Pero vea que lo más importante no lo he podido solucionar… es que listo, yo leyendo puedo decir que he vivido muchas experiencias, pero sigo con ese asunto del olvido, porque yo nunca voy a poder recordarlo todo por completo, recordar todo al mismo tiempo… ¡no se puede!

 

Por: Sebastián Pineda Giraldo

 

*Rompiendo el hielo*

 

Ole, ¿en qué piensa? ¿Qué piensa de la vida? –le pregunté a mamá mientras ella cocinaba algo con bastante concentración–.

-Nada –dijo sin quitar los ojos del sartén donde fritaba carne–, hace rato dejé de pensar la vida.

-¡Ese es el problema!

-¿Cuál problema? –preguntó sin alterarse por mi reacción–.

-Todos los problemas…

-Mijo, no le entiendo, ¿qué pasa con eso?

-¿Cómo que qué pasa?, que si uno no piensa su vida pues ¡tan! –dije exagerando con algunos ademanes– llega otro hijueputa y la piensa por uno. Le pongo un ejemplo: vea a Uva, pobre gato, dejó de pensar su vida. Antes se pensaba como gato; cazaba, saltaba por los tejados y conquistaba gatas, pero mírelo ahora… ya no piensa, dejó de pensar la vida desde que llegó a la casa porque nosotros pensamos por él, lo tenemos como mascota y él se comió ese cuento, ¿y qué es una mascota sino un adorno?… el pobre gato ya hasta se cree florero y a veces reloj, sólo un adorno, tal vez de compañía… ¡eso!, un adorno de compañía, pero ya no es más un gato.

Si dejamos de pensar la vida sólo nos queda pensar en la muerte, ya no vivimos, sino que procuramos no morir. Si no pensamos la vida, a esta se la llevará el olvido.

-Eso le pasa por estar leyendo esos libros suyos –dijo ella en son de burla–. Además, ¿qué importa si nos olvidan?

-¡No, ma!, es que no es el hecho de que me recuerden los demás, el punto es que yo mismo no me olvide.

-Pues ahí si no le entiendo –me dijo haciendo una expresión de duda, sin dejar de revolver la sopa en la olla– uno cómo se va a olvidar de uno mismo, si siempre… siempre se está con uno.

-Sí, es verdad. Es que vea, la cosa va por este lado: uno siempre está con uno mismo, pero no siempre se está pensando a sí mismo. Igual eso no importa, para mí el problema es que uno no puede pensar todo al mismo tiempo, ni saberlo todo. La verdad es que eso me angustia mucho.

-¿Cómo así? ¿Qué cosa? –me preguntó mientras picaba el cilantro para la sopa–.

-Hace un tiempo me di cuenta de que nunca podré llegar a ser y hacer todo lo que quisiera, por eso del tiempo, de que uno se muere.

-Mijo –me respondió tras una carcajada– pues le estaba cogiendo la tarde, yo que lo creía tan avispado ¿y hasta ahora se da cuenta de que se va a morir?

-No, no, no… usted no me está entendiendo, a mí no me importa morirme, hasta sería una buena opción, ¿sabe? –afirmé mientras intentaba ver lo que cocinaba–.

-¡Qué va! ¡Dios no lo quiera!… y quite de acá que eso no es pa´ usted y más bien deje de hablar bobadas.

-No ma –le dije con cierto tono de indignación por no dejarme probar la comida–, más bien usted no las piense, si ve… es que por ejemplo, a usted le pesa hablar de la muerte porque piensa que es mala y cosas así, en cambio a mí no tanto porque, a pesar de lo que me han enseñado, yo también he aprendido cosas por mí cuenta y por esas cosas que yo he pensado es que no me parece mala la muerte y en ocasiones el suicidio, pero todo bien que yo no me voy a matar ni nada de eso, ¿cómo lo haría habiendo comida tan rica en este mundo? –pregunté sabiendo que igual no me dejaría comer de lo que cocinaba–.

