Mi padre, retrato a contraluz

José es llevado de la mano por su padre, Estanislao Zuleta. Al otro lado, Yolanda González, segunda esposa del pensador.

Sin atropellar el texto, su voz se dejaba ir por los ritmos y las pausas, alargaba un poco los silencios, respiraba, contenía su entusiasmo para que la lectura no se contaminara, y así construía una experiencia grata, casi siempre inolvidable.

 

Por: José Zuleta Ortiz

La voz

Tomaba el libro con sus grandes manos y buscaba parsimonioso la página. Su voz era clara, sin acentos regionales, de un registro bajo sin llegar a ser grave, un tanto solemne aunque salpicada de vivacidad, como si los fogonazos de alegría que le producía la lectura y las secretas emociones consecuentes le dieran ese entusiasmo contagioso, en ocasiones festivo. Su dicción precisa respetaba la música de las palabras, lo que daba pulcritud fónica a sus oraciones. Al escucharlo sentíamos tranquilidad, había algo armónico y cierto en su voz. Sus palabras parecían buscar que nos conmoviéramos como él, seducían, invitaban a la comprensión y al gozo del texto que nos leía. Sabía que la literatura es música, y elegía muy bien lo que nos ofrecía. Sin atropellar el texto, su voz se dejaba ir por los ritmos y las pausas, alargaba un poco los silencios, respiraba, contenía su entusiasmo para que la lectura no se contaminara, y así construía una experiencia grata, casi siempre inolvidable.

En la cordialidad o en la discordia, su voz era la herramienta para mantener los hilos tensos, para dar a sus palabras el registro de mayor eficacia y pertinencia. Tal vez la naturalidad, la espontánea forma de sus énfasis y el brillo de su entusiasmo al querer hacer de otros sus pasiones, creaban los colores, la música de su voz.

A veces también cantaba, lo hacía en el prolongadísimo baño matinal; cantaba fragmentos de canciones, trocaba sus letras, interrumpía la canción y la recuperaba según su capricho o su jabonosa circunstancia; entre los sonidos del agua y el ajetreo y los jadeos del baño escuchábamos: En la doliente sombra de mi cuarto al esperar/ sus pasos que quizás no volverán, (Silencio) / a veces me parece que ella detiene su andar / sin atreverse luego a entrar…

Otras veces, en lo más alto de la fiesta, abrazado a sus amigos, cantaba. Nosotros despertábamos y reconocíamos su voz entre un coro de voces desconocidas; entonces salíamos sigilosos de nuestras camas para espiar aquella alegría inaudita; veíamos a otro padre: uno alborozado que poseído por una extraña felicidad cantaba con una voz más poderosa de lo habitual: Y alegre, también su yegua va, al presentir, que su cantar, es todo un himno de alegría, y en eso le sorprende la luz del día, y llegan al mercado de la ciudad...

Una vez lo oí cantar mientras veía llover, parecía celebrar la lluvia. No alcancé a saber qué cantaba, era un murmullo inaudible, algo que cantaba para sí, para su íntima, momentánea felicidad.

 

Los ojos

Eran grandes sus ojos, de un tono marrón claro, la luz parecía venir de adentro de ellos. Los párpados adormilados les conferían cierto aspecto de ensoñación, de ingenuidad tímida. Cuando miraba había curiosidad, bondad y algo de rigor, de firme serenidad. Podía reír con ellos a pesar de las gafas que los enmarcaban y que los hacían parecer aún más grandes. Cuando se las quitaba sentíamos que una bondad repentina se apoderaba de él, y todo su rostro se hacía mejor.

En ocasiones, mientras leía o conversaba, se conmovía y la luz habitual de sus ojos se encendía, visitada por un repentino brillo líquido que disimulaba retirándose un momento o simplemente bajando la persiana entreabierta de sus párpados.

Nos contaba lo que había visto en un viaje lejano a Europa. Mientras recordaba sus ojos parecían retraerse y buscar cosas, detalles de algo visto para contárnoslo. Se quedaba por largos momentos abstraído, levantaba un poco la cabeza, los ojos apuntando hacia un distante horizonte, hasta que algo lograba satisfacerlo, como si hubiese atrapado un recuerdo perdido, y entonces regresaba y seguía narrando.

