POR EL DERECHO AL FRACASO

Cuando pienso en eso me convenzo de algo: la vocación, más que de éxitos, nace de las frustraciones y de los fracasos. De intentarlo una y otra vez, como si la vida dependiera de ello. Ese fue mi primer fracaso. La primera hermosa pérdida. Me da vergüenza saber que yo he podido fracasar y que otros –la mayoría– no.

 

Escribe / Julián Bernal Ospina – Ilustra / Stella Maris

En Colombia hay un chiste sobre perder: “Perder es ganar un poco”, le dijo el entrenador de fútbol colombiano Francisco Maturana a la prensa para justificar una de sus comunes derrotas. La sabiduría popular primó más que los intentos de Maturana de irse por la tangente: en Colombia solo algunos tienen derecho a perder, a fracasar, a meterse en la cama y decir: “Bueno, mañana será otro día”. Más que excusa, perder y fracasar son formas del privilegio, todavía más cuando “Perder es ganar un poco” significa que quienes ganan un poco lo pueden hacer porque pagan un tratamiento para no perder a su ser querido enfermo de covid. Porque el fracaso viene acompañado de un abrazo y de un premio de consolación con la apariencia de un helado de vainilla.

En los barrios populares de Colombia –y esto encierra las favelas de Brasil, las villas miseria argentinas y el largo etcétera en otros países– perder no es ganar un poco sino perder la vida. Fracasar es no poder sentir la pereza de levantarse al otro día. Es quedar derrumbado al lado de una calle de huecos por donde baja un frío río mínimo que arrastra miseria. Aun hoy en Colombia, cuando las muertes por coronavirus se concentran en estratos bajos de la sociedad, cuando los territorios marginados y rurales luchan todavía contra la guerra que no muere, decir perdí, decir fracasé, es ya decir soy privilegiado.

Sin embargo –y en esto siento que perder contiene una magia– decir perder cuando se puede se convierte en un recuerdo al que hay que ir siempre para darle sentido al presente. “Olvidarlo es indispensable”: tal es la consigna de la sociedad del éxito: hay que ser hombres perfectos, sin fisuras, impolutos; hombres que no han perdido, hombres del capitalismo. En eso pienso una y otra vez –después de perder y fracasar una y otra vez– cuando me siento ante el computador y exploro mis anteriores imágenes. Las nostalgias anteriores, sí. Voy atrás, en el archivo viejo de Facebook, el que me muestra versiones de mí que ya no soy, que ya no quiero, o que envidio, o que idolatro. También veo a los que fueron mis amigos. También veo a mis novias: los amores que me dejaron –que me dejan– cierto vacío que aún no sé cómo llenar cuando pasan, cuando están.

Estoy yo, en últimas, en este largo año unitario entre el 2020 y el 2021, y me encuentro a otro yo de pelo largo y guitarra eléctrica, junto a tres amigos míos con quienes tenía una banda de rock, o un intento de rock. Tal vez esa foto fue del 2008, sí, o 2009, sí, cuando mi primera o segunda tusa, sí. (Mis milenios se separan con tusas: me gusta decir que soy el hombre de las tusas: los amores contrariados, los términos, las derrotas, las pérdidas en el amor, cuando se siente el fracaso absoluto sin una mínima sensación de ganar un poco). Cuando veo esta fotografía me hago a la idea de que la pantalla tiene los bordes amarillos. Cuánto me gustaría ser ese que veo y, al mismo tiempo, cuánto me gustaría no volver a serlo. Pienso –me gusta pensar que pienso y que no soy una pantalla de bordes amarillos– que el fracaso es la condición de una historia vivida.

¿Por qué fracasar es perder mucho? Porque el sentido de fracasar es perder el objeto del deseo. Así me gusta adivinarlo. Incluso yo, que fui criado como para huir del fracaso, para repelerlo, sobreprotegido en miles de esferas vidriosas y blindadas por una madre y un padre amorosos –sí– y por tías que han sido madres –también– y por una ciudad pequeña que ha sido cuna –Manizales, Colombia– y así sucesivamente. Una de esas tías diría que tengo baja tolerancia a la frustración, y eso es exactamente lo que pasa: el fracaso es, en gran parte, una interpretación. Entonces todas esas capas de cebolla amarillenta de cuidado lo primero que tuvieron que pensar fue la convicción de que cada quien tiene que cuidarse, primordialmente, de sí mismo.

