
Por: J. F. Arias
Desde tiempos remotos, cuando la humanidad apenas era consciente de las maravillas que esta nueva tierra ofrecía, el licor, amigo o enemigo, apareció para ser el gestor de innumerables acontecimientos que podrían tildarse de buenos o perversos, según convenga. Aunque el primer y más célebre encuentro del hombre con el licor resultó ser todo un fiasco. Cuando Utnapishtim o Ziusudra o, para que me entiendan mejor, Noé, primer borrachín postdiluviano, se dio cuenta de que Cam le había hecho bullying al pillarlo ebrio, desnudo y hablando con ese personaje invisible y misterioso que había hecho llover durante cuarenta días y que le había ordenado construir un arca gigante, no dudó en castigarlo de una manera ejemplar. Esas burlas le salieron carísimas a Cam. El viejo, dolido por las mofas y los abusos de su hijo, maldijo a toda su descendencia, sentenciándola a una vida de total sumisión y servidumbre. Algunos investigadores afirman que por dicha maldición, los hombres y las mujeres de piel oscura, descendientes de Cam, han sido esclavizados y discriminados a través de la historia.
Pero bueno, no he venido a contar hipótesis bíblicas o teorías racistas, he venido para contar cómo el licor ha intervenido de manera protagónica en la vida de varios escritores de renombre. El licor ha sido, per sécula seculórum, emancipador, liberador de la verborrea de los soñadores, los enamorados y los falsos poliglotas. Compañero fiel de los solitarios, los aburridos y los despechados. Tan mágico que hace olvidar las penas, las deudas y convierte a las feas y a los feos en princesas o príncipes mientras el verdugo aún está bajo su hechizo. A veces tan cruel que derrumba familias, inicia guerras y destruye espíritus que prometían.
En fin. Del licor podrán decir infinidad de cosas, buenas y malas. En esta ocasión lo enalteceré en pro del efecto metabólico que produjo en el organismo de algunos genios de las letras que frecuentaron tabernas y prostíbulos antes de agarrar una pluma o sentarse frente a una máquina de escribir. Desde Ovidio y su Metamorfosis, hasta nuestros días, varios escritores han creado obras maestras en estado de embriaguez. Póngase no más en Google las palabras alcohol y literatura y en 0.39 segundos aparecen 666.000 resultados. ¡Qué número tan particular!
He aquí, apreciados y desocupados lectores, algunos de los más célebres Escritólicos (amantes en exceso de las letras y el licor):
Dante Alighieri (Cobarde bebedor de vino): El vino siembra poesía en los corazones, decía el florentino. Me imagino que empezó a beber licor de viejo, para describir el Cielo y el Infierno; porque si se hubiera embriagado de joven, ese impulso coquetón y libidinoso que produce el vino toscano lo hubiera animado para decirle, siquiera, un piropo a su adorada Beatriz.
Antón Chejóv (Bebedor consumado de vodka): Un hombre que no bebe no es, en mi opinión, completamente un hombre, decía el médico ruso. El maestro del relato corto, en la mayoría de sus obras, no podía dejar de lado el papel secundario pero preponderante de uno de sus mejores amigos, el vodka. Escribió más de mil cuentos, muchos de ellos bajo seudónimos diferentes y hasta pendejos: Antosha Chejonte, V, El hermano de mi hermano, el médico en prácticas, Smirnoff Chejóv y Antón de Absolut (Los dos últimos nunca existieron. Patrañas del autor).
Charles Baudelaire (Bebedor de absenta, vino y lo que le pusieran sobre la mesa): Hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: la única cuestión. O, el vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar o despreciar, amar u odiar; ni cuantos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos y tratémosle como a un igual, decía el autor de las flores del mal. Baudelaire fue, junto con mi querido Poe, amigo íntimo de los excesos. Otros podrían considerar a este par como científicos, genetistas, creadores de una nueva raza de escritores viciados por los pecados de la calle, capaces de componer obras excelsas que, a pesar de sus rivales mojigatos, sobrevivieron para conquistar las cumbres del Olimpo. Baudelaire, por ejemplo, no salía de los prostíbulos del Barrio Latino, donde la poesía y su desbordado cinismo lo exhortaban a tomarse varios litros de alcohol para estar a la par de su querida La Louchette, y contemplar de forma distorsionada ese mundo sórdido en el que se había perdido desde los años mozos.
Ernest Hemingway (Bebedor de vino, ron, whisky y toda clase de cócteles): El vino es la cosa más civilizada del mundo, decía. Un hombre no existe hasta que se emborracha, otra más. El nobel norteamericano es uno de los infaltables en esta pequeña lista. Fue famoso por su amor a la bebida, a las mujeres, a la aventura y por quebrarse casi todos los huesos del cuerpo. Si no hubiera sido periodista y novelista se habría entretenido sirviendo y bebiendo toda clase de cócteles tras la barra de una taberna en La Habana, hasta el día en que un par de hombres, de dudosa reputación, le comentaran sobre su gran parecido con un exboxeador sueco. Se habría largado de ahí, asustado, rumbo a Pamplona, para mezclarse de blanco en los encierros de San Fermín.
Charles Bukowsky (Bebedor de todo lo que contenga alcohol): ¿Por qué bebo alcohol? Porque ninguna buena historia comienza con un: estaba yo comiéndome una ensalada… Esta es una de las tantísimas frases de este prolífico autor, miembro honorifico del movimiento literario conocido como Realismo sucio. Tal como escribió así vivió. Hoy es considerado un escritor de culto. Novelas, ensayos, poemas, cuentos y guiones cinematográficos hacen parte de su obra, la que nunca ocultó ni maquilló ese lado oscuro del ser humano. Barfly, película de 1987, protagonizada por un magnífico Mickey Rourke, son un poco la síntesis del portafolio literario de Bukowsky. Yo no soy bebedor, pero hubiera hecho una excepción para tomarme unos tragos con este señor. Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo. Otra de mis frases favoritas de Bukowsky.
Truman Capote (Bebedor de martinis): Soy alcohólico, drogadicto y homosexual. Soy un genio, decía abiertamente Capote, sin miedo y con cilantro entre los dientes. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o en un diván y con un cigarrillo y café a la mano. Tengo que estar chupando y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, cambio de café a té de menta y de jerez a martinis. Otro genio de la literatura que necesitaba del licor para relajarse y encontrar la tan arisca inspiración. A veces me lo imagino ebrio, entrevistando a uno de los asesinos de la familia Clutter: ¿Y usted los mató? Sí, ya le he dicho mil veces que sí. ¿Le he dicho que tiene unos ojos hermosos? Sí, señor Capote, desde la primera entrevista. ¿Tienes una aspirina y un café? El abatido Perry Smith no contestaría otra pregunta más. El tufo de Capote lo incomodaba.
Del sombrero de estos magos salieron personajes con roles de machos-bebedores, machos-bebedores-golpeadores, machos-bebedores-golpeadores-violadores y machos-bebedores-golpeadores-violadores-asesinos. Protagonistas o antagonistas que han aterrado a los lectores por generaciones. Me atrevería a decir que las patologías de estos personajes, fuera de la ficción, han contribuido a la resolución de crímenes, teorías psicológicas, científicas, y han sido el motor de muchas de las leyes que están en contra del consumo y abuso del alcohol.
Definitivamente el licor ha jugado y seguirá jugando un papel crucial en nuestra historia, para bien o para mal.
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