El término afro no alude más que al continente. En determinadas etiquetas modernas funciona como un prefijo para explicar, con intento absurdo de economía del lenguaje, el origen raizal de las comunidades negras en América. Es un término superficial y sistemático, a veces segregacionista y propio de la burocracia.

Jovenes bailan durante la celebracion del dia de muertos donde se realiza la danza de los Diablos, el toro de petate, en la comunidad del Maguey , Oaxaca, el 01 de noviembre del 2006. En la zona negra de la costa chica se acostumbra la danza de los diablos en las calles de los pueblos para conmemorar a sus difuntos. Jose Carlo Gonzalez/ LA JORNADA

 

Por: Elbert Coes

El tigre no declara su tigritud. Salta sobre su presa y la devora

Wole Soyinka

Abro el presente planteamiento con cierto pudor, confirmación de que este es un tema al que huyo constante e inconscientemente. Hablar de la raza negra me es difícil en dos formas: una, por la minuciosidad que se debe tener para desarrollar cualquiera de sus conceptos y, dos, porque soy un hombre negro. Y que bien, por la devoción y el afecto con que me tomo la tarea de escribir, en este ejercicio tal vez, sin proponérmelo, hiera la susceptibilidad de algunos. Así pues, aunque suene bastante pretencioso, la tarea de generar criterio, a la altura del escritor creativo, culmina en un deber filosófico y social, lo que a la vez lleva el imperativo de la honestidad.

Empecemos resolviendo el concepto de negritudes; a qué hace referencia, si el término es idóneo en tanto señala a un individuo o a una colectividad, de dónde viene, por qué se usa en los léxicos académicos y culturales. Para ello es preciso detenerse a examinar la raíz, pues me genera serias dudas dada su proveniencia del latín, lo que indica que fueron los romanos quienes hicieron la designación final. Negro, de la raíz nĭger, nĭgra, nĭgrum, alude al país Níger, cuyo significado es justamente el color oscuro, atribuido por la tonalidad del río que con el mismo nombre atraviesa dicho territorio. La introducción de la palabra en occidente se atribuye al poeta Aime Cesaire (1913-2008), a través de la obra Cahier d un rituer au pays natal, donde aparece por primera vez la palabra “Negritud”, que resulta de la manifestación del humanista por reivindicar la vuelta a África. Teniendo en cuenta que se trata de poesía, el marco del “retorno” al que Cesaire se refiere en esta obra es bastante amplio: a la identidad, a la música de tambores, a los miles de lenguajes africanos (algunos emparentados con el francés), a los ritos religiosos tradicionales, al respeto por los ancestros, al culto a la naturaleza, que va desde los ríos que recorren África oriental hasta el sol que baña todo el continente. Este retorno es también a lo tribal, al asentamiento de lo autóctono.

No obstante, años después un grupo de jóvenes negros liderados por el poeta senegalés Léopold Sédar Senghol, se iba a identificar con la negritude (francés), como modo de exaltación y de lucha contra la imposición cultural francesa. Para entonces el mismo Cesaire lo consideraría racista y se apartaría de su uso, calificándolo contradictorio a la identidad del pueblo negro pacífico capaz de evolucionar culturalmente dentro de sus costumbres. Jean Paul Sartre apoyará su tesis considerando la negritude como la negación de la negación del hombre negro.

Queda claro que, si bien en principio comienza como un reconocimiento de la propia cultura, su uso surge de una necesidad de mantenerse al margen de los valores imperativos de la metrópoli (capitalismo, cristianismo, racionalismo), y como rechazo a la esclavitud y la injusticia. A la larga, negritude no puede enmarcar la forma de reconocimiento de la identidad de la raza, puesto que viene a ser una redundancia. Es útil como rótulo, aunque inevitablemente ambivalente y separatista. El pueblo negro, como cualquier otro, campesino o civilizado, manifiesta su identidad a través de las propias formas de expresión: religiosas, por medio de sus rituales; físicas, el color de piel y los rasgos faciales; intelectuales, el uso del lenguaje. Todo esto permite admitir que no fue precisamente el pueblo negro quien se designó a sí mismo negro, ya que este valor siempre ha estado implícito en sus costumbres y los territorios que este habita.