 

Las manos

Blancas, pulcras, teñidas suavemente por del rojo de la sangre. Cuando daba la mano lo hacía con firmeza, de manera completa y afectuosa. Recuerdo que tenía el vicio de enrollar papelitos y hacer bolitas de papel. Lo hacía sin darse cuenta, mientras pensaba: tomaba el papelito entre su índice derecho y su pulgar y de manera lenta iba armando la bolita con las yemas de sus dedos, al final las lanzaba de un papirotazo hacia la papelera o hacia cualquier parte. Era una manera de ayudarse a pensar, de redondear las ideas.

En cada uña tenía una medialuna, lo que las hacía ver un poco decoradas; cuando le preguntamos por qué las tenía nos dijo: “es por mis ancestros insomnes: son la huella de sus noches en vela a la luz de la luna”. Luego de estas ocurrencias reía para anunciarnos que era una invención suya; en esas ocasiones se le sentía sereno, confortado: se volvían infantiles sus modos, su manera de sorprenderse con su propia ocurrencia.

Cuando conversaba gesticulaba con las manos como dirigiendo la orquesta de sus palabras. Las movía hacia afuera, las desplegaba si lo que decía abarcaba muchos ámbitos o las contraía cuando trataba de ser preciso. En las enumeraciones abría sus dedos y luego los replegaba uno a uno hasta completar la cuenta. Sus ademanes le ayudaban a hacer comprensible lo que decía, de tal modo que las manos parecían bailar la música de sus pensamientos.

Se dejó la barba después de los treinta años. Al comienzo era despoblada y oscura, como la de un muchacho que quiere parecerse al Che. En su caso se la dejó porque quería ser tomado en serio. Con los años, tal vez de tanto acariciarla mientras leía, se fue poblando, su semblante se hizo serio, después se salpicó de canas que no tenía su cabello. Su rostro se alargó y se disfrazó de sabiduría. Cuando iba a “motilarse” se la hacía arreglar muy rala y al llegar a casa nos sorprendía que regresara mucho más joven de lo que se había marchado.

Ahora, al recordar sus manos me pregunto: ¿cuántas páginas habrá pasado su índice derecho?

El acto de encender un cigarrillo era ejecutado por etapas: abría la cajetilla y, sin mirar, tanteaba el pequeño cilindro; lo tomaba y se quedaba pensando muy lejos de allí; al regresar de su ensoñación, ya en este mundo, martillaba tres veces el filtro sobre la mesa o el libro o lo que fuera, luego posaba el cigarrillo sobre sus labios, y parecía irse otra vez por las nubes, luego buscaba el encendedor, lo accionaba, miraba la llama y la acercaba; aspiraba con toda la fuerza de sus pulmones, el humo aparecía mucho tiempo después, en varias lentas expiraciones azules; daba la impresión de que aquello era algo paralelo a una búsqueda de su intelecto, actos que completaban la acción invisible de su imaginación y nos permitían rastrear el ritmo de sus ideas.

Al recordar sus manos me pregunto: ¿cuántas veces también tuvo entre su pulgar derecho, el índice y el corazón la copa? Y sí: esa mano que le dio de beber, cuántos placeres, y cuánto dolor nos dio su mano.

 

La memoria

Era inmensa la despensa de su memoria. La ejercitaba, jugaba con ella y en ocasiones alardeaba demostrando su vastedad. Cuentan sus amigos que desde la adolescencia se reunían en el Centro Literario Porfirio Barba Jacob a recitar poemas, y que en esas tenidas ocurrían “desafíos” en los cuales decían poemas y textos de memoria; era una especie de duelo en el que casi siempre Estanislao salía vencedor. Mucho más tarde en sus clases los alumnos se quedaban perplejos al observar cómo citaba y refería los textos que complementaban su exposición sin recurrir a los libros: sacándolos de la gran despensa de su memoria.

En una época de nuestra infancia quiso que conociéramos a los poetas franceses que a él le gustaban, entonces se aprendía el poema en francés y nos lo decía para que oyéramos su música, luego lo traducía y nos invitaba a que lo aprendiéramos; entonces proponía un juego: él decía el primer verso del poema que había traducido: Dolor mío ten calma y tu angustia serena / nosotros continuábamos: ¿No ansiabas ver la tarde?, mírala ya desciende / él seguía: Una atmósfera oscura por la ciudad se extiende/ nosotros: trayendo a unos espíritus la paz a otros la pena / él: mientras la muchedumbre que el placer enajena y azota cual verdugo sin compasión / pretende cazar remordimientos cuando el festín se enciende/ nosotros: Ven dolor por aquí, dame tu mano buena y huyamos lejos / mira cómo los muertos años huyen con viejos trajes por el balcón celeste / él: cómo brotan del mar los desengaños / cómo el sol bajo un arco se muere en lontananza / nosotros: y cual un gran sudario que viene desde el este / oye amor oye como la dulce noche avanza (“Recogimiento”, de Charles Baudelaire.

