NOTAS SOBRE NOVELA, GÉNERO E IDENTIDAD

El pasado viernes 22 de enero, la periodista Diana Calderón invitó a su programa de debate Hora 20 a la recién ganadora del Premio Alfaguara de novela, Pilar Quintana. Varias preguntas y respuestas de la conductora y los invitados del programa dieron vueltas en torno a la literatura escrita por mujeres, y a cómo ha cambiado la literatura escrita por hombres en años recientes, en respuesta al ascenso de voces femeninas. El también escritor Antonio García, uno de los invitados, dijo que ahora los hombres son más cuidadosos en la creación de personajes mujeres y citó El túnel de Ernesto Sábato como ejemplo de lo que hoy resultaría inadmisible. Se habló, en fin, de ese género que parece encapsular las expectativas del mercado literario (la novela), de la ampliación de la posibilidades para las escritoras y del estatus de los autores y autoras. Lo que escuché en Hora 20 me llevó a acometer estas líneas que siguen, y a preguntarme por mi identidad de género y por el género de la novela.

 

Por / Pedro Adrián Zuluaga – Ilustración / Stella Maris

En Scruff, una aplicación para contactos y citas, hay casi cuarenta opciones distintas de identidad de género. Esa variedad, que es como un pálido reflejo de la esencial variedad del mundo, me produce —lo confieso— un poco de vértigo. Por comodidad, por anhelo de sencillez o por falta de imaginación, casi siempre elijo presentarme como “cis man”. Otras  veces, dejo de llenar esa parte del formulario-perfil, consciente de que, con esos baches, la aplicación me esconde a posibles contactos y por tanto soy menos elegible. También en Scruff la identidad tiene su parte de mercadotecnia.

Ser “cis man” querría decir que mi afirmación (y prefiero esta palabra a identidad) de género coincide con mi sexo biológico. Si eso es así, de dónde viene entonces la sensación de malestar e inadecuación que me ha perseguido desde niño, por qué mi dificultad para encajar en ambientes predominantemente masculinos. Otras veces he contado* que, en una cultura como aquella en la que crecí, donde la masculinidad es inseparable de la fuerza física, mi presencia en estos grupos siempre fue mirada con burla o, al menos, recelo. En vez de persistir, buscando una aceptación que en todo caso siempre era ambivalente, yo emprendía la huida. ¿A dónde? Hacia el mundo de las mujeres.

Tampoco me sentía cómodo arropado por el incesante murmullo de mis hermanas, mi madre y las vecinas. Pero el parloteo al que ellas se dedicaban me parecía, eso sí, mucho más intrigante. Hablaban de cosas cuyo sentido profundo yo estaba lejos de entender, y, sin embargo, era muy receptivo a esas señales que indicaban secreto, misterio, pecado, caída, traición. Alguna vecina resultó embarazada y, para disimularlo, se fajó su barriga durante meses y meses, hasta que un buen día rompió fuentes. A otra la habían descubierto en los potreros, toqueteándose con un desconocido. El esposo de fulana se había ido dejándola con un reguero de hijos por mantener. La de la casa de al lado, para poner algo de comida en los platos, estaba vendiendo a precios de ganga toda su casa. Eran hechos excepcionales que provocaban violentas sacudidas: el mundo era un texto moral. Yo aprovechaba mi pequeñez e insignificancia para escuchar con el oído en vilo. No se me ocurría preguntar o pedir aclaraciones; las palabras desconocidas revoloteaban mucho tiempo hasta que con suerte yo mismo completaba su sentido.

Por esos mismos días, el televisor y las telenovelas ocuparon el centro de la casa en que vivía, y empezaron a definir las fronteras entre lo permitido y lo prohibido. Lo permitido era ver las novelas del día y las primeras horas de la noche, cargadas siempre de insinuaciones y dobles sentidos. El sexo, el poder y el dinero eran los temas de todas ellas. Luego llegaron a la casa los libros y las enciclopedias, pues mi mamá se afilió al Círculo de Lectores, y empezó a comprar libros que pagaba a plazos. Un poco después descubrí las bibliotecas del colegio y del municipio, que siempre fueron dirigidas por mujeres. Marcela y Florelba, dos de esas bibliotecarias, me adoptaron, me recomendaban libros y yo empecé a intrigarme también por sus mundos, sus esposos y novios, por sus vidas.

