Ezequiel Martínez Estrada (San José de la Esquina, 14 de septiembre de 1895-Buenos Aires, 4 de noviembre de 1964). Cuentista, poeta, biógrafo y ensayista argentino. Entre 1918 y 1929 publica seis volúmenes de poesía, en los que es evidente la influencia de Edgar Allan Poe, de Rubén Darío y, particularmente, de Leopoldo Lugones. Luego viene una serie de trabajos histórico-sociológicos: La cabeza de Goliath (1940), Sarmiento (1946), Los invariantes históricos en el Facundo (1947), Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948). Biografías como Nietzsche (1947), El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1951), El hermano Quiroga (1957), y Heraldos de la verdad (1948). Por último, En torno a Kafka y otros ensayos (1967), Para una revisión de las letras argentinas (1967) y Leer y escribir (1969), Leopoldo Lugones: retrato sin retocar (1968), Meditaciones sarmientinas (1968). Publicamos un fragmento de una conferencia suya de 1956 en Montevideo, extraída de Para una revisión de las letras argentinas.

Literatura y vida

Parecería redundante unir las palabras literatura y vida, porque son sinónimos de una misma realidad verdadera. Dos personas distintas y un solo ser. Mas esto desdichadamente no es cierto tratándose de la literatura argentina que constituye un reinado dentro de otro, un territorio neutral en que los entes vivos son fantasmas retóricos. Personajes de ficción en un mundo de ficción.

Mi juicio es, señores, harto severo, lo reconozco; pero hace ya un cuarto de siglo que vengo predicando la necesidad de abrir los ojos al mundo en que vivimos, sin duda más feo y más doloroso que el que habitan las musas; predicando la necesidad de ser honrados en copiar al menos como buenos escolares el modelo que la historia y la sociedad nos exhiben doquier. Literatura y vida, pues, no significaron entre nosotros la misma cosa, sino algo sumamente importante, que era la obra literaria, y algo sumamente desdeñable, que era la vida del pobre pueblo ignorante y rapaz. Debo advertir ya que es excepción el Martín Fierro y algunas obras a que me referiré más adelante. Asimismo ustedes que no están de ninguna manera exentos de esta culpabilidad, ¿qué otras obras pueden poner a la par de Los tres gauchos orientales? Ya sé que ustedes han vivido, por los orígenes históricos y políticos, por la cohesión de la familia uruguaya en un hogar pequeño y no a la intemperie de tres millones de kilómetros cuadrados como la nuestra, una literatura más verídica, sobre todo en el cuento y en algunos poetas que no mencionaré porque son mis amigos. Sin embargo diré antes de olvidarme, porque mi memoria es muy frágil, que la obra maestra de la narrativa uruguaya, que pudo haber servido de canon para construir una grande, universal literatura, es La tierra purpúrea, de Hudson, muy poco leída y menos estimada. Este reproche inicial, porque tengo otros preparados, se nos puede hacer a los argentinos, pues precisamente Hudson ha sido nuestro más fiel narrador, nuestro más grande representante en las letras de más alta categoría, y sus obras permanecen en el destierro del idioma inglés a que lo condenamos hace unos ochenta años, haciéndole imposible la vida del espíritu entre nosotros. No admito réplicas a este respecto, porque también yo, como los ultrapatriotas que dicen que Hudson fue un gringo extranjero, ya que escribió en inglés exclusivamente, tengo mis fanatismos y uno de ellos es el de la incredulidad. No creo en los que por patriotismo reniegan de la patria.

