Aprovecho que algunos de los colaboradores y lectores de Tras la cola de la rata están mostrando interés y gusto por tertuliar sobre la lectura y la literatura para contarles un par de cuentos y antojarlos a hacer una Lectura Lúdica de la obra de Franz Kafka, no porque se vayan a cumplir los 130 años de su nacimiento (3 de julio de 1883), sino porque es delicioso leerlo y mejor si nos pican la curiosidad para hacerlo por otros motivos diferentes a los que ya son paradigmas.

 

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Por: Iván Rodrigo García Palacios

Aprovecho que algunos de los colaboradores y lectores de Tras la cola de la rata están mostrando interés y gusto por tertuliar sobre la lectura y la literatura para contarles un par de cuentos y antojarlos a hacer una Lectura Lúdica de la obra de Franz Kafka, no porque se vayan a cumplir los 130 años de su nacimiento (3 de julio de 1883), sino porque es delicioso leerlo y mejor si nos pican la curiosidad para hacerlo por otros motivos diferentes a los que ya son paradigmas.

Resulta que un viejo conocido se pasó 20 años de su vida buscando demostrar que Kafka se había pasado los últimos 20 años de su vida de escritor “casi” que reescribiendo [1], a su estilo, modo y manera, la novela Crimen y castigo de Dostoievski. Publicó varios libros de ensayos y una edición crítica de El proceso, acompañados de un inmenso y extraordinario aparato de análisis y crítica literaria que convencen hasta el más incrédulo (así “los amos” de la crítica literaria no se lo quieran creer).

Pero, para mi gusto, esa exhaustiva investigación y enamorada dedicación, muestran algo más. Que la “buena” literatura es tanto una cueva del tesoro de Ali Babá como una caja de Pandora, porque basta abrirlas o para entrar en el mundo asombroso de las joyas robadas o para desatar el infierno de todas las discordias. Pero, más allá de palimpsestos y conflictos, lo mejor de la literatura es ingresar al mundo maravilloso de la imaginación. Al fin y al acabo, Jorge Luis Borges ya lo había dicho: “La literatura es inagotable por la razón suficiente de que un solo libro lo es”. A lo que Gérard Genette le agregó: “Este libro no basta sólo con reelerlo, sino que hay que reescribirlo, aunque sea como Ménard, literalmente” [2].

Y paso al otro cuento.

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Entusiasmado por “el trabajo” de ese viejo conocido, me puse en la gozosa labor de buscar y verificar por mi propia cuenta lo que él mostraba y me encontré con que, en Kafka, había más de Dostoievski de lo que él había encontrado.

En mayo de 1910, según las anotaciones de su Diario (recién empezado a escribir) y por los testimonios de sus amigos, Kafka estaba pasando por una de sus habituales crisis existenciales, así como por su permanente crisis de escritor. Cuenta Max Brod [3] que el 1 y 4 de mayo de 1910, se encontró con Kafka en el Café Savoy, en donde se presentaba una compañía de teatro de judíos orientales (rusos) cuyo repertorio eran obras escritas en yiddischy que Kafka se entusiasmó mucho, por un lado, con la señora Tschissik y, por el otro, con la amistad del joven actor Isaac Löwy:

“Kafka escucha con avidez los recuerdos de este personaje que parece salido de una novela de Dostoievski, y su veneración es tal, que escribe en su diario, que querría “admirarlo de rodillas en el polvo” [4].

Esa conexión rusa, el enamoramiento de Kafka por la señora Tschissik y su amistad con Isaac Löwy, son los motivos que lo “animaron” a empezar, en ese mismo año, la escritura de su novela América o El desaparecido.

Una digresión. Se podría decir que las novelas de Kafka son “mujeres-novela”, igual que sus cuentos y relatos, porque, como él lo escribiera, son las mujeres las que tienen “la inmensa facultad de animar” su escritura [5]. El proceso es Felice Bauer y El castillo es Milena Jesenská y etc. Basta leer para creer.

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Felice Bauer y Franz Kafka
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Continuando con el cuento, lo más curioso es que, un mes después, Kafka escribió un relato que “casi” copiaba de la novela de Dostoievski, Humillados y ofendidos:

“Recuerdo que estaba de espaldas a la salida, cogiendo el sombrero de la mesa, cuando me asaltó la idea de que, al dar la vuelta, me encontraría irremisiblemente con Smith. Éste empezaría por abrir la puerta silenciosamente y, colocándose en el umbral, echaría una ojeada al aposento. A reglón seguido, inclinada la cabeza, entraría, plantaríase ante mí, me clavaría sus ojos turbios y, de pronto, se reiría en mis propias barbas con una risa larga y sorda de su boca desdentada, y su cuerpo se estremecería durante largo rato.

Esta visión se me presentó con extraordinaria claridad y precisión; y al mismo tiempo se apoderó de mí la seguridad más completa y más evidente de que todo aquello había de cumplirse sin falta, de que se había cumplido ya, aunque yo no lo viera, por hallarme de espaldas a la puerta, y de que en aquel preciso instante ya estaba abriéndose aquella.

Volví la cabeza y ¿qué creen ustedes? La puerta, en efecto, iba abriéndose lentamente, sin ruido, tal cual me lo imaginara minutos antes.

Exhalé un grito. En un principio no apareció nadie, como si la puerta se hubiera abierto por sí sola. Pero he aquí que, de pronto, se dejó ver en el umbral una criatura extraña, y pude cerciorarme de que unos ojos me miraban en la oscuridad, fijos e insistentes. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Lleno de estupefacción, distinguí a una chiquilla, y creo que de haber sido el propio Smith no me hubiera causado tanto asombro como la extraña y repentina aparición de una niña pequeña y desconocida, a aquella hora y en mi habitación” (Humillados y ofendidos, primera parte, cap. X) [6].

