Que el poeta, obedeciendo las prometedoras sugestiones de su daimon, o genio interior, crea por razones que desconoce, un prodigioso distanciamiento de “las greyes planas”, una taumaturgia de la personalidad…

 

Por: Marco Antonio Herrera Velásquez

Es notable la disposición que han tenido los artistas en casi, diría yo, cualquier época en que los hubiese para examinar con detenimiento los distintos factores por los que se rige el juicio de que algo es bello o no, y así imitar con sublime facultad lo que les agradara.

De esto no podía salvarse la poesía. Sírvame de ejemplo que vates de las antiguas Grecia y Roma cantaban alabanzas al vino, que muy a menudo solían beber, y al racimo de la vid. Y, creo yo, el entusiasmo y esmero en alabarle se debía, en primer lugar, a que aliviaban a cuitados y afligidos físicamente, también a que creaban un escenario de desorientación sensorial en el que la persona creía haber perdido todo cansancio.

Los borrachos, obra de James Ensor.

De acuerdo a estas lecturas (y de muchas otras, como por ejemplo la estirpe andaluza, siendo Góngora un poeta que se acogía a lo sensorialmente llamativo, o de las princesas y palacios rubendarianos) muchos podrían suponer que es bello aquello que causa alivio o euforia en los espectadores.

Viéndola así, la vida artística es o parece acaso un lugar edénico en el que la gente trata de diversas maneras de prolongar el trino del ave (sistemáticamente), la melancolía del arroyo o la diversión familiar, entre quizás otras infinitas situaciones.

Es por este sendero por el que llegamos a pensar que todo está dispuesto para que la desviación haga de las suyas; sucede que observar un manzano tantas veces exige novedad y como por una extraña sintonía cree la gente que eso es lo que debe caracterizar a los buenos poetas.

El que se atreve a examinar el manzano talándolo o quemándole las hojas entenderá algo distinto que el que lo reconoce únicamente por sus frutos o por el tamaño y color de su tronco; entonces, estos andurriales requieren de la diversidad testamentaria.

¿Pero acaso este vino que mencionamos no encerraba en ese tiempo todo un mito con sus sacrificios y ritos que incitaban a lo burdo y el festejo licencioso? Cierto es que así celebraban alrededor del ánfora de vino, pero el poeta solo comunicaba de manera pura y con un hábil lirismo lo que maniobraba aquel licor en las almas de sus consumidores.

Era el poeta quien se encargaba de enseñar lo verdaderamente bello a sus oyentes, como si tuviera una sensibilidad privilegiada para captar los secretos y sugestiones de la Natura y para cautivar al público con ellos, y a sí mismos, por ley.

Percy B. Shelley, poeta inglés.

Atendamos a esta sentencia de Shelley en Defensa de la poesía: “El relato de hechos particulares es como un espejo que oscurece y distorsiona lo que debería ser bello; la Poesía es un espejo que hace bello lo distorsionado”.

Hacia el Éter dirigimos nuestras aspiraciones, y éstas, como me lo muestra mi sentido común, son en su mayoría deseos de realización siempre bellos. Claro que los que se hayan desviado pueden aspirar a la fealdad igualmente lírica, como es el caso de “Una carroña”, de Baudelaire. Decidió nadar contra la corriente y su poesía se nos aparece transparente y meticulosa. Parece que el árbol de la poesía ha guardado hasta ahora miles de quintaesencias de los hombres que se han dispuesto a examinar con detalle ese otro árbol del conocimiento.

Pensar que el soneto o el romance debieran tener la forma con la que escribieron todos los poetas, por la agilidad de los versos octosílabos o porque la clausura del soneto no permita los derrames o los jirones de una forma imperfecta, es un error que comete la gente al engrandecer patrones que, aunque de verdad sean prácticas e interesantes, no deben imponerse al resto porque se ahogaría la libertad de expresión, de buscar un propio estilo de escritura, lo que no permitiría la autenticidad en el poeta. Debemos aceptar, como Heráclito, que “todo se produce según discordia”, y que el conocimiento se sustenta por la multitud atenta, por la diversidad de ésta.

Una imagen poco conocida de Arthur Rimbaud.

Conviene que sea el poeta quien se deje guiar por lo que le sugiera su peculiar sabiduría. Observemos que “el primer objeto de estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, completo; se busca el alma, la inspecciona, la prueba, la aprende”, enfatiza Rimbaud en Carta del vidente.

Así, pues, el poema debe ser, además de transparente y desnudo, escrito por alguien que esté bien instruido intelectualmente en las bellas artes. Porque de no conocerse y no conocer el mundo que lo rodea, ¿qué disparate estaría regalando al mundo aquel en quien fue encomendado vislumbrar más allá la vida a partir de lo que tiene y prevenir a la gente de sus visiones? ¿Acaso convendría que a un pastor que no sabe dirigir un rebaño o que no reconoce los peligros de los sitios a los que dirige sus cabras sea confiada esta labor? ¿O a un estratega militar en las mismas condiciones pedirle que defienda nuestras tierras de las tropas enemigas?

Continuando con esta idea: el poeta es la voz del pueblo; comprendido o no por el pueblo, esta especie de gaviero se esmera en anunciar grandes tesoros, o tormentas. Este ser dotado de gran inteligencia, elegido por fuerzas que sin embargo no puede cuestionar, es un “ladrón de fuego”, entra de lleno en la vida con sus peligros y sufrimientos, pero también es un gran observador. De sus vivencias sabe extraer la grandeza, porque jamás pierde su capacidad de asombro y este gran pilar sostiene su importante labor.

Tal vez en este punto pueda alguien pensar que el poeta siempre es irreverente, y, por lo tanto, desaforado en sus pasiones, contrario a lo que dice la norma y la moral.

Que el poeta, obedeciendo las prometedoras sugestiones de su daimon, o genio interior, crea por razones que desconoce, un prodigioso distanciamiento de “las greyes planas”, una taumaturgia de la personalidad; que este hombre, abominado por sus contemporáneos y desenterrado exquisitamente por épocas posteriores, sufrió un calvario que no podía rechazar, una maldición.

A esta, no del todo incoherencia, arguyo que el arte es ser absolutamente uno mismo y saber serlo. Piense el lector que todas las personas del mundo tienen los mismos gustos y personalidad, y habrá sentido el creador un mundo de lógica odiosa y falto de interés. El artista que se adentra sin mediocridad en los ríos del autoconocimiento empieza a esculpir minuciosamente las torres de su estilo.

Théophile Gautier, poeta francés.

La poesía es, sin duda, una aventura del espíritu, al igual que las otras artes. Pero, si es el poeta un visionario y un anunciador, ¿por qué habríamos de creerle a Gautier que la poesía, como la belleza, debe ser siempre inútil, bronce y mármol? Gautier nos dice que la utilidad debe estar necesariamente ligada al aspecto repugnante del hombre, es decir, a sus necesidades; y que, por esto, el objeto más útil de una casa es el retrete.

Sucede que el arte, la buena poesía, están ligados al recorrido existencial del hombre. No se debería atrapar el colibrí de la poesía porque perdería su magia y su esplendor, que solo puede ser aprovechado en pleno vuelo, aunque huya a toda posible descripción. De todo esto deben nacer síntomas de sabia bondad, útil en la enseñanza de la ética, morada del hombre. Quien ha captado verdaderamente un poema de Shelley podrá menos que reconocer aún más su morada en la Tierra.