Circe: la diosa, la mujer

 

Circe no es una estrella fijada en el tapiz renegrido del universo…

…ella es, en todo el sentido de la palabra, una mujer: un lucero de puntas oscuras que refulge con luz propia.

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón  – Ilustra / Stella Maris

“Se suele decir que las mujeres son criaturas delicadas,

como flores, huevos, cualquier cosa que pueda

quebrarse con un descuido momentáneo.

Si alguna vez lo creí, dejé de creerlo”.

Madeline Miller.

 

La mitología griega está plagada de seres extraordinarios: dioses, titanes, héroes, endriagos, cíclopes, faunos, bestias, brujos, hechiceros, ninfas, amazonas y mortales. Y todos ellos, sin importar su estirpe, su descendencia o su sangre, están condenados a los juegos macabros de las Moiras, a ese hilo que se teje y se desteje con el tiempo, que se rompe y nos envía al inframundo o que se mantiene impenetrable y pone a las entidades superiores en una jaula aún peor que la vida misma: la inmortalidad.

Circe, como cualquier otro personaje del panteón clásico, fue (o es, no lo sé) una diosa engendrada por Helios (el Sol) y por la oceánide Perseis. Según la mitología griega, Circe fue una hechicera con el poder de convertir a los hombres que desconfiaban de ella, por medio de los brebajes que preparaba, en horripilantes bestias que se doblegaban ante su maquiavélica voluntad. En sí, fue una mujer-bruja inmortal que sufrió el ostracismo (fue enviada a la isla de Eea), al que la condenó Zeus, pues el gran dios sabía que ella, la hechicera, más allá de su espíritu rebelde, contenía el alma que caracterizaba a toda mujer: la libertad.

Según la mitología griega, Circe fue una mujer-bruja inmortal que sufrió el ostracismo.
El ostracismo hace referencia al destierro al que se condenaba a los ciudadanos que se creían malos para la Polis. Esto se decidía en fragmentos de cerámica en los que se escribía el nombre de la persona que debía abandonar la ciudad.

Escribir sobre Circe, como una pitonisa rebelde que odiaba al mundo y a los mortales que allí vivían en concubinato con la mayoría de los dioses, no tiene mucho sentido, porque dichos argumentos los encontramos fácilmente en las sagas mitológicas que abundan en los libros y, por supuesto, en la Internet. Así, el objetivo de este texto consiste en realizar una reseña-ensayo de la novela Circe (una heroína. Una Hechicera. Una mujer que encuentra su poder), de la escritora estadounidense Madeline Miller.

En esta obra impresionante y profunda no solo está el mito, sino que, sorprendentemente, Miller quita el epíteto de diosa y hechicera a Circe, forjando, más bien, a una mujer que habita y se deja habitar por lo mortal, por esas acciones desgarradoras y crueles que pone el destino a las mujeres para que, de una u otra manera, ellas resuelvan lo que a los hombres les es imposible, porque, para ellos, el futuro es un mañana que no llega, un barricada negra y oscura que les impide comprenderse como sujetos en el mundo; mientras que, para las mujeres, el futuro es un mañana en el que lo porvenir se muestra como esa llama que arde a partir del hoy, del ahora, de los propósitos propios de la vida, obvio está.

En Circe, la novela de Madeline Miller, nada está preestablecido ni mucho menos definido. Página tras página el lector descubre detalles aparentemente nimios que son, vistos desde otro ángulo, el relieve narrativo en el que se advierte que detrás de la grieta no abunda la bruma ni la tenebrosidad; es al revés: en Circe hay un mundo exuberante en el que sus trazas, más allá de ser simples líneas, denuncian que para descifrar el universo nadie debe ahondar en la maraña de lo profundo, sino en aquello en lo que no se había fijado jamás.

Esta obra, entonces, no desvela la estructura del todo ni la ausencia figurativa de la nada; en realidad, esta novela demuestra que, desde el canon semiológico, es más fundamental la parte, el detalle, el punto negro sobre el horizonte oscuro. Es algo así como comprender el plano cartesiano en el revoloteo de una mosca, o la amarga existencia en el canto esperanzador del gallo que nos devuelve a la vida, a la rutina.

Miller es fiel al mito. Escribe que, en el palacio de Helios, nace una niña. Sin embargo, Circe, en la medida en que va creciendo, se vuelve una mujer extraña: no tiene los atributos encantadores y poderosos de sus padres. Ante esta falta de poderes y atributos, y al percibir que sus dones son más humanos que divinos, Zeus decide castigarla, desterrándola del monte Olimpo para que se hospede, como un animal cualquiera, entre los hombres, pues una deidad que no se comporta a la altura no merece nada más que el olvido en un mundo en el que la mortalidad es el núcleo de lo vagabundo.

Y es precisamente el mundo vagabundo donde Circe se desdeifica. Ella descubre que la eternidad no está en las plegarias de los hombres; en verdad, se halla en esa esencia mortal que exige a los seres humanos hacer las cosas planteadas antes de que el tiempo suelte el velo de la muerte sobre nuestros ojos.

Cariátides de la Acrópolis de Atenas.

En este sentido, Madeline Miller se ha apropiado de una divinidad menor para demostrar que lo femenino no está remarcado por el servilismo ni la falta de autonomía, sino que, a diferencia de lo que se cree, la reinvención de la mujer va más allá de un útero, de una lactancia, de una esposa sumisa; en sí, el lector agudo hallará que, en cada mujer que existe, el espíritu de la hechicera y de la bruja es apenas un mito que desvirtúa el carácter supuestamente social de las féminas, pues ella, en el fondo, desdibuja lo tradicional para que surja lo esencial: la mujer es vísceras y piel, carne y hueso; ese ser en el que cicatriza la vida y la existencia de los otros.

