La figura de Tiresias siempre ha llamado mi atención. El adivino tebano que, a pesar de su ceguera, tal vez fuera el griego con mayor claridad sobre los acontecimientos y el destino de los hombres. Él, desde la sensibilidad especial de su ceguera, es el único capaz de desentrañar el panorama del que  probablemente sea el primer relato policial de occidente. (Segunda parte).

 

Por: Cristian Cárdenas Berrío

Una ceguera para ver

La crítica arroja luz allí donde la densidad del texto exige del lector una mirada atenta, ilumina las tensiones que la literatura le genera al lector entre su existencia y las exigencias que dicha lectura le propone. Pero en ocasiones demasiada claridad, sobre todo cuando el sol llega de frente, nos impide ver los contornos, se nos escapan detalles, es necesario acudir a una mirada otra. El oficio crítico, en tanto ejercicio constante de la lectura atenta, bien puede consistir en el acto de devorar páginas y dioptrías. De esta manera aparece ante nosotros una imagen poderosamente significante, la imagen del crítico miope, aún más, la efigie del lector ciego.

La figura de Tiresias siempre ha llamado mi atención. El adivino tebano que, a pesar de su ceguera, tal vez fuera el griego con mayor claridad sobre los acontecimientos y el destino de los hombres. Él, desde la sensibilidad especial de su ceguera, es el único capaz de desentrañar el panorama del que  probablemente sea el primer relato policial de occidente. Aquella historia en la que Edipo busca al asesino de su predecesor en el trono de Tebas, para al final darse cuenta de que él mismo es el homicida y el antiguo rey su padre. Pero es Tiresias quien logra deshilvanar la trama de esta historia al comunicarle a Edipo su condición de parricida y ha sido también el adivino quien en el principio ha dado el consejo de hacer rey de Tebas a quien logre descifrar el acertijo de la esfinge. En otras palabras, Tiresias, a pesar de su ceguera, que digo a pesar, precisamente por ella, posee una visión otra, una perspectiva que comporta, al tiempo, las dos miradas aquí propuestas; la panorámica y profunda del narrador de Poe –conoce desde la profecía de Delfos, hasta el acertijo de la esfinge–, así como la mirada intersticial de Wang-fô, el profeta conoce los detalles mínimos del asesinato de Layo por parte de su hijo.

Paul-François Groussac fue un escritor, historiador, crítico literario y bibliotecario franco-argentino.

El linaje y la particular visión de Tiresias tienen una historia ancha y elevada en el terreno de las bellas letras. Como el profeta tebano, quien no nació ciego sino que adquirió su ceguera debido al encuentro con los dioses, así mismo grandes escritores y críticos literarios han adquirido su miopía    y su ceguera en el contacto cercano y permanente con la literatura; esta condición les ha dado igualmente una sensibilidad especial para acercarse a los textos. Aquí estarían, para nombrar solo a algunos, Homero y Milton, Borges y Huxley, Joyce y Sartre, Pérez Galdós y Paul Groussac; todos ellos heredaros de la luz profética del tebano, todos ellos grandes escritores, todos ellos oficiantes de la crítica en alguna de sus formas y todos ellos miopes, ciegos, bisojos o tuertos, inclusive. Pero todos ellos también dueños de luces particulares en el momento de iluminar los textos literarios desde su ejercicio crítico. 

Sí, la crítica arroja luz, pero en no pocas ocasiones es un fulgor diferente al material. Una luz desemejante a eso que los franceses del siglo XVIII dieron en llamar iluminismo. La crítica no solo aclara desde la razón, el buen crítico, como los del párrafo anterior, debe ser sensible y creativo, se acerca al texto no solo desde el andamiaje conceptual, sino que al igual que el invidente, explora la realidad –textual en este caso– desde los demás sentidos. En ocasiones, incluso, debe ser ciego a las exigencias académicas y teóricas para abordar los textos literarios con generosidad imaginativa y subjetividad dispuesta. Es precisamente esta particularidad de la gran crítica, la que la hace literatura, la que, si se quiere, la transforma en género; la crítica es también una suerte de poema intelectual.