Un día le pregunté por qué tanta memoria; entonces me dijo: “Porque soy lento, a más velocidad menos memoria”, sonrió y luego de una pausa continuó: “Eso es solo parte del asunto, la verdad es que la memoria no es un don; es una manera de relacionarse con lo que a uno le interesa: es la intensidad con la que se conecta lo que se vive con lo que se piensa, con lo que se siente, con lo que se quiere, con lo que se sabe, con lo que se lee y con lo que se desea hacer. Así es difícil olvidar”.

 

Tres recuerdos

I

Estábamos en la casa, escuché que hablaba en voz baja como si se secreteara con alguien. Me acerqué curioso, pues sabía que estábamos solos, o al menos eso creía; lo sorprendí hablándole a los libros parado frente a un anaquel de la biblioteca. Le pregunté, desconcertado, que qué hacía. Él respondió: “le estoy dando una gran noticia a Baudelaire”, “¿Qué noticia?”, pregunté. “Que la traducción de la obra de Poe que ha hecho Cortázar al español es magnífica; ya sabes, fue Baudelaire quien tradujo a Poe al francés. He puesto la traducción de Cortázar al lado de los libros de Baudelaire y de Poe para que sean amigos”.

II

Era sensible y por sensible frágil, con frecuencia se ensombrecía ante lo que sentía era: “la catástrofe ética y estética del mundo moderno”. Recuerdo que una vez le escuché decir muy afectado: “para quien no sea cínico cada vez será más difícil vivir”.

Un día llamó por teléfono y me pidió que fuera a visitarlo, lo encontré triste, “cariacontecido” como decía él. Me llevó a su alcoba y en un tono clandestino dijo: “me han amenazado”, se quedó unos instantes suspendido en ese silencio que le ayudaba a ordenar las palabras antes de pronunciarlas; luego continuó: “siempre pensé que podrían amenazarme; he defendido los derechos humanos, he sido un hombre de ideas y he vivido con ellas y a pesar de ellas, defendiéndolas; a los que somos así en este país nos amenazan y nos matan”. En ese momento el humo del cigarrillo lo envolvió y por un instante su rostro se esfumó, luego, y al tiempo que retomaba el hilo, disipada la nube azul, continuó: “Pensé que era una amenaza de las que han recibido tantos defensores de derechos, pero no: la amenaza proviene de milicianos del ELN porque en una conferencia afirmé que la guerrilla es anacrónica y no tiene razón de ser. Entonces me voy para que no me maten por decir lo que pienso. Y sabes qué pienso…”, allí volvió a hacer una pausa y mientras expiraba el humo de su cigarrillo dijo: “Que los derechos humanos más importantes son los que menos practicamos: el derecho a ser escuchado, el derecho a cambiar, pero el mayor, el más importante de los derechos humanos, es el derecho a ser diferente”.

III

Un año antes de su muerte estuvo un par de meses en mi casa; había regresado a Cali luego de su refugio y aún no tenía en donde vivir. Cuando encontró un apartamento cerca de la universidad, me anunció que se iba y nos fuimos a tomar unas cervezas. Al regreso, en el asiento trasero del taxi, dijo: “no sé cómo darte las gracias por soportarme todos estos días en tu casa, solo voy a decirte un poema de alguien que aprecio mucho y que espero exprese lo que siento y lo que te quiero decir”. Entonces se acercó como para decirme un secreto y de su voz encendida escuché: Cuando cuento las horas que el reloj enumera / Y veo el bravo día caer en noche ingrata; / Cuando veo la violeta perder la primavera / Y rizos de azabache blanqueados de plata / Cuando pierden los árboles las hojas amarillas / Que del calor guardaron al rebaño en su ruta / Y el verdor del verano ya anudado en gavillas, / Es llevado en su féretro con blanca barba hirsuta; / Por tu belleza entonces me interrogo y me digo / Que en las ruinas del tiempo también tú te irás yendo; / Que dulzura y belleza han de marchar contigo / Y morir a medida que otros vayan creciendo; / Que nadie contra el tiempo puede impedir tu olvido / Salvo un hijo que luche cuando tú te hayas ido (Soneto Número 12 de Shakespeare).