En otras palabras, la Circe de Miller es amante, esposa, madre, lectora del medio, conocedora, sabia; sufre, como toda mujer, de angustia, de miedo; el pánico la sofoca, pero, al mismo tiempo, la forja, porque nada pule más el carácter en los seres humanos que la acechanza del peligro, la ira; ese deseo, casi orgánico, de la venganza.

La diosa humana, como podríamos descubrirla en la novela que se reseña, muestra los dientes, muerde, se atreve, quiere más, enfrenta a los dioses olímpicos y a los mortales les da una lección de vida, porque a los barqueros que llegan a sus costas les enseña que una mujer es más que un óvulo para fecundar; es, además, un brazo que te puede golpear, una navaja que te puede herir, un ser que no se entrega a las fauces de la muerte sin antes pelear; en fin, una mujer es aquel ser al que se arrima el mundo para poder vivir.

Circe rompe el paradigma de la sumisión, y, en los trozos desperdigados por la existencia, puede leerse, entre líneas, que las mujeres en la actualidad han elegido un punto intermedio para reinventarse. Por un lado, comprenden que la vida germina en sus entrañas; por el otro, demuestran que las cadenas y el encierro de los hijos y del hogar no son un impedimento para rehacer el universo a su imagen y semejanza. Es decir, con el amor propio de las madres configuran el mundo, pero, con la valentía que les otorga la libertad, plasman sus huellas en los caminos que antes solo eran trasegados por los hombres.

Nada pule más el carácter en los seres humanos que la acechanza del peligro, la ira; ese deseo, casi orgánico, de la venganza.

La brecha entre hombres y mujeres se ha cerrado. Y, por supuesto, no es para mal sino para el beneficio de todos, puesto que, en los umbrales del siglo XXI, ya no podemos desconocer que la mujer tiene un papel protagónico en un universo que fue aparentemente diseñado con medidas masculinas. Ese sofisma extravagante y recalcitrante de que el mundo es para los “machos” y el hogar para las “hembras” es, desde toda óptica, un descalabro, un exabrupto con el que se le resta esa humanidad vital que aflora en las mujeres y no en los hombres.

En la novela de Miller, la fuerza indómita de la mujer alude a un hecho trascendental: celebrar la vida sin ser estigmatizadas, señaladas o vandalizadas con argumentos tan crueles y sin sentido como el pecado, la imposibilidad, la inferioridad e, incluso, esa aberración atrozmente teológica de que la mujer surge de la costilla de Adán. Y si así fuera, es preferible nacer de la carne y del hueso y no del barro y del polvo, con un soplo divino que no se sabe si nos entregó el alma y la vida o, por el contrario, nos condenó al destierro y a la muerte.

Circe es una novela abrumadora, embriagadora, épica, descomunal, con una transición sintáctico-semántica que raya en la perfección, pues las intrigas narrativas (el amor, el desamor, el odio, la venganza, entre otras) no son más que una fiel radiografía del papel preponderante que ha catapultado a la mujer del futuro como un ser humano trascendental en la vida y reconstrucción del mundo de los hombres, sin perder, obvio está, esa esencia femenina en la que se percibe la agudeza psicológica y filantrópica de la mujer que hoy ha reestablecido un nuevo orden mundial.

La Circe de Madeline Miller es mucho más que una diosa; es una mujer en todas sus dimensiones, porque ella desvela un gran secreto: sus sentimientos y pensamientos son más humanos que divinos. De hecho, la diosa-bruja fija sus ojos hacia abajo porque, en el fondo, sabe que los asuntos de los mortales son más audaces que las especulaciones inmortales de unos dioses que jamás comprenderán la in-mortalidad.

Circe es una novela abrumadora, embriagadora, épica, descomunal, con una transición sintáctico-semántica que raya en la perfección.

Con esta novela, Circe ha dejado de ser un personaje anecdótico, una divinidad menor. En otros términos, el espíritu de Circe, la diosa-hechicera, es un potente aliciente para comprender y resaltar que todas las mujeres en el universo están atestadas de matices, de pliegues, de horizontes, de imperfecciones, de sentimientos extraordinarios como el bien y el mal que, en lo profundo, solo denuncian a un ser vivo humanamente real; una mujer que, al igual que todo hombre, se erige y se edifica en las dudas, en esas incertidumbres que nos rompen y que, a manera de pretexto, nos exigen reconstruirnos, no solo a nosotros mismos, sino, también, a los otros y al mundo que nos rodea.

Circe no es una novela violenta sobre batallas épicas y encuentros campales. En esta obra la violencia está matizada con agudeza, porque su protagonista se mueve entre la naturaleza del más allá y la tierra de los mortales con ese temor que toda mujer ha tenido que enfrentar ante ese falo simbólico que, hasta ahora, pensábamos era el formador del universo, el hacedor del mundo. Circe es, en realidad, una pre-ocupación que desvela el sistema patriarcal en el que han tenido que subsistir y sobrevivir, a lo largo de la historia, las mujeres.

A partir de ahora, entonces, Circe no es una estrella fijada en el tapiz renegrido del universo, como si fuese una porcelana decorativa en la repisa empolvada de la creación; ella es, en todo el sentido de la palabra, una mujer: un lucero de puntas oscuras que refulge con luz propia.

 

@wilmar12101