Y, mirándose en “la profundidad del espejo”, esto es lo que Kafka escribe en los primeros párrafos de su relato, cuyo título lo traducen al español o bien como Desdicha o bien como Ser infeliz:

“Cuando ya se volvía insoportable –en un atardecer de noviembre–, cansado de ir y venir por la estrecha alfombra de mi habitación, como en una pista de carreras, y de eludir la imagen de la calle iluminada, me volví hacia el fondo del cuarto, y en la profundidad del espejo encontré una nueva meta, y grité, solamente para oír mi propio grito, que no halló respuesta ni nada que disminuyera su vigor, de modo que ascendió sin resistencia, sin cesar ni siquiera cuando ya no fue audible; frente a mí se abrió en ese momento la puerta, rápidamente, porque hacía falta rapidez, y hasta los caballos de los coches piafaban en la calle enloquecidos como en una batalla, ofreciendo sus gargantas.

Como un pequeño fantasma, se penetró una niña desde el oscuro corredor, donde la lámpara no había sido encendida aún, y permaneció allí, de puntillas, sobre una tabla del piso que se estremecía levemente. De inmediato deslumbrada por el crepúsculo de mi habitación, intentó cubrirse la cara con las manos, pero se contentó inesperadamente con echar una mirada hacia la ventana, frente a cuya cruz el vapor ascendente de la luz callejera se había al fin acurrucado en la oscuridad. Con el codo derecho se apoyó en la pared, ante la puerta abierta, permitiendo que la corriente que entraba le acariciara los tobillos, y también el pelo y las sienes” [7].

La coincidencia no es casualidad, porque, en Humillados y ofendidos, Dostoievski narra la historia de Iván Petróvich, un periodista y escritor que, al igual que Kafka, pasa por una crisis existencial y de escritor, así como la de su complejo enamoramiento por “la extraña criatura”, la nieta del “viejo Smith”, el personaje que da origen a la novela. O sea, “casi” las mismas circunstancias en las que se encontraba Kafka. Y los paralelismos continúan si se leen ambos relatos hasta el fin.

Por supuesto que, tratándose de Kafka, los eventos extraños abundan y se conectan uno tras otro en su existencia y escritura. En este caso, el enamoramiento por la señora Tschissik, una de sus primeras e insólitas pasiones y su amistad con Isaac Löwy (Löwy es también el apellido de la madre de Kafka), tienen otras y ocultas motivaciones, como lo ha escrito Daniel Desmarquest en Kafka y las muchachas, algo así como la historia de sus extraños enamoramientos.

Milena Jesenská Imagen tomada de: http://chrismielost.blogspot.com/2011/09/franz-kafka-y-milena-jesenska-una.html

Milena Jesenská
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Y, estirando un poco más el bucle, se podría decir que Kafka, además y en ese momento, se apropia de la definición que da Dostoievski de su “terror místico” en Humillados y ofendidos y en el párrafo anterior a la escena con “la pequeña fantasma“. Así define Dostoievski el “terror místico”:

“Se trata de un temor profundo y torturante que yo mismo no acierto a definir, hacia algo inconcebible e inexistente en el orden de las cosas, pero que parece presto a realizarse de un momento a otro y que, como para mofarse de todos los conceptos de la razón, va a plantarse ante mí como un hecho irrefutable, pavoroso, deforme e inexorable. Es un temor que suele ir acrecentándose más y más, pese a todos los razonamientos de la mente, de suerte que la inteligencia, no obstante alcanzar en esos momentos su máxima lucidez, se ve en la imposibilidad de contrarrestar las sensaciones. No se presta oído a la razón, que se convierte en algo inútil, y este desdoblamiento acentúa más aún la azorada angustia de la espera. Creo que, en cierto modo, este miedo es el mismo que el de las personas que temen a los difuntos. Pero, en la angustia mía, lo incierto del peligro agrava mi tormento” (Humillados y ofendidos, primera parte, cap. X) [8].

Ese es el mismo pasmo que aprieta el pecho cuando se leen las obras de Kafka. Son los gritos ahogados de los personajes de Dostoievski y Kafka en los relatos antes citados.

Y fue así como, al igual que el personaje de su relato, Kafka descubrió que la obra de Dostoievski sería el espejo de su escritura.

En fin, podríamos seguir con más cuentos asombrosos, como por ejemplo, ¿a quién vio Kafka en Memorias del subsuelo?, pero mejor les dejo picada la curiosidad para que cada cual haga sus propias averiguaciones y, si es del caso, nos volvamos a reunir para una grata tertulia.

Porque no hay que esperar otros 130 años para leer a Kafka.

Notas:

[1] Guillermo Sánchez Trujillo, El enigma de los manuscritos. Desciframiento de El proceso de Franz Kafka, 2009, p. 9.http://www.accionarte.com/kafka/html/ensayos.htm#
[2] Gerard Genette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Taurus, 1989, Madrid, p. 497.
[3] Max Brod, Kafka, Alianza-EMECE, Madrid, 1982, p. 108.
[4] Daniel Demarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, pp. 67.
[5] Daniel Demarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, pp. 244.
[6] Fedor M. Dostoievski, Humillados y ofendidos, Editorial Juventud, Barcelona, 2003, pp. 58-59.
[7] Franz Kafka, Obras completas, Tomo II, Teorema, Barcelona, 1983, p. 467-470.
[8] Fedor M. Dostoievski, Humillados y ofendidos, Editorial Juventud, Barcelona, 2003, pp. 58.