UNA EXAGERACIÓN, UNA HIPÉRBOLE

El arte es sin porqué, como la rosa de Silesius; como todo. Borges, recordando además a Whistler, decía que “el arte sucede”. La vida sucede, simplemente, y al suceder derrocha exuberancia.

 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

¿De qué sirve escribir un poema o leerlo? Hay quien no lee poemas, habrá quienes los leyeron en algún momento de su vida, pero ya no, y quienes no los han leído nunca, aunque esos son, seguro, muy pocos, porque algún verso debió, al menos, acercarle el sueño. Seguro en todo caso que son muchas las personas que no encuentran útil un poema, o que además de superfluo, lo consideran una franca pérdida de tiempo o de esfuerzo intelectual, porque, al fin y al cabo, ese es el inconveniente mayor: el esfuerzo mental que requiere, la necesidad de comprensión o imaginación que exige la lectura de un poema.

Y no se trata de un reproche. Tal vez, incluso, alguna razón tengan quienes no quieran hacer esfuerzo y solo estén en la vida a la espera de algo indefinible, casi como sentados, siempre, en una silla en el jardín o la terraza de su casa, viendo cómo anochece, sin pensar, y espantando uno que otro mosquito y cualquier pensamiento o curiosidad inoportuna. Seguro esa manera de estar, como la de un pez en una pecera, sea más útil, o al menos más eficiente, aunque no más natural.

Nada ni nadie requiere de un poema. Su creación y existencia es tan superflua como en últimas lo es casi todo. Y puestos en esta reflexión podemos hacer una relación de las cosas o seres prescindibles, y la lista es agobiante. Comenzando por la naturaleza, que es increíblemente diversa; ni siquiera la razón de la vida misma parece ser suficiente para explicar la exuberante manifestación de especies o de formas de existencia. Sobran árboles, plantas, animales, pensamientos, hechos. Sí, sobra casi todo. Bastaría con una sola forma de vida, la más eficiente de todas. Sería suficiente con que hubiera bacterias. O yendo más allá, sería suficiente con que no hubiera nada.

Pero no, resulta que, por alguna razón no comprensible, las bacterias se fueron diferenciando, y a partir de ellas comenzaron a surgir organismos cada vez más complejos, y estos a su vez se fueron especializando hasta alcanzar un número y una diversidad abrumadora. Y la razón de ser de tal profusión y diversidad no puede explicarse, o al menos no en términos de productividad y eficiencia. E igual parece que sucediera con nuestras actividades y con las manifestaciones humanas. Los sentidos, tan útiles en términos de percepción, dieron cabida a una serie de placeres también diversos y poco prácticos e ineficientes. Oír, al depredador o a la presa, pasó a ser secundario, y dio cabida en cambio al gozo de la escucha y la generación de melodías hermosas. Al gusto no le fue suficiente con alimentar el organismo, sino que devino en el disfrute de sabores y en la mezcla de estos. Igual con el tacto, el olfato, la visión y el sexo.

En resumen, somos y estamos rodeados de un listado de inutilidades. Nuestra vida, y la naturaleza toda, es una lista de excesos de consumo energético, de derroches incomprensibles. Cientos de millones de formas de vida, de ideas, de complejidades, de posibilidades; porque, para colmo, no basta con lo ya existente, sino que además el universo es un constante laboratorio de creación. Tal vez, la máxima diversión de Dios fue crear dioses generadores de más inutilidades.

El arte, como la orquídea que se regodea en las trampas que ha diseñado para atraer a la avispa de colores excéntricos, y que de paso vive entre peñascos invivibles casi sin necesidad de agua, es, también, inútil. Son ambos, arte y orquídea, hipérboles existenciales. Exageraciones, y no leves. Así que toda respuesta a la pregunta acerca de la utilidad o inutilidad del arte se nos escapa. O mejor, es que no viene siquiera al caso. Johann Scheffler, el místico panteísta y poeta alemán del siglo XVII conocido como Angelus Silesius, escribió: “La rosa es sin porqué, / florece porque florece, / no tiene preocupación por sí misma/ no desea ser vista”.

El padre del poeta Adam Zagajewski era un ingeniero, un hombre recio, pragmático. De tal forma que el oficio de su hijo lo descolocaba. Decía que la poesía, no solo la de Adam, era “una leve exageración”; seguro hubiera preferido decir simplemente: “una exageración”, una hipérbole. Como si sus números no lo fueran también. Como si las posibilidades derivadas del cálculo, la geometría o las matemáticas no hubieran sido el secreto de las creaciones de Bernini y Borromini. O como si la Bauhaus, con todo y sus aparentes líneas básicas, no fuera también un despropósito de las formas, una exageración del volumen y el color.

El arte es sin porqué, como la rosa de Silesius; como todo. Borges, recordando además a Whistler, decía que “el arte sucede”. La vida sucede, simplemente, y al suceder derrocha exuberancia. La existencia es un exabrupto inexplicable y dichoso, sobre todo si, además, hay poesía, por eso algunos no podemos vivir sin ella, y con su lectura celebramos la inmensa e incomprensible inutilidad universal, que empieza o continúa justamente con nuestra presencia.

@PabloFArango