“Donde uno sueña lo que lee y termina en el esplendor de un verso”. Julio Benítez

Por: Diego Firmiano

Hace dos milenios, Horacio, a quien el emperador Marco Aurelio consideraba demasiado extravagante, demasiado diverso e inestable, es decir, demasiado poeta, dijo: “Ningún verso que produzca placer ha sido escrito por un bebedor de agua”. El lírico y satírico (valga la rima), y gracias a Júpiter que este ahora es solo polvo y olvido, se arrobaría al comprobar que hoy se escriben versos tomando leche, agua, energizantes, e incluso en ayunas, y no precisamente bajo el influjo de bebidas espirituosas. Pero seamos sinceros, ante el verso cualquiera puede escoger la forma de inspiración, ya que lo importante es la calidad, y la composición inmortal de unos buenos poemas que relajen al inquieto, e inquieten al relajado.

Porque una cosa es que circulen en la ciudad poemarios sin ton ni son, sin editorial y sin disciplina, que hagan exclamar: “¿por qué publicaron esto?”; y otra, que, si tal lectura no produce el “clic” de la caja de Yeats, no embriaga, no rompe la apatía, es mejor dejarla de lado, como recomendaba Montaigne, guardar silencio, y pasar a explorar otro libro.

Así entonces, sea cual sea el secreto de la inspiración, Horacio genera más preguntas que respuestas: ¿ Es un requisito calentar el espíritu con alcohol para hacer poesía? ¿Qué hay de los abstemios? ¿Y qué del silencio, ese locus solus, escenario ideal para imaginar, escribir, alcanzar una epifanía, al mejor estilo de Joyce?

 

Quinto Horacio Flaco ​ (Venusia, hoy Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C.-Roma, 27 de noviembre de 8 a. C.), conocido como Horacio, fue el principal poeta lírico y satírico en lengua latina.​

 

Sobre esto último, un milenio después, Ranbam afirmaría que la poesía es silencio, quizá refiriéndose a los místicos o a los habitantes del desierto (Nietzsche pensaba que el desierto está en nosotros). Sin embargo, si es necesario el alcohol o el mutismo voluntario para la creación artística ¿sobre qué, o quién o cómo se inspira el poeta moderno? ¿A cuáles musas acaricia para componer endecasílabos, hexámetros, o alejandrinos, o simples rimas de enamorados?

Son muchas preguntas, así que vamos despacio, porque entre abstemios y etílicos; entre satíricos y teólogos; entre leche y vino; hay excepciones, ya que salimos de una feliz y apacible Arcadia para entrar a una ciudad vertiginosa y embriagante que demanda urgencia y creatividad, libros y lectores.

Sin ambages, esta ciudad adonde ingresamos, es Pereira. Ciudad sin puertas que nos deja ver el poemario Río de olvido (2018). Un libro, que, ateniéndonos al consejo de Horacio, está compuesto precisamente de eso, de espuma, de lúpulo, de embriaguez, sensibilidad y reconocimiento, pues el autor, Uriel Hincapié Montoya, un discípulo de Baco, ha querido exponer unos versos, que, a decir verdad, y de Flaubert, no tienen escuela, ya que no solo son dáctilos o espondeos sobre el papel, sino una prosa estival impregnada de romanticismo, inteligencia y añoranza.

 

Gustave Flaubert (Ruan, Alta Normandía; 12 de diciembre de 1821-Croisset, Baja Normandía; 8 de mayo de 1880) fue un escritor francés.

 

Impresión personalísima que revela, que, para entender, disfrutar, y lograr oír los versos que se exponen en estas 71 hojas, hay que tener algo de místico, sino algo de música en el interior. Así es la buena poesía. Y de igual forma así se siente al leer los poemas de Gustavo Acosta, Mauricio Ramírez, Gustavo Colorado, y hasta de Carolina Hidalgo. Sin embargo, versos compuestos bajo el influjo del alcohol, o las musas embriagadas, solo se pueden reconocer si en una mano tenemos una cerveza rubia, y en la otra el librito Río de olvido.

Este es el efecto y esa puede ser una forma de lectura. Pues no se concibe al poeta Omar Al-Kayyam sin vino, ni al inmortal Li-Po sin sake. De igual forma Uriel Escobar, que como abogado guarda sus confidencias y como poeta expone la remembranza y la nostalgia, le entrega al público este poemario para imaginar y sentir, o para leer y beber.

Así, en mi parecer, (y espero no haber escrito esta reseña en estado etílico) hay en estas páginas una reconstrucción de la soledad, y una composición de sonido que como canto rodado no encuentra sosiego sino ante el vaciamiento del ser en el papel. Una definición que espero sea precisa, ya que, a decir de otro poeta, Jhonattan Arredondo Grisales, la poesía de Uriel es “sin estridencias, contenida, siempre intentando abrazar lo esencial, lo invisible, lo que está más allá de las palabras.”

 

Dante Alighieri, bautizado Durante di Alighiero degli Alighieri (Florencia, c. 29 de mayo de 1265-Rávena, 14 de septiembre de 1321), fue un poeta italiano, conocido por escribir la Divina comedia, una de las obras fundamentales de la transición del pensamiento medieval al renacentista y una de las cumbres de la literatura universal.

Por ello, el año pasado, si la memoria no me falla, en lo que pudo ser una ceremonia cerrada, sentimos palmo a palmo, línea a línea, cada verso declamado por él, entre libros, amigos, pasabocas y cervezas.  Y créanme, el autor que no es desconocido en el ámbito literario, no es solo un río de olvido, sino un mar de experiencias vividas, recopiladas en su trasegar diario. Y su relación con los cauces es misteriosa, ya que previamente había publicado obras como Fluye río de amor (2004), Vuelve el río a su cauce (2012) y otros fluidos poéticos.

Sin embargo, al sumergirnos en las aguas profundas de la historia, el misterio de Uriel se desvela en Dante. En Lete, el río del olvido, que contrario a otro afluente, el Mnemósine, beber tales aguas produce olvido, purificación, redención. Fluido que se daba a tomar a las almas antes de reencarnar para que no recordaran sus vidas pasadas.  Por eso dije, leer es beber. Pero también es seguir esa gruta que nos lleva al paraíso, donde este río tiene su nacimiento, o al infierno, donde desemboca.

Y así como se creía antiguamente que leer es comer por los ojos, afirmo, que interpretar este texto, meditarlo, sentirlo, es beber con la sed del espíritu. Solo así, con esta saciedad, se caminará por esta ciudad, que no tiene río, pero sí olvido, con sensibilidad.  En fin, que las aguas del Lete fluyan entre los buenos lectores, y que Horacio por fin pueda descansar en su tumba al saber, que, entre vino, lúpulo y brindis, se escriben buenas anacreónticas en Pereira.

 

Los Toreros Muertos – Mi Aguita Amarilla