Germán Arciniegas Angueyra (Bogotá, 6 de diciembre de 1900-30 de noviembre de 1999) fue un ensayista, historiador, diplomático y político colombiano. Vinculado desde joven al periodismo, creó y dirigió numerosas revistas culturales. Arciniegas investigó y escribió hasta pocos días antes de su muerte y mantuvo una columna en el periódico El Tiempo, del cual fue además director editorial (1928) y luego director general (1937). Libros suyos Este pueblo de América; América, tierra firme; Biografía del Caribe, y Entre la libertad y el miedo. Publicamos un fragmento de las palabras de Germán Arciniegas en la entrega de premios de un Concurso sobre Latinoamérica. Palabras que son un ensayo sobre el ensayo, como expresión latinoamericana.
Nuestra América es un ensayo
¿Por qué la predilección por el ensayo —como género literario— en nuestra América? Ensayos se han escrito entre nosotros desde los primeros encuentros del blanco con el indio, en pleno siglo XVI, unos cuantos años antes de que naciera Montaigne. Sorprende, a primera vista, esta anticipación, cuando hay otros géneros literarios que sólo aparecen en América tardíamente. La novela comienza con Fernández de Lizardi entre 1816 y 1830, doscientos años después de las Novelas ejemplares de Cervantes, y pasados tres siglos de que Bartolomé de las Casas escribiera su famoso ensayo en defensa de los indios. Lo mismo ocurre con la biografía. Durante la conquista surgieron algunas de las figuras más sobresalientes que haya conocido en su historia el pueblo español: Balboa, Cortés, los Pizarros, Jiménez de Quesada, Valdivia, Lope de Aguirre. . . Y no se escribió una sola biografía. Fue uno de esos casos, que luego se repiten en nuestros procesos literarios, en que el paisaje, la selva, la aventura multitudinaria se devora al personaje. No pocos de los famosos cronistas habían leído las Vidas de Plutarco, pero antes que concentrarse en un solo hombre preferían hacer la historia de la conquista de la Nueva España, o la de todas las Indias Occidentales. Ercilla, al componer el primer poema de la épica española, puso a un lado al héroe singular y tomó la guerra contra los araucanos como materia colectiva de sus octavas reales. Pero si la exploración como aventura y la guerra como historia tentaban al escritor, no le tentaba menos el afrontar los problemas intelectuales que planteaban los descubrimientos. Vespucci y Colón ya discuten los temas de la geografía tradicional y algunos de los problemas más apasionantes del hombre y los climas, y escriben verdaderos ensayos que producen polémicas en Europa,
La razón de esta singularidad es obvia. América surge en el mundo, con su geografía y sus hombres, como un problema. Es una novedad insospechada que rompe con las ideas tradicionales. América es ya, en sí, un problema, un ensayo de nuevo mundo, algo que tienta, provoca, desafía a la inteligencia. La circunstancia de que brote de repente un continente inédito entre dos océanos, uno de ellos aún inexplorado y el otro desconocido^ son hechos lo bastante rotundos como para conmover academias y gimnasios, y sacudir a la inteligencia occidental. De todos los personajes que han entrado a la escena en el teatro de las ideas universales, ninguno tan inesperado ni tan extraño como América. La sola expresión consagrada por Vespucci de “Nuevo Mundo”, indica lo que tenía que producirse en Europa con la aparición de América. No debe sorprendernos que se entablen entonces debates famosísimos, lo mismo de alcance religioso y espiritual que de orden práctico, sobre si los indios eran o no animales racionales, si tenían o no alma, si podían o no recibir los sacramentos, si eran semovientes que pudieran venderse como bestias. Todavía en nuestro siglo XX hay quienes tienen dudas sobre estos puntos y se habla de los “indios bestias”. Hasta no hace mucho tiempo —¿se seguirá haciendo todavía?— se vendían en algunos lugares de América haciendas “conteniendo tantos indios”. . .
