El mito del asesinato de Osiris

Según todas las tradiciones, Osiris fue un dios legendario, célebre por la energía y la justicia con que gobernaba Egipto. Seth, su hermano, le tendió una trampa y logró asesinarlo.

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Por: Ángela Fernández M.

Para empezar, el propósito de este escrito es analizar el mito de Osiris teniendo presente también un apartado del mito de la creación del dios Ptah de Menfis. Se abordarán a partir de ciertos enfoques hermenéuticos –como la belleza, la tragedia y la interpretación simbólica–, especialmente los regímenes diurno y nocturno.

Ahora bien, cuando en la cotidianidad nos referimos al mundo egipcio, aparecen en nuestra mente imágenes puntuales como la de Cleopatra, las pirámides, un chacal o un gato y una infinidad de animales exóticos que capturan nuestra atención. No obstante, entrar al universo de esta cultura implica una serie de reconocimientos a nivel histórico, social, cultural y religioso. Enfatizando en los dos últimos, porque finalmente son estos los que dan cuenta del imaginario, las creencias y la mitología que se crea alrededor de ciertas cosas.

Por lo tanto, lo ideal es abordar en primera instancia el arjé de esta mitología, por lo menos una parte, puesto que es difícil no acabar por enlazar los diversos mitos; pues cada uno termina por conectar con otro.

HorusCabe decir que para los egipcios hay diferentes mitos que responden a la creación, sin embargo, en este caso se abordará el de Ptah, dios de Menfis. ¿Y por qué? Porque aparte de ser la más antigua cosmogonía egipcia, posee un componente maravilloso y es el poder de la palabra. Como afirma Hart, “de manera que, al pronunciar la identidad de cada cosa, la autoridad de su palabra era tal que toda la creación empezó a existir. Lo que los ojos ven, los oídos oyen y la nariz inspira, va directamente al corazón, y la conclusión a la que llega el corazón es después pronunciada por la lengua”.

Así pues, “Ptah es proclamado el más grande entre los dioses; Atum es únicamente el creador de la primera pareja divina. Es Ptah el que hace existir a los dioses. Más tarde penetraron los dioses en sus cuerpos visibles, entrando en toda clase de planta, en toda clase de piedra, en toda clase de arcilla, en toda cosa que crece sobre su relieve (es decir, el de la Tierra) y mediante las que pueden manifestarse”, comenta Eliade.

En consecuencia, es de vital importancia que nos detengamos a reflexionar sobre este asunto porque es evidente que nos encontramos ante algo bello, y no es solo por el hecho de “la lógica de una teología que consideraba el orden cósmico como la obra divina por excelencia […] o que, ‘la primera vez’, es decir, la primera creación constituyera para la Edad de Oro la perfección absoluta”, dice el mismo Eliade, y que en efecto lo anterior vaya ligado a lo considerado por “los orígenes de la filosofía, con lo pitagóricos, donde la belleza asegura una sustancial armonía y medida que afecta, en primer lugar al cosmos”, de acuerdo con Varcellone. Si no, más bien, el protagonismo que adquiere la palabra; cómo de una manera tan sutil se narra el principio del mundo, cómo la concepción del pensamiento en el corazón y el habla en la lengua determinan la acción de cada miembro.

Ptah de alguna manera, a través de la palabra llena el silencio, con la palabra dibuja, abofetea, enamora, se dispara hacia el infinito; en sí, pinta un mundo sobre una página donde no existía nada y esta magnificencia del logos coincide con lo bello.

osiris2Así, y una vez explicado lo anterior, entendiendo al creador de los dioses, es preciso acercarnos, ahora sí, al mito del asesinato de Osiris. Según todas las tradiciones, Osiris fue un dios legendario, célebre por la energía y la justicia con que gobernaba Egipto. Seth, su hermano, le tendió una trampa y logró asesinarlo. Su esposa Isis, ‘gran maga’, consiguió ser fecundada por Osiris muerto. Después de sepultar su cuerpo, Isis se refugió en el Delta; allí, oculta entre los macizos de papiro, dio a luz un hijo, Horus. Cuando éste creció, hizo reconocer sus derechos ante los dioses de la Enéada y se lanzó al ataque contra su tío.

