Si me preguntan, la llamaría Semario, el prefijo sema (sentido, gramaticalmente hablando) y el sufijo ario (labor o persona que ejecuta una labor de biblioteca, que reúne), es algo así como el lugar donde se congregan los lenguajes, los sentidos de las letras, lo que también lleva a seducir los sentidos del cuerpo.

 

Por: Sebastián Pineda Giraldo

Consideraciones para leer una metacrónica

Antes de continuar pienso que el lector debe tener algo presente mientras lee este escrito: esta no es una crónica hecha para un concurso de crónica, es una metacrónica que coincidió con un concurso de crónicas. Y por metacrónica me refiero a que es una crónica sobre el proceso de creación de una crónica… eso me lleva a pensar: ¿qué fue primero, la crónica o la metacrónica? No está de más preguntarse: ¿por qué la crónica cruzó la calle? ¿acabo de inventar un trabalenguas?

Entrados en gastos, haré la última aclaración, teniendo en cuenta que ya llevo 106 de las 2500 palabras que tengo permitidas para la ocasión. Ahora bien, lo primero en este proceso fue investigar sobre las características de una crónica, en donde me encontré con una constante: hay que dar protagonismo a los hechos concretos –y dado que en este punto solo me quedan 2.344 palabras– recurriré a una enseñanza del inicio, eso de que a los adultos les impresionan los números, por lo que procuraré poner varios durante el texto, aunque soy más de deslumbrarme con las letras, pero eso no es inconveniente. Básicamente es explicar una idea por medio de otros lenguajes.

Ilustración / Goni Montes

El ensayo

Podemos pensar que todo comenzó en 1999 y continúa hasta hoy 8 de marzo de 2018, a eso de las 2am de este sábado. Esta es la fecha en que asumí el reto planteado en 1999 por Héctor Abad Faciolince en su libro Las formas de la pereza, para ser más específico y evitar confusiones, aclaro que me refiero a lo que dice en las últimas 7 líneas del ensayo El devorador de libros. Este es uno de los puntos clave de esta metacrónica.

 

El cuento

El segundo acontecimiento determinante para el proceso de creación de esta metacrónica fue un cuento publicado en el portal La Cola de Rata, llamado Memorias sobre Olvido, por lo cual puede ser fundamental leer el texto para comprender esta idea, así como se leyó a Abad anteriormente. Para resumir este punto, he de mencionar que es un texto que narra una conversación entre una madre y su hijo, tan comunes como tú, como yo, como todos.

Si bien toda la trama de la historia es relevante, lo que nos interesa es la frase con que termina el texto, en donde la madre le da un consejo a su hijo diciendo “guarda en el bolsillo lo que no te quepa en la cabeza”. Creo que es uno de los mejores consejos que se pueden dar. Esto es, escribir todo aquello que probablemente olvidaremos y podemos llegar a necesitar más adelante; además de que todo el texto parece ser un intento por proponer pensarnos a nosotros mismos como sujetos.

El problema

Ahora bien, teniendo ya tan solo 2.031 palabras, es importante regresar al asunto de Héctor Abad, puesto todo este embrollo consiste en un intento por presentar una propuesta a sus dudas sobre ¿cuáles son los medios para evitar –drama aparte– que la lectura muera en un contexto mediado por las redes sociales e internet en general?

Pues bien, antes que nada se debe tener en cuenta que no necesariamente hay que idear algo salido de los cabales que lleve a las personas a querer leer, pues es evidente que ya existen innumerables obras que son un puto deleite; pienso que para evitar este poco funesto acontecimiento –y con “poco funesto” no me quiero referir a que no sea una desgracia que la lectura muera– más bien pretendo decir que para evitar que la lectura se vaya al olvido, es decir, al otro lado de la memoria, esa eterna memoria de Funes el Memorioso –personaje de Borges– para evitar esto. Simplemente hay que resucitar el deseo por leer.

 

¿Qué es Dios?

En este punto es válido tener en cuenta un último acontecimiento para dar sentido a este texto, además de Abad y Memorias sobre Olvido. Por raro que parezca, tiene que ver con mi concepción de Dios. Para resumir horas de reflexiones y conversaciones, he de decir que Dios es lenguaje. Sigamos con las 1814 palabras que nos quedan.

 

Reflexiones sobre el problema

Si Dios es lenguaje, Dios no ha muerto y que coma mierda Nietzsche. Yo estoy vivo y puedo decir lo que quiera, él no, él sí está muerto… pero no sus ideas. En este punto me pregunto: ¿Cómo darle de nuevo a la lectura el lugar que se merece?, ¿cómo disfrutar nuevamente de su palabra?