Colón discutía el problema del paraíso terrenal y su ubicación en las tierras que tenía a la vista, sacando a debate textos de la Biblia, de los Santos Padres, de los geógrafos más antiguos. Vespucci provocaba un alegato con los humanistas de Florencia acerca del color de los hombres en relación con los climas, y la posibilidad de que las tierras por debajo de la línea equinoccial fueran habitadas por seres humanos. Fueron estos los primeros ensayos de nuestra literatura. El ensayo, que es la palestra natural para que se discutan estas cosas, con todo lo que hay en este género de incitante, de breve, de audaz, de polémico, de paradójico, de problemático, de avizor, resultó desde el primer día algo que parecía dispuesto sobre medidas para que nosotros nos expresáramos. O para que los europeos se expresaran sobre nosotros. Pero un género más hecho para nosotros que para los extraños, porque la experiencia de América era no poco incitante para quienes la vivían. Basta considerar el problema del mayor cruzamiento de razas que registra la historia después de la aparición de los bárbaros en Europa. Llegan los conquistadores, sin mujeres, como ejército de varones pronto al atropello sexual, y en una generación queda coloreado de mestizos el hemisferio occidental. Son mestizos en donde flota en cada uno una sombra que viene del encuentro de un alma blanca y una de cobre, de una de cristiano y otra de azteca o de inca, y bajo esta sombra se dilata el horizonte para este extraño nuevo ser humano que tiene por delante las más vastas dimensiones de asombro y de duda. Para nosotros, en el siglo XVI, el inca Garcilaso de la Vega, en quien el mestizaje ilustrado alcanza proyecciones casi fabulosas, es un hombre-ensayo. Es el ensayo sobre el mestizo convertido en un adelantado de las letras. Es un hombre nuevo puesto en la balanza, donde la aguja parece infiel, temblando por valorar los pesos que llevan los dos platillos.
El ensayo entre nosotros no es un divertimiento literario, sino una reflexión obligada frente a los problemas que cada época nos impone. Esos problemas nos desafían en términos más vivos que a ningún otro pueblo del mundo. No hemos tenido tiempo para dedicarnos al ejercicio de las guerras, ejercicio que tan exclusivo parece de la historia europea. Esto resulta paradójico en Europa, donde se hace demasiada literatura en torno a las revoluciones de México y Sudamérica. Quizás ahí esté la diferencia. América ha sido, en la parte nuestra, un continente de revoluciones y no de guerras. Hemos tenido treguas de paz que resultan increíbles cuando se hace la comparación con otras regiones del mundo. Tres siglos sin una guerra, ni siquiera una revolución, como tuvimos en la colonia, son tres siglos que no concebiría jamás un europeo. Aquí donde las guerras sirven para marcar la grandeza en los conductores de pueblos —lo dicen las estatuas—, podrían tratarnos con el desprecio con que suelen ser vistos los hombres que no pelean, y no con el fastidio que producen los que buscan ruidos. Pero lo más extraordinario de nuestro caso está en que el día en que tuvimos que presentar línea de combate para enfrentar nuestros hombres desarmados en luchas contra los ejércitos de Fernando VII, nunca pensamos en una guerra, sino en una revolución. Luego, en las historias, se ha hablado de la guerra o las guerras de independencia. Es un error: si bien se miran los documentos contemporáneos, se verá que en ellos se habla de la revolución y no de la guerra de independencia. Y la revolución, naturalmente, era un producto de la agitación intelectual, de los ensayos que se escribieron como preludio de la emancipación. Primero se emancipó la mente, y luego se fue a la pelea. La independencia ya estaba hecha cuando en 1810 se proclamó la ruptura con España. Se había comenzado a pensar libremente, y ahí está la raíz de la separación. Cosa que tiene su aplicación aún en nuestros días. Que se piense con libertad, sin sujeción al dogma acuñado en otras tierras, y ya hay una emancipación del espíritu, que es la que cuenta.