Pero existen también otras cegueras en el campo de la crítica. En un maravilloso texto publicado en 1983 y titulado Visión y ceguera: ensayos sobre la retórica de la crítica contemporánea, Paul de Man afirma: “Dentro de la estructura del sistema: texto-lector-crítico (en el que el crítico se define como el “segundo” lector o la “segunda” lectura), el momento de la ceguera se ubica de manera diferente”. Sugestiva afirmación, menos por lo que dice que por las reflexiones que detona. El crítico de origen belga nos propone que el texto literario en tanto discurso comporta una serie de puntos ciegos y que es el crítico mediante su ejercicio quien trata –Derrida dixit– de “deconstruir” esta ceguera del texto. Aunque confina la actividad de la crítica literaria dentro de los límites de la teoría derridadiana, la explicación de De Man, coincidente en varios puntos con lo aquí expuesto sobre la crítica como esclarecimiento, es válida y oportuna.

 

La crítica como sistema

Sin embargo, me parece que no agota las posibilidades del concepto de “sistema” que utiliza en su afirmación. La palabra sistema nos propone un campo más amplio para la crítica que el del mero texto; nos propone, creo, un contexto. Un ámbito regulado por normas y procedimientos; principios y medidas; acuerdos y oposiciones; un vasto entorno de significación y producción que trascendería el texto como materialidad y discurso. No ignoro que este planteamiento, en sí mismo, desborda el espacio y pretensión de este escrito, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar, tan solo, algunos puntos ciegos de lo que se podría llamar –al menos por el momento– el “sistema de la crítica literaria”.

Debajo de la triada propuesta por el profesor de Yale, han corrido ríos de tinta. Referido el texto tal vez sea el componente sobre el que más se haya escrito, ni que decir sobre la crítica y, de igual forma, sobre lo que los recepcionistas han elaborado durante años alrededor del lector. No obstante, deseo aventurarme con este último aunque, como dije, solo referiré algunas de las dificultades que debe enfrentar un tipo especial de lector, no el lector en general –categoría etérea aunque consuetudinaria dentro de la teoría narrativa–, tampoco del lector ideal –esa suerte de ser mitológico o arquetipo platónico del que muchos hablan pero pocos definen–, sino como dije, de un lector particular, el lector de crítica literaria, aquel que dominicalmente rastrea suplementos, revistas y aún publicaciones académicas en busca de alguna promesa bibliográfica. Estas dificultades, pienso, son verdaderos puntos ciegos del sistema, es seguro que existen muchos más, pero aquí referiré de manera rápida solo tres.

El primero es sin duda el metalenguaje y el alto de los muros de los claustros universitarios que no permiten que la crítica académica –rigurosa y sensible en muchos casos– salga del entorno del campus. Los medios de distribución son escasos y en varias ocasiones la ultraespecialización del lenguaje utilizado en estas revistas hace que esta crítica sea casi inaccesible para el lector curioso que desea conocer nuevos horizontes literarios y reconocer aquellos que ya siente entrañables. Pienso, por ejemplo, en un amigo matemático apasionado por la literatura pero que siente desfallecer su capacidad de comprensión cada que se enfrenta a algunas de las publicaciones seriadas de muchas de nuestras facultades.

En un segundo lugar tenemos la que tal vez sea la mayor ceguera del sistema en los tiempos que corren. La industria del libro, con su mentalidad mercantil y sus editores gerentes –esos sujetos que, si les redita, venden la guía telefónica como una novela, argumentando que aunque no tiene trama, si tiene personajes– han arrinconado la crítica literaria casi que al punto de su negación. Sabidos de que esta clase de escritos no renta lo que su espíritu usurero espera, la han reemplazado por la publicidad, de tal suerte que los comentarios y la valoración de los libros que publican se limita casi de forma exclusiva a las presentaciones de los mismos y las giras del autor promocionándolos. Y digo casi porque la tercera ceguera se desprende de esta situación de poner la publicidad donde antes estaba la crítica.

