El escritor David Rieff (1952), conocido especialmente por su obra “Contra la memoria”, plantea aquí un perfil de Iván Ilich, el filósofo austríaco, de quien fue discípulo durante un corto período de tiempo. Rieff colabora en múltiples medios periodísticos y de análisis político, entre ellos, The New Republic y Harper’s Magazine.
Al diablo las buenas intenciones*
Tenía uno de esos rostros que podrían provenir de cualquier lugar de Europa del sur, América Latina o el norte del subcontinente indio. Con pinta de halcón, atractivo, ese rostro tenía algo esencialmente camaleónico. Auden decía que después de los cuarenta todo el mundo tiene la cara que se merece, pero siempre me pareció que Iván Illich había “desnacionalizado” su rostro de la misma manera que se había desnacionalizado él mismo. Es bastante difícil que los escritores produzcan su mejor obra en un lenguaje distinto a su lengua materna; solo Conrad, Beckett y Cioran lograron salvar el abismo, aunque también Borges podría haberlo hecho de haber elegido camino tan ingrato. Iván, que estudiaba tagalo cuando yo trabajaba para él, hablaba unas doce lenguas fluida o cuando menos convincentemente, y podía arreglárselas en otras seis. Alguna vez me dijo que, después de las primeras cuatro o cinco, aprender otra lengua no resultaba terriblemente difícil. Tenía el mismo genio para las culturas, aun cuando sin duda le guardaba una lealtad especial, por no hablar de cariño, a América Latina.
Dada la biografía de Iván, esto era quizás una sobredeterminación. Se podría argumentar que solo quienes provienen de países pequeños –lugares que, antes que modificar la historia, son modificados por ella, como dijera alguna vez Cioran de su nativa Rumania– pueden ser verdaderos cosmopolitas. Iván encajaba perfectamente en este molde. Nació en Viena en 1926; su madre era judía, su padre –un ingeniero civil– pertenecía a la pequeña nobleza de Dalmacia. Para los profesionistas ambiciosos de los Balcanes en la década de 1920, Viena debía ser lo que Nueva York o Londres hoy. La gente iba ahí a hacer carrera, pero su corazón permanecía en otro lugar. No es de sorprender, pues, que cuando Iván tenía tres meses de edad, su padre lo llevara de vuelta a Split para ser bautizado.
Cuatro décadas más tarde, Iván describía las islas del Adriático croata –donde la familia de su padre había vivido por un milenio– a partir de imágenes, pero con la viveza de la elegía. Él tenía 44 años en el verano de 1970, cuando dejé la universidad y conduje de la ciudad de Nueva York a Cuernavaca para unirme a una banda políglota de asistentes de investigación que trabajaban para él en el Cidoc [Centro Intercultural de Documentación] –centro de estudios y escuela de idiomas para norteamericanos que había fundado en esa ciudad– sobre un manuscrito muy preliminar de su libro Némesis médica (mi contribución a dicho proyecto difícilmente pudo haber sido más trivial). Yo había conocido un poco de Yugoslavia en la adolescencia, así que muchos de los lugares que describía Iván me eran familiares. Y, sin embargo, siempre resultaba un tanto sorprendente, y desquiciante, escalar la colina que llevaba a su casa –conducir un auto ahí no era cosa fácil; Iván había descuidado el camino a propósito, hasta un punto peligroso, y a decir verdad solía fanfarronear sobre ello– y encontrarse de alguna manera de vuelta en los Balcanes, mientras Iván hablaba casi como si nunca hubiera partido.
Hablaba bajo el signo del pesar, y lo que parecía llenar a Iván con más pena era que la forma intemporal en que la gente había nacido, vivido, se había casado, había criado niños, labrado, pescado, rezado, envejecido y muerto en la tierra natal de su padre, ya estaba siendo golpeada en el yunque de la modernidad, hasta el punto de volverla irreconocible, antes de que él abandonara Europa a finales de la década de 1940. Según decía, fue la llegada del primer megáfono a la isla –un acontecimiento al que Iván regresaba una y otra vez al conversar– lo que había echado abajo un mundo en el que las voces eran iguales para sustituirlo por otro en el que el poder dominaba. A menudo me parecía que de haber sido Foucault menos distante y olímpico en tanto pensador, sus opiniones sobre el poder habrían reflejado las de Iván de manera significativa; aun así, hay puntos importantes de coincidencia entre ambos. Para Iván, el recuerdo del megáfono quemaba como una brasa, y en ocasiones parecía como si constituyera una piedra de toque igual a la llegada del nazismo que había destruido a su familia y, con ella, a la Europa en la que había venido al mundo.