Tenemos unas figuras, mascarones de proa, que ocupan el proscenio de nuestro drama argentino, en la cultura, en la vida corriente, en la política, en todas las actividades sociales, y que dificultan ver y oír a las otras figuras que están detrás y que son gigantescas, simplemente. También ustedes tienen un eximio prosista cuasi pensador o filósofo de la juventud, y un poeta épico casi tan grandilocuente como nuestro artillero poético Andrade, pedagogos, poetas y poetisas, toda un ringlera de fantoches que impiden adelantar al proscenio a los verdaderos lampadóforos de la cultura y particularmente de nuestra cultura literaria. Si yo les preguntara en qué lugar están Florencio Sánchez y Horacio Quiroga, para no demorarme en otros gloriosos nombres, tendrían que confesar que como Sarmiento, Hudson y Groussac entre nosotros, los han pospuesto a meros fantoches, monigotes o esperpentos varios y hasta ridículos del drama nacional.

Es así. Yo lamento tener que usar este lenguaje que no era antaño el mío, pero que ahora lo es, en la necesidad de no transigir con los que han labrado consciente o inconscientemente, pero con sumo primor, la desdicha y la penuria de nuestra patria. Entre los causantes de esta desgracia, que para muchos no es importante porque no afecta la pecunia del Fisco, están los escritores, los novelistas y cuentistas en primer término, los dramaturgos y ensayistas después. Si nuestro pueblo y acaso el uruguayo — pero permítanme que ahora nos separemos –. Si mi pueblo hubiera tenido lecturas informativas, leales, honradas, sobre la vida de los suburbios, de los campos, de las ciudades, una literatura desagradable como las mejores literaturas del mundo, la rusa, la inglesa, la francesa, la italiana de nuestros días, la ecuatoriana, la brasileña, la norteamericana (“literatura de removedores de estiércol”, decía el estercolista Teodoro Roosevelt) no habría incurrido en tan graves yerros. Porque esas caídas que a ustedes mismos tienen que haberles dolido como en carne propia, y si así lo evidenciaron, se debieron en gran parte a que mi pueblo ignora en qué país vive, con quiénes convive, cuáles son los altos ideales humanitarios que dan nobleza y valor a la vida, la existencia de un pueblo integrado por otro pueblo oprimido, ignorante, quizá cubierto de oprobio e ignominia, un pueblo de delincuentes, de cortesanas, de huérfanos, de humillados y ofendidos. Pensad en Dostoievski y en cierto modo en Gogol, Dickens, Balzac, Zola, Sherwood Anderson y un millar de otros escritores de literatura desagradable. La que las damas de caridad, los profesores de moral cristiana y cívica, los encubridores de la miseria y del dolor no leen, prohíben que se lea y hacen indecoroso que se escriba. Yo no voy a defender aquí ante ustedes, respetables señoras y señores, la tesis de que en las cárceles está lo mejor de la sociedad, porque eso lo dijo de Siberia y del pueblo ruso Dostoievski y yo no tengo ni su autoridad, ni su genio, ni su coraje. No lo creo en términos absolutos; mas perdónenme que les diga que hay en esa sentencia muchísimo de verdad, y que una verdaderamente grande literatura, como una música verdaderamente grande, tiene que reflejar lo más doloroso y triste de la vida. Pues la felicidad, si existe, la alegría, el gozo de la salud y del confort lo proclaman la naturaleza y hasta los animales. La redención exige la cicuta y la cruz; la conciencia del mal que causamos sin saberlo se despierta con la comisión del delito:

Raskolnikoff se purifica por un doble asesinato, la pobre Sonia, que nos ha hecho llorar cuando leíamos su historia, y que nos hará llorar muchas veces, si no nos hemos pervertido, exhibe como documento de identidad su carnet amarillo.