-Sólo estoy tratado de explicarle lo que decía hace rato: que uno suele tener ideas que no son de uno, sino que alguien más se las puso en la cabeza, a veces sin darnos cuenta; como la idea de la muerte, por ejemplo. Ya hablando sobre mi angustia (así le parezca bobada) para mí es algo importante y le voy a contar una cosa para que vea que eso de pensar la vida es hasta chévere.

Cuando me di cuenta de que no iba a poder vivir muchas cosas, me decidí por buscar la forma de experimentar cuanto más pudiera, aun sabiendo que nunca sería una experiencia completa, por muchas razones, como que no tengo tiempo ni plata…

-Pues vaya trabaje papito, no crea que con esos cuentos raros lo voy a mantener –me dijo con bastante seriedad, mirándome a los ojos por primera vez–.

-Pero déjeme terminar… entonces así va la cosa: yo me decidí por leer.

– ¿Y eso qué tiene que ver? –preguntó clavando la mirada nuevamente entre el fogón–.

-Pues ma, que leyendo uno vive muchas cosas que no son posibles de manera real, que por más plata que uno tenga no se pueden hacer.

– ¿Cómo que usted deje de hablar tanta caca? –dijo con mucha seriedad, lo cual me preocupó más que el hecho de que no me fuera a mantener–.

– No, no, qué va… por decir algo: navegar por el espacio o viajar en el tiempo, ¿sí pilla? Entonces esta ha sido mi forma de lidiar con esa angustia.

Pero vea que lo más importante no lo he podido solucionar… es que listo, yo leyendo puedo decir que he vivido muchas experiencias, pero sigo con ese asunto del olvido, porque yo nunca voy a poder recordarlo todo por completo, recordar todo al mismo tiempo… ¡no se puede!, y eso es una mierda –dije algo alterado mientras Uva se me echaba a los pies–.

-Bueno, bueno, pero no se me ponga a decir cochinadas pues –me dijo mientras paraba de cocinar y me miró nuevamente–,  igual mijo, ¿eso qué tiene de malo?, acuérdese de lo que se tenga que acordar, como de estudiar y esas cosas, usted sabe que eso es lo primero.

-No ma, es que yo tengo que encontrar cómo hacerlo a lo bien, es que esa es mi meta en la vida: poder recordarlo todo, todas esas cosas que la gente olvida o ignora –dije con cierto aire de nostalgia que se disimulaba entre los aromas que se desprendían de la cocina–.

-Jmmm pues hágale, usted sabe que yo lo apoyo en lo que quiera, desde que no le haga daño a nadie y siga estudiando –exclamó mamá mientras buscaba una panela, retomando así sus tareas en las cocina–.

-Yo sé, yo sé, solo que no se me ocurre cómo usted me pueda ayudar, esto lo tengo que resolver yo sólo.

– Me cuenta cómo le va.

– ¿Sabe qué?… espere, ya vengo, le voy a mostrar algo –le dije mientras retomaba nuevamente mis buenos ánimos–.

-Hágale pues…

-Vea –propuse fuertemente mientras me sentaba en el comedor, invitándola a que parara de cocinar y se sentara conmigo–, este es un texto que encontré, se lo voy a leer y usted me dice qué piensa, ¿listo?

-Bueno, hágale pues –respondió mientras se sentaba y secaba sus manos con una toallita algo quemada por el fogón–.

-Se llama Memorias sobre Olvido y dice:

Ilustración / Iban Barrenetxea

*Memorias sobre Olvido*

 

Intento recordar algunos hechos de mi infancia, de esos años sobre los que la gente no suele evocar mucho. Es difícil, supongo que por eso no es algo que se suele hacer. A pesar de esto, hay una cosa que me intriga mucho: una sensación de tener algo urgente que decir, que se tiene en la punta de la lengua. Tras mucho intentarlo creo saber ya qué es o más bien quién. Resulta que hace bastantes años, cuando apenas podía hablar, hice un amigo cabe aclarar que era imaginario, pero no por eso su amistad era menos real.

