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Luz y erotismo en la profundidad de la noche

Y es allí, en ese preciso momento, cuando las palabras empiezan a rompernos el coco, a volvernos locos. Ellas se resisten, se ocultan detrás de todas las imágenes que danzan en nuestros pensamientos y se funden frenéticamente y a la vez con mesura en los recuerdos ¡Ah! ¡Los recuerdos! ¡Las soledades! Entonces, empezamos a seducirlas, poco a poco vamos entrando en ese mundo, en ese universo extraño, mágico y caótico que parece ser desentrañable para intentar descifrar sus enigmas, sus más íntimos misterios. Es un juego similar al de los enamorados.

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Por: Jhonattan Arredondo Grisales


Algunas veces las palabras se encuentran en silencio, se sienten solas, vacías y perdidas. Viven en un falso abandono, pues éstas deambulan dentro de nuestras cabezas en busca de un lugar en donde refugiarse, en donde escudriñar nuestros pensamientos y en donde roer por ellos como los ratoncitos de Hanta; van y vienen hasta que logran quedar satisfechas, aunque hay unas que siguen prófugas y esperan el momento y el lugar indicado para que sean develadas.

Por esta razón, aquellos bohemios, amantes de la noche, lectores empedernidos, noctámbulos sin remedio, escritores por necesidad y por deseo, se ven en la obligación de interrumpir su falso dormir para levantarse de sus camas, encender una lámpara, preparar una taza de café, fumar un cigarrillo, dos, tres, cuatro…Y así, con toda la indumentaria lista, dejar que las manos en el ordenador o la mano que sostiene el lápiz empiece a vacilar frente a la nada, frente a todo. Y es allí, en ese preciso momento, cuando las palabras empiezan a rompernos el coco, a volvernos locos. Ellas se resisten, se ocultan detrás de todas las imágenes que danzan en nuestros pensamientos y se funden frenéticamente y a la vez con mesura en los recuerdos ¡Ah! ¡Los recuerdos!  ¡Las soledades! Entonces, empezamos a seducirlas, poco a poco vamos entrando en ese mundo, en ese universo extraño, mágico y caótico que parece ser desentrañable para intentar descifrar sus enigmas, sus más íntimos misterios. Es un juego similar al de los enamorados.

Por un largo rato las palabras permanecen tímidas e inasequibles. Escuchamos a los gatos saltando sobre los tejados, el aullido de un perro, la sirena de una ambulancia, el tic-tac del reloj de pared y también, en cierto momento, escuchamos el bello canto de los grillos, que unidos forman el coro de una gran orquesta. A veces somos afortunados, hay luna llena, su luz logra filtrarse por una rendija de la ventana y atraviesa las cortinas llegando con éxito al escritorio (este se encuentra atiborrado de libros, revistas, periódicos, papeles y libretas de apuntes sin ningún orden). Y como si aquella luz se tratara del aura de las musas, finalmente las palabras ceden, se entregan después de un largo cortejo, al igual que dos amantes que se aman profundamente.

Ha llegado la inspiración. Ahora, en la profundidad de la noche, donde empezamos a comprender el silencio y sus afluentes; enfrentamos con delicadeza la disciplina que requiere la técnica y el estilo. Leemos, tachamos, releemos, corregimos, nuevamente tachamos y en este divertido y agotador ejercicio, el oficio del escritor empieza a cobrar sentido.

De pronto, en la hora más oscura de la noche, a punto de recibir el amanecer, contemplamos con orgullo y satisfacción la obra de arte; obra en la que dejamos una parte nuestra, dejamos refractadas nuestras vivencias cargadas de intimidades, tristezas y alegrías. Nosotros terminamos siendo una hoja al aire, que con el insomnio como amigo fiel y determinante para esta magna labor, comprendemos, naufragamos y deliramos en el hechizo de las palabras.