De Leonardo Padura solo sabía que había ido a la gala de entrega del Premio Princesa de Asturias con una pelota de béisbol. Si García Márquez marcó un hito al recibir en guayabera el Nobel, Padura (también en guayabera), con ese acto transgresor de la etiqueta y a la vez humilde, puso el listón alto en cuanto a actos originales para recibir un premio literario se refiere.

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A mis amigos (de la universidad y del colegio), que me soportan.

A pesar y por eso mismo.

 

Por. Giussepe Ramírez

Hay sitios en la Tierra que nunca conoceremos. Sitios cercanos que solo nos llegan por el rumor de nuestros amigos. Sitios lejanos que maquinamos en la mente por la música que oímos. Kafka escribió El desaparecido sin pisar Estados Unidos. Yo conozco Cuba, la Cuba de los libros de Padura, y me gusta y me pone melancólico. En ocasiones no puedo evitar establecer algún diálogo en acento cubano con Mario Conde o Yoyi el Palomo, con Candito el rojo o Iván.

padura2Hace cuatro años alguien me habló de El hombre que amaba a los perros. Me recomendó la novela con verdadera sinceridad. Además yo confiaba en su criterio. Pero como pasa tantas veces en la ocasión de enfrentar una obra, de salir a su encuentro, nos mueve más nuestro capricho que la motivación externa de un conocido. 

De Padura solo sabía que había ido a la gala de entrega del Premio Princesa de Asturias con una pelota de Béisbol. Si García Márquez marcó un hito al recibir en guayabera el Nobel, Padura (también en guayabera), con ese acto transgresor de la etiqueta y a la vez humilde, puso el listón alto en cuanto a actos originales para recibir un premio literario se refiere. En mi corta relación con su obra confirmaría que ese acto, más que una excentricidad, era un reconocimiento al tema que creo atraviesa su obra, o por lo menos es su sello: la exaltación de la amistad con el mar siempre de testigo.

El capricho llegó hace unos meses. Me sumergí en la intrincada telaraña de mentiras y obligadas militancias, o militancias con raíces en la manipulación velada de compromiso histórico o alta política de El hombre que amaba a los perros. En ella Padura aplica al dedillo aquello de que si no se las sabe se las inventa. La ficción siempre va al rescate para completar el rompecabezas que la investigación histórica no puede. Así será en la mayoría de sus historias. La relación de Iván con el protagonista de la historia, a pesar de los escasos encuentros, trasciende por varios años y termina cumpliendo uno de los principales axiomas de la amistad: el desahogo como forma de compartir demonios. En Adiós, Hemingway, un ajuste de cuentas de Mario Conde con Papa, su viejo ídolo de letras, Padura nos regala una escena de verdadero cariño fraternal, incluso con un amigo que se encuentra lejos hace tiempo, pero que el mar, simbólicamente, termina por traerlo, por acercarlo de nuevo. Si en El hombre que amaba a los perros se comparten los demonios, en Herejes lo que reparte Mario Conde es la riqueza con el desinterés propio de los amigos. En La puerta de Alcalá, relato contenido en Aquello estaba deseando ocurrir, Padura nos presenta la separación irreversible de un par de amigos en Madrid, las lágrimas que acuden cuando los azares de la vida nos arrastran a dejar a alguien que queremos. Aquí un pequeño diálogo del relato:

  «—¿Y qué decías en esas cartas?

—Todo. Creo que todo. Que te quería con cojones, más que a mis hermanas, y que siempre iba a querer ir contigo al estadio. Oye, man —dijo y sonrió—, compadre, ya no voy nunca a la pelota.»

padura3Dijo su amigo Wilfredo Cancio, a propósito de la presentación de Herejes y El hombre que amaba a los perros en Miami: «Creo que a estas alturas de quehacer literario y trayectoria humana, Padura no podrá negar que los amigos son una de sus motivaciones fundamentales para escribir, incluso para molestarlos, como mismo decía hacer el gran Augusto Monterroso.»

No importa lo jodidos que estén los personajes de Padura, lo comemierda, para usar una expresión cubana, que sean, o la melancolía que los envuelva: la amistad se presenta como la tabla de salvación, como lo único valioso, como la mayor expresión de libertad en un mundo literario de represiones y prohibiciones, de ascetismo sentimental cuando va contra la tradición, de negación de las libertades individuales y levantamiento de murallas ideológicas. Si Joy Division cantó que el amor nos destrozará de nuevo, Padura canta, con acento caribeño, que la amistad nos hará valorar la vida de nuevo, y tal vez hasta nos salve.