Hace 50 años una revolución se gestó desde las calles de París. Esta vez fueron los jóvenes quienes alzaron su voz ante las discordancias de un mundo que consideraban anacrónico. Como el eco de la contracultura, gestada quizá en los beatniks y el hippismo, sumada a la banda sonora del rock, miles de estudiantes salieron a las calles. Muchos viejos los acompañaron.

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“Tomemos en serio la revolución, pero no nos tomemos en serio a nosotros mismos”
Grafiti en el Odeón de París

 

Por Jaime Flórez

Mayo del 68, como se conoce a la más célebre revuelta estudiantil del siglo XX, empezó en enero de 1968, pero se empezó a entretejer mucho antes y de distintas maneras. Un grupo de jóvenes escritores estadounidenses hacía de su amistad y sus vidas literatura de una manera anarquista que cuestionaba los valores de la sociedad del bienestar de la postguerra; fueron conocidos como la Generación Beat. La guerra franco-argelina (1954-1962) generó un amplio apoyo de jóvenes e intelectuales franceses a la independencia de Argelia y un rechazo al colonialismo de su país. La guerra de Vietnam, iniciada por EE.UU en 1965, dio lugar a todo un movimiento en contra, primero nacional y luego transnacional en el que los jóvenes jugaban un papel determinante. Un grupo de cineastas franceses salía a las calles de París a filmar historias de personajes marginales, enardecidos, rebeldes e inadaptados bajo el marco de una Francia imperialista y autoritaria y de una sociedad de consumo: la nouvelle vague (nueva ola). En EE.UU crecía el movimiento por los derechos civiles, pero su líder más reconocido, Martin Luther King, era asesinado en abril de 1968, desencadenando una ola de violencia de grupos y jóvenes extremistas. Otros jóvenes promovían una vida pacifista y comunitaria bajo el lema de “hagamos el amor y no la guerra”, el uso de drogas alucinógenas y la formación de comunas en zonas rurales; se habían dado a conocer a través de lo que llamaron el “verano del amor” de 1967, su epicentro era San Francisco, California, se autodenominaban hippies y sus actitudes también resultaban demoledoras frente al Establecimiento. Todas estas expresiones influyeron directa o indirectamente en lo que llegó a ser el Mayo francés, que no solo fue un movimiento social y político sino estético y cultural. De hecho, fue una de las mayores manifestaciones de lo que se conoció como contracultura, esto es, una larga serie de prácticas sociales mayormente juveniles que cuestionaban los órdenes (políticos, sociales, educativos, económicos, sexuales y culturales) establecidos a ambos lados del Atlántico, lo que hizo de los movimientos contraculturales un fenómeno internacional que, por su fuerza contestataria, anárquica y mediática, se irradió por buena parte del mundo. Los ojos del mundo se habían puesto por primera vez en los jóvenes, ese “nuevo sujeto social” que ya contaba con unos signos que lo identificaban: unas músicas, un interés por las culturas orientales, un deseo de replantearse la vida sexual, un rechazo visceral a la guerra (la de Vietnam llegó a ser una causa común de unión entre las juventudes mundiales), un pacifismo militante en el caso de los hippies, el recurso a la violencia en situaciones límite, sobre todo en el caso de los estudiantes, el pelo largo, un vestir que se quería diferenciar de los adultos mientras buscaba disminuir las distancias entre los sexos, un deseo constante de experimentar nuevas sensaciones mediante el uso de drogas psicotrópicas, una búsqueda y goce de lo novedoso y transgresor en campos como la sexualidad, la filosofía, el arte y la política. En síntesis, un deseo profundo de cambiar los modos convencionales de vida en el mundo occidental prescritos también para los jóvenes.

