Título: La Hija de Kafka
Autora: Mónica Sánchez
País: España
Año: 2009
Editorial: El andén

“Soy la hija de Kafka, la que nunca creyó en castillos infranqueables, pobre, ingenua;
soy Milena, la mujer enamorada capaz de refutar la gravedad y sus aledaños;
soy Julia Pastrana, mi amiga, también soy tú, y soy la narradora”
Mónica Sánchez
La Hija de Kafka
Por: Diego Firmiano
Sinopsis: El anhelo de Milena Vidriera de ser una escritora en sí, que se autoexilia en otro país como condición sine qua non para realizarse; el amor desesperado que profesa por Rubén Fernández, un pianista ciego, y que en la búsqueda y el deseo de conquistarlo termina siendo otra; y la creación literaria en la que trabaja, que es la relación entre una mujer simio y su explotador circense, en quien se proyecta y deja rasgos de sus anhelos profundamente personales. Ese es el tejido de esta novela.
La vida de Milena Vidriera es la dignidad de la mujer libre, creadora y artista, mientras intenta darle esa misma dignidad al personaje femenino de su creación literaria Julia Pastrana, la mujer simio, la abyecta, la alienada.
Sus mundos tienen muchos paralelismos, y en ocasiones parece que es un panteón de vidas consumadas bajo las relaciones afectivas, historias personales, que desde su inicio fueron marcadas con el sello del fracaso que el amor ofrece en tan Kafkiana historia.
La hija de Kafka que en esencia es Milena Vidriera, sufre una metamorfosis por el amor, pero también se mimetiza con su creación: Julia Pastrana la mujer simio explotada por Theodore Lent, un hombre que rechaza el amor, por la ambición de la numismática, del peso y del valor que remplaza los asuntos internos del ser humano.
Al final, como en toda realidad humana ambas comparten la decepción mortal: el rechazo sentimental de hombres infames, utilitaristas y en algunos casos ideales; una narración llena de desencanto, sorpresas, relaciones y sentimientos dentro del marco de un destino tan incierto como el verdadero amor correspondido.
Reseña:
En Milena Vidriera se puede observar una falta de ser, una carencia psicológica que la lleva a vivir su existencia como posibilidad entre dos deseos humanos: La de ser escritora, y que con plena conciencia de ello se autoexilia en México para ser fiel a su conciencia literaria y la proyección de ser la amante de Rubén Fernández, el hombre que se vuelve el objeto de su amor.
Son dos deseos flotantes que oscilan entorno a ella, buscando una unidad con su núcleo, o sea con la llenura y propiedad de su existencia.
¿Y porque una carencia? Porque toda su actividad se centra en desarrollar dos vidas paralelas: la suya propia en el mundo real, -mundo creado magníficamente por Mónica Sánchez, la escritora omnisciente- y la de Julia Pastrana, la mujer simiesca que sufre el mismo destino amoroso que ella.
Esta es la insatisfacción de su naturaleza, a eso esto es lo que podemos llamar la carencia de ser, que intenta llenar por medio de la construcción de un alter-ego representado en Julia Pastrana, y por eso vive entre esta historia para no aburrirse y correr el riesgo de perder el sentido de su existencia; su libido psicológico la impulsa a buscar la plenitud en todo lo que hace, lo que cree, lo que escribe y lo que siente.
Pero también una parte de este alter-ego se encuentra no en la Milena, como tal, la escritora, solitaria, soñadora, filosofa, sino en la Milena que será más adelante la amante onírica, desesperada, que sufrirá una modificación conforme al deseo y gusto de su amado y amante.
Y justo acá es donde está lo paradójico y lo complejo de entender a Milena Vidriera; ella no conoce los gustos personales de Rubén Fernández, al menos no los sabe de primera mano, o sea de su misma intención, sino que sabe que es lo que le atrae, por las impresiones que toma de las visitas que asiduamente recibe Rubén en su casa: diversas mujeres casi todas atractivas, y quienes observando por su propia ventana extrae su opinión: “Se ve que es cirugía”.
Su vivo interés y la pasión por su hombre, la lleva a recibir el doble juego de la contradicción del amor: la que ama sin ser correspondida, y el objeto de su amor que se constituye inerme, impaciente, sin posibilidad alguna de amar de verdad, sino por medio el arte.
El amor cubre muchas faltas, y aunque Rubén es mujeriego, el arte que posee en su alma, es lo que enamora a Milena, por esto podría dar más de lo que recibe; al final el cuerpo pasará, tiene su limite fijo, pero el arte, la música es universal y eterna y su amor, su vecino, el hombre viril que toca el piano es un eterno virtuoso.
Y Milena no es conocida por Rubén, tanto como Rubén en Milena; esto es lo fugaz, lo imaginario, lo que escapa de toda sensación y sentimiento de pertenencia; sí, ella es sentimiento pero también razón y no actúa por impulsos, sabe que conquistará su amor ejercitando la paciencia de los santos antiguos; en esto es toda una hija de su propia disciplina; no podría ser escritora sino ejerciera la paciencia, no podría amar sino pudiera esperar que el destino la puede tocar.