Pocas veces se ha llegado tan al fondo de nuestros problemas, de la problemática de nuestras tierras, como en los años anteriores a Bolívar, a San Martín, a O’Higgins o a Hidalgo, cuando quedamos cobijados por el gran movimiento de la Ilustración, en la segunda mitad del setecientos. Al llegar, después de la Ilustración, la fiebre romántica a nuestra América, los hombres de letras, los potenciales caudillos de las naciones americanas, tenían formada ya una conciencia política que no era el producto del alboroto y del bochinche, sino del estudio de las realidades económicas, de los sistemas de gobierno, de las ciencias naturales, de la geografía de las plantas y los hombres, cosas todas que de repente irrumpieron en las universidades americanas donde nunca antes se habían oído sino alegatos sobre Aristóteles o Santo Tomás. La antesala de cuarenta años en que se prepara la emancipación no se hace en los cuarteles, sino en las aulas. Nuestro choque con España no lo preparan los generales, sino los universitarios. Caldas, que escribe sobre la influencia de los climas en los seres organizados, en Colombia; Unanue que en Lima redacta sus Observaciones sobre el clima de Lima; fray Servando Teresa de Mier que en México especula sobre la época en que fue pintada la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe; y Espejo que en Quito escribe sobre las epidemias, están preparando, a través de ensayos científicos o filosóficos, un desprendimiento que acaba por encontrar un nombre: independencia. A América viajaron entonces los ensayistas europeos, los sabios franceses que fueron a medir en Quito la línea equinoccial, Bougainville el botánico, y sobre todo el gran Humboldt que le da a su obra sobre México el título de Ensayo sobre la Nueva España. En realidad, lo que él vio fue el Nuevo México. Y, viajando hacia las regiones equinocciales, la nueva América. Se contagiaron los jesuitas del común forcejeo con la duda metódica. Uno de ellos, Gabriel Daniel, escribió un Viaje al mundo de Descartes. Pero las letras, además, pasaron de los religiosos a los laicos. De toda esa literatura ensayística académica al Memorial de agravios, de Camilo Torres, en Bogotá; al Memorial de los hacendados, de Mariano Moreno, en Buenos Aires; a los discursos de Chilpancingo en México, no había sino muy poca distancia. Todos esos fueron ensayos un poco científicos, un poco religiosos, un poco políticos, y un mucho americanos. Por esta razón —que no hay que considerar como el afán de un profesor de literatura por clasificar géneros literarios— resulta indispensable volver sobre la vieja terminología y decir que la independencia de las antiguas colonias españolas fue el producto de la revolución —del ensayo, ¿por qué no decirlo?— y no originada por la guerra. La revolución fue un ensayo intelectual que acabó siendo ensayo armado, y que así como nació de problemas estudiados por inteligencias atrevidas, culminó en las propias dudas republicanas que mantuvieron el tono de la revolución después de las victorias de San Martín, de Bolívar o de O’Higgins. Es aleccionador el recuerdo de los americanos que en el setecientos llevaron a España la revolución, como el peruano Olavide que se hermanó con Campomanes y Jovellanos en las reformas sociales y agrarias; de los que colaboraron en el suelo americano con los españoles, como los de la misión botánica que acompañaron al sabio Mutis; o el de los españoles que vieron con espanto los errores de la colonia, como Antonio Ulloa y Jorge Juan. De todo esto sale una literatura universal en que América llega a ser el problema que lo mismo se discute en San Petersburgo que en Upsala, Londres o París. Catalina la Grande retenía en su corte al venezolano Francisco Miranda, y recibía informaciones de Bogotá que le enviaba al gaditano Mutis; fue la primera vez que en la capital de las Rusias se vieron con interés las cosas de nuestra América: en aquel caso, las de Colombia. Linneo recogía en Upsala las noticias de la escuela botánica instalada en un pueblo del interior de la Nueva Granada llamado, por mal nombre, Mariquita. Pitt, en Londres, hablaba con Miranda, con Bello y con Bolívar. Humboldt, en París, con los que llegaban de México o de Venezuela. Los jesuitas expulsados, aguijoneados por la misma persecución que despertó en ellos ímpetus ya dormidos, fueron en Italia una cátedra de americanismo que llegó a momentos líricos tan admirables como cuando Rafael Landívar cantó en versos latinos la naturaleza de Guatemala.