02:52 am. Me quedan 1735 palabras. Tengo una deuda que saldar con el cuerpo… voy a dormir…

 

Laguna mental: a dónde se va a beber para recordar

2:13 pm del domingo 9 de marzo. Escucho Voyage de Crudo Means Raw. Anoche escuchaba Messier 64 de Granuja mientras escribía. Me acabo de dar los plones. Es evidente que me siento muy diferente a hace algunas horas –y no porque en la madrugada no hubiera fumado también mientras pensaba, investigaba y escribía esta metacrónica–, es simplemente porque he tenido una mejor idea, más elegante, para responder al reto de Abad. ¿Por qué ese cambio tan drástico en la respuesta que ni siquiera he dado? Pues bien, cabe anotar en dónde ocurre la metacrónica.

 

¿En dónde acontece una metacrónica?

Esta metacrónica por supuesto tiene unos hechos que se han ido relatando, pero aún queda la incógnita de donde acontece todo esto a las 02:20 pm, cuando solo me quedan 1594 palabras. Podríamos decir que es mi habitación, o más bien “La Cocina”, esta es una segunda cocina que hay en mi casa, justo al fondo del segundo piso. Está antecedida por mi habitación propiamente, la cual también tiene al lado un pequeño patio donde apenas caben dos sillas Rimax. Es casi como un miniapartamento, y esto es porque en algún momento lo fue, pero volvieron a unir toda la casa. Debo disculparme por gastar estas 125 palabras en describir este aparente espacio de los hechos cuando en realidad no es donde acontece todo propiamente.

Si queremos comprender más este asunto de la metacrónica, hay que tener presente que existen diversos espacios, no solo los físicos. Es importante pensar las cosas en plural. El punto es que todo esto que se lee, no acontece en “La Cocina”, sino en mi mente, en mis ideas, en el fluir de mi conciencia y de este joven inconsciente a ratos, todo sucede en los lenguajes que uso para construir la metacrónica, para hilar los hechos; por ejemplo, la literatura, las matemáticas –en alguna medida–, las músicas que escucho y los fenómenos que coinciden conmigo. El evento que se narra en esta crónica es un intento por responderle a ese tal Abad, escribir la metacrónica es el pretexto para poder hablarle. Entablar una conversación por medio de la literatura es el hecho.

¿Una solución al problema?

Con esto, hemos de retomar de nuevo el punto con que dimos inicio a la segunda parte de esta crónica, eso de que tuve una mejor idea y que me siento mejor con eso. Para dar cuenta de por qué me siento más tranquilo y me doy los plones con más confianza y hasta lo cuento, he de decir que tal vez mi respuesta a Héctor también pueda resultar una opción de emprendimiento en conjunto con Netflix, puede ser una propuesta laboral que ofrece lo único que considero necesario para seguir creando –esto es libertad–, una libertad que motiva a la responsabilidad por el simple gusto de hacer lo que se ama, una especie de mecenazgo moderno. Ahora hemos de continuar con las palabras que nos quedan –sean las que sean– para elaborar más esta “mejor idea”.

Pienso que es innecesario escribir mi vieja opción –y eso que solo tuvo unas horas de vida como tal–, es por esto por lo que pasaré de una a mi producto mínimo viable (PMV) –hablando de lenguajes, el del marketing nunca sobra–. Probablemente muchas personas no sepan qué significa esto, por lo que voy a recurrir a mi mentor en marketing –mi amigo Camilo– para explicar el concepto, a la final es un término de este campo. Camilo me explicó que un producto mínimo viable es algo así como el producto o servicio más simple y que implique menos recursos para su realización y promoción para ser bien recibido por el público.

Gracias esta enseñanza, y de una u otra forma a todo lo que he aprendido y vivido –gracias a todos los lenguajes que he ido aprendiendo durante mi vida– logré llegar a este momento, siendo las 02:33 pm, y con 1073 palabras a mi disposición –como si las letras copiaran de números–.

Sueño con que la humanidad procure hacer lo necesario, antes que lo posible, por su propio bien.

 

¿Una solución necesaria?

Tras rayar varios vidrios, libretas, el espejo del peinador de mi mamá con marcador permanente durante horas –cosa que no sabe porque está trabajando y sale a eso de las 5pm–, tras mucho de esto y otras cosas decidí que mi producto mínimo viable será una plataforma lanzada en conjunto con Netflix que supongo que por motivos de marketing se llamará algo así como Bookflix (agregado al diccionario). Si me preguntan, la llamaría Semario, el prefijo sema (sentido, gramaticalmente hablando) y el sufijo ario (labor o persona que ejecuta una labor de biblioteca, que reúne), es algo así como el lugar donde se congregan los lenguajes, los sentidos de las letras, lo que también lleva a seducir los sentidos del cuerpo.

Semario manejará una interfaz muy similar a la de Netflix, con la sustancial diferencia de que en lugar de películas y series se pondrá a disposición del público una oferta de libros y series de libros digitales. Con “series de libros” me refiero a la posibilidad que tendrá el usuario para. por ejemplo, ver una reseña de una especie de novela que le llame la atención –para este caso se llamará Victoria Hood– lo que llevará al usuario a empezar a leer este texto.