Lanzarse a la conquista de Rubén, sería como si Julia Pastrana le dijera a Theodore Lent: “Castígame, soy tu usufructo, úsame”, eso no, ella no falsea el sentimiento, no es sentimental, de lo que sufre es de un sentimiento que la puede debilitar, por esa conciencia fuerte de su amor que tiene y que sabe que siempre está en posibilidad: Sabe que puede tener a Rubén, como sabe que también lo puede perder. (Lo desea, desea el amor de Rubén y se imagina que puede estar entre sus brazos y se ve consumida en el fuego de su pasión)
No quiere conocer a Rubén, sin excepción de su talento. Lo que la enamora es su música y cree encontrar con lógica un pensamiento que la ata: “ningún sonido tan hermoso puede salir de un corazón deshonesto”
No duda de esto, hacerlo seria desbaratar su psicología femenina, los sueños que la componen; no creer sería incluso reducir su absurdo su propia vida; se hace una con esta idea, y una con su compromiso literario: Proyecta en Julia quién ella es, lo que es; lo que cabe preguntar es si Theodore Lentes es el alter ego de Rubén Fernández.
Ella misma no entiende esta relación masculina, a Rubén Fernández, no lo entiende del todo, ni siquiera ha cruzado una sola palabra con él. Por eso es él siempre presente, quiere descubrir sus secretos más íntimos, por eso le hace regalos a hurtadillas y escribe como si él la estuviera observando mientras se inspira en el papel.
Esta relación sentimental como desea es contingente y necesaria para Milena, y así como ha tenido un encuentro con muchas personas, bajo las figuras más diversas: el padre, la madre, el amigo, ahora Rubén es el amor y el amante; tanto así que cuando sueña se pregunta si acaso no será ella un fantasma en el sueño de él; pero a la vez con sus pies sobre la tierra abre las fronteras de su confianza, para atreverse a ser un puerto donde Rubén tenga un día la molestia y la libertad de venir al encuentro de su amada.
Así que todo en Milena Vidriera es “otredad”, o sea ese sentimiento de ser totalmente otra mientras vive, pero aunque esto es así, aunque tiene dos vidas paralelas imaginarias, aunque se está transformando en otra, ella está en el medio, en la existencia tangible, alzando el edificio femenino de Julia Pastrana, la mujer simio que es el utillaje de su mal amante Theodore Lent; la creación de una vida y una dignidad femenina tan lucida que por momentos parece que Milena es la misma reencarnación del sueño de Julia, o sea la extensión de su conciencia amante, y por esto es que es la “totalmente otra”. Ella deja de ser, para ser otra, y precisamente la otra que idealiza Rubén Fernández, igual que Julia siendo transformada por el amor de Theodore Lent.
Milena ama a Rubén, igual que Julia a Theodore: por la mera carencia de entendimiento. Y acaso es esto un amor doble y aparente, acaso son vidas diferentes, ¿no se consigue acaso vivir una vida entera, verdadera, es decir una vida propia sin necesidad de ser otra?
El disfraz de la soledad en la que vive, ese fantasma que ronda en su corazón y su mente, a eso le llama verdaderamente amor. Lo sabemos porque Milena al engendrar por medio de las letras a Julia Pastrana, no le ha transferido otra naturaleza que la del amor; ella es la mujer que ama con resignación, con paciencia, con pasión pero también con odio, al final estos sentimientos son caras de una misma moneda.
En un momento de la vida de Julia Pastrana, cuando Theodore Lent intenta usar la vida y la muerte de su amor, Milena hace una jugada inesperada: Le impide a Julia que a ame a Theodore Lent y pone en sentimiento una transformación de amor en odio, aunque salvaguardando el que Julia no ame a alguien pero que conserve el amor y el sentimiento en su vida.
Milena también cambia, y cambia al tomar la decisión de buscar al amor ideado por ella desde su soledad; camina a su casa, tiene la ilusión de que su amado la espera igual que Penélope esperando a Ulises, es la aventura de amor épico; tiene miedo, sus hormonas están reprimidas, pero esta convencida de que es la mujer que él ha elegido, porque el solo hecho de ella creerlo así. Llama a la puerta, está ataviada como una virgen dispuesta a la fusión de amor, sale su amado oteando, ella le encuentra, se lanza encima: “tócame como a una de tus melodías”, y en ese instante de pasión y lujuria, de inocencia y furia, descubre que el objeto de su amor es ciego.
No poder verla a ella, ni saciar el amor que necesita su ser, le hace pronunciar las últimas palabras, que en realidad fueron las primeras, con las cuales emprendió su vida: muero feliz, muero de amor, sé que he sido amada por mí misma.

