Mientras duró el romance tuvo la certeza de que su Giovannino era, a su lado, tan feliz como él. Sin embargo, un día llegó a sus manos un escrito anónimo con la revelación de la traición del joven. Lo acompañaban dos o tres fotografías que mostraban la carne del muchacho expuesta a los rigores de un sol ecuatorial. Y unida a él, en un abrazo obsceno, la desnudez de morsa putrefacta del Cardenal Florencio Rosso.

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Por: Hernando López Yepes

Los pasajeros del autobús expresan su molestia por el frío extremo; comparten su disgusto por el precio de la pasta; hablan de su dolor por la renuncia del Papa Benedicto. El Cardenal Doménico Guardini trata de no escucharlos; él ocupa su mente en asuntos más complejos: busca desentrañar la verdad que subyace en la crisis Cristológica creada por Eutiques, en Constantinopla. Comparte lo afirmado por Duquoc en cuanto se refiere a “la dificultad de comprender lo que pensaba Eutiques (de quien no se conserva escrito alguno) y en la imposibilidad de conocer incluso si pensaba en algo”. El vehículo llega a su destino, el Cardenal desciende. Hoy se ha vestido de paisano con la intención de confundirse entre las gentes, cual si fuera un peregrino o un turista.

El Cardenal cruza la plaza, se detiene un momento frente al templo de Santa Inés, por quien siente devoción. No entra en él, se aleja del lugar, franquea el puente. Ráfagas de neblina ascienden a su rostro; el eco de sus pasos sobre el suelo empedrado golpea sus oídos. Después de recorrer un buen trayecto se detiene ante una trattoria de modesto aspecto. Entra en ella, busca una mesa en un sitio apartado, pide un filete doble de ternera con jamón y salvia; también una botella de vino PInot Noir. Mientras le sirven   toma su teléfono y llama a su abogado.

El prelado devora su ternera, bebe su vino, vuelve a sus reflexiones. A él le parece ineludible defender una naturaleza única de Cristo. Es partidario de “la no-búsqueda” y coincide con Bultmann en que es obligatorio renunciar a la figura del Jesús del Evangelio. Considera que una Cristología, para ser auténtica, no tiene que apoyarse en los modelos apostólicos. No le interesa esa historicidad concreta y personal que propone la hermenéutica. Al Cardenal Doménico Guardini le parece absurdo fundamentar el dogma en la imagen fragmentaria de un Jesús, quizás imaginario.

Un hombre joven entra al restaurante, el Cardenal lo observa. Sus facciones de ángel vengador le traen a la memoria a “su caro Giovannino”, un jovenzuelo que hace poco tiempo se acogió a su protección. Su eminencia recuerda, con nostalgia, en qué forma le atrajo la belleza del muchacho: su vigor levemente sugerido, sus gestos controlados, su mirada ausente. El Cardenal Guardini siente repulsión por la vitalidad extrema; le aterran los contactos con la carne que hiede, espumante de grasa y de sudor. Y aunque parezca extraño rechaza las criaturas exageradamente frágiles. Nunca les ha prestado oído a los gemidos de cordero atado de los muchachos púberes.

Mientras se hace presente el abogado, se ocupa en recordar las circunstancias de la primera fuga con su “Gino”. Aún le parece estar con él en el museo de los Uffizi, ante Flora: esa extraña figura  de “La Primavera”. El Cardenal Guardini considera que Sandro Botticelli plasmó en este ser, de sexo indefinible, una belleza que reclama en el observador el anhelo del infierno. Sabe que él moriría en la contemplación de esa boca lasciva aunque perdiera, por hacerlo, la vida misma y el derecho al cielo. Siente fascinación por esos ojos que se niegan a ver a quien los mira. Su amado Giovannino fue, en Florencia, para él, una Flora rediviva, carnal e inmaterial. Nunca ofrecida y pocas veces entregada.

Mientras duró el romance tuvo la certeza de que su Giovannino era, a su lado, tan feliz como él. Sin embargo, un día llegó a sus manos un escrito anónimo con la revelación de la traición del joven. Lo acompañaban dos o tres fotografías que mostraban la carne del muchacho expuesta a los rigores de un sol ecuatorial. Y unida a él, en un abrazo obsceno, la desnudez de morsa putrefacta del Cardenal Florencio Rosso.