De ahí que los sucesos anteriores, si bien no se catalogan en una tragedia total porque finalmente hay un triunfo por parte de Horus, sí se evidencian elementos trágicos que encarnan infortunios y padecimientos en los personajes, así nos lo afirma Eliade: “…de su unión vinieron al mundo Osiris e Isis, Seth y Neftis, protagonistas de un drama patético que retendrá nuestra atención más adelante”. Y resaltamos “el drama patético” en el sentido que denota gran angustia o padecimiento moral, capaces de conmover profundamente y agitar el ánimo, pues si nos enfocamos en ciertos dioses encontraremos dichos agobios, por ejemplo, Seth, que en un principio logró ganar el trono y al final quedó destruido: “Set sufre una última humillación cuando, como prisionero de Isis, es conducido ante los dioses para que renuncie al trono de Egipto”, explica Hart. Asimismo, y a pesar de Horus ser vencedor y ganar el trono, tuvo que luchar muchos años para conseguirlo. Por ello amplía este autor: “…Así se llega a un callejón sin salida que dura ochenta años”.

Y finalmente, Osiris e Isis, ya que, en el principio, todo marchaba adecuadamente. Para Hart,

La consorte de Osiris era su hermana Isis, dando así un prototipo divino de matrimonio entre hermanos en el seno de la familia real. La prosperidad de Egipto durante su reinado es evocado con elocuente fraseología en la estela de Amenmose (hacia el 1400 a. de C. durante la Dinastía XVIII) del Museo del Louvre. Allí Osiris es descrito gobernando todos los recursos y elementos, de manera que trae buena suerte y abundancia al país. Por su poder, las aguas de Nu están bajo control, del norte soplan brisas benéficas, las plantas florecen y todos los animales procrean adecuadamente. Igualmente, Osiris recibe un inmenso respeto por parte de los demás dioses y gobierna el sistema de las estrellas celestes [..] Al igual que muchas narraciones a lo largo de la historia, se empieza con un rey y una reina benevolentes y triunfantes, Osiris e Isis, que gobiernan en una edad de oro.

Sin embargo, al finalizar el mito, vemos que Osiris desciende a Duat, los infiernos, y reina allí como Señor de la Eternidad, dando por concluido que pese a su condición reinante en el inframundo, jamás volverá a estar en la misma condición idílica y gozosa que al inicio tuvo con Isis, una pasión y una posición de poder de gobierno irrepetible, dejando inevitablemente en el receptor un sinsabor y una compasión ante semejante desgracia. Pues no solo es la imposibilidad de retornar a la felicidad de ese principio, sino también el desespero que vive Isis por la ausencia de su amante: “Este asesinato está confirmado por la aflicción mostrada en el llanto de Isis [..] Infatigablemente, ella y Neftis vagan por Egipto lamentándose por Osiris”, comenta Hart. De tal manera que presenciamos algo planteado por Aristóteles al hablar de la tragedia: “la catarsis es la facultad de la tragedia de ‘purificar’ al espectador de sus propias pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra, y al permitirle ver el castigo merecido e inevitable de estas; al involucrarse en la trama, la audiencia puede experimentar dichas pasiones junto con los personajes”.

anubisPor otro lado, y ya adentrándonos en el campo de la interpretación simbólica, especialmente, los regímenes diurno y nocturno, podemos decir que el diurno está caracterizado por el dualismo, como lo asegura Garagalza: “…sirviéndose de la ‘antítesis’ como figura retórica fundamental que establece, en un intento de eufemización, una interpretación dualista, basada en el juego de figuras y de imágenes antagónicas” . Por lo tanto, esto lo podemos verificar en los constantes dualismos que se plantean en el mito, por ejemplo Osiris y Seth: “El ciclo de Osiris se adecua al dualismo del orden cósmico establecido por el dios Sol, estableciéndose un equilibrio entre los contrarios de la totalidad: Osiris corona un reino legítimo en Egipto; Seth destruye al poseedor legal del trono de Geb”, dice Hart.