El tercer punto ciego sería esa especie nueva de críticos que, a falta de mejor nombre, llamaré “solapados”. Los críticos de solapas y contra-carátulas ejercen la valoración de los textos que comentan desde el interés pecuniario de aquellos que ponen pan en sus mesas o en ocasiones devolviendo un favor al autor. No es atrevido afirmar que en este momento hace ya falta una historia de las críticas de solapas y contracubiertas. En su afán de promocionar la obra que deben comentar con ánimo de lucro, estos “críticos” llegan a escribir perlas como esta que tengo a mano en este momento sobre un libro de cuyo nombre es mejor no acordarme, donde nos dicen que allí encontraremos “una zona impensada de material semántico”, o aquella otra que nos presenta la obra como “una espléndida selección de trozos alucinados”, pero la mejor tal vez sea una que alguna vez leí en un libro divulgación que afirmaba que “esta obra se lee sola”. Únicamente la publicidad, nunca la crítica, se atrevería a vendernos un libro que no necesita de un lector. Aunque en beneficio de estos críticos incomprendidos haya que decir que se requiere mucho ingenio para incurrir en cada solapa que escriben en una sandez genial.

Francis George Steiner, es un profesor, crítico y teórico de la literatura y de la cultura

Contrario a la publicidad, la crítica, es menester decirlo, es un acto de amor. De amor por los libros, por el saber, por la literatura y, cómo no, de amor y respeto por el otro para quien está escrita la crítica. No es otra cosa que amor lo que se encuentra, por ejemplo, en los textos críticos de Claudio Magris; es afecto y lealtad a sus primeras lecturas lo que vemos en los textos de George Steiner; es infinita pasión y un sentimiento que podemos ubicar un poco más allá de la veneración lo que plasmó Erich Auerbach en su famosa Mimesis; es, en fin, amor –pero en su versión cristiana de caritas, debido a su catolicismo– lo que hallamos en las glosas y comentarios de Nicolás Gómez Dávila a sus lecturas.

Para finalizar, ya que estas consideraciones se están alargando más allá de lo que el decoro aconseja, quiero declarar también el afecto y respeto que siento por el ejercicio de la crítica literaria. En vista de que sobre otros géneros abundan los brindis, he pretendido que las presentes líneas, más que un brindis, sean un alegato en favor de la posibilidad de que alguien, alguna vez, llegue a proponer uno por la crítica literaria. La tradición e historia del brindis es larga y variopinta. En literatura, para mencionar solo un ejemplo, se podrían editar ya en varios volúmenes los brindis que los ganadores del premio Nobel suelen hacer en ese interregno, glamurosamente grave, que se extiende entre el otorgamiento del galardón y la cena de celebración, muchos de los cuales –dicho sea de paso– constituyen iluminadores ejercicios críticos. En el ámbito de la música el camino del brindis también es extenso, pero hay una canción en particular que forma parte de la banda sonora decembrina de Colombia, en ella, de manera nostálgica y melodramática, se nos habla fundamentalmente de una ausencia y se nos propone, por medio de un coro más que obsesivo, que realicemos un brindis por el ausente.

Pareciera que la crítica literaria en nuestra nación es precisamente esto, una ausencia. Con excepciones fulgurantes –Sanín Cano, Téllez, Valencia Goelkel, Volkening–, entre otros pocos en un siglo, en un país de poetas y gramáticos extraviados en la política, la crítica literaria se ha ejercido desde el anecdotario o desde la corrección de estilo. Por largo rato la “crítica” entre nosotros se ha dirimido en el chascarrillo de coctel o en la morfosintaxis. Mientras los unos nos narran los íntimos pliegues de la amistad largamente sostenida con el autor, otros se dedican a corregir su ortografía. Solo algunas veces encontramos la atención y la tensión necesarias para el ejercicio de la crítica literaria. Es esta actitud la que se echa en falta, la que se reclama. Estas líneas bien pueden ser parte de ese reclamo y bien pueden ser también, como la canción, un brindis por la ausente, para que pronto, ojalá, esté presente.