No queda duda de que la asignación de nombres a ciertas regiones del mundo se debe a que fueron los europeos quienes diseñaron las primeras cartas de navegación, mapas que, sostiene la historia, fueron elaborados por la Antigua Grecia y el Impero Romano (Anaximandro, siglo VI a.C.), en especial del antiguo continente; incluido un porcentaje del territorio africano. Dado que la lengua de los exploradores era de origen latino, dichas regiones llevan nombres con esta raíz. El término afro no alude más que al continente. En determinadas etiquetas modernas funciona como un prefijo para explicar, con intento absurdo de economía del lenguaje, el origen raizal de las comunidades negras en América. Es un término superficial y sistemático, a veces segregacionista y propio de la burocracia. No es adrede, menos deliberado. Si la expresión negro en sí ya es redundante, el uso del prefijo afro resulta contradictorio y paradójico.

Algunos teóricos proponen —y en ello estoy de acuerdo— reformular los métodos que hacen alusión a la persona negra, individual o colectivamente. Términos como palenque y cimarrón también son impuestos. Hacen referencia a una época y eventualidad específica, a un carácter individual y colectivo. Palenque, del catalán palenc, alude a un cerco, delimitación o barrera. Comunidades de negros los creaban con la intención de defenderse de los colonos, pero no fueron estas quienes les otorgaron tal denominación. Cimarrón indica cima, del griego kyma, lo que se hincha. El sufijo “on”, remarca su significado, funciona como un aumentativo. Se les llamaba cimarrones a los animales salvajes que huían a la parte alta de los montes. El termino afro es una yuxtaposición superficial dada la relación entre el antiguo continente y el color de piel de ciertas minorías occidentales. Actualmente, se define más por una cuestión institucional que cultural. En África, los títulos “nigeriano”, “egipcio”, o demás, llevan implícita la calidad “afro”, que va más allá del color de piel. Se trata de referencias al sol, a la sequía, a la música, al lenguaje, a la religión, aspectos que en esencia difieren de los occidentales. Muchas de las personas negras de América son originarias del mismo continente, o bien, si en el caso de Haití y Jamaica o Estados Unidos no lo son, su posición de minoría o bien de grupo racial, contiene inherentemente la génesis africana, ¿o debería decir “afrogénesis”?

Conviene que las instituciones sociales y académicas tengan en cuenta que ciertos rótulos acentúan las diferencias entre seres humanos, excluyendo no únicamente a la persona de raza negra sino también a la persona de raza negra originaria de América y a la persona blanca de raíces africanas. Es necesario reevaluar el lenguaje en el marco de las distintas estirpes, por uno más parcial e igualitario, como lo ha planteado Daniel Cassany para el tema de diferencia de género (La cocina de la escritura, 1993). Por supuesto, no resulta sencillo, pero tanto a la hora de escribir como en la expresión oral, se hace necesario en pro de una sociedad más equitativa.

Como ya se ha planteado, la dimensión de la palabra negro adquiere niveles cosmogónicos en tanto a raza se refiere, de ella debe ser excluida toda interpretación negativa. No resulta fácil examinar términos como este gracias a las convenciones, a veces poco inteligentes y popularmente establecidas. No obstante, a la luz de la filología y la filosofía, el término negritud debe surgir como sinónimo de identidad, sin importar cuál sea su descendencia. Ser negro es también una filosofía social, es decir, el concepto no debería estar ceñido solo a las manifestaciones físicas, sino a todo aquello que encierra una forma de consonancia.