Lo conocí en un viaje que él había emprendido hacía ya un tiempo. Mi amigo se llamaba Olvido y, a pesar de que yo difícilmente sabía formular una frase simple, en realidad yo podía entender muchas cosas, y era necesario, porque Olvido me contaba demasiadas; de hecho, alguna vez me explicó por qué yo le podía entender todo lo que me decía sin yo saber hablar, me decía algo como: “mira amigo, tú me entiendes por una razón muy simple y es que tú sabes escuchar, para entender a los demás hay que saber escuchar antes que saber hablar. Algún día aprenderás a hablar más y cuanto más intentes recordar cómo se dice una palabra, menos sabrás interpretarla cuando sale de la boca de otra persona”.

Olvido era muy sincero, cuando me decía cosas como esa a mí me dolía, justo allí, en mi corazoncito; pero por eso mismo es que Olvido y yo nos la llevábamos tan bien, porque siempre éramos sinceros el uno con el otro, él con lo que decía y yo cuando lo escuchaba; además yo sabía que nunca era con intención de herir, sino de enseñar. Y es que eso es enseñar: dejar una marca en el corazón de alguien, como alguna vez me lo dijo un profesor.

Sobre Olvido también logro traer a mi mente algunas otras cosas, por ejemplo, puedo mencionar cuando Olvido me contó de dónde venía.  Es curioso, siempre supe que él venía de muy lejos –porque solía mencionarlo bastante a menudo pero nunca me habló de números: sobre cuánto se tarda en llegar a su casa o de cuánta distancia hay entre esta y la mía, sólo sé que venía de muy lejos.

Me solía contar que dónde él nació es muy diferente a aquí. Me decía constantemente con mucha alegría: “¡este lugar es más divertido!, hay muchas menos cosas, pero es más entretenido porque no conocía nada de lo que aquí veo o escucho, es más, nunca había pensado en lo que aquí piensa la gente, y quiero conocerlo todo. He conocido algunas cosas desde que llegué, pero sé que aún falta mucho”.

Esto último es muy importante, porque esas palabras marcaron nuestra amistad, de hecho, fue el punto de partida de nuestras aventuras porque me decidí a ayudar a Olvido a cumplir su sueño, pues tal vez algún día él también me llevaría a conocer dónde él vivía y me mostraría todas esas cosas que según él no habían acá.

Al principio –efectivamente todo fue muy divertido. Olvido y yo nos pasábamos el día comiendo de todo, lo cual para mí –a pesar de mi corta edad era lo más normal comer frutas o leche en polvo con azúcar, pero con tan solo ver cómo Olvido lo disfrutaba y con cada cosa nueva que probaba se iluminaba su mirada, como si acabara de descubrir un nuevo mundo, yo sentía que era feliz y, así mismo, entendí que hasta en algo amargo –como el café que a él tanto le gustaba y a mí no me dejaban beber puede haber algo de dulzura, como la que notaba en esa mirada de mi amigo mientras descubría el mundo.

 De la misma manera, nos la pasábamos tocando cosas; eso sí que era un deleite para él, por donde fuese que anduviéramos él estaba tocando todo; las plantas, el suelo húmedo o seco, a los animales, hasta cuando soplaba el viento era como si hubiéramos desarrollado un nuevo sentido: el sentido del viento, le llamaba él, así como también había un sentido del tiempo y el sentido del sonido de las puertas de los autos al cerrarse –vaya que disfrutaba ese sonido y aunque he de admitir que Olvido no era muy original con los nombres que le ponía a las cosas, puedo decir que aprendí a vivir de una manera nueva, algo así como a vivir el olvido; aunque perfectamente se puede decir que no estaba aprendiendo a vivir de nuevo, pues mi edad en ese entonces no tenía ni dos dígitos, ¿pero qué más daba?, igual a él nunca le interesaron mucho los números.

Así transcurrieron los días hasta que debí ingresar al colegio, ya con varias palabras nuevas aprendidas, pero siempre con la esperanza de no dejar de escuchar a mi amigo. Acá fue cuando todo empezó a ir mal.

En el colegio yo aprendía muchas cosas, y por supuesto Olvido también, pues él siempre me acompañaba a la escuela. El problema es que ya no pasábamos el tiempo descubriendo sabores, texturas y sonidos, o en el caso de él, colores, pues muchos no los conocía. Ahora nos dedicábamos a conocer ideas, a conocer historias, o más bien una historia: la de todas las cosas.

