Es que en la cárcel no hay diferencia de días, que se repiten como el agua que sale de una llave abierta y las únicas diferencias pasan los fines de semana,  con la visita.

 

Por Wilmar Vera

La primera vez que lo detallé pensé que estaba loco. Se paraba frente al único estante de la pobre biblioteca de nuestra prisión y se quedaba observando una hilera en particular de libros y luego a la ventana, hacia el cielo. Una y otra vez, todos los días desde hacía varias semanas.

Al tercer día de percatarme de su existencia, me picó la curiosidad y yo, que me he caracterizado por hallarle respuestas a las preguntas, comencé como hormiguita a construir su historia.

“Milagros le dicen, lleva como cuatro años aquí y le faltan como otros cuatro”, me dijo Pintaíto, mientras se atarugaba de pan y agua panela con leche en su desayuno.

Hace días que hace la misma cosa, hasta el pluma lo deja porque es inofensivo y no le  estorba a nadie. Simplemente está como loco”, replicó en el almuerzo el viejo Migue, un costeño de Uramita, o algo así, al que le encantan los chistes de maricas y había asesinado a un travesti. Él dice que lo iba a atracar, otros que fue crimen pasional.

Su piel afectada por vitiligo daba la imagen de que la hubieran manchado con pintura rosada. Milagros, por lo único que rompía su extraña posición de estatua humana manchada, era por la hora de las comidas y los fines de semana. Es que en la cárcel no hay diferencia de días, que se repiten como el agua que sale de una llave abierta y las únicas diferencias pasan los fines de semana,  con la visita.

Un día me le acerqué, tímidamente, como un animal indefenso a otro que lo podría atacar, aunque yo sabía que nada me podría hacer. Así lo detallé: debía tener como 60 o 70 años, cabello negro largo y lacio como alambres, que peinaba hacía atrás con un brillo que parecía recién lustrada la cabeza, no usaba gafas, pero por la forma de arrugar los ojos al hablar se notaba que era muy miope.

-Hola, le dije.

Milagros me miró, hizo una mueca de sonrisa y con voz suave me respondió:

-Buen día.

-Busca un libro en particular, pregunté tontamente, como si hubiera de dónde elegir con una raquítica biblioteca, donde lo que abundan son códigos penales de hace muchos años, textos escolares amarillentos y tantos libros religiosos, novenarios, libros de oración y biblias que más que un centro penitenciario se creería que estamos en un  seminario.

Espero, solo espero, me respondió y le di la razón a Petete, un gordo sicario al que en su última “vuelta” lo agarraron porque le dio un ataque de asma y se desplomó resoplando a pocas cuadras del lugar donde cometió el crimen.

Confieso que pasaba a ratos por la biblioteca sólo para saludar al viejo y me sorprendió cuando me dijo:

-Ya casi me voy, quiero decirle a usted adiós. Voy a ser libre.

– Y eso, don Milagros, ¿le llegaron noticias de su caso? ¿Le dieron condicional? ¿Se va a volar?

Abrió los ojos como si hubiera descubierto un secreto, luego sonrió con una risa huérfana de dientes y siguió mirando los volúmenes verdes, gruesos y caducos de teoría judicial. Nueva o vieja, eso no pasa de ser letra muerta y solo uno lo descubre cuando está en la cárcel.

Una mañana en el conteo faltaba un recluso y temí que  mis  palabras su hubieran hecho realidad.

Los dragoneantes Peña y Riscos subieron a la celda 23 y alarmados se pegaron de los pitos pidiendo refuerzos.

El viejo Milagros estaba en el baño desplomado, inerte, con los ojos abiertos, nos contó más tarde Peña. Hubo una rapiña con las pocas pertenencias: cuatro camisas semitransparentes de lo viejas, un par de chanclas remendadas, dos pantalones a punto de partirse en jirones y un libro, un libro pequeño de insectos. El Yanqui, Burro y Pablito se quedaron con sus pocas cosas y a mí me dieron el libro, porque yo era el único “amigo” que tenía. Que tristeza pasar por esta vida y no dejar alguien que al menos lamente su muerte. Es como tener el más bello paisaje pero no tener ojos para contemplarlo.

Al segundo dìa de su fallecimiento me fui al estante de libros y me paré en el sitio donde solía estar Milagros. Miré la línea de libros: “Código Penal actualizado -1999-“, “El derecho de las gentes y las gentes al derecho”, “La presunción de inocencia en el código penal colombiano”… Nada interesante. Miré a la ventana y pude notar un ángulo por donde no se veía el muro que nos separa de la calle, de la libertad. Se veía el cielo que ese día era azul brillante, como un canto a la vida en medio de este enorme ataúd, donde la tapa es precisamente el cielo.

Tomé el libro más grande, con intención de meter junto a ellos el que tenía de Milagros, cuando noté un movimiento extraño. Algo se movió atrás de los libros y, tímidamente, revoloteó una mariposa amarilla con líneas negras. Se me acercó hasta la nariz y como si hubiera adivinado el camino, remontó  a la ventana y salió dando giros  de novata hasta el cielo.

-Ahora sí son libres, me dije sonriendo y guardé el libro. Los dragoneantes hicieron sonar sus pitos. Hay que contar a los presos en el patio, otra vez, pero sé que les faltarán dos…