Fernando Pessoa fue un ensayista, poeta y traductor portugués, considerado por muchos como el más grande escritor de la lengua portuguesa del siglo XX. Parte de su infancia transcurrió en Sudáfrica, pues su padre era un funcionario público que trabajaba en Ciudad del Cabo. Además de la actividad literaria, trabajó de oficinista, labor que le obligó a interrumpir sus estudios de Letras en Lisboa. Tradujo a Shakespeare, Milton y Nietzche, autor, este último, que marcó profundamente su obra, llenándola de un definido matiz pesimista y desconcertante ante la vida. Pessoa es especialmente conocido por la cantidad de heterónimos (72 en total) que utilizó para firmar sus obras, siendo los más conocidos Ricardo Reis (reproducido después por José Saramago en una de sus novelas), Alvaro de Campos y Alberto Caeiro. A pesar de esto, sólo conoció una obra suya publicada en vida, “Mensaje“. Algunos de sus libros más famosos son: Libro del desasosiego, La educación del estoico y El regreso de los dioses. Finalmente, murió en Lisboa a la edad de 47 años producto de problemas hepáticos, dejando una cantidad colosal de obras que comenzaron a publicarse y a ser estudiadas hasta nuestros días. Esta semana presentamos el ensayo “El amante visual”.

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I

Anteeros

Tengo del amor profundo y del uso provechoso de él un concepto superficial y decorativo. Estoy sujeto a las pasiones visuales. Guardo intacto el corazón dado a más irreales destinos.

No me acuerdo de haber amado sino el «cuadro» de alguien, el puro exterior —en el cual el alma no entra más que para hacer ese exterior animado y vivo— y así diferente de los cuadros que los pintores hacen.

Amo así: fijo, por bella, atrayente o amable, una figura, de mujer o de hombre —donde no hay deseo, no hay preferencia de sexo— y esa figura me obsesiona, me amarra, se apodera de mí. Sin embargo, no quiero más que verla, nada veo con más horror que la posibilidad de conocer y hablar a la persona real que esa figura aparentemente manifiesta.

Amo con la mirada, y no con la fantasía. Porque nada fantaseo de esa figura que me amarra. No me imagino ligado a ella de otra manera, porque mi amor decorativo nada tiene de psicológico. No me interesa saber quién es, qué hace, qué piensa la criatura que me deja ver su aspecto exterior.

La inmensa serie de personas y de cosas que forma el mundo es, para mí, una galería interminable de cuadros, cuyo interior no me interesa. No me interesa, porque el alma es monótona y siempre la misma en toda la gente; difieren solo sus manifestaciones personales, y lo mejor de ella es lo que transborda hacia el sueño, hacia los modos, hacia los gestos, y así entra al cuadro que me amarra, y en el cual entreveo caras constantes a esa afección.

Para mí una criatura no tiene alma. El alma está solo con ella misma.

Así vivo, en visión pura, el exterior animado de las cosas y de los seres, indiferente, como un dios de otro mundo, al contenido-espíritu de ellos. Profundizo el ser propio solo en extensión, y cuando anhelo la profundidad, es en mí, y en mi concepto de las cosas en donde la busco.

¿Qué puede darme el conocimiento personal de la criatura que así amo en décor? No una desilusión porque, como en ella solo amo el aspecto, y nada de ella fantaseo, su estupidez o mediocridad nada resta, porque yo no esperaba sino el aspecto que no tenía que esperar, y el aspecto persiste. Pero el conocimiento personal es nocivo porque es inútil, y lo inútil material es nocivo siempre. ¿Saber el nombre de la criatura para qué? Y es la primera cosa que, presentado a ella, sé.

El conocimiento personal precisa ser, también, de libertad de contemplación, a la cual mi forma de amar desea. No podemos mirar fijamente, contemplar en libertad, a quien conocemos personalmente.

Lo que es superfluo lo es menos para el artista porque, perturbándolo, disminuye el efecto.

Mi destino natural de contemplador indefinido y apasionado de las apariencias y de la manifestación de las cosas; objetivista de los sueños, amante visual de las formas y de los aspectos de la naturaleza […]

No es un caso de lo que los psiquiatras llaman onanismo psíquico, ni siquiera de lo que llaman erotomanía. No fantaseo, como en el onanismo psíquico; no me figuro en sueños amante carnal, ni siquiera amigo de charla, de la criatura en la que fijo la mirada y recuerdo: nada fantaseo de ella. Ni, como el erotómano, la idealizo y la transporto hacia fuera de la esfera de la estética concreta: no quiero de ella, o pienso de ella, más de lo que me da a los ojos y a la memoria directa y pura de lo que los ojos vieron.

II

Ni alrededor de esas figuras, con cuya contemplación me entretengo, es mi costumbre tejer algún argumento de la fantasía. Las veo, y el valor de ellas, para mí, esta sólo en ser vistas. Todo lo demás que les agregase, las disminuiría, porque disminuiría, por así decir, su «visibilidad».

Todo cuanto fantasease de ellas, forzosamente, en el mismo momento de fantasear, yo lo conocería como falso; y, si lo soñado me agrada, lo falso me repugna. El sueño puro me encanta, el sueño que no tiene relación con la realidad, ni punto de contacto con ella. El sueño imperfecto, con punto de partida en la vida, me disgusta, o, antes, me disgustaría si yo me enmarañase en él.

Para mí, la humanidad es un vasto motivo de decoración, que vive por los ojos y por los oídos y, aún, por la emoción psicológica. No quiero nada de la vida sino asistir a ella. Nada más quiero de mí sino asistir a la vida.

Soy como un ser de otra existencia que pasa indefinidamente interesado a través de esta. En todo soy ajeno a ella. Hay entre mí y ella como un vidrio. Quiero ese vidrio siempre muy claro, para poder examinarla sin falla de medio intermedio; pero quiero siempre el vidrio.

Para todo espíritu científicamente constituido, ver en una cosa más de lo que allí está es ver menos esa cosa. Lo que materialmente se agrega, espiritualmente lo disminuye. Atribuyo a este estado del alma mi repugnancia por los museos. El museo, para mí, es la vida entera, en la cual la pintura es siempre exacta, y sólo puede haber inexactitud en la imperfección del contemplador. Pero esa imperfección, o hago algo por disminuirla o, si no puedo, me contento con que así sea, pues, como todo, no puede ser sino así.

*Tomado de: Fernando Pessoa, Escritos sobre ocultismo y masonería, Alfama Editorial, Málaga, 2008.