Cuando nos la tomaron sabía que esa sería la primera fotografía, pero no que iba a ser la última. Yo terminaba el bachillerato. Con un amigo del colegio, Juan Sebastián Metaute, decidimos armar una banda, o un intento de banda. Yo desde hacía unos años me había enamorado de la guitarra: cuando no estaba pensando en algún fracaso amoroso estaba tocando guitarra. Mis profesores del colegio se cansaban de repetirme que la dejara a un lado y que pusiera atención. Pero ella, la guitarra, me llamaba: quería despreciar el seguro camino de la ingeniería paternal y dedicarme a la música. Metaute –mi amigo del apellido único–, en cambio, en ese entonces, apenas empezaba. Recuerdo cómo tomaba la guitarra con trabajo, y cómo con los dedos perdidos y esforzados procuraba mantener en el mismo lugar los de la mano izquierda, y con gran trabajo mover independientemente los de la derecha. Después de unos meses aprendiendo mejoró tanto que me mostraba canciones diferentes de las que yo tocaba. Al cabo de los años sería él quien me enseñaría a mí.

Al ver que ambos estábamos motivados convinimos decirles a Andrés, estudiante de música, de ojos verdes y bajito –no quiero decir que por eso tocaba el bajo–, y hermano de otro amigo del colegio; y a un baterista que conocimos en Bellas Artes de la Universidad de Caldas de Manizales: un habilidoso con pinta de skater. Nos vimos en la casa de Andrés porque él era el único que tenía una batería en un estudio revestido de algo parecido al cartón de las cubetas de huevo. Nos unimos en el sueño vago de la banda sin nombre. Prácticamente no pensaba en nada más, aunque, con la mano en el corazón, tampoco me esforzaba.

Yo siempre llegaba enguayabado a los ensayos. Dejamos la casa de Andrés para ir al ensayadero Randal. Mi memoria guarda el estado eterno en que no se sabe si se está prendido o si ya pasó la rasca. Yo iba en el carro de mis papás. En el momento en que prendíamos los equipos y tocábamos las primeras notas me olvidaba hasta del dolor de cabeza y fluían las canciones de Smells Like Teen Spirit de Nirvana, Lonely Day de System of a Down, Teddy Picker de Arctic Monkeys, En algún lugar de Duncan Dhu, Always de Blink 182.

Las tocábamos y disfrutábamos. Era una descarga de lo que había pasado durante la semana. Y lo más sorprendente: sonábamos bien. No éramos profesionales; sí felices. El día de la foto Metaute había llevado a su primo hacernos tomas. El primo era como él, solo que tenía rastas: anguloso, moreno y apasionado. El baterista nos había dejado, tal vez intuyendo nuestro futuro de la banda más fugaz de la historia. De todas maneras conocimos a otro: otro skater, pero este de ojos claros. Soñábamos que ese registro sería nuestro primer antecedente de muchos otros. Hicimos durante las tomas lo mismo que habíamos hecho las veces que tocábamos: creer que éramos la mejor banda del mundo. Nos dejábamos llevar por el sonido que creábamos, que iba y venía entre las espumas, los cables de micrófonos y amplificadores.

Yo, lo confieso, me sentía algo estrella: algo de pose de rock, de rebelde infante; en realidad no pasaba de niño bien, hijo-de-papi-y-mami, que toca su guitarra Jackson negra, que –obviamente– no había comprado con su plata. Ahora bien: estaba, con todo, en lo que creía mi cuento, tal vez solo un juego. Recuerdo con energía las notas de la canción de Nirvana: simples repeticiones que me hacían sentir el mejor guitarrista. Para la foto nos hicimos entre los instrumentos: yo a la derecha con mi buso Juan Valdez y el pelo largo, después Andrés, después el baterista cuyo nombre no recuerdo –aunque quiera–, y por último Metaute a la izquierda. Todos, menos yo, hicieron un gesto de algo alusivo al rock.

Tal vez esa imagen demuestra lo que pasaría en adelante: la música sería para mí más un lugar de introspección que otra cosa. Para Metaute y Andrés, y creo que también para el baterista, sería su vida entera. No volvimos a tocar después. Fui dejando la banda como a la música. Me fui perdiendo entre mis decisiones, el final del colegio y la búsqueda de un proyecto de vida (que he ido descubriendo en la escritura). Cuando pienso en eso me convenzo de algo: la vocación, más que de éxitos, nace de las frustraciones y de los fracasos. De intentarlo una y otra vez, como si la vida dependiera de ello. Ese fue mi primer fracaso. La primera hermosa pérdida. Me da vergüenza saber que yo he podido fracasar y que otros –la mayoría– no. Pienso que debería ser un derecho: todos deberíamos tener el derecho a fracasar y a intentarlo de nuevo en otra cosa, sin perder la vida, sin sentirnos mal.

Twitter: @julianbernal12