El Cardenal Guardini no logra comprender, aunque ha empleado en ello numerosas reflexiones, cómo pudo atreverse El Cardenal Obispo a desnudar sobre la arena y a la luz del día esa preciada flor digna de estar en la penumbra de un salón, o en el claustro de un templo. Al ser interrogado, “Gino” guardó silencio. Actuó como una rosa que no sabe del dolor que han causado sus espinas.

Después tuvo un romance pasajero con Luigino, virtuoso del violín. Luigino resultó ser un demonio que tenía mil manías y una sensibilidad cercana a la locura. Al igual que a Chopin, a Luigino “la arruga que se forma en un pétalo de rosa o la sombra de una mosca, podían enloquecerlo”. Cortó la relación la noche misma del primer escándalo. Cuando se habla de amor, en su presencia, el Cardenal expone su consideración de que “el amor no es una pera en dulce”.

El abogado Lupo se presenta. Acepta consumir sólo una copa, otra cita lo espera. Recibe de las manos del prelado unos cuantos documentos y una impresión de voz; ambos concuerdan en que estos testimonios harán brotar una espesa columna de humo negro contra la pretensión de Rosso de acceder al Papado.   Su excelencia le exige al abogado la promesa de que los Cardenales citados para El Cónclave habrán de conocer estas blasfemias antes de cinco días. Insiste en la importancia de guardar en secreto la fuente de las pruebas. El letrado recibe un anticipo de su pago, se despide.

El Cardenal cruza otra vez las retorcidas calles del Trastévere, atraviesa el viaducto sobre el Tíber. El aire frío de la noche pesa en sus pulmones. Al entrar en la plaza tropieza con   un grupo de mujeres que danzan, entre gritos, frente a una fumata de color fucsia o rosa. Más allá, algunos hombres sostienen en sus manos fumatas de colores que simulan arcoíris. Unos y otras reclaman su derecho a ejercer el sacerdocio. El Cardenal se aparta de estas gentes. La luz artificial ilumina las estatuas de Los Cuatro Ríos. El rumor de las aguas cobra fuerza. Monseñor se detiene; trata de darle alivio a su respiración. Recuerda, una vez más, las palabras pronunciadas por Florencio Rosso. No acierta a comprender en qué pruebas fundamenta su afirmación de que “El Catolicismo está empeñado en caminar de espaldas a la vida”. Califica de herética su torpe enunciación de que “cielo e infierno son estados de la mente”. Le duele, de igual modo, su declaración de que “las jerarquías Católicas carecen de interés en La Acción Pastoral”; le duelen, además, otras cosas que no quiere recordar…

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Estos pronunciamientos fueron hechos por Florencio Rosso en una cena íntima, hace pocas semanas. El Cardenal Obispo desconoció que en ningún lugar del mundo (mucho menos en Roma) existe paraíso sin serpiente. Uno de estos ofidios   tuvo la precaución de grabar su discurso y hacerlo conocer del Cardenal Guardini. En las altas esferas se conoce el temple de este hombre Santo que hace esfuerzos ingentes por mantener en el seno de la Iglesia una fe preocupada. El Cardenal Guardini es un convencido de la necesidad de reparar en forma pública las faltas cometidas por los miembros del clero. Así lo ha consignado en sus escritos: “La expiación debe ser, para un pastor católico, el único camino de purificación”. Él considera ser, ahora, el nuevo San Jerónimo que arroja al fuego eterno a Tomás El Santo, por Aristotélico.

Su eminencia se aleja de la Plaza. Su cuerpo, resentido por la larga caminata, se desplaza torpemente. Lamenta no poder visitar esta noche su amado Caffé Greco, lugar donde le sirven las tortas de pistacho con queso mascarpone que él adora. Tres cuadras más allá aborda un taxi. El conductor inquiere por el  sitio de destino, el Cardenal le entrega las señas de un lugar cercano a su palacio y vuelve, una vez más, a sus oscuras reflexiones. Analiza los hechos de los últimos días. Se felicita por haber hallado alivio para su alma y protección para su Iglesia. Él se ha educado en el conocimiento de que “Si quieres ocultar una guerra pequeña debes enmascararla en otra guerra, de mayor envergadura”. El vehículo avanza. El Cardenal no cesa de pensar. Él reflexiona, reflexiona, reflexiona…