Estas reflexiones no son sino pocos ejemplos, entre muchos, de una América en donde todo es así. La aparición de nuevas tierras, nuevos hombres, nuevas religiones, nuevos tipos de familia, nuevos sistemas de costumbres, domina en los días del descubrimiento y de la conquista, hasta el extremo de que entonces nace la sociología con varios siglos de anticipación a Comte y a Spencer. El mestizaje es la medida de profundidad de la colonia. Más tarde, la democracia y la república, la revuelta contra los reyes de España, el proceso de la independencia tienen tanto de nuevo mundo como la primera aparición física del continente americano o la del hombre mitad blanco, mitad indio. Compartimos en el sur la aventura política de la república con los Estados Unidos, pero siguió siendo lo nuestro mucho más problemático, contradictorio, heterogéneo y difícil. Lo de la América del Norte fue una simple separación de colonias blancas en un mundo inglés donde se estaba incubando de tiempo atrás el gobierno propio y representativo. En cambio, nosotros…
Nosotros damos un salto mortal en el abismo de la grande aventura. No simplemente desafían nuestros republicanos de 1810 a una potencia tan imperial y bien parada como era la España heredera de los mapas que se levantaron en tiempos de los Carlos y los Felipes, sino que se rebelan contra la tradición occidental. La América española se iba a independizar sin tener familias nobles en quienes hacer pie o tomar estribo para montar aristocracias que pudieran reinar. La república era en 1810 un riesgo dudosísimo. Los Estados Unidos, de formación reciente, carecían de toda comprobación histórica. Allá, más que de un ensayo se trataba de un experimento científico, de una hipótesis de trabajo. En toda Europa no había nada seguro fuera da la monarquía. La Francia magistral, en cuyo propio corazón estamos haciendo hoy resonar la voz de nuestras dudas —y la de nuestras ingenuas esperanzas— no era sino la escuela de los fracasos. La república, que bajo el signo de la Bastilla en llamas había nacido con la sangre a los tobillos y a filo de guillotina, había pasado sucesivamente del gobierno de la convención y del terror, al directorio, al consulado y al imperio. Esta es la física verdad: nuestra América, aún más débil, enclenque y oscura en 1810 que en 1963, resistió la experiencia de la república, y la Francia resplandeciente de la Enciclopedia y los Derechos del Hombre no pudo con ella. Hoy mismo, aquí, estamos en la quinta república. Bolívar, en Jamaica, derrotado por la superioridad militar de los españoles, miraba al futuro no tendiendo la vista hacia un claro horizonte lejano —claro, entonces no había nada—, sino mirando por dentro los abismos de sus propias dudas. ¿Qué pensaba el Libertador, de las posibilidades de gobiernos representativos y democráticos en nuestra América? A ratos, lo peor. Su capacidad crítica se detenía frente a esa muralla de interrogantes y problemas que su honradez intelectual y su franqueza no le permitían ni ignorar ni callar. Lo único legítimo entonces era la duda, y lo que resulta fabuloso, como aventura humana, es decidirse en forma heroica a imponer la afirmación brutal de la independencia contra lo que parecía la ley de la naturaleza. Pero esa era su fórmula de lucha, y su discurso sobre el método. Eso sí que de veras puede llamarse un ensayo de carne y hueso. Un ensayo que literariamente toma su expresión en la famosa carta de Jamaica, o en el manifiesto de Cartagena, o en el discurso de Angostura, los tres grandes escritos de Bolívar.
En el proceso de la independencia, en la creación de las repúblicas, a todo lo largo de la América española, y en forma agudísima que no se conoció ni en el Brasil, ni en los Estados Unidos, ni en el Canadá, todo es discutible y todo es incierto y en todo hay incitaciones constantes a la reflexión y al debate. No se sabe si echar por el camino inédito de las democracias representativas o por el trillado y secular de las monarquías. No se sabe si adoptar la fórmula federal de los Estados Unidos o incorporar a la teoría republicana algo del poder centralizado de los sistemas europeos. No se sabe qué hacer con la Iglesia en naciones católicas, apostólicas, romanas, pero en donde la jerarquía se había levantado muchas veces contra los republicanos hasta el extremo de que los padres de la independencia mexicana, los curas Hidalgo y Morelos, habían pasado al otro mundo condenados por la Inquisición. No sabe qué hacer con esos militares que nacieron en las luchas de la revolución, que fueron los héroes de las victorias y que al llegar a la plaza tranquila de la república siguen a caballo poniendo en tela de juicio los derechos civiles, el imperio de la ley.