Les hablo así porque tengo un ineludible deber que cumplir en este último tiempo de mi vida. Antes, no hace mucho, me habría escandalizado de mi propia voz, porque he desdeñado o compadecido simplemente a ese pueblo que sufre en silencio, sin quejarse como los animales heridos, y que es donde está la flor del sacrificio y de la confraternidad. Tengo una triste experiencia del “homo sapiens” y en cambio otra excelente del animal humano. ¿Para qué poner ejemplos ineficaces? Me bastaría el del pan y los cultivos de flores que abonan con detritus repugnantes; el pan que necesita la levadura. Mas bien, si me consienten esta otra novedad, es de pensar en algún misterio teológico, quiero decir impenetrable o trascendente al saber humano. Tal el que asegura que Job y Cristo fueron elegidos por el Señor para la salvación del individuo y de la especie, respectivamente. Uno sufrió su pasión en un muladar y el otro en la cruz de los ladrones. Puedo citaros por añadidura, y no es esto erudición ni ociosidad, un centenar de casos evangélicos de la vida laica y secular; pero prefiero admitir que los conocen ustedes o que pocas palabras los han puesto ya o los pondrán en la dirección en que les pido que miren conmigo lo que importa: lo que vale y lo que constituye el mérito real de una gran literatura.

Mas ni por un instante imaginen que desprecio el trabajo, la paciencia del artista que labra y pule su obra, de un Cellini, de un Van der Meer, de un Baudelaire, de un Hazlitt, de un Mallarmé, de un Valéry. Yo he procurado durante muchos años y en varios libros, aproximarme al ideal de un arte pulcro y hasta bizantino, aunque jamás de joyería; prefiero otras metáforas: musica y arquitectura ornamentales. Muy tarde me he estremecido con los “Negro spirituals”, con las canciones de borrachos que oí y descubrí grabadas en el archivo folklórico de la Universidad de Chicago. Fueron los libros que allí me enseñaron más. Durante horas escuché como la voz de los ángeles, la de esos pobres cantores que no sabían cantar y aullaban su congoja cantándola. Después he tomado aversión a las sopranos y a los tenores egresados de los conservatorios. No perdería un minuto para escuchar a Beniamino Gigli o a Lilí Pons, pero con una mujerzuela o con un negro changador de Recife o de Santos sí pasaría una hora escuchándolos gemir y cantar. Nuestro gran Hudson, al que ni ustedes ni nosotros queremos, dijo que prefería el canto de la langosta verde a la sonoridad del piano, que caminaría leguas para oírlo y que en cambio no daría un paso para oír a una diva. Todo esto se comprende muy tarde porque son de las verdades que Chestov ha llamado “revelaciones de la muerte”.

Feliz el pueblo que tiene una literatura como la tuvieron el siglo de Pericles, el Renacimiento italiano, la época isabelina y la Ilustración francesa; pero desdichado el pueblo que no tiene poetas bárbaros como los profetas y sí obras perfectas, mujeres perfectas, hombres y niños perfectos, maestros perfectos, moralistas perfectos. Vean cómo y cuán defectuoso hizo el mundo Dios: lleno de maravillas, es cierto, de milagros inconcebibles de belleza y exactitud, y de miserias, imperfecciones y brutalidades indignantes. Tuvo razón Alfonso el Sabio, si dijo que de haberlo consultado Dios le habría salido mejor. Pero con esa mala caligrafía escribe Dios las obras eternas.

He dicho en Buenos Aires ante un grupo de intelectuales que me interpretaron al sesgo, qué beneficios se pueden extraer de un desastre tan inmenso y tan penoso como ha sido el que infligió el sismo peronista a mi país. No puse ningún ejemplo y los ejemplos son como láminas ilustrativas, indispensables en ciertos textos para los niños y para los intelectuales. Necesito, pues, preparar el ánimo de ustedes favorablemente, para no incurrir aquí en tierra de libertad y democracia verdaderas, en equívoco igual. Me ha predispuesto hace muchos años en favor de ustedes la pintura cruel y veraz del auténtico sentimiento de solidaridad humana que exhibió Hudson en La tierra purpúrea, mostrándole a los ingleses sus fallas, las de “la tierra que Inglaterra perdió” poniéndonos mediante ellas en pro de todas sus imperfecciones y hasta maldades. No se aflijan entonces cuando alguno de nuestros notorios historiadores o sociólogos menosprecian a los próceres de esta tierra y a sus venerables instituciones democráticas o, más bien, populares.

