Los acertijos de la ficción

Los textos de ficción nos atraen, entre otras razones, porque plantean una urdimbre de acertijos que se despliegan ante los ojos del lector sin que éste pueda responderlos todos: ¿Quiénes son esos seres dotados de ideas y sentimientos, que vagan por lugares tan reales como imaginarios? ¿De dónde vienen y hacia dónde se dirigen esas criaturas dotadas de sueños, de anhelos, de deseos y que por eso mismo gozan, sufren y padecen frustraciones del nacimiento a la muerte, hasta que que se disuelven en la nada, como todo?

La tentación más fácil es decir que vienen de la mente del autor, lo que remite a una nueva suma de paradojas bastante parecidas a las propuestas por Douglas R. Hofstadter en su libro Godel, Escher, Bach, Un eterno y grácil bucle.

¿El  autor es un creador o es un medium? ¿Es un demiurgo o un simple instrumento de sus fuerzas inconscientes? ¿ Es la mente del individuo o la mente-mundo la que escribe?

Como, en caso de que tengan respuesta, todas esas preguntas sólo pueden conducir a nuevos interrogantes la opción más socorrida es echar mano de los prejuicios, esa suerte de habitación a oscuras en la que nos sentimos seguros… hasta que la vida nos obliga a echarnos a la calle, donde no tardamos en descubrir que esas ideas fijas son en realidad un obstáculo para comprender todas las dimensiones del vasto universo.

Traigo todo esto a cuento a raíz de la lectura de un texto firmado por Margarita Rojas y publicado el 10 de octubre de 2020 en el portal web La cola de Rata, bajo el título Literatura misógina: El vuelo de la reina, alusión a la novela del escritor argentino Tomás Eloy Martínez (ver).

De entrada, el  artículo plantea una declaración de principios: “Al momento de terminar este libro sabía que necesitaba escribir algo al respecto. Estaba incómoda, angustiada y algo confundida”.

Buen punto de partida: lo mejor que le puede pasar a un libro es que escriban acerca de él.

Hasta ahí todo resulta claro: incomodar, angustiar y confundir son algunos de los efectos colaterales de toda obra de arte digna de ese nombre. Para tranquilizar espíritus están los libros de auto superación.

Pero luego la autora esgrime una secuencia de sustantivos adjetivos -repulsión, repugnancia- enfocados no a calificar sino a descalificar la obra de otros autores contemporáneos como los norteamericanos Charles Bukowski, David Foster Wallace y el francés M. Houllebecq, tachándolos de misóginos.

Y digo que no son reflexiones, porque la autora insiste una y otra vez  en que la lectura de la novela le produjo repulsión y repugnancia y eso la llevó a escribir su artículo. Puras reacciones instintivas que, bien lo sabemos, son el germen de todas las ideas preconcebidas.

Bueno, náuseas, asco y fastidio es lo que siente uno leyendo muchas de las grandes obras de la literatura universal y eso no las invalida. Todo lo contrario: revela  su potencial como instrumento para comprender el mundo, disfrutar de su belleza y denunciar sus atrocidades.

Pienso, por ejemplo, en las visiones del infierno de Dante Alighieri, en la obra de  L. F. Céline o en las novelas de Donatien de Sade, rebautizado por sus  fieles  devotos como El Divino marqués.

¿Era Dante  “dantesco” o  era  “sádico” Sade?  ¿Era “maquiavélico” Maquiavelo?

Es más: ¿era Mark Twain un supremacista blanco porque recrea con entrañable patetismo la vida de los negros y su equívoca relación con los anglosajones en las riberas del río Mississippi?

Por supuesto que no, como no es Nabokov un pederasta por mostrarnos los abismos del sexo casi senil de un profesor con una  alumna  niña, ni es Ernesto Sábato un sicópata por desvelarnos detalles de seres tan alucinados como Alejandra Vidal Olmos o el pintor Juan Pablo Castel, el asesino de María Iribarne.

Ellos son simplemente escritores de su tiempo, o para decirlo con palabras del propio Tomás Eloy, “sismógrafos” de su tiempo. Narran el sismo pero nada tienen que ver con él.

Si todas las formas de discriminación y abuso aparecen en esas novelas es porque ya están en el mundo.

Para no sucumbir a esos reduccionismos fáciles es necesario tener claras las claves y los procesos de construcción de un personaje de ficción. Si este tiene la suficiente solidez para moverse solo por el mundo, a menudo trasciende al propio autor y puede incluso expresar una cosmovisión contraria a la de su creador.

De ahí lo riesgoso que resulta hablar del personaje como un “reflejo” o un  alter ego del autor: los personajes de Shakespeare no son Shakespeare. La ficción es algo mucho más complejo y fascinante que eso. Es una trama de enigmas que, para bien nuestro y de la literatura misma, nunca lograremos resolver.

Decir entonces que El vuelo de la reina es “ Literatura misógina” conlleva un grave riesgo para el lector: reducir las obras y los autores a subgéneros formulados desde los prejuicios de cada quien.

Siguiendo esa tónica, no tendríamos literatura grande o mediocre, sino libros de ficción racistas, clasistas, comunistas, fascistas, homofóbicos, feministas o sexistas.

No sé qué pensarían Safo de Lesbos, Virginia Woolf o Margueritte Yourcenar si se vieran de repente cobijadas bajo la etiqueta de  “Escritoras feministas”, por ejemplo.  En realidad, ellas eran sólo mujeres geniales que escribían, poniendo todas las facultades de su talento al servicio de una obra.

Fue eso lo que las hizo grandes, no su inexistente militancia.

Así pues, algunos personajes de El vuelo de la reina pueden resultar misóginos para la mirada de algunos lectores. Y hasta ahí eso es válido. La literatura tiene, cómo no, un ineludible componente político. Pero confundir a Tomás Eloy Martínez o a cualquier gran escritor con sus personajes supone la desventaja de aproximarse a ellos con el lente de los propios prejuicios -lo que Margarita Rojas llama “ Las gafas violeta”-  reduciendo a la mínima expresión la infinita gama de matices con la que una buena obra de ficción se permite enriquecer el mundo.