por ellas.

Todo pensamiento es una variación de algún otro. Y las variaciones son incontables como incontables las mentes que los conciben: un árbol gigantesco con infinidad de ramas. Esa podría ser la metáfora con la que se podría definir el pensamiento creador. El tronco del árbol sería el primer pensamiento, el pensamiento fundador, y las ramas, todos los que derivan de él. Las ramas no son una reproducción en miniatura del árbol, sino que cada una de ellas difiere de las restantes, aunque se parezcan.

Retrato de Vauvenargues

El moralista francés Vauvenargues aconsejaba a quien supiera pensar por sí mismo y conformar nobles ideas que adopte la “manera y el giro” de los maestros, ya que “todas las riquezas de la expresión pertenecen por derecho a aquellos que saben ponerlas en su sitio”. “Todo pensamiento es nuevo cuando el autor lo expresa de una manera que les es propia”. ¿Por qué tener miedo de repetir una verdad antigua cuando existe la posibilidad ‘de hacerla más sensible a la virtud de un giro mejor logrado o de casarla con otra verdad que la establezca y conformar un cuerpo de razones’?

Vauvenargues matizaba que “es propio de los inventores captar la relación de las cosas y saber ensamblarlas”. Los descubrimientos antiguos no deben tanto a sus primeros autores como a aquellos que los hacen útiles. Para este pensador un libro muy nuevo y muy original es el que induce “a estimar viejas verdades”.