Daniel Cohn-Bendit, uno de los líderes de la protesta. Fotografía / Jacques Haillot/Sygma via Getty Images

Mayo del 68 tampoco terminó en ese mes, se prolongó durante ese año emblemático de la historia mundial en muchos otros países, a modo de réplica si se quiere, o de interacción juvenil a escala global en un mundo que ya por entonces empezaba a interconectarse (Marshall McLuhan, comunicólogo canadiense del determinismo tecnológico, habló por aquellos años del mundo como una “aldea global”). O porque los jóvenes estaban hastiados de los imperialismos de estado, que asfixiaban a sus ciudadanos a nombre del capitalismo o el comunismo mientras mantenían al mundo en una prolongada guerra fría, y de las sociedades del consumo y la carencia, del individualismo y del comunitarismo. Las universidades se habían convertido en escenarios de debate donde los jóvenes, y muchos profesores también, deliberaban sobre esas ideologías que habían prometido la felicidad, la libertad y los derechos para todos. Porque lo que se veía era que en nombre de la democracia o del comunismo se pisoteaban las libertades, se invadían naciones, se asesinaban líderes políticos y sociales, se propiciaba el consumo irracional de bienes materiales e inmateriales, se controlaba las mentes y los cuerpos. Se reprimía. Y por todo ello el movimiento hippie que había nacido en California ya se desplegaba por todo occidente con su filosofía pacifista y contracultural. Pero también habían surgido movimientos extremistas que hacían uso de la violencia con objetivos políticos: las Panteras Negras en EE.UU, las guerrillas en Sudamérica o en otras regiones del mundo. El Che Guevara, ese mítico revolucionario argentino-cubano, había sido ejecutado en Bolivia en 1967 dejando una estela que millones de jóvenes seguían; era celebrado como el auténtico “guerrillero heroico”, apelativo con el que fue conocido. Los jóvenes de los sesenta no solo seguían la música rock, que era su género por antonomasia; admiraban a los líderes rebeldes como Guevara, los universitarios leían a pensadores como Marx y Marcuse o a políticos como Mao. No por casualidad nombres como esos eran usados como estandartes e inspiración para la revolución que ellos, los jóvenes, quisieron hacer a su manera a lo largo de 1968 y más allá.

La Francia gaullista ignoraba que iba a vivir una larga primavera de revueltas que, de un modo radicalmente político pero sin dejar de lado las manifestaciones estéticas y comunicativas, iba a mover inicialmente los cimientos del gobierno y, posteriormente, los de toda Europa que sentiría sus efectos. Y los de muchos países que vivieron sucesivos levantamientos estudiantiles, algunos de ellos con trágicas consecuencias como el de la “Primavera de Praga” o el mexicano tras la masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. De entre todos, sin embargo, el Mayo francés fue el más visible movimiento estudiantil. Su importancia histórica estriba quizás en haberse desarrollado en la nación que había legado al mundo una revolución antimonárquica, unos derechos que sirvieron como carta de navegación para las guerras de independencia en América Latina, los principios para los estados de derecho, para las democracias modernas, unos ideales que fueron sintetizados en tres palabras: libertad, igualdad y fraternidad. Todo eso fue puesto drásticamente en cuestión en 1968.

 

Jean Paul Sartre, Gilles Deleuze y Michel Foucault, figuras intelectuales que apoyaron decididamente al Mayo francés. Fotografía / Getty Images.

