Y es aquí donde brota el oxímoron: con ese estado de cosas los únicos rebeldes de veras son los conservadores. Los  que se afeitan cada mañana con la obstinación de un presidiario. Los que lucen un cuerpo inmaculado como prueba de resistencia a los embates de los tatuadores. Los que a duras penas lucen anillos en su dedo anular. Y los que no han sucumbido a los asedios de alguna secta.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Habituado a desvanecerse durante largas temporadas,  mi vecino, el poeta Aranguren, reapareció justo el día del puente de Reyes Magos.

Andaba exiliado en algún pueblo de la costa adonde no llegan  los turistas y volvió estrenando mochila arhuaca. Traía además una provisión de ron Tres esquinas como para aliviar a un regimiento entero sitiado por la sed.

Y, sobre todo, regresaba con muchas preocupaciones a cuestas.

No me extraña: es su costumbre. El tipo se pierde durante meses y de repente toca a mi puerta depositando al entrar una valija siempre llena de preguntas sin respuesta.

Como si no tuviera con las  mías.

“¿Te haj fijao, compadre, en la cantidad de barbudoj tatuaoj y llenoj de aretej que van por las callej como una invasión de viejoj guerreroj maoríej?”. Si hasta se hace cada vej maj difícil distinguirloj.

Me espetó a modo de saludo.

No es para tanto, viejo, le repliqué, echando la cabeza a un lado para eludir su aliento de muchas borracheras decembrinas. Desde que la publicidad y el mercadeo controlan el mundo es cada vez más fácil uniformar a la gente, no solo en su aspecto físico, sino en sus ideas y comportamiento. Piense nada más en todos esos grupos políticos diseñados con las mismas técnicas utilizadas para lanzar una nueva marca de jabón o de papas fritas.

El hombre pensaba en toda esa legión de mujeres tatuadas, llenas de aretes, forradas en chalinas y calzando botines igualitos.

O zapatillas Converse blancas.

No es cuestión de géneros, insistí. Los hombres y mujeres de estos tiempos, independiente de su edad, parecen atender a uno de  esos llamados de El Partido, que en la China de Mao o en la Unión Soviética del estalinismo obligaban a la gente a vestirse de la misma manera.

Solo que ahora ya no se necesitan órdenes: basta con un buen aprovechamiento de la publicidad.

Con la ayuda de internet, que todo lo vuelve simultáneo, inmediato y ubicuo, el trabajo se facilita.

A esa altura del diálogo, sin entender muy bien las preocupaciones de Aranguren, pensé en la parte interesante de todo esto.

¿No se supone que todas estas personas lucen así porque se sienten originales?

Entonces recordé que el discurso de la publicidad y el mercadeo está basado en estudios  de sociólogos, sicólogos y antropólogos que analizan al detalle la conducta humana para aislar sus motivaciones, sus expectativas, sus miedos y sus ilusiones.

Por eso todos hablan de originalidad e identidad, esos viejos anhelos solo contradictorios en apariencia.

Originalidad: el soberbio y siempre frustrado deseo de ser únicos.

Identidad: la necesidad profunda de saberse partícipe de algo. Un grupo, una comunidad.

En este caso, la búsqueda de originalidad desemboca en un grupo, en un colectivo o en una tribu, como les gusta decir a los expertos en ciencias sociales.

Por eso vemos legiones por todas partes: animalistas, ecologistas, antitaurinos, graffiteros, patinadores y unas cuantas subespecies más.

Todos hermanados por tatuajes, barbas, aretes, chalinas y botines.

En su afán de ser únicos terminaron uniformados, como si acabaran de fabricarlos en una gigantesca planta de producción.

Y es aquí donde brota el oxímoron: con ese estado de cosas los únicos rebeldes de veras son los conservadores. Los  que se afeitan cada mañana con la obstinación de un presidiario. Los que lucen un cuerpo inmaculado como prueba de resistencia a los embates de los tatuadores. Los que a duras penas lucen anillos en su dedo anular. Y los que no han sucumbido a los asedios de alguna secta.

Los conservadores anarquistas.

¡Lo tengo!, grité, entusiasmado por lo que al final resultaba tan obvio.

Pero a esas alturas Aranguren ya había sacado otra preocupación de su valija inagotable.

Algún día les cuento.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.