Con el pasar de las clases Olvido dejó de verse como antes, ya no le entusiasmaba tanto aquí y mencionaba cada vez más seguido las ganas de volver a su hogar, pues me decía que acá pensábamos muy raro, muy mal; lo cual con el tiempo me di cuenta de que quería decir que pensábamos en muchas cosas malas, y el problema no era ese, el problema era que no solo las pensábamos, sino que las hacíamos… “como la guerra”, por ejemplo, me decía él.

Con el pasar del tiempo, aprovechando que yo ya sabía hablar más y que por suerte aún escuchaba a mi amigo –pues nunca nos enseñaron a oír más allá del ruido de las palabras empecé a preguntarle muchas cosas, casi todas mis preguntas solían ir dirigidas a cómo era donde él vivía. ¿Qué si es que allá no hay guerras?, ¿qué comen allá?, ¿cómo son las cosas?, si acá pensábamos mal, entonces ¿qué es pensar bien?, ¿qué clase de ideas tienen de donde vienes? Recuerdo que cuando comencé a preguntar esas cosas él solía callar, hasta que un día me respondió a una pregunta que tal vez nunca hice, pero con la cual contestó todas mis incógnitas.

“Mira amigo, te voy a contar un secreto, sólo te pido que lo uses bien (si es que eso es posible) y te digo por anticipado que esta será probablemente la última vez que nos veamos, ya estoy cansado y es tiempo de volver a casa”. Estoy seguro de que él notó aquella lágrima que casi se me escapa, pues debió hacer mucho ruido en medio de ese silencio antes de que siguiera hablándome. “Sé que tienes muchas dudas y quisiera responderlas todas. Así como tú me permitiste conocer tanto, yo quiero que tú lo hagas también, sólo que debes entender que lo hago a mi manera.

De donde yo vengo no se sabe nada, y con esto me refiero a que nadie de los tuyos, de tu gente, sabe algo, aunque prefiero pensar que más bien no lo recuerdan. ¿Te acuerdas de esa vez que tu primo nos llevó a su clase en la universidad porque no había quién te cuidara ese día?, porque entonces debes recordar que en la clase hablaban sobre algo como que existen dos realidades: una física y una algo así como espiritual o de las ideas, y tranquilo, no te asustes, sé que no entendiste nada, pero es solo un ejemplo. Pues resulta que para mí las cosas son como dos realidades: una que es esta, la tuya, la de todos y otra que es sólo mía, allá de donde vengo se llama como yo, o así le dicen ustedes; déjame explicártelo un poco mejor.

Escucha esto: sabes que yo antes de conocerte sabía muy poco sobre esta tu realidad, y cuando digo poco es enserio poco, porque nunca antes había tenido ni siquiera la más mínima idea de todo lo que aquí es, de hecho, una de las pocas “cosas” que hay allá y aquí también es personas.

Lo curioso es que sobre quienes viven allí no se sabe nada acá, o como lo decía antes, no es que no sepan, sino que no recuerdan. Intenta pensar en todas las cosas que conoces, sabrás que hay muchas otras que desconoces, pero no por eso dejan de existir, porque puede que alguien más si las conozca; pues a pesar de esto, hay muchas otras cosas que absolutamente nadie sabe –y creo que ya es válido aclarar que por “saber” me refiero a “recordar”– porque todo lo que aquí no se sabe vive en el olvido. Algún día sé que me entenderás.”

Y supongo que fue cierto lo que él dijo, porque aquí estoy, entendiendo muchas cosas, aprendiéndolas, o más bien, como diría Olvido: recordándolas. Mi amigo se fue, se fue a la tierra del olvido, donde viven o tal vez mueren quienes ya sus nombres no son pronunciados, donde yacen todas las ideas no pensadas aún, al igual que las olvidas.

 Allá en un lugar muy lejano está mi amigo disfrutando de todos nuestros olvidos, como lo es la paz, escuchar, varios amores, sabiendo y recordando todo al mismo tiempo, tal vez a través de algo que él podría llamar el sentido del tiempo –de otro tiempo, claro está, no del que nosotros conocemos– al igual que de algunas otras cosas que no logro recordar.