El asunto está en que el libro no necesariamente estará terminado, sino en proceso de creación –como esta metacrónica–. El lector suscrito a esta plataforma podrá seguir recibiendo un capítulo nuevo de Victoria Hood cada mes o cada tanto que sus creadores consideren necesario para dar una consistencia a la producción del texto, hasta que finalmente se dé por terminada y pase a leerse en una modalidad más tradicional de obra finalizada.

Ahora bien, hay que aclarar un aspecto clave de esta modalidad de lectura y producción de literatura, y es que, por un lado, si a medida que se va escribiendo esta novela los lectores lo desean, pueden interactuar con sus creadores para decidir los gustos musicales u orientación sexual de un personaje, etc. Estilo Black Mirror: Bandersnatch, la película interactiva, en donde a medida que avanza el usuario puede tomar decisiones por el personaje o ambientar un hecho particular.

Intentando concluir

Probablemente la solución a toda esta parrafada parezca una bobada, entre tanto ir y venir sobre otras cosas, pero como he venido explicando, el pensar, al igual que el leer, pintar, escribir, practicar un deporte, ser parte de una barra brava y demás, son un sin fin de lenguajes posibles que configuran nuestras ideas, nuestros sistemas de creencias; es por esto que la humanidad no solo está en una necesidad urgente de lectura, sino de lenguajes que le permitan pintar realidades no solo con relatos de violencia, odio, droga, de fútbol, como único deporte “digno” de sufrimiento para ser feliz, de narconovelas –que si bien son realidades que no es necesario negarlas, ya que pueden sobrevivir como mínimo en representaciones lingüísticas–, pues no hay que negar que alguien sensatamente quiera pensarse como futbolista amante del reggaetón y estar en contra de las marchas estudiantiles (son posibilidades a las que cualquiera puede recurrir, el problema está en cuanto es la única opción que su contexto le facilita).

Robert Musil decía que la realidad siempre está en busca de irrealidad, ese es nuestro instinto como raza: pensar. Nos estamos negando lo mejor de nosotros mismo. En este punto creo que, de manera tal vez inesperada –y seguramente con detalles por contar– he acabado mi respuesta a Héctor a manera de producto mínimo viable: Semario. Un simple ejemplo de como poner en diálogo nuestros lenguajes para pensarnos y, de ser posible, permitirles esa opción a los demás mientras se resucita ese instinto de irrealidad que puede ser satisfecho –entre otras cosas– por la literatura.

Más allá del resultado de esta apuesta, anhelo que el lector sea quien siembre sus propias semillas, que diseñe sus propias preguntas como individuo para poder preguntarnos por nosotros como humanidad. Carl Sagan ya daba su voto de fe al decir que “por primera vez tenemos la capacidad de decidir nuestro propio destino y el de nuestro planeta, es un momento de gran peligro, pero nuestra especie es joven, curiosa y valiente, y promete mucho”.

Son las 11:59am del jueves 14 de marzo en medio de un viaje de investigación. ¿Qué investigo? A mí mismo como parte de esta prometedora especie. Intento dar forma a mis ideas y probablemente no lo haya hecho como esperaba, por eso es bienvenida cualquier otra propuesta de mentes más atrevidas que desafíen los lenguajes y logren una mejor narración de esos viajes a los que tanto nos seduce Mario Mendoza, mismo escritor que llama a la era de los lectores.

Resumen para adultos o ¿cuántas ideas caben en 240 horas?

Siendo las 6:57pm del jueves 13 de marzo de 2018, terminaremos condensando esta propuesta en algunos datos más consumibles.

Cantidad calidad de referencias: prudente.

Caracteres: 2.500

Dudas: esto de penderá del lector. Seguramente hay muchas –en especial sobre si es viable ejecutar esta idea–, pero las reglas del juego hoy nos limitan a 2.500 palabras para contar esta historia. Para acercarme a una respuesta sobre esta duda, solo diré que, por supuesto, mis recursos no son los ideales para llegar a trabajar en conjunto con Netflix, con Héctor Abad o Mario Mendoza, pero he insistido en que esto no es un asunto de números –o por lo menos términos monetarios– es un asunto de ideas, y con eso sí puedo arriesgarme a pensar con ellos.

No sé cuántas ideas caben en 240 horas, pero sé que puede caber una pregunta lo suficientemente bien pensada como para que las ideas sean infinitas.

 

Mamá tenía razón

En Memorias sobre Olvido la madre recomendó a su hijo escribir todo lo que se le pudiera olvidar para no perder sus ideas. Eso hice yo. Este es uno de los resultados…

Una crónica es un fragmento de tiempo hecho palabras. En física el tiempo es un bloque sólido, sin futuro, pasado o presente. Al conversar la idea de tiempo desde estas propuestas, pienso que una metacrónica es un vistazo a ese bloque que no escatima en tiempos ni palabras: la mente que se deriva en lenguaje.

Dejo esta metacrónica abierta a lo que Dios permita.

…Me quedan 3…

¿Qué pasará ahora?