Inconforme frente a lo poco que la vida le ofrecía, el suicidio se le presentó revestido de ensueños. ¡Qué descanso sería abandonar esta comedia sentimental de ignorantes que expresan sus ideas con énfasis!     

 Ricardo Muñoz Izquierdo

Por: Alan González S.

Ilustraciones: Ricardo Muñoz Izquierdo (colección Juan Mejía).

Su rostro lo ilumina apenas la luz de la lámpara. Al acercarse levanta los ojos: le parece más vieja; desde que enfermó decidió no frecuentarla.

–Te he mandado llamar varias veces –le dijo su madre con esfuerzo–. Comprendo que no quieras venir…

Y de nuevo el tono irascible.

Ricardo Muñoz Izquierdo 1–Es tu deber estar pendiente de mí –continuó–. Aunque sé que voy a morir pronto…

El diálogo trascurre como de costumbre: lo culpa de su enfermedad, recalca la inconsciencia de todos, el sermón sobre el sentido de la vida bla… bla… bla…

–Cada minuto, cada segundo es una tortura, no puedes ser tan cobarde.

Una bruma asciende y le impide prestar atención a la vieja que le dice que la mate.   

¿Cómo? No podría volver a ser él mismo.

Inconforme frente a lo poco que la vida le ofrecía, el suicidio se le presentó revestido de ensueños. ¡Qué descanso sería abandonar esta comedia sentimental de ignorantes que expresan sus ideas con énfasis! Toma una bocanada de aire para forzar el llanto, pero lo único que fluye de él es una violencia incontrolable, nutrida por aquel aire putrefacto que inunda la habitación.

Ricardo Muñoz Izquierdo 2Sale sin decir más. Quince minutos después se da cuenta de que corre por la ciudad como alma que lleva el diablo.

La charla con su madre se le presenta en fotogramas entrecortados: la apuñala varias veces con el cuchillo de la cocina. Siente la mandíbula contraída. La locura hace muecas en su rostro. 

No puede recordar cómo ha llegado hasta el extremo de la avenida. Ya le ha sucedido varias veces por esos días… todo eran instantes, momentos envueltos de penumbra.

Esta noche vagabundea al calor de la multitud; la ciudad nocturna siempre tiene ese olor depresivo, de angustia y muerte, un olor que incita a enloquecerse, al olvido.

Camina despacio, observa las luces titilantes de los carros, los edificios, las farolas de las calles, todo ese crepitar endemoniado; y arriba, a los lados, abajo, la noche, igual por dentro al silencio.

¡Mundo podrido que no le das satisfacción a nadie…! ¡Es mejor olvidar!

Ve al final de la calle una muchacha acercarse con paso seguro, la mirada distante y fija que… ¿por error? se posa en sus ojos, sin que pueda evadirla. Hay en su limpidez una súplica. Sin apenas quererlo se demora, le sonríe. Estéiner, azorado por ese gesto inesperado, se queda de una sola pieza, siente que se juega la vida, sin embargo pasa como un grito. Debe volver la cabeza, ella también lo hace… orbitan, se descifran en silencio ¿por qué no se decide?

Se encuentra de nuevo en las cuatro paredes de la habitación con un hacha en la mano: la levanta con furia por encima de su cabeza. El alcohol, la droga, la puta existencia tiñen el cuarto de desolación…   

Al despertar se juzga mejor.

El habitual tono violáceo que disuelve la noche le trajo a Estéiner una sensación particular, la de sus años como estudiante… Cursaba quinto de bachillerato. Aquella mañana retornarían las clases monótonas después de unas cortas vacaciones. No existían mayores diferencias entre una cárcel y el instituto, la instalación era la misma, barrotes en las ventanas, muros infranqueables en el patio, la alambrada que lo envolvía todo, sin olvidar la alarma, ese timbre tan esperado para el cambio de clase. Y entre el gentío se podía descubrir con facilidad al personaje “extraño”, como acostumbraban decirle. Tenía el cabello enmarañado, el caminar lento, la mirada gacha y, por supuesto, prefería la soledad.

Le gustaba observar y copiar algunas de sus actitudes. Esa mañana Estéiner se sentó frente a él. Su rostro denotaba acritud, una extraña reconcentración. Miró su reloj. Faltaban cinco minutos para salir de clase. Se levantó de un golpe y salió dejando tras de sí las miradas atónitas de sus compañeros. Estéiner fue tras él.

Ricardo Muñoz Izquierdo 3Se quedó parado en la mitad de la cancha de fútbol, frente a las aulas. Tocaron el timbre, el cual concluyó en un silencio nuevo, tenso. Todos vieron como sacaba un revólver del bolsillo y lo dirigía a su cabeza. Antes de apretar el gatillo miró a Estéiner.

¿Por qué llegan a su memoria todas aquellas imágenes que tanto se había empeñado en olvidar? En ese grito sordo de su mirada se aglutinan horas de desolación. ¡Qué necedad perseguir la gloria de los días no venidos! Haría lo mismo de forma gloriosa. He ahí lo que sentía Estéiner: un odio a cuanto ha de ser, porque quiere ocultar que todo lo que nos rodea es simple imagen y que en el fondo todo está podrido. Pero siempre había algo que no lo dejaba llevar a cabo sus planes, el sonido del agua en su reflujo, las mañanas sin sol, la sonrisa, el olor de una mujer, estar ebrio de locura en la noche ante la luna ascendente.

Tal vez es aquella estancia la que lo contamina, la que hace que su pecho no pueda ensancharse en su totalidad para encontrar refugio en el aire fresco; sí, un nudo en la garganta que lo sofoca, lo hastía.

Así pasan las horas, así se pasa la vida, mirando el techo sin parpadear y pensando quizá en el tarrito de píldoras que está en la mesita de noche.

Pereira, 2004 

(Revisado por el autor en julio de 2012)