No hablaba metafóricamente. Pese al uso de emblemas y atributos –en el sentido católico medieval de la palabra– en sus conversaciones, rara vez lo hacía. Al contrario, Iván creía de manera bastante literal que el advenimiento del megáfono había anunciado el fin de la comunidad. Según su análisis del acontecimiento y sus secuelas, aquellos que habían sido siempre sujetos se vieron reducidos al estatus de objetos, vieron sus voces ahogarse, sus tradiciones devaluarse frente a estructuras ajenas de poder empeñadas en forzarlos a amoldarse a nuevas normas, nuevas tecnologías, nuevas jerarquías. El colonialismo no era una cuestión apremiante ni un punto capital de referencia en la Croacia anterior a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no creo que fuera solo en retrospectiva que Iván identificara la modernización traumática de su isla ancestral como colonialismo en su forma más pura. Sería demasiado llamar a Iván un anticolonialista prematuro, de la misma manera en que los voluntarios estadounidenses que pelearon por la República española fueron llamados, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, antifascistas prematuros. Pero aunque psicologizar sea siempre arriesgado, y aunque solo nos lo debamos permitir con mucha precaución, sí creo que esto ayuda a explicar las profundas raíces del miedo y el odio que Iván sentía hacia lo que él veía como la imposición de los valores de Estados Unidos –incluidos los de su jerarquía nacional católica– sobre América Latina.
Aunque original en muchos sentidos, difícilmente se podría esperar que Iván fuese siempre original. Después de todo, aparte de Octavio Paz y Gabriel Zaid en México, ¿qué intelectual latinoamericano interesado en política –no hablo aquí de un Borges o una Silvina Ocampo o un Rulfo– era capaz de resistir este saber político convencional? Iván era latinoamericano por adopción y, como todos los conversos, era más dogmático que aquellos que, por así decirlo, nacieron dentro de la fe. Tampoco está claro, incluso hoy día, si la opinión más general de Iván, que consideraba la modernidad como Made in USA, era incorrecta en aquel momento. En los años cincuenta y sesenta no se tenía que ser antiestadounidense para creerlo. Los mismos estadounidenses lo creían vehementemente; ese era su credo. No eran más capaces que Iván de imaginar una modernidad postestadounidense –eso que uno ve reificado en los modernos Tokio y Shanghái.
Claro que es imposible saber qué habría pensado Iván sobre todo esto. Yo creo que lo habría confundido. Pese a todas sus fortalezas intelectuales y morales, Iván era un pensador profundamente binario, y el policentrismo cultural y político del siglo XXI no es en absoluto la dirección hacia la que él anticipaba que el mundo se movería. Su postura intelectual por defecto era dialéctica o, como quizás habría preferido decirlo, agónica: la ideología dominante de la modernidad occidental contra el comunitarismo de los pobres.
Pero la dialéctica de Iván no era la narrativa del progreso de Fichte, Hegel o Marx, sino una narrativa antiprogreso, una narrativa sobre la caída de la gracia. Había además algo extrañamente provinciano en todo ello. Asia, a no ser por Filipinas –esa parte descolocada de América Latina–, era en gran medida desconocida para Iván. Sin duda no era eurocéntrico en un sentido convencional, pero su geografía imaginativa se centraba notable y desproporcionadamente en Europa, Estados Unidos y América Latina. Alguna vez Ernest Gellner llamó a Hispanoamérica la zona fronteriza de Europa. Cuando me topé con esta formulación, pensé: “¡Por eso le gustaba tanto a Iván!”
*Publicado originalmente en Letras Libres.



