LECTURAS COMPARTIDAS

Es cierto que algunos leen porque encuentran en la lectura esparcimiento, diversión, alegrías (y eso, por supuesto, está muy bien); pero otros, en cambio, leemos porque necesitamos reconocer nuestras íntimas heridas en su frágil y desnuda magnitud.

 

Por / Jhonattan Arredondo Grisales – Ilustración / Stella Maris

Leemos porque algo nos hace falta.

Ahora lo sé con claridad porque durante un año, el año más extraño y difícil que he vivido, tuve la fortuna de orientar un club de lectura para jóvenes y adultos en la Biblioteca del Banco de la República (Centro Cultural Pereira). Allí, gracias a dicha experiencia, afirmé que los lectores son una legión de personas para las que el mundo, aun con sus deslumbrantes maravillas y sus vastos misterios, siempre resulta insuficiente. El reto en un inicio era claro: escoger un conjunto de libros que lograran cautivar, cada miércoles, a la población que estaba dirigido los encuentros. Sándor Márai, Elena Ferrante, Philippe Claudel, John Williams, Orhan Pamuk, J. M. Coetzee, eran algunos de los autores en los que había pensado. Lo cierto, en fin, es que disponía de una extensa e interesante lista que bien funcionaría como carnada.

Y funcionó. Sin embargo, con el paso del tiempo y con las reflexiones que surgieron en torno a la incertidumbre que ocasionó el confinamiento, la cuestión inicial (¿qué libros leer?) se transformó en una inquietud mucho más profunda: ¿Qué es lo que hace la literatura en nosotros? Debo decir que su sola formulación me dejó desconcertado. ¿Cómo es posible que me dedicara a este oficio y no me hubiera hecho esta pregunta? Estudio literatura con una devoción enfermiza, entrego gran parte de mis ganancias económicas a las librerías, además, suelo leer ensayos críticos donde se discuten los propósitos de la literatura y cada tanto dedico horas a ver conferencias de expertos en el campo de las letras. Pero fue en una conversación entre promotores de lectura donde alguien lanzó el dardo sin recibir ninguna atención.

No sé por qué todavía esperamos lo contrario. El caso es que en otro espacio conté la anécdota e intenté ofrecer una respuesta. Dije: “Si leer es un acto religioso; la literatura, por su parte, es la auténtica manifestación de un milagro: nadie puede impedirnos imaginar lo que queramos, incluso, si lo que imaginamos ya no pertenece a este mundo. Eso es lo que hace la literatura en nosotros”. Viéndolo en retrospectiva creo es una respuesta ambigua. O tal vez no sea una respuesta ambigua, sino, más bien, una solución que intrínsecamente exige una mirada singular. Porque una cosa son las historias que se escriben y otra cosa cómo se leen, es decir, cómo los lectores se apropian y abandonan a los universos que surgen a través de la invención. Ricardo Piglia, un escritor argentino que aprecio por su obra ensayística, lo dijo mejor mientras se refería a uno de sus maestros: “La ficción es también una posición del intérprete”.

Es cierto que algunos leen porque encuentran en la lectura esparcimiento, diversión, alegrías (y eso, por supuesto, está muy bien); pero otros, en cambio, leemos porque necesitamos reconocer nuestras íntimas heridas en su frágil y desnuda magnitud. Leer en este sentido es desnudarse sin el pudor de ser vistos por miradas desconocidas. Como saben, muchos de nuestros secretos son revelados mientras pasamos las páginas que se convierten en el cómplice que guarda una silenciosa confesión. Por eso las angustias son menos desoladoras cuando descubrimos, al repasar, una y otra vez las mismas líneas, que no estamos solos en este minúsculo punto azul del universo. Sí: abrimos un libro porque sentimos que, en la ficción, en esa “mentira verdadera”, está cifrada la insondable geografía de nuestras desventuras.

Soy un nostálgico contumaz; pero asimismo debo mencionar que esas efímeras felicidades clandestinas que en ocasiones nos sorprenden son más reales, mucho más reales, cuando las vemos representadas en las historias que leemos. Es como si la literatura existiera para decirnos que ese desajuste, esa extrañeza con la realidad, se puede paliar con la imaginación. Quizás la única quimera que nos permite escapar a las estrellas y, a su vez, asentar los pies sobre la tierra. Por ejemplo: que el volcán que vemos desde nuestras terrazas, allá a lo lejos, sea tanto la alegoría de una insospechada fuerza que llevamos en el interior como la poderosa amenaza ardiente que señala su poder en la cima de una montaña. En esa constante tensión se encuentran nuestras búsquedas y la promesa de un esperado incendio.

La relación con el incendio no es gratuita. En la reciente novela que leí, una novela profundamente humana (y no puedo dejar de resaltar que es una historia atípica en la narrativa colombiana), el personaje central cuenta que a veces, cuando un rayo cae sobre un árbol, una de sus chispas se queda dentro de él, dormida durante horas o días, hasta que de repente la inofensiva descarga eléctrica hace que el árbol arda en una autocombustión que lo arrasa todo a su alrededor.  Pensando en la pregunta “qué hace la literatura en nosotros”, creo que en esta anotación sobre el rayo incubado podemos encontrar una metáfora que, espero, sirva de respuesta: llegar a los libros creyendo que en algún momento sus lecturas se convertirán en esa chispa que generará una inmensa llamarada en nuestras vidas.

CODA: La novela de la que hablo se llama Aves inmóviles del escritor Julio Paredes, quien, recientemente, recibió el Premio Nacional de Novela otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia.

@Jhonattan_1990