Debo decirles, simplemente, que en alguna parte leí, y no creo que por traidor británico a su patria o anarquista peligroso para la seguridad del Estado, que el bombardeo nazi de Londres dejaba como saldo favorable la demolición de varias manzanas de edificios vetustos y feos que desde muchos años atrás debieron haberse derribado habilitando espaciosos parques en su lugar. El peronismo ha sido para mi país un terremoto, una gran calamidad, un bombardeo que han padecido ustedes en parte y que conocen, acaso mejor que nosotros. Mucho más grande y profunda calamidad porque existía desde mucho antes de aparecer el líder epónimo que cargó con su lote, en definitiva, que subsiste y que posiblemente subsistirá otros muchos años bajo las más increíbles metamorfosis, como Proteo. Ha causado enormes, inconmensurables e insondables daños, pero ha arrasado algunas manzanas de edificación vetusta y fea de nuestra arquitectura urbano-colonial. Saben ustedes qué afición tenemos nosotros, los de la banda occidental, al estilo colonial en esta clase de construcciones, cómo con ese terremoto han sido derruidos los rascacielos que terminábamos de alzar juntamente con las casas señoriales de reja y aljibe, amén de los tugurios de adobe. El peronismo nos ha revelado a los argentinos, y a los escritores entre ellos, por si es preciso advertir que forman parte del pueblo argentino, la existencia de algunos miembros indeseables de la familia, pero que eran primos y hermanos nuestros. Eran, en verdad, una parte de la familia con los mismos derechos, o parecidos, a los del primogénito o la señorita normalista. Los teníamos relegados a las habitaciones de los fondos de la finca solariega, avergonzados de que fueran tan rústicos, insolentes y rapaces. Sin embargo, eran de la misma sangre. Perón abrió la puerta que daba al patio del corral y los hizo entrar. Después de saludarlos palmeándoles el hombro los sentó a la mesa, de la que ocupaban él y la señora de la casa las cabeceras. Y señalándoles los retratos de los antecesores, la vajilla de plata, los ricos muebles –como en alguna escena de Hernani— les prometió entregarles las llaves de la puerta de calle, poner sus retratos en lugar de los de sus abuelos y transferirles la propiedad y los fondos bancarios… Quedamos espantados, porque no era para menos. Jamás habíamos presenciado, una invasión de los parientes pobres y sucios en la sala y en el comedor, ante las visitas atónitas, que también las había. Sin embargo eran de nuestra estirpe, con la misma sangre en las venas, eran nuestros miserables hermanos, los que habían ayudado poniendo ladrillos y acarreando barro a levantar un ala nueva del solar paterno. ¿Dónde habían estado secuestrados, escondidos, negados con vergüenza y temor? Nos dieron miedo y debieron habernos dado compasión; pensamos que deberíamos pedir su desalojo por la fuerza pública en vez de hallarles instalación decorosa en las habitaciones y no en el corral. Si nuestros escritores hubieran escrito sobre ellos, si nos hubieran advertido que había entre nosotros seres tan desdichados y solos, tan fuera de toda participación en los bienes comunes, no habríamos esperado a que ingresaran con aire de desafío y los zapatos sucios. Si antes escritores del pueblo como Gogol, Dickens, George Sand hubieran mostrado sus llagas, sus vicios, sus angustias, no habrían sido engañados, seducidos, estafados, envilecidos, no se les habría comprado la progenitura por un plato de lentejas, pues en eso vino a terminar el invitarlos a la mesa redonda de la familia. ¿Qué haremos ahora? Hay quienes proponen echarlos al corral con la policía.