Perdóname amigo mío, por traerte de vuelta a nuestros conflictos.

Ilustración / Emiliano Ponzi

*Hasta al más intelectual lo ponen a fritar un huevo*

 

-… ¿Entonces ma? ¿Qué piensa?

-Que muy bonito eso, ¿quién lo escribió?

-La verdad no sé, me lo encontré por ahí y sólo decía eso, estaba como rasgado, incompleto.

– ¿Y de ahí supongo que sacó todas esas ideas? Todo ese cuento de la angustia y eso –me dijo mamá mientras regresaba a la cocina y me pedía que le ayudara, pues se había retrasado por escucharme.

– Sí, pero recuerde que yo además de aprender de los demás también aprendo de mí mismo, así que mi angustia es eso: mía –le contesté mientras ponía mantequilla en el sartén para fritar unos huevos. Tal vez esta persona que escribió el texto también ha sentido angustia, seguro pasó por mucha recordando y escribiendo estas palabras, pero probablemente no era mi misma angustia.

– ¿Y entonces qué piensa hacer al fin?

-Pues en realidad tengo una idea para lograr alcanzar mi meta, y con esto usted sí me puede ayudar.

– ¿Y qué tengo que hacer?

– ¿Usted sí me estaba poniendo cuidado?, pues muy simple, sólo necesito que se olvide de mí, yo necesito ser olvidado para ir a esa otra realidad donde más cosas son posibles, donde podré conocer todas esas sensaciones que acá, a pesar de ser tanta gente, no tenemos en cuenta, esas ideas que no se nos ocurren o ya se nos olvidaron. Vea que entre más personas somos, más solos nos sentimos; es como si nos hubiéramos traído un montón de almas del otro lado, pero se nos quedó la idea de compartir con ese otro –afirmaba yo mientras esperaba que las yemas de los huevos se endurecieran, olvidando torpemente que me gustaba más si estaban blandas.

– ¡Oigan a este! ¿Cómo me voy a olvidar de mi hijo? –exclamó mientras me empujaba suavemente con sus manos mojadas por rayar tomates-.

-Ma, usted me dijo que me iba a apoyar con dos condiciones: no hacerle daño a nadie y que siguiera estudiando; como van las cosas, si todos se olvidan de mí no hay forma de hacerle daño a alguien y de seguro allá en el olvido hay muchas cosas por recordar, o sea por estudiar, así que todo bien.

-Mijo, más bien deje de hablar tantas pendejadas y si quiere que lo siga tomando en serio con su sueño, pues busque otra forma de hacerlo, yo no me voy a olvidar de usted; además que importa si lo hago, hay más personas que saben de usted.

– ¿Pero entonces qué hago para alcanzar el olvido?

– ¡Nada nada, no moleste más!

– ¡Ma usted es la mejor!

– ¿Ahora qué? sostuvo ella dudando de mis ideas.

-Pues que me dio la respuesta: una forma de ser olvidado es ser nada, es no ser alguien. Recuerde lo que hablábamos antes: que la gente quiere que la recuerden y la forma de lograrlo es siendo alguien, eso que siempre le dicen a uno a cada rato de “ser alguien en la vida”, pues ma, ¿sabe qué?, ahora mi sueño en la vida es ser un nadie, ser un ninguno, y ma, no se preocupe cuando eso pase porque yo voy a estar bien, vea que la única certeza que tenemos es la muerte, de eso estamos tan seguros todos acá que demás que en el olvido no se sabe que se puede morir, porque esas son ideas, que como lo decía Olvido, son nuestras, ideas de muerte, en cambio allá deben disfrutar  de otras cosas como del “sentido de la vida”, porque ya sabe usted que acá se nos olvidó pensarla.

– Vea hijo, primero que todo ya se tiró esos huevos, deje yo termino, y segundo, para ayudarle lo único que se me ocurre es que, así como leer le sirvió para solucionar el problema de vivir muchas cosas, tal vez escribir le sirva para resolver lo de la memoria, eso de recordar todo, al fin y al cabo, como dicen por ahí: “guarda en el bolsillo lo que no te quepa en la cabeza”.