Observemos que alrededor hay una serie de palabras con la misma raíz. Para José Enrique Gargallo (Filología Romana, Universidad de Barcelona), las variaciones del negro responden a muchas causas. Por ejemplo, la carga de la palabra en portugués, nego, neginho, neginha, se usa en un contexto cariñoso, de un modo más o menos así: “mi negro”, “mi negra”. En eufemismos que intentan reemplazar la palabra negro: Moreno, mora, mórula, Maurus, Mauritania, que, si bien son suaves, no resultan correctos, ya por la raíz misma del término; Mórula era la designación que se le daba a la bola de hierro que anclaba los pies del negro a través de una cadena.

En la traducción al español de la obra de Shakespeare, de editorial Augusta, se usa el término Moruno para referirse a Otelo, más por su actitud celópata que por la tonalidad de su piel o de sus hábitos culturales. En ocasiones, al mismo Hamlet se le da esta denominación por su agónica tristeza y su sed de venganza. Unas voces que Enrique Gargallo considera más adecuadas son Moruchua, morocho, trigueño. No así para aterr (bilis) atrabilis, referente al humor del cuerpo, humor negro, mal genio. O Mélanos (otro tipo de humor negro), melancolía, aunque en cierta forma es el mismo individuo quien le da valor, positivo o negativo, a la melancolía.

Probablemente el último gran cimarrón de América haya sido el último hombre legalmente fusilado en Colombia en 1907: Manuel Saturio Valencia, el rebelde que sirvió de hilo conductor a Zapata Olivella para contar El fusilamiento del diablo. Lo traigo a colación porque esta es la novela colombiana donde, con cierta pericia, el lector prevenido puede encontrar el desarrollo de los conceptos de negritud, afrodescendencia, cimarronaje y palenquismo. De este personaje se han hecho varios estudios, pero pocos refiriéndose a su lucha como cimarrón. Se debe probablemente a una sola causa: el hecho de que a principios del siglo XX ya no existía, al menos en el marco de la sociedad colombiana, una estructura palenquera. La reconstrucción histórica y jurídica del proceso seguido a Manuel Saturio Valencia hace mención al carácter insurgente y libertario que este tenía frente a la aristocracia. Durante la época colonial, comerciantes criollos, hijos de los españoles nacidos en la Nueva Granada, se unen a grupos de indios y negros con la idea de abolir definitivamente la esclavitud en el Chocó. Ya para los días de Manuel Saturio, Quibdó era un importante centro de negocios, comercial como militar, donde existía una brecha muy marcada entre ricos y pobres, blancos y negros, libres y esclavos. Condiciones que van a llevar a Saturio a un despertar con relación a su posición de hombre negro, desarrollando así una lucha intelectual y física en pro de la reivindicación de la raza, la integración racial y la igualdad (Manuel Saturio Valencia, Una perspectiva de aproximación. Córdoba Murillo, Gustavo Arley. 2008. Ed. UTCH).

Se le llama cimarrón a todo individuo especial y exclusivamente de raza negra que se rebeló contra el sistema de imposición del hombre blanco, contra la esclavitud, hacia la libertad e igualdad en todas las condiciones humanas. El cimarronaje es la primera manifestación moderna de lucha de las negritudes hispanohablantes, y el palenque era el lugar físico de establecimiento de comunidades, desde donde se estructuraban los modos de lucha y defensa. Para la modernidad, sus usos se relacionan con la libertad, pero sus raíces vinieron del exterior a la misma raza; desde los opresores y los esclavistas. De este modo, aunque en lo personal me apropio del término negro, considerándolo hermoso por su cosmogonía, mi invitación es a que desarrollemos nuevos procesos, términos y modelos que identifiquen a la raza negra desde sus cualidades positivas, sin separarla de las otras, porque en última instancia todos hacemos parte de la naturaleza, y la belleza y la armonía social se dan cuando esas diferencias aparentes se disipan para, al final de cuentas, manifestarnos ante nosotros como hermanos, hijos de una misma madre, la tierra.