El relato se inicia en enero, más exactamente en la Universidad de Nanterre. Los estudiantes estaban muy descontentos por una prohibición que para una época de grandes cambios sociales resultaba inadmisible, la de que hubiera dormitorios separados y no mixtos, que ni siquiera mujeres y hombres pudieran visitarse mutuamente. Empezaron protestando por esto y luego por cuestiones políticas como el gaullismo y la guerra de Vietnam y por reformas pedagógicas. El líder de estas protestas era un estudiante de sociología judío-alemán, cuyos padres habían llegado a Francia huyendo del nazismo: Daniel Cohn-Bendit. En marzo la protesta creció, el día 23 los estudiantes ocuparon la universidad para denunciar la existencia de listas negras de “alumnos revolucionarios”, dos de ellos fueron arrestados tras ser acusados de romper los vidrios de una oficina de American Express; pertenecían, además, al Comité Vietnam Nacional.[1] Los estudiantes exigieron su liberación y bautizaron la naciente revuelta como “Movimiento 23 de marzo”. En vista de que la universidad fue cerrada por este y otros incidentes decidieron ir al barrio Latino de París, ocuparon la Sorbona para ser escuchados y allí se instalaron desde el 3 de mayo. A partir de entonces los estudiantes se tomaron las calles, llegaron a instalar sesenta barricadas para defenderse de la policía, resistieron, se tomaron los teatros, como el emblemático Odeón, centenares fueron heridos y otros centenares arrestados, lograron la adhesión de los obreros provocando con ello la más grande huelga en la historia de Francia que llegó a contar con el apoyo de diez millones de trabajadores, paralizaron el país, pintaron las paredes con graffitis, desarrollaron una prensa alternativa… Vivieron una utopía.

Una de las cosas que más se recuerda son los graffitis del Mayo francés: “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir.  La libertad empieza por una prohibición”, “Sean realistas: pidan lo imposible”, “¡Viva la comunicación! ¡Abajo la telecomunicación!”, “La acción no debe ser una reacción sino una creación”, “No es una revolución, majestad, es una mutación”, “El patriotismo es un egoísmo en masa”, “La burguesía no tiene más placer que el de degradarlos todos”, “Gracias a los exámenes y a los profesores el arribismo comienza a los seis años”, “Contempla tu trabajo: la nada y la tortura forman parte de él”, “El arte ha muerto. Liberemos nuestra vida cotidiana”, “Mis deseos son la realidad”, “En los exámenes, responda con preguntas”, “Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”, “Lo sagrado: ahí está el enemigo”, “Digo no a la revolución con corbata”, “Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo”, “La voluntad general contra la voluntad del general” (clara alusión a De Gaulle), “La poesía está en la calle”, “No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compensa por la garantía de morir de aburrimiento”, “La sociedad es una flor carnívora”.[2] Y así muchos más. Sin duda la imaginación no faltó. Pero nunca se tomó el poder.

La imaginación se toma el poder. Fotografía / Getty Images

En plena efervescencia de la revuelta, Daniel Cohn-Bendit, llamado “Dany el Rojo” por su militancia y detenido con decenas de estudiantes más, fue expulsado por el gobierno el 20 de mayo debido a que no tenía la nacionalidad francesa. El hecho fue masivamente repudiado. “Todos somos judíos alemanes”, gritaban los jóvenes en solidaridad con el activista. No obstante, Cohn-Bendit reaparecería días después en una asamblea popular. Había logrado cruzar la frontera franco-alemana clandestinamente. Pero, a fines de mayo era tal la gravedad de la crisis socioeconómica a causa de la escasez de productos de primera necesidad y la parálisis en los servicios públicos que el apoyo popular al movimiento empezó a ceder. El gobierno llegó a un acuerdo con los sindicatos, el ministro de educación renunció, los últimos estudiantes que resistían en el barrio Latino lo abandonaron el 17 de junio. De Gaulle disolvió la Asamblea Nacional y convocó a elecciones legislativas para el 23 de junio. Las ganó. Cohn-Bendit se tuvo que marchar del país y solo regresó diez años más tarde. ¿Había fracasado la tentativa de revolución?