Dos de los primeros libros que leí, Al final de la calle y Mientras llueve, era novelas escritas por hombres, pero con personajes femeninos. Luego descubrí, no sé si por mi cuenta o por recomendación de las profesoras de español, todas mujeres también, las novelas del siglo diecinueve. Fue así como me convertí, por espacio de días y semanas, en Emma Bovary, en Anna Karenina, en la Sonia de Crimen y castigo, en las heroínas de Jane Austen o las hermanas Brontë, en la Hester Pryne de La letra escarlata, en la Albertina desaparecida de Proust, pero también en ese Marcelo algo feminizado que el narrador de En busca del tiempo perdido llama con su nombre —creo— una sola vez. Fui mujer en la ficción tantas veces como no puedo recordar. Y estoy seguro de que los autores de esas novelas, para crear a sus personajes, también lo fueron.**

Al volverme mujer yo me estaba dando algo más que una identidad provisional o escogida en un menú de opciones de corrección política. Empecé a vivir de acuerdo con lo que se espera de una mujer, y a perder el camino hacia la afirmación de la masculinidad. Mi vida empezó a girar en torno a actividades asociadas con la pasividad: escuchar, leer, escribir. Era como cualquier autor de novelas o como alguno de sus personajes, como un Quijote que dejó de lado el cuidado de su hacienda para dedicarse a la ensoñación, a la fantasía, al cielo femenino. Me senté a esperar el amor más que a buscarlo, y lo rechacé cuando lo vi llegar, espantado por su rostro. Entre el adolescente asustadizo y, a pesar de todo, terco y vehemente que fui, y el adulto que soy, no hay una gran transformación. Creo reconocer lo femenino por afinidad y elección. Lo femenino es lo extraordinario, lo que no reconoce separaciones entre realidad y fantasía, entre la casa y el mundo: por ejemplo, la novela. Lo masculino me pareció, desde niño, una realidad empobrecida, una castración espiritual.

Sin embargo, no soy una mujer. Tengo problemas de hombre que no se borran con una simple declaración. En Scruff me piden fotos de mi verga, y todos quieren que sea grande, ojalá portentosa. Si tengo un encuentro fortuito y no tengo una erección prodigiosa y sostenida, el contrincante huye decepcionado. En la misma aplicación, muchos muchachos se ofrecen por dinero. Piden que yo sea el proveedor o el padre que no tuvieron. Mi cuerpo envejece como el de un hombre: las nalgas se vuelven laxas, ni siquiera como pedazos de carne colgante como las de las mujeres, sino de carne chupada hacia adentro. La barriga crece, los pelos inoportunos aparecen aquí y allá. Para otros hombres ya no soy deseable. Me asedia el fantasma de la marica vieja. Reaparece vivamente esa conciencia del ser para la muerte, tan aprendida desde joven, y no para cualquier muerte sino para una muerte solitaria, en el caso de que no logre reunir los propios medios para anticiparla.

Luego está el problema de ser carne yerma, de la esterilidad. ¿Qué se recordara de mi cuando no esté? ¿Tendré vida más allá de mi corta —o larga— vida individual? Es una gran mentira que el instinto biológico de la procreación asedie más a las mujeres que a los hombres. Yo he sentido lo lacerante de la transmisión y la herencia. Pero un hombre solo, mayor y no demasiado solvente, no es elegible ni siquiera para procesos de adopción. No sé si la soledad masculina es peor que la femenina. Tampoco sé cuál cuerpo es más castigado por la sociedad o por la biología. Por ser hombre, me he salvado de las dosis regulares de violencia gineco-obstetra. Por ser seropositivo he conocido de la invasión médica y farmacológica.

Ayer cambié en Scruff mi declaración de identidad de género. La volví a dejar en blanco. Cuando escribo, que es lo que más hago, no me siento ni hombre ni mujer. Soy entonces una función receptora que se abre al mundo y lo acoge, que lo conserva y lo cuida. Cuando logro publicar algo, soy una función emisora, comunicación y puente. Sé que hay misoginia en los círculos literarios, y es espantosa; decide —o al menos lo decidió durante mucho muchísimo tiempo— sobre accesos, educación, oportunidades, publicación, visibilidad. Pero es una discusión que aquí llamaré de lo literario. La literatura ha sido femenina (para expresarnos dentro de ella los hombres nos feminizamos, admitimos ser gozosa o sufridamente penetrados), lo literario ha sido masculino. El mundo, por otro lado, es enorme, su diversidad regocija y agobia. En la intimidad de la escritura estamos frente a esa amplitud del mundo, no frente a una lucha de los sexos. Escribir es la única libertad que he conocido.

@pedroazuluaga

*Lo conté especialmente en el libro Qué es ser antioqueño (Debate, 2020).

** El proceso de esa feminización del autor es mostrada, de forma magnífica, por el autor irlandés Colm Tóibín en The Master. Retrato del novelista adulto, una novela cuyo protagonista es Henry James.