Señores: muy tarde en los umbrales de mi vejez, después de haber dedicado con pasión veinticinco años a las letras, a la poesía y al ensayo de crítica social, decidí acercarme a ese pueblo del andrajo, a ese Lumpenproletariat como se le llama en lenguaje técnico; y abandonando cruelmente a las musas (que todas quedaban encinta conforme a los consejos de Darío), descendí a los infiernos, según la definición de Martín Fierro, y ya veis que me muevo entre autoridades. A los infiernos de la frontera y de los toldos, donde hace muchos años vivían esos hermanos, más tarde refugiados en la ciudad, que es donde Perón los encontró, esperándolo. Porque lo esperaban, pobrecitos, con los brazos tendidos. Comprendí entonces muchas cosas que había ignorado, sin ser yo un aristócrata del dinero, pero sí un pensador y un artista para las “elites”. Cinco años de hospital me revelaron, como los diez del presidio de Siberia a Dostoievski, que si algo había realmente puro en la miseria, inocente en la maldad, cándido en la corrupción, era el del bajo pueblo, el de los desheredados, como había leído muchas veces que lo llamaban, para despreciarlo o compadecerlo, sin saber bien que no era una palabra vacía sino llena de carne y de lágrimas. ¡Cuánta tristeza, soledad, desamparo y desesperanza había en esas almas sombrías! El viaje de Dante a través del Infierno no fue más revelador ni pavoroso que el mío por las salas de los hospitales y las clínicas. ¡Dios, pude yo exclamar como Puschkin al leer Almas muertas, de Gogol, Dios, qué triste es nuestro pueblo!

Me es indispensable aquí apelar a una confesión. El gran Horacio Quiroga, mi maestro y hermano, que a ustedes y nosotros pertenece por igual, escribió una clase de cuento característico suyo, con el mensú de Misiones por protagonista. También los hizo a la manera de Maupassant, Kipling y Poe, que fueron sus autores favoritos, y con bastante maestría. Estos cuentos no significan lo que aquéllos. El desierto, Los desterrados, para citar algunos libros, contienen el material más valioso y representativo de sus dotes literarias y personales. Ahí la vida de la selva misionera, terrible como sus animales y sus plantas, se nos ofrece con toda la crudeza de su amarga y tajante realidad. Los cuentos de Quiroga en muchos sentidos siguen siendo de lo mejor que tiene la literatura rioplatense. Esa es literatura auténtica, no porque se refiere a la vida de los humildes y ofendidos, ni porque esté bien elaborada. Lo primero puede ser susceptible de comercialización política, como lo ha sido, y lo segundo es cuestión de oficio o de mester. Ambos ardides se aprenden. Pertenece a una gran literatura porque es copia veraz y sin retoques de lo real y cierto, feo y rudo, cruel y torpe, tal como viven la mujer, el hombre y el niño de la selva. Nadie puede avergonzarse si no es un sinvergüenza, de que exista en la zona de cualquier país ese tipo social y psicológico, moral y fisiológico, porque los hay muchos peores aún y tienen hoy un lugar en las letras universales, lugar que dejaron los reyes y los santos. Viven además en el corazón de gentes de múltiples razas e idiomas. Es buena literatura porque no traiciona ni desfigura la realidad, y la realidad siempre es supremo artífice de belleza, de verdad y de simpatía. Por la literatura verista amamos hasta a los que podríamos aborrecer, dicho con palabras casi fieles de Anatole France. Esa literatura realista y fácil, la de Quiroga, Tolstoi, Kipling y los paisanos es, además de buena y fácil, muy difícil de lograr. Algún cuento breve de dos o tres páginas, como “El hijo”, de Quiroga, por ejemplo, contiene tanta sustancia y mérito como una sinfonía de Brahms, una novela de Proust o un cuadro de Cézanne. Tanto mérito y sin duda tanto trabajo. Y cuando se aprende a hacer bien algo, se hace bien con más facilidad que mal. Mas es preciso aprender a hacerlo bien, y para esto no es menester estudiar las preceptivas ni hacer ejercicios escolares sobre la plana de los maestros. Basta acercarse a la vida, sobre todo a la humilde, como vengo diciendo, con humildad, ponerse a su servicio como amanuenses que copian lo que ella dicta (y ahora la frase es de Balzac), amar lo que se ve como es, sin corregirle la plana al Autor.