La opinión sobre el éxito o fracaso de Mayo del 68 sigue dividida cincuenta años después. El historiador británico Eric Hobsbawm observaba que aquel año en que por primera vez a escala global confluyeron los anhelos de hacer una revolución, de la mano de estudiantes, no pudieron, con todo, materializarse básicamente porque “los estudiantes, por numerosos y movilizables que fueran, no podían hacerla solos. Su eficacia política descansaba sobre su capacidad de actuación como señales y detonadores de grupos mucho mayores pero más difíciles de inflamar”.[3] Un analista colombiano comenta por su parte:

La alianza entre estudiantes y obreros era frágil. Sus intereses eran diferentes. No podían amalgamarse en un grupo coherente cuando entre los mismos estudiantes, una multitud de singularidades, eliminaba cualquier posibilidad de formular denominadores comunes mínimos. Los estudiantes querían la revolución, apelaban a las utopías universalistas e igualitaristas en abstracto; los obreros querían reformas laborales inmediatas, concretas: mejoras en las condiciones salariales, vacaciones pagadas y reducción de la jornada laboral.[4]

Repartiendo panfletos en los bulevares de París en 1970. Fotografía / Getty Images

Mayo del 68 se prolongó durante los años siguientes. Hubo revueltas por todas partes, desde EE.UU y Latinoamérica hasta Japón. Para el filósofo francés Edgar Morin el mayo francés fue sin duda mucho más que una protesta, pero menos que una revolución.[5] El escritor André Malraux llegó a decir que el movimiento había ocasionado “una verdadera crisis de civilización”.[6] Malraux, por cierto, era a la sazón ministro de cultura y había sido duramente criticado por cesar en sus funciones al director de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, decisión que hubo de reversar en abril de 1968. Una periodista española prefiere hacerse preguntas, que es una forma válida de opinar: “¿Fue una fiebre estudiantil o un movimiento social? ¿Una protesta política o una revolución cultural? ¿Una crítica saludable de la autoridad o la aparición del individualismo?”.[7] Probablemente fue todo esto. El intelectual marxista François Chesnais dice: “La masa de los estudiantes estaba movida por una necesidad muy fuerte de quebrar los moldes familiares y sociales burgueses tradicionales, sobre todo a nivel de los comportamientos sexuales”.[8] Para ellos la revolución era también sexual. Uno de los graffitis decía “cuánto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución”.

Cohn-Bendit es desde 1994 eurodiputado verde. Lo que demuestra que aun para uno de los líderes de la revuelta el acceso al poder se concretó del modo en que ellos mismos combatían. Su nombre nunca volvió a sonar tanto como en aquellos días en que, como dijo en una ocasión, hizo el amor con la historia. Chesnais agrega:

Los años 1968-1969 hubieran podido ser los de un sacudón revolucionario internacional. Pero el estalinismo era todavía lo suficientemente fuerte como para impedirlo, de modo tal que hoy de aquellos años no queda nada, salvo el recuerdo del pasaje obligado que no se produjo ni en Francia ni en Turín ni en Milán a la construcción de órganos de doble poder. Todos los parámetros económicos y políticos mundiales son hoy radicalmente distintos.[9]

Un collage de afiches y murales del Mayo francés. Fotografía / Getty Images

Para otros, si hubo un fracaso éste se debió a otros motivos. Hans M. Enzensberger, escritor alemán, polemizó con el sociólogo francés Jean Baudrillard por el uso dado a la comunicación durante la revuelta. El primero sostenía que los estudiantes deberían haberse tomado los medios de masas como la radio y las imprentas para darles un uso emancipador congruente con sus objetivos. No hacerlo revelaba que no comprendían el manejo de la comunicación. Baudrillard defendía lo que los jóvenes habían hecho porque no creía en el potencial comunicativo y emancipador de los medios de información masiva, cuya técnica imposibilitaba, según él, cualquier forma de interacción y reciprocidad. En ese sentido, los jóvenes habían empleado una comunicación auténtica, la de la calle, la de los graffitis en los muros, la de los impresos elaborados a mano o diseñados en la Escuela de Bellas Artes, la de los teatros y universidades convertidos en asambleas, la de las marchas multitudinarias. En esa interacción pública estaba el potencial liberador y alternativo de la comunicación. Enzensberger insistía en que si bien un medio masivo resultaba comúnmente represivo con las audiencias, su misma tecnología sí permitía emplearlo con fines emancipadores y que fue eso justamente lo que los estudiantes desaprovecharon.[10]