En otra instancia, tenemos a Horus y a Seth, el primero como el héroe y el segundo como el monstruo donde: “el héroe [..] combate al monstruo hasta darle muerte. Dicho proceso de configuración se encuentra regido por un principio constitutivo de la imaginación, según el cual ‘figurar un mal, representar un peligro, simbolizar una angustia es ya, por la domesticación del cogito, dominarlo’”, en palabras de Garagalza. Así pues, vemos reflejado lo dicho en el siguiente

Fragmento tomado de Hart: “El símbolo del triunfo del dios Horus es la representación de éste montando sobre el lomo del hipopótamo Seth y arponeando su cabeza. Horus lleva la Doble Corona del Alto y Bajo Egipto”.

Asimismo, tenemos la eternización de Osiris, sin embargo, este asunto se presta para que se presente una simultaneidad entre el régimen diurno y nocturno. En cuanto al primero, podemos decir que la temporalidad y la muerte se “proyectan en un más allá intemporal o atemporal, quedando lo negativo (la angustia) como la significación propia del devenir y del destino”, siguiendo a Garagalza.

Es decir, la búsqueda de una especie de paraíso donde no existe el tiempo: “Ahora el rol de Osiris en el mito de la realeza de Egipto se ha consumado. Desciende a Duat, los infiernos, y reina allí como Señor de la Eternidad”. Aquí se evidencia que gracias a él, todo mortal podía esperar en adelante su ‘destino regio’ en el otro mundo. Osiris se convierte definitivamente en el modelo universal; “…Osiris pasa a ser el modelo de todos cuantos esperan vencer a la muerte”, remarca Eliade. No obstante, esta consagración de Osiris, también se presta para vincularla al régimen nocturno, pues no podemos olvidar que “Osiris fue ‘reconstruido’ por Isis [..] De este modo inauguró un nuevo modo de existencia, pasando de sombra impotente a ‘persona’ que ‘sabe’, un ser espiritual debidamente iniciado”, remarca el mismo autor.

Por lo tanto, queda reflejada esa acción de Isis, como figura femenina que une, reconstruye y reanima. Además de ello, en el descenso de Osiris encontramos su vínculo con la oscuridad, según Gargalza: “El antídoto contra el devenir ya no se busca en el más allá, en la pureza de las esencias. Ahora la misma materia, la naturaleza se ofrece como tranquilizador y cálido refugio con las inclemencias del Tiempo; las tinieblas se eufemizan en noche serena”.

Así que, de acuerdo con Eliade, “se trata de una audaz valoración de la muerte, asumida en adelante como una especie de transmutación exultante de la existencia encarnada. La muerte realiza el tránsito de la esfera de lo insignificante hacia la esfera de lo significativo. La tumba es el lugar donde se realiza la transfiguración del hombre”

Podríamos decir que la mitología egipcia está envuelta por una serie de hazañas y sucesos en las que se ven involucrados dioses y diosas, donde se destacan diversos hechos que se relacionan íntimamente con valoraciones de belleza, de tragedia y de simbología. Una mitología que merece ser abordada, no solo porque divierte y fascina nuestra imaginación, sino también y como diría Eliade: “El mito, cualquiera que sea su naturaleza, es siempre un precedente y un ejemplo, no sólo en relación con las acciones (‘sagradas’ o ‘profanas’) del hombre, sino también con relación a su propia condición; más aún, constituye un precedente para los modos de lo real en general… El mito revela, más profundamente de lo que podría hacerlo la propia experiencia racionalista, la estructura misma de la realidad, que se sitúa por encima de los atributos y reúne todos los contrarios”.

Bibliografía

Eliade, M. (1999). Historia de la creencias y las ideas religiosas I. Barcelona: Paidós Ibérica S.A.

Garagalza, L. (1990). La interpretación de los símbolos. Barcelona: Anthropos .

Hart, G. (1994). Mitos egipcios. Madrid, España: Akal S.A.

Varcellone, F. (2013). Más allá de la belleza. Madrid: Biblioteca Nueva S.L.