Muchos artistas franceses y extranjeros se unieron al movimiento del mayo parisino. Cineastas como Jean-Luc Godard y François Truffaut, los mayores exponentes de la nouvelle vague, boicotearon el Festival de Cannes como una muestra de solidaridad con los estudiantes y obreros que habían sido detenidos; muchos estudiantes se tomaron también el evento, algunos miembros del jurado renunciaron y ciertos directores retiraron sus películas de la competencia. Como resultado de toda la presión el certamen se suspendió el 19 de mayo. William Klein, un prestigioso fotógrafo estadounidense afincado en Francia, filmó el documental Grands soirs et petits matins (literalmente, “Grandes noches y pequeñas mañanas”) durante aquellos días. Es una bitácora audiovisual que captura el anarquismo del movimiento, lo que fue “El espíritu de Mayo del 68”, como fue titulado en castellano. Los actores del grupo vanguardista estadounidense Living Theatre coincidieron en la primavera parisina y tomaron parte en la ocupación estudiantil del Teatro Odeón. Julian Beck, director del Living, narraba así la experiencia de sentirse inmersos en una suerte de teatro de la vida que reinventaba el mundo:

El teatro de esa primavera en Francia fue la cosa más exaltante y embriagadora que el pueblo francés ha experimentado en este siglo: estaban actuando, representando grandes papeles. Estaba claro en el Odeón. El drama estaba en el auditorio, no en el escenario, sino en el teatro donde los espectadores se han convertido en protagonistas y estaban representando la Tribuna de la Revolución, un gran drama en 30 días. […] Estos dramas se escribían en el Libro de la Vida.[11]

Sí, la revuelta había sido no solo política sino cultural o, más exactamente, contracultural. Y aunque si se compara con otras revueltas fue mucho menos violenta (un estudiante muerto y alrededor de un millar de heridos), en Francia sigue siendo motivo tanto de debate como de una página que se quiere pasar definitivamente. El presidente Macron no va a realizar ninguna conmemoración. No hará ninguna falta, sería contrario al espíritu del 68. Muchos prefieren olvidarlo o ignorarlo. Otros, mantener vivo su recuerdo. Al fin de cuentas es uno de los relatos más vivificantes de la última utopía del siglo XX: la de la revolución juvenil.  Pues como dijera Nietzsche y fuera pintado como graffiti en el Odeón de París, “es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante”.[12]

NOTAS

[1] Cfr. Eva Cantón, “Mayo del 68: Cuando París pidió lo imposible”, https://www.elperiodico.com/es/mas -periodico/20180421/mayo-68-paris-pidio-imposible-6772514

[2] Cfr. “Las paredes hablan”, http://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/ideas/graffiti.html

[3] Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX, “La revolución social, 1945-1990”, Buenos Aires: Grijalbo Mondadori, 1998, p. 301.

[4] Marco Bonilla, “Mayo del 68: la revolución que jamás tuvo lugar”, en revista Arcadia, 12/05/2015, https://www.revistaarcadia.com/historia/articulo/mayo-del-68-revolucion-paris/42507

[5] Citado por Felipe Sahagún, “Una revolución fallida que cambió la vida de generaciones”, http://www. elmundo.es/especiales/2008/04/internacional/mayo_68/francia.html

[6] Citado por Felipe Sahagún, ibíd.

[7] Eva Cantón, op. cit.

[8] En entrevista con Rosa Marqués, “Chesnais: El Mayo de 1968 en Francia”, en lahaine.org, proyecto de desobediencia informativa, https://www.lahaine.org/mundo.php/chesnais-el-mayo-de-1968

[9] Ibíd.

[10] Cfr. Romina Schnaider y Mariano Zarowsky, Comunicación para principiantes, Buenos Aires: Era Naciente, 2004, p. 87-91.

[11] Citado por José A. Sánchez, El teatro en el campo expandido, Barcelona: Macba, 2007, p. 13.

[12] “